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lunes, marzo 04, 2024

Principio del diario (o One note)

Creo que este blog será, de ahora en adelante, el diario de un papá orgulloso y un regalo de lectura para su hijo por el que infla el pecho a más no poder.


Fabrizzio.



domingo, febrero 17, 2013

LA COSA ES QUERER

La cosa es querer mucho, querer con ganas, con ganas locas, pero sin llegar a la locura. Aunque a veces querer con locura es bacán, cool, recontra chévere, pero no es algo que me quite el sueño. La cosa es también que te quieran, y que lo sepas. La cosa no es escribir que te quieren. La cosa es que te quieran. Simplemente que te quieran más, mucho, poco, pero que te quieran. Y cuando lo escribes es porque la cosa es que no te están queriendo. O sí. Pero poco, muy poco, poco y nada. Pero a veces, también, la cosa no es hacerse preguntas. Que si te quieren. Pues no lo sabes y listo. Más bacán. A lo secreto. Más cool. Sólo querer sin saber si te quieren o no. Tú quiere. No conjugues más. El verlo querer déjalo tranquilo. Hazlo tú, y no esperes. Ejecuta, jugador.

La cosa no es hacerse el dolido. La cosa es llorar por dentro si algo sientes y reír para seguir queriendo. La cosa es reír. Y llorar, pero sin que te vean. No seas huevón. La cosa no es que te vean. Es que te conozcan. La cosa es que si te conocen, no actúes. La cosa es que quieras naturalmente. No mientas. La cosa es que si te conocen y actúas, eres un completo y triste huevón. Y ella lo sabe.

La cosa es querer. Que no te importe lo demás. Si algo dicen, si murmuran, si callan, si ríen. Que te resbale. Eso, no interesa. La cosa que sí interesa es que quieras de verdad. Que si te gusta, quieras. Que si quieres, no mientas. Que si piensas en mentir, entonces eres un huevón más. La cosa no es ser huevón. La cosa es que piensen que eres huevón, estúpido, mediocre, saco largo, porque, simplemente, quieres con ganas, con ganas locas, con furia contenida, con la pasión que te sale por los poros. La cosa es amar desenfrenadamente. La cosa es gritar para que todo el mundo lo sepa. Es gritar y cagarse de la risa. La cosa, claro está, es gritar por amor, jubilosos, inflando el pecho, parándonos en firmes, mi soldado.

La cosa es decirle te amo, diariamente, a la chica que amas. Si la amas. La cosa es decirle perdóname, mi vida, cuando sientas que de verdad hace falta unas disculpas para seguir amando. Porque no se deja de amar así porque sí, de la noche a la mañana, porque me picó un mosquito, o porque pasó la más rica del barrio. Amor es una cosa loca. Amar, es una cosa loquísima, una cosa que te saca del cuadro, que te hace pensar en segundos y sonreír al despertar. La cosa es esa, amar sin pausas, en cada momento, en cada instante. Claro, la cosa es el instante.

La cosa es escribir cuando quieres. Si un escritor se enamora, la persona a la que le escribe no muere jamás. La cosa es no pensar en morir. La cosa es vivir. Y soñar. La cosa es amar. Y seguir soñando. La cosa es seguir escribiendo. La cosa, entonces, es querer escribir cuando se quiere, porque si se quiere tanto como se escribe… La cosa, es querer. Ya está. Sin pensar. Sin preguntar. Sin ciencias. Sin doctores. Querer y punto. La cosa es decir te quiero sin miedos. La cosa es, querer y escribir porque se quiere. Porque se ama. Porque se sueña. Esa es la cosa, al fin y al cabo, sin ton ni son, sin  blanco ni negro. La cosa es la cosa. Simple y llanamente.

viernes, agosto 03, 2012

UN LOSER PENSANDO EN VOZ ALTA



Me apagas el teléfono. Por mi culpa, por mi gran culpa. O de repente no, quizás, quién sabe, puede ser. Tienes tus razones. Y son válidas. Tus razones por encima de todo. Bah. Tus razones son las que me enamoran. Tus razones y tus ojos pardos, que brillan cuando el astro rey se pone en Lima. Tus cabellos que revolotean, juguetean en tu espalda, casi llegando a tu cintura. Claro, soy un imbécil. Claro, soy una basura. No hago nada bien. Ni escribir. Escúchame. Lee esto, querida. Soy una basura. Pero quiero seguir adelante. Contigo. Sólo contigo. No hay nadie más. Pausa. Ahora estoy yo, con mi soledad. No sé nada de ti. Hoy, no te tengo.

