miércoles, abril 25, 2012

DE BESOS Y MORDIDAS




A Brenda.

Cuando ingresó, el brillo de sus ojos alumbró el Acapulco. Las viejas paredes color crema rejuvenecieron contemplando su caminar pausado. Sus pasos marcaban la pauta. Y mi corazón, a mil.  Me miraba mientras yo la amaba, y el beso que tanto extrañé se dio. Entonces caminamos de la mano y la felicidad invadió mis cuatro paredes hogareñas.

Le recité una poesía que me aprendí como tarea. Le canté una canción de Fonseca, que dice algo así como que eres el arroyito que baña mi cabaña, eres el negativo de la foto de mi alma… y sigue el paisa con la melodía que enamora, y lo recordé, y me sentí libre para abrazarla y hacerla mía, mirando fijamente sus ojos, sonrojándome como niño travieso, porque las chapas son de inocente, y de inocente tengo todo, aunque se rían.

Nos mordíamos la boca con ganas posesivas, porque la mía es suya y la suya es mía, y ella también; y perdí lo de inocente porque hubiese sido un tremendo cojudo de padre y Dios mío. Nos mordíamos el cuello porque la pasión se puso colorada y el momento apremiaba, pero lo de inocente nadie me lo quita y morí en sus labios cuando su sonrisa Colgate que tanto desearía tomarle una fotografía y ponerla bajo mi almohada para soñar bonito pensando en ángeles de esos, se detuvo ante mí, dejándome en stand by, como que para tu coche, cuñao. This is love, sir, confirmé sonriente.

Me avergoncé cuando después de un beso lleno de todo y mordidas, volteé y me quedé en la mirada del retrato de mi tata que hace seis meses nos dejó y hoy recuerdo con pesar su partida (porque ella nunca dejó de sonreír, de mandar ajos y cebollas con esa boquita de caramelo; y seguro por eso soy yo así, y seguro por eso me enamoré de Brenda, porque nunca deja de sonreír, porque nunca deja de ser como es, porque nunca deja de enamorarme día a día, aunque no la vea en cada puesta del sol ni cuando la luna se aproxima a espiarnos en nuestras actividades turbias y sombrías).

El espacio era oscuro y Sabina proponía. La luna es una vaga, manchada de alquitrán… Le cantaba al oído, pero ella prefería rock ochentero, argentino, algo de Soda, me dijo, y la consentí; me miró como nunca me había mirado y entonces me dejé llevar por ese sendero que nunca había querido explorar, y ahora quiero y me desespera cuando no camino por ese surco que ella cuando puede y quiere me enseña. Pero Sabina no se quedó ahí, porque yo le cantaba al oído, pero a ella no le gustaba, es español, me dijo; y me besó no sé si para callarme o porque ya habían pasado unos buenos minutos sin probar lo que es suyo.

Si quieres quererme, voy a dejarme querer; si quieres odiarme, no me tengas piedad… ¡Ay, Sabina, por la puta madre! Y me volvió a besar mordiéndome la boca, porque es suya y eso es permitido en el juego amatorio. Sabina cantaba en mi cabeza, pero yo me dedicaba a besarla con vocación de servicio mientras le recitaba  una canción del español que nunca se enteró, y me besó con tanta pasión que me hizo sudar y no reconocí mis manos porque ni sé por dónde fueron y llegaron; entonces le recité un par de canciones más y pues ya había encontrado el secreto para sentirme vivo y con huevos para decirle que más que un beso, quiero de ella su corazón joven que merece mucho, esperando no desgraciarla.

La noche nos había esperado. Y fue cómplice de esta locura llena de… Las estrellas se juntaron para ser testigos y la luna espiaba. Un beso elegante firmó la primera escena, el comienzo de este largometraje que empieza a embellecer el cinema diario, con rollo hasta por gusto y mordidas al gusto del veedor, sin la puta censura de por medio.

lunes, abril 16, 2012

PASOS LLENOS DE GREEN


A todos los lanzas.

La noche me había encontrado en Larco, 
caminando sin dirección.

Las mujeres salían de sus oficinas y hacían sonar sus tacos en la vereda ancha de la avenida. Unas iban a paso raudo, presurosas por llegar a sus casas a hacer sabe qué; otras, meneaban sus caderas cubiertas por una falda negra ceñida, con un pucho largo que se consumía más entre los dedos que entre los labios. Iban solas y acompañadas, riendo y soltando carajos; la mayoría, con los labios pintados de rojo pendejo, contestaban llamadas cada cinco minutos.

Las gentes llenaban la larga acera tan concurrida cuando la luna dice presente y se posa como contemplándonos. Y las mujeres modelaban y los hombres salían fachosos con el peinado de moda, con tareas de conquistador. Y yo ahí, como el fotógrafo oficial del momento, sentado en una banca como mirador, observando el mundo en el que vivo desde una perspectiva distinta, disfrutando, armando el rompecabezas social, no sintiéndome parte de este plano tan cojudo.

