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martes, enero 17, 2012

ME OLVIDÉ


Me olvidé despertar a las seis. Me olvidé prender el calentador de agua para el baño matutino. Me olvidé que hace un calor de mierda. Me olvidé que la promesa de correr en las mañanas fue propuesta para las siete. Me olvidé tomar el vaso con agua que combate mi boca pastosa. Me olvidé del buenos días, papá. Me olvidé que el tiempo se pasa volando. Me olvidé que aquel vaso con agua me esperaba, en la vieja mesita de noche, junto con otros vasos, sucios y con polillas ahogadas o nadando felices, desde hace una o dos semanitas atrás.
Me olvidé que el Bolívar no es tan bueno como el Neco, para el baño matutino, digo. Me olvidé que el calzoncillo va antes que el pantalón, y que los calcetines no se usan con sandalias. Me olvidé de la papaya en cuadritos a las diez. Me olvidé del sabroso olor del hígado frito, y del sonido que ocasiona su preparación. Me olvidé del vino, para ti. Del pisco, para mí. Del ron, para ellos. Me olvidé que el pisco y la cerveza no se llevan muy bien en mi estómago. Me olvidé quitarle el pellejo dorado al pollo a la brasa. Me olvidé del carajo, no más grasa.
Me olvidé de dar las gracias. De pedir por favor. Me olvidé que fumar a cuarenta grados es algo cojudo, de pura pose. Me olvidé de jugar a patear la pelota a las cuatro. Me olvidé del póquer, a las cinco. Del golpeao, a las seis y bien zampao. Me olvidé de los silbidos. Me olvidé de las miradas irónicas y desafiantes. Me olvidé de los puñetazos a las puertas y patadas a las paredes. Me olvidé que Gian Marco me hace llorar con Basta saber cómo me miras, para saber lo que te pasa… Me olvidé de odiar. Me olvidé de reír, a carcajadas, y sin ningún motivo. Me olvidé de dar el insulto correspondiente a quien me vapuleó segundos antes. Me olvidé de las sonrisas frontales y los puñales a espaldas. Me olvidé de gritar, pero si es por amor, hasta con megáfono. Me olvidé de ser frío. Me olvidé de ser indiferente. Me olvidé de quitarle la mirada al niño pobre de La Paradita. Me olvidé de componer canciones y romperlas, en compañía de doña soledad y un vaso con güisqui. Me olvidé que el güisqui es para la clase A1. Me olvidé que era clase A1 y no te jodo, miss.
Me olvidé de tus cartas. Me olvidé de los corazones en mi zurda. Me olvidé del tatuaje que pensamos hacernos. Me olvidé de tu fotografía en mi librero abarrotado de cosas viejas. Me olvidé de nuestra foto en algún libro que quemé en año nuevo y que nunca leí. Me olvidé de los mensajes de texto. Me olvidé el móvil que me regalaste en algún coche, por pasarme de seco y volteaos. Me olvidé de las noches de sexo en mi cama, y en la tuya, horas después. Me olvidé de las crónicas que te dediqué alguna puta vez. Me olvidé del libro que pensé escribirte. Me olvidé de tu dulzura. Me olvidé de tus ojos pardos que en el sol brillaban gritando ámame, que les pagué mal y ahora me arrepiento. Me olvidé de los te amo y eres la única, mi vida. Me olvidé de los pasos que dimos en el Kennedy, a las dos. Me olvidé de las siestas en el parque, contemplando la luna lunera, cascabelera. Me olvidé que hablé con tus padres. Me olvidé que tu mamá me trató como un hijo y tú, como una basura. Me olvidé que te gustaban mis pestañas. Me olvidé que me gustaba morderte la boca. Me olvidé que tus besos nos los encuentro, ni los encontraré, quizás. Me olvidé que me partiste el corazón. Me olvidé que me olvidaste rápido, mintiéndote a ti misma.
Me olvidé de llamar a mi mamá. Me olvidé de quitarme los lentes de sol. Me olvidé de bajar el volumen a la radio. Me olvidé que a partir de las ocho no se hace bulla, y menos en una residencial, donde trato de vivir, o sobrevivir. Me olvidé de mis amigos. Me olvidé de las novias de mis amigos. Me olvidé de ver mi foto con el payasito chaposo. Me olvidé de cenar. Me olvidé de ver el reloj. Me olvidé de hacer planes. Me olvidé de esperar el mañana. Me olvidé de contemplar la luna a las diez. Me olvidé de suspirar. Me olvidé de soñar. Me olvidé de susurrar regresa que aún te quiero. Me olvidé de tocarme el pecho cuando el bobo lo tenía a mil. Me olvidé de lo maravillosa que puede ser la vida. Me olvidé de los pasos seguros. Me olvidé del lento, pero seguro. Me olvidé que en la noche se duerme. Me olvidé que escribir a las tres de la madrugada es una actitud heroica, de puro huevo y Cafetal. Me olvidé que solía sentarme en el mejor sillón de la casa, a meditar. Me olvidé que alguna vez fui alguien. O quizás me olvidé que aparentaba serlo.

