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miércoles, abril 11, 2012

EL DÍA DESPUÉS DE ¿SEMANA SANTA?



1

Cuando desperté, no abrí los ojos. Cuando desperté, escuché a todo el mundo menos mi propia voz. Vi que eran las ocho de la mañana y que el sol aún no vestía de amarillo al cielo celeste. Jugué con mis larguiruchos dedos como todos los amaneceres en este departamento estrecho. Sentía una voz ronca y anciana, otra fluida y joven. Sentía que me acariciaban el pelo trinchudo con una paciencia envidiable, y el trinche que llevo orgulloso saludó a todos parándose de su cómodo asiento. Eran las nueve. Perdí mi examen, pensé alegre. El cubrecama calló al suelo ayudado por mis pies pálidos. Un primer bostezo se notó. Eran las diez. Yacía boca abajo pensando en el beso que me robaste, jugando con mis labios rojos, inseguros. Eran las once. El sueño volvió desde no sé dónde. El sol lo sentía en mi espalda y las gotas de sudor empezaron a iniciarse en mi frente sin líneas para luego caer y confundir con la baba que diario dejo en la almohada compañera de esas noches tan difíciles. Eran las doce y en un dos por tres fue la una con veinte. Perdí mi examen, repetí; y una carcajada solté y no paré hasta la una con treinta. Mi padre entró y él dice que me encontró con los ojos cerrados parado en la cama, saltando y riendo como estúpido. De pronto, desperté desesperado a las ocho con diez porque el reloj de la realidad real así lo decía y confirmaba; y exclamé con alivio que ya no perdería el examen, siempre y cuando me apresurara para llegar a las nueve al instituto.

2

Las semana santa había pasado no tan alegre, pero sí bien borracha y con la resaca en la cabeza. Prendí el televisor después de cuatro días y agarré un periódico después de seis. Mineros siguen en el socavón, leí un titular. Fin del Mundo en Chosica, leí en otro. Y justo pasa todo eso en estos tiempos que el que menos piensa que un terremoto nos dejará en nada, y puede ser que de verdad pasará, quién sabe; y puede ser que nunca pasará, quién sabe. Un amigo de Chosica me llamó el lunes para pedirme ayuda, ven para mi casa, le dije y ahora vive conmigo. Leí el blog de Gustavo Faverón y qué blog, señores; es mi diario cibernético y sin tanta huevadita, de frente al punto, sin asco, duela a quien le duela y sóbate y párate, cuñado. Gracias a ese blog me enteré minuciosamente de lo que pasó, y busqué en internet todo y ahora mi amigo ya no quiere volver: perdió su casa, su familia, su pasado… Ayer un helicóptero cayó en la azotea de una casa en el Callao, sus tres tripulantes resultaron heridos; el helicóptero, es pura chatarra. ¿Qué está pasando? ¿Debemos tener cuidado? Sí debemos tenerlo. Debemos de cuidarnos y de cuidar al del costado, y más en estos tiempos que vivimos días confusos y sombríos.

3

He dejado el libro de Tolstoi por un tiempo, y no porque se me hacía pesado porque la prosa del ruso es de lo más sencilla y fluida. Me han prestado un libro de Anne Holt, una lesbiana norteamericana que es una de las más importante escritoras de novelas policiales. Esa es mi razón de dejar en stand by Resurrección. ¿Qué a quién le interesa? A nadie, eso es seguro; sólo quiero pintarme bonito como lector de novelas raras y escritor de crónicas sonámbulas.

4

Pongo el diario en el suelo para que el perro orine. Apago el televisor. Apago el monitor de la computadora. Trato de conseguir la siesta que no consigo hace buen tiempo, rogando que sea sin sueños ni alucinaciones ni recuerdos vagos hacia el más allá y hacia el más acá.

jueves, abril 05, 2012

¿SEMANA SANTA?


Santiguarse antes de...

Y la aflicción ya no es igual. Los jóvenes esperan estos días para desocupar la mochila llena de cuadernos y apuntes universitarios, para llenarla de comida y  licores que en el camping en alguna playa desolada los salvará de vivir un vía crucis este feriado largo. Porque mis contemporáneos ya guardaron su botella de ron en la mochila Rip Curl y coordinan por Nextel qué playa, qué gente, qué diversión.

Y la aflicción ya no es igual, por eso digo. Los viejos miran por su ventana y ven al chico apitucado de billetera gruesa, amarrar su tabla de surf al techo de su carro y meter paquete tras paquete y botellas marrones, coolers; y las sonrisas que los adolescentes posan bajo el sol que se ha puesto, y que te invita a vivir todo lo que no hiciste en el verano en estos cuatro días al sur de Lima.

Y la aflicción ya no es igual, entonces. Los viejos comen pescado y antes del almuerzo familiar en la mesa circular rezan tres Padrenuestro y un Avemaría, y el Credo. Pero antes esperaron las doce para rezar el Angeluz con devoción admirable, y golpearse el pecho como siempre. Y los muchachitos desde la mañana empezaron con tres chelitas al polo para calmar al gringo que arrocha, pues son los previos a la noche de buena juerga. Y meten al carro lo justo y necesario; el pisco va conmigo, se escucha por ahí.

Y la aflicción, ¿cuál? Entonces el pequeño de la casa coge una pelota y grita y jode y salta y corre; y la madre lo agarra de los pelos y le dice que eso no se hace, que hoy y mañana se tiene que estar tranquilo, porque Papalindo se molestará mucho. Y el angelito se sienta y se aburre y maldice; prende el televisor y se pega a las películas de jueves y viernes santo, y aprende; y en la noche su mamá le apaga la lámpara para que descanse cuando de pronto el niño abre los ojos y le comenta entusiasmado que vio a Jesús tan pequeño como él, caminando con un traje largo por senderos que él ni se imagina que aún existen, pero no en la mente de los jóvenes que bien entrada la noche estarán con el ron bien adentro en sus estómagos, visitando Jerusalén por el green que los hará reírse como nunca y siempre.

En estos tiempos donde los vientos huracanados llegaron al Japón y la tierra tiembla más fuerte que nunca en México y Chile, la aflicción se queda en los viejos que mantienen la tradición. El respeto por el que vino cierto día se muestra en los bigotes y en las canas delicadas, en los párpados cansados, en los zapatos y la buena facha al entrar a la iglesia, en el rezo solitario adentro de las cuatro paredes que se confunden con tus llantos y pesares cuando la noche llega jodida.

En estos tiempos donde se mata porque simplemente se quiere jalar el gatillo, la aflicción se va en las cervezas de los muchachos estos cuatro días de recreación. El feriado largo se muestra como una buena alternativa para alternar juegos y risas y botellas y que el humo de nuestro inconsciente zigzagueé por el cielo celeste con sol fuerte, que se disipe en compañía de un gracias Diocito que sueltas porque recordaste que en esta fecha algo pasó con el que vino para morir, y seguro, para salvar nada.