Y los señores pasaban mirándome diferente, una mezcla de miedo con… con… pues qué será, sir. Unos llevaban colgado de su cuello una cámara Canon y hablaban inglés y español bien notorio. Levantaban su cámara para inmortalizar el día que visitaron el casino dorado en toda la esquina con Benavides, imponente; y seguían caminando, y parlando.

De pronto, volé porque lo quise.

Y en un momento yo era el que caminaba por aquellas calles desoladas del barrio donde crecí. En cada paso recordaba las esquinas que alguna noche fueron mías y aquellas paredes que aceptaron mi espalda cuando algo malo pasaba en casa. Me senté en un parque y el sentir tranquilo me llevó cuando tenía cuatro y no sabía nada, y no quería nada, y todo estaba pintado para lo colorido y la felicidad inocente desde la mañana hasta el beso de buenas noches; cosa que hoy ya ni los rezagos.

Iba sin rumbo por el rumbo que tuvo mi niñez, leyendo una  novela policial que me han prestado y no pienso devolver. El humo green que salía de mi boca formaba una nube negra que me acompañó desde las doce con veinte; y los pasos que daba ni los sentía, y mi vista fatigada se perdía en las páginas de aquel libro de ley y orden y aventuras tenebrosas.

Y estuve como zombi en esos caminos que siempre caminé y por primera vez sentía míos. Jugaba al estúpido, y los ojos me ayudaban. Zigzagueaba por la pista maltratada; perfecto contexto lunar, porque me sentí volando y hablando de las mil y una noches que nunca he vivido jamás.

Maltraté mi vestuario elegante al tirarme boca arriba en plena pista para contar las estrellas y tocarlas para regalárselas a una chica bonita que he conocido. Un puente fantástico nacía desde donde yo estaba y subía lentamente hasta la parte más próxima a la luna, se dejaba ver cerca pero no tocar, te escuchaba y si se sentía a gusto te respondía susurrándote al oído. Nunca me interesó nada más. Nadie me interesó más. La noche estaba plena y la doña reinaba desde el trono más alto, tan cerca al infinito.

Abrí los ojos.

Seguía con el trastorno, y la fantasía tomó un lugar privilegiado. Comencé a hablar solo y sentía que todos me escuchaban y respondían, y al terminar la ponencia un mar de aplausos y reverencias cayeron desde el cielo raso y se dejaron estar, y me dejé estar.

Si recuerdo como llegué a mi casa es porque seguro toqué el timbre a altas horas de la madrugada y me bañaron con agua fría, y me cayeron un par de bofetadas que me despertaron en one a las cuatro con quince; y aquí estoy...

miércoles, abril 11, 2012

EL DÍA DESPUÉS DE ¿SEMANA SANTA?



1

Cuando desperté, no abrí los ojos. Cuando desperté, escuché a todo el mundo menos mi propia voz. Vi que eran las ocho de la mañana y que el sol aún no vestía de amarillo al cielo celeste. Jugué con mis larguiruchos dedos como todos los amaneceres en este departamento estrecho. Sentía una voz ronca y anciana, otra fluida y joven. Sentía que me acariciaban el pelo trinchudo con una paciencia envidiable, y el trinche que llevo orgulloso saludó a todos parándose de su cómodo asiento. Eran las nueve. Perdí mi examen, pensé alegre. El cubrecama calló al suelo ayudado por mis pies pálidos. Un primer bostezo se notó. Eran las diez. Yacía boca abajo pensando en el beso que me robaste, jugando con mis labios rojos, inseguros. Eran las once. El sueño volvió desde no sé dónde. El sol lo sentía en mi espalda y las gotas de sudor empezaron a iniciarse en mi frente sin líneas para luego caer y confundir con la baba que diario dejo en la almohada compañera de esas noches tan difíciles. Eran las doce y en un dos por tres fue la una con veinte. Perdí mi examen, repetí; y una carcajada solté y no paré hasta la una con treinta. Mi padre entró y él dice que me encontró con los ojos cerrados parado en la cama, saltando y riendo como estúpido. De pronto, desperté desesperado a las ocho con diez porque el reloj de la realidad real así lo decía y confirmaba; y exclamé con alivio que ya no perdería el examen, siempre y cuando me apresurara para llegar a las nueve al instituto.

2

Las semana santa había pasado no tan alegre, pero sí bien borracha y con la resaca en la cabeza. Prendí el televisor después de cuatro días y agarré un periódico después de seis. Mineros siguen en el socavón, leí un titular. Fin del Mundo en Chosica, leí en otro. Y justo pasa todo eso en estos tiempos que el que menos piensa que un terremoto nos dejará en nada, y puede ser que de verdad pasará, quién sabe; y puede ser que nunca pasará, quién sabe. Un amigo de Chosica me llamó el lunes para pedirme ayuda, ven para mi casa, le dije y ahora vive conmigo. Leí el blog de Gustavo Faverón y qué blog, señores; es mi diario cibernético y sin tanta huevadita, de frente al punto, sin asco, duela a quien le duela y sóbate y párate, cuñado. Gracias a ese blog me enteré minuciosamente de lo que pasó, y busqué en internet todo y ahora mi amigo ya no quiere volver: perdió su casa, su familia, su pasado… Ayer un helicóptero cayó en la azotea de una casa en el Callao, sus tres tripulantes resultaron heridos; el helicóptero, es pura chatarra. ¿Qué está pasando? ¿Debemos tener cuidado? Sí debemos tenerlo. Debemos de cuidarnos y de cuidar al del costado, y más en estos tiempos que vivimos días confusos y sombríos.

3

He dejado el libro de Tolstoi por un tiempo, y no porque se me hacía pesado porque la prosa del ruso es de lo más sencilla y fluida. Me han prestado un libro de Anne Holt, una lesbiana norteamericana que es una de las más importante escritoras de novelas policiales. Esa es mi razón de dejar en stand by Resurrección. ¿Qué a quién le interesa? A nadie, eso es seguro; sólo quiero pintarme bonito como lector de novelas raras y escritor de crónicas sonámbulas.

4

Pongo el diario en el suelo para que el perro orine. Apago el televisor. Apago el monitor de la computadora. Trato de conseguir la siesta que no consigo hace buen tiempo, rogando que sea sin sueños ni alucinaciones ni recuerdos vagos hacia el más allá y hacia el más acá.

jueves, abril 05, 2012

¿SEMANA SANTA?


Santiguarse antes de...

Y la aflicción ya no es igual. Los jóvenes esperan estos días para desocupar la mochila llena de cuadernos y apuntes universitarios, para llenarla de comida y  licores que en el camping en alguna playa desolada los salvará de vivir un vía crucis este feriado largo. Porque mis contemporáneos ya guardaron su botella de ron en la mochila Rip Curl y coordinan por Nextel qué playa, qué gente, qué diversión.

Y la aflicción ya no es igual, por eso digo. Los viejos miran por su ventana y ven al chico apitucado de billetera gruesa, amarrar su tabla de surf al techo de su carro y meter paquete tras paquete y botellas marrones, coolers; y las sonrisas que los adolescentes posan bajo el sol que se ha puesto, y que te invita a vivir todo lo que no hiciste en el verano en estos cuatro días al sur de Lima.

Y la aflicción ya no es igual, entonces. Los viejos comen pescado y antes del almuerzo familiar en la mesa circular rezan tres Padrenuestro y un Avemaría, y el Credo. Pero antes esperaron las doce para rezar el Angeluz con devoción admirable, y golpearse el pecho como siempre. Y los muchachitos desde la mañana empezaron con tres chelitas al polo para calmar al gringo que arrocha, pues son los previos a la noche de buena juerga. Y meten al carro lo justo y necesario; el pisco va conmigo, se escucha por ahí.

Y la aflicción, ¿cuál? Entonces el pequeño de la casa coge una pelota y grita y jode y salta y corre; y la madre lo agarra de los pelos y le dice que eso no se hace, que hoy y mañana se tiene que estar tranquilo, porque Papalindo se molestará mucho. Y el angelito se sienta y se aburre y maldice; prende el televisor y se pega a las películas de jueves y viernes santo, y aprende; y en la noche su mamá le apaga la lámpara para que descanse cuando de pronto el niño abre los ojos y le comenta entusiasmado que vio a Jesús tan pequeño como él, caminando con un traje largo por senderos que él ni se imagina que aún existen, pero no en la mente de los jóvenes que bien entrada la noche estarán con el ron bien adentro en sus estómagos, visitando Jerusalén por el green que los hará reírse como nunca y siempre.

En estos tiempos donde los vientos huracanados llegaron al Japón y la tierra tiembla más fuerte que nunca en México y Chile, la aflicción se queda en los viejos que mantienen la tradición. El respeto por el que vino cierto día se muestra en los bigotes y en las canas delicadas, en los párpados cansados, en los zapatos y la buena facha al entrar a la iglesia, en el rezo solitario adentro de las cuatro paredes que se confunden con tus llantos y pesares cuando la noche llega jodida.

En estos tiempos donde se mata porque simplemente se quiere jalar el gatillo, la aflicción se va en las cervezas de los muchachos estos cuatro días de recreación. El feriado largo se muestra como una buena alternativa para alternar juegos y risas y botellas y que el humo de nuestro inconsciente zigzagueé por el cielo celeste con sol fuerte, que se disipe en compañía de un gracias Diocito que sueltas porque recordaste que en esta fecha algo pasó con el que vino para morir, y seguro, para salvar nada.