Me apagas el teléfono. Mi voz no te agrada. Quieres pensar las cosas. No sé, quizás, no, quién sabe, sólo tú, tus motivos y razones. Caminar contigo ya es un sueño. Y sueño contigo. Despierto queriéndote besar, apachurrarte con mis débiles brazos y acurrucarte en mi pecho de gato. No estás. Hoy, no estás. Hoy, seguro nadie quiso. Pero te quiero. Pero te quiero y con fuerza que siento dentro de mi corazón, y me pongo cursi porque te quiero. No te siento, hoy, no estás, no estamos, no te dije ni me respondiste, no supiste ni callé, ni te dije ni me miraste. Estoy sentado al costado del teléfono, viéndolo de reojo, no sabiendo qué hacer, susurrándole que suene, que vibre, que seas tú, que cuando te llame que timbre, que vibre, que sepas que soy yo. No. Hoy, no. No podrá ser. Off. Cambio y fuera.

Me apagas el teléfono. Me lo tengo bien merecido. A cocachos aprendí. Mi labor de enamorado. Yo perdí el corazón, una tarde lejana. Esa canción es maravillosa, como tu sonrisa, y tu caminar lento, de ganso elegante, de caballo de paso al son de la marinera norteña y el galante chalán, que soy yo, cortejando, diciéndote sabe qué cosas lindas que te sonrojas y no puedes más. Marco tu número, deje el mensaje después de la señal: Amor, este, yo, este, te extraño, quiero que sepas que…este, se me hace difícil decirte que te quiero por aquí y no poder darte un beso… Es feo ver a la chica que quieres y no decirle nada. Horrible. Es feo cuando marcas, suena, suena, y de pronto la grabadora se interpone, ruido, qué hago, piensas, sin hacer algo, nada, suena el pito y cuelgas, nervioso, y te sientes un perdedor como tantos en el amor que muchos dicen es efímero.

Me apagas el teléfono. Por mi culpa, por mi gran culpa. Me golpeo el pecho, siempre me golpeo, y no aprendo, never, ¿why? I don’t now. Tic, toc, ya es hora, loser. Es tiempo de ser y no parecer. 

miércoles, julio 11, 2012

UNA NOCHE NO TAN FRÍA




Me involucro en el juego, nuevamente, sin miedo, dejándome llevar por mis instintos locos. Me incentivo. Me doy fuerzas para sólo ver para adelante. Para no retroceder, ni mirar atrás, ni pensar en lo pasado. Todo adelante. Un pasito tun tun, compadrito. Y el juego lo conozco, y por eso voy nuevamente, como ya dije, sin miedo, con mucha mierda.

Es una hora de la madrugada donde es preferible dormir que estar deambulando haciendo todo y nada. Tener los ojos abiertos a las tres de la mañana no es fácil ni simpático. Pero eres guapo si te duele la cabeza y sigues paradito como soldado.

Como yo, que me duele la mocha por haber estado baila que te baila con una morena alta de culo rico y bemba prominente. Bailaba como nunca, un tema de N’Samble, y sa sa sa salsa, y meneíto y cintura, mami, cintura. Y juegaba con su cabello ensortijado mientras me trataba de computar, de besar, de manosear, de hacerme hombre. Yo no atracaba. Yo no juego así. Las cosas como son. Dejé de puntear con ritmo caribeño y di un paso al costado elegantemente, saqué el celular del bolsillo del pantalón y empecé a tuitear con la chica que me mueve el piso y todo mi cuerpo enclenque que cuando baila da pena a la misma tristeza. Me aparté y fugué al barrio donde crecí.

Son las cuatro de la madrugada y creo que mi cerebro empieza a funcionar parcialmente, me despierto parcialmente, y hablo con una damisela teniendo como fondo musical un perreo papi perreo, dame duro, tra, que se escucha a lo lejos, en el teléfono, y pregunto si puedo ir a verla, y me dice que me espera pero que no la haga esperar. Cuelgo, abro, cierro, corro. Respiro. Contemplo.

El amanecer del día domingo nos encuentra abrazados, friolentos, bien acurrucaditos el uno por el otro. Nos miramos. Temblamos como nunca. Nos besamos como nunca. Son las cinco y abrazo a mi compañera con fuerza, me dice que le duele, le digo que la quiero, no me dice nada y sólo me mira a los ojos, le digo que quiero estar con ella, que quiero involucrarme al juego nuevamente, no me dice nada y me besa. Es un sueño, pienso, y la beso con más ganas, abrazándola más fuerte, en plena madrugada friolenta de Lima, que ya no es horrible.

Una noche no tan fría porque estoy contigo, contemplando el amanecer del domingo, acurrucados.

miércoles, junio 20, 2012

CONTIGO


A Marjorie Alexandra.

Caminabas con dificultad por esos zapatos taco doce. Te veías elegante, como siempre. Caminabas con destreza. Yo no me pongo esas tabas ni jugando, me las pongo y en one estoy besando el suelo contando maripositas y hablando chucherías. Regia, hermosa, como siempre. Te contemplaba, cómo no hacerlo, miss. Modelabas en una pasarela colmada de autos y gentes, y edificios y pubs hasta por gusto. Y yo, ahí, si quepo, si me dejas. Eres maravillosa, cómo no escribirte. Es un placer dar unos pasos contigo. Eres un placer. De ensueño. Eres… Quiero decirte que te amo, ¿manyas? ¿Me entiendes? ¿Me captas, miss? Cambio y fuera. Quiero enamorarte, eso es todo, perdona si me voy de avance. Quiero… Te amo, Je t’aime, mademoiselle.

Tus cabellos castaños jugaban con tu rostro. Se escondían en tu espalda. Se corrían del viento, y revoloteaban, enfurecidos. Me desahuevo y te lo digo todo, pensaba, mientras el pisar de tus zapatos de taco marcaban el compás de tu airoso caminar. Te veía y me ahuevaba, así mil veces. Mil veces en dos horas. Dos horas contigo. Mil veces te acompañaría. Te lo digo. Sí. Y me cagué de nuevo. Así. Y así. Por la San Puta, no te pierdo ni de a balas, otra vez no, miss. Alma para conquistarte. Sólo entiéndeme. Corazón para quererte. Sólo para ti (como la de Camila). Y vida para vivirla junto a ti. Sólo ámame. Perdona. Olvida. Confía. Junto a ti. Y yo, si quepo, si me dejas.

Miraflores estaba frío, con vientos que chocaban en mi garganta que enchalinada trataba de cubrirse. Un pucho. Dos puchos. Y tres, y cuatro, nada más. Tú mirabas y modelabas, delicada. No me mirabas. Yo te contemplaba. Estabas ronca, pero hermosa. No hablaste mucho, sólo para decir lo justo y necesario. Yo habla hasta por los codos, y me engreía como niño que aún soy. No me mirabas, ni por eso. Sólo movías la cabeza. Yo temblaba, sudaba, y pisaba siguiendo el compás de tus taco doce que te hacían lucir más radiante, como volando. Jolie. Trè jolie, mademoiselle.

La noche con la luna adjunta se escondieron. Nunca las vi. Sólo te contemplaba. Las bocinas chillonas y los gritos que salían de los puteríos de turno no me incomodaban. Eres una obra maestra, cómo no mirarte. Tus cabellos no se cansaban de juguetear en tu cuello largo y descansar en tus hombros cubiertos por una chompa ceñida. Y cuando el viento apuraba, y modelabas, tus cabellos corrían a tu espalda y se sentían libres, y te veías hermosa, desatada, libre, tú. Eres un poema, cómo no recitarte, y escribirte, y enamorarte.

Quiero enamorarte, eso es todo. No quiero perderte de nuevo, miss. Olvida y piensa en nosotros. Te veo, te veo. Tus zapatos de taco ya no suenan más, porque hemos parado a tomar el carro que nos llevará de regreso, o te llevará, sólo a ti. Yo me quedo un rato por estos lares, haciendo qué sé yo. Contemplaré tu huida, y que no sea fugaz, porque tendrás que regresar. Siente. Olvida. Camina lento, y que tu pisar siempre lo escuche. Estar contigo ha sido recitar un poema con delicadeza, con garbo, con elegancia, teniendo al amor como premisa y la ilusión como jugueteo de niños engreídos. Contigo. Tú. Y yo, si quepo, si me dejas.

Madrugada fría, muy fría. Junio (y que no garúa) del dos mil doce.

domingo, junio 17, 2012

DÍA DEL PAPITO ITO




Feliz día del padre. Feliz día del padre al que cría y no solo engendra. Feliz día del padre al señor que se entrega al trabajo arduo para llevar algo que comer a la mesa de su hogar. Feliz día del padre al viejo que hace sonreír a su hija cuando algo malo le ocurre, cuando habla sin pelos en la lengua con el hijo que está buscando disipar sus dudas. Feliz día del padre al hombre que lo da todo sin recibir nada a cambio, y con sólo un fuerte abrazo se conforma y duerme tranquilo. Feliz día del padre al señor que no descansa cuando siente la casa derrumbarse por falta del fajo indispensable de papeles verdes. Feliz día del padre al padre que tengo. Al padre que me apoya en mi carrera de novel escritor, de adolescente inquieto, de pendejo de ventana. Feliz día del padre a Coco, que antes que sea mi viejo, es mi pata y lo quiero como mierda, aunque muy pocas veces en la vida se lo haya dicho.

Feliz día a Don Julio, mi abuelo, viejo tosco y amargado, arequipeño de nacimiento y con la lisura en la punta de la lengua. Feliz día para él, porque es el abuelo que te habla de todo y de nada, que te engríe y te caga en one cuando haces algo incorrecto; y yo lo quiero, porque peruano ¿yo? … ¡arequipeño, carajo!

Feliz día, cómo no, a Juan, la pareja de mi madre y padre del hermano que más jale tiene con las mujeres que muy raras veces me buscan. Y padre también de mi hermana. Feliz día para él porque a mi madre la quiere como a ninguna otra mujer, la adora, la contempla todas las noches cuando llega de trabajar, cansada y le dice que todo estará bien, que esté tranquila. Feliz día para él, porque se rompe el lomo por su hijo y mi hermana, porque tomó la responsabilidad y eso hay que agradecer de corazón. Feliz día porque es un hombre de bien, porque la luchó y salió adelante junto con mi vieja, porque agarra sólo las rubias de botella, y eso sí que es rescatable, ¿no?. Feliz día porque cocina de mil maravillas, porque no la piensa dos veces, porque agacha la cabeza cuando mi madre se convierte en fiera.

Feliz día, y en mayúsculas, a mi viejo, claro, Coco. Al hombre que ya se le cae el pelo por herencia, porque su viejo también se quedó calvo a muy temprana edad, por herencia, digo bien. Feliz día a mi padre por darlo todo, todo lo que podría ser todo. Feliz día porque nunca se cansó de decirme antes que tu padre, soy tu amigo, nunca lo olvides, y ahora es mi amigo y jugamos y le cuento de mis flacas porque es mi amigo y los amigos se cuentan de todo, pues es así. Feliz día porque sus canas no son por gusto, porque sus arrugas no son por gusto, porque el reposo en el que ahora vive, no es por las puras huevas. Feliz día porque sus palabras de aliento se ven reflejadas en mi cuerpo joven. Feliz día porque sus palabras fuertes, ahora son mi disciplina. Feliz día, porque, cierto día, me dijiste yo soy tu padre, enseñándome los dientes y golpeando la pared, y yo al día siguiente, mirándote a los ojos, llorando