Cuatro de la mañana de un día que prefiero olvidar.

sábado, diciembre 17, 2011

NO TE SOPORTO


A ti, mierdita linda.

¿Por qué serás así? Esa es la interrogante que me tiene huevón (como tú también me tienes), día y noche; aunque debo aceptar que hoy, ni llegué a pensar en eso, porque la cagaste al llegar que ni tiempo me diste para contemplar tus estupideces y volverme a preguntar como el pan de cada día. Ahora lo confirmo y saco mis propias conclusiones, lógicas y con la purita verdad: eres así porque no te cogen ni te cogerán nunca, nunca te han dado, claro, porque tu carácter de mierda, lamentablemente, es así, cosa que yo no tolero, por eso de esta noche no paso, me largo.

Juego a ser el chiquitín respetuoso cuando llegas. Te saludo con la sonrisa pendeja de siempre. Creo que aún no te das cuenta. ¡Jódete!, digo siempre, pienso siempre, y tú,  claro, jode que te jode, carajo, que por aquí, que por allá. Tú no eres el puto mundo, no vives sola en este mundillo de mierda. Mira a tu alrededor y si un zambo se te para (y se le para) en frente, algún día, por el amor de Dios, que te haga el favor, full hardcore baby, para que dejes de joder tanto o alguito ¿no?

Digo que jodes como mierda, porque comes mierda, y eres mierda. Gracias totales. 

Vamos, no te falto el respeto, y si lo hago, pues menos mal que nunca te enterarás de estos cortos pensamientos, nunca leerás esta crónica maldita dedicada a ti, con mucho amor ja ja, porque como vives sola en tu mundillo de mierda y todo te parece la purita mierda, mi blog, por consecuente, te parece la mayor cagada, y mis palabras, y mis con ajos y cebollas, putamadre, te queda más chico que el pene que algún día te comiste, por eso no te gustó y te inclinaste por las tuyas.

Entonces no eres mi fan o fans, y menos mal que nunca lo serás. Doy gracias por eso. 

Ojalá que tu mierda sea tuya para siempre. Que no se te desprenda y vaya a parar al lado en que yo esté. Y es que tu mierda, ni la de nadie, deseo. No quiero hablar mierda. No quiero ser una mierda. Cómo tú. ¡No te soporto!

martes, marzo 08, 2011

MI ANGEL SE LLAMA ANITA





Día raro, tenso. Apenas regresé del instituto mi abuelita me dio la noticia de que mi hermana había sufrido un accidente de tránsito cuando se iba a su colegio. Me quedé mudo, no sabía qué decir. Al comienzo pensé lo peor pero luego me dijeron que estaba bien, que mi tío había llamado y le había dicho a mi abuelita que Giannina y Juan estaban con mi hermana adentro del hospital pero que a él no lo habían dejado entrar por no sé qué cosas, seguro por una de sus estúpidas e inhumanas leyes.
Yo estaba en la casa, intranquilo, pensando en cómo podía estar mi hermanita. Entonces mi abuelita me contó cómo había ocurrido todo: Una señora de buen corazón había llamado a la casa y habló con mi tío quien se tranquilizó cuando recién escuchó la voz de Anita que llorando le dijo que había chocado su movilidad y que sólo tenía la cara ensangrentada por algunos cortes causados por la luna que estalló muy cerca de ella. Mi tío entonces llamó a mi mamá y cuando esta llegó a la casa se fueron volando al lugar del accidente pero no encontraron nada, sólo la movilidad chancada del lado izquierdo, con las lunas hechas nada y sin la llanta derecha, el vehículo estaba tirado en la berma y a metros la cúster del hijo de puta haciéndose el inocente y peleando como un justiciero con la señora que manejaba la movilidad. Después no sé qué paso, se colgó la llamada, me dijo. Y entonces agregué: Y las niñas ahí (la movilidad es de un colegio de mujeres, el Juana Alarco de Dammert), llenas de ese rojo que causa nervios a cualquiera, llenas de ese rojo cagón lleno de dolor y mala suerte, o quizás, no fue mala suerte sino una actitud enferma y acelerada de un acelerado enfermo sentado frente a un timón que nosotros llamamos chofer (para mí, mejor suena malparido, ese tipo especialmente) que por un sol más quiso adelantar al carro donde estaban las chicas y en su juego estúpido e ignorante chocó. Así es, culminó mi abuelita. Ahora nuevamente no sabía qué decirle, ni qué hacer, ni nada. Pensando me fui a mi habitación, triste, sabiendo aunque sea que mi hermana ya no estaba sola, como nunca lo ha estado ni lo estará.
No recuerdo porqué tuve que volar al hospital, no recuerdo el motivo. Al llegar sólo quería ver a Anita, cómo estaba y qué era lo que le hacía falta. Entré a una realidad que duele ver, el sector de emergencias del hospital María Auxiliadora. Es imposible no sentirse mal viendo a niños llorando y caminando divagantes, sin rumbo alguno y sin que ninguna enfermera les preste atención. Es feo ver cómo atienden a los señores que no aguantaron más y en camillas los pasean de aquí para allá y de allá para acá con esos desgarradores gritos que aclaman una ayuda que nunca será hasta que se desocupe alguno de los cuartitos que más chiquitos no pueden ser o, en el peor de los casos, hasta que algún doctor se le ablande el bobo y diga yo mismo soy en uno de esos tantos transitados pasillos del hospital. Es horrible conocer la realidad pero menos mal que la conocí ya, para defender a capa y espada a esas personas que no tienen nada, ni unos zapatos que ponerse, que les hace falta un pan, que lamentablemente no supieron pensar antes de tener tres, cuatro o cinco hijos y ahora las ven negras, peor que antes. Esas personas, que aunque no sepan si uno más uno es dos, son grandes seres humanos porque ante las dificultades y obstáculos que la vida les puso, ellos siguen para adelante, no se achican, gritan, reclaman, joden, se defienden, luchan. Y entre todo ese mundo encontré a mi hermana, con unos esparadrapos en su cachete para tapar la herida, luego cicatriz que seguramente siempre llevará consigo (espero que no) y que le hará recordará aquel mediodía del siete de marzo, el mismo día en que Juan cumplía un año más de vida y estaba ahí, cuidando de su hija.
Salimos de esa cruda realidad sabiendo que Anita ya estaba bien pero que miles de personas más estaban suplicando una atención médica, porque de repente aquel señor gordo que ni su edad sabía y que yacía de dolor en esa camilla oxidada que, recomendablemente, mejor podía servir para llevar jeringas, guantes u otros utensilios médicos porque en cualquier momento se podía venir camilla y paciente abajo; sí, aquel pobre señor descalzo, quizá sentía que esos gritos de dolor que daba podían ser los últimos y los doctores pasaban y pasaban sin hacer ni mierda. Es que esto no es así carajo.
Llegamos a la casa a comer un poco. Anita estaba más tranquila, serena. Yo quería que no le faltara nada y que siga así, serena. Sé que ella es fuerte y no sólo por lo que ahora está pasando, sino por unos momentos en su corta vida que ocurrieron y que marcaron una huella en su alma y corazón. Pero ahí estoy yo para hacerla sentir bien, para que se de cuenta que no está sola, que nunca lo estará. Y ahí estoy yo para que nunca se trunquen sus sueños, para que cuando ella quiera abrir sus alas nadie ni nada se lo impida. Para eso estoy yo, porque la amo más que a mi propia vida, porque ella es una mujercita muy especial es mi ser: fuerte, bizarra, engreída, rebelde, buena, amorosa, hermosa, comprensible… porque ella sí es comprensible a diferencia mía. Ella es mi hermanita y nunca dejaré que nada malo le pase.
Ahora espero que estas líneas románticas, cursis, no la hagan llorar. No sería bueno para ella ni para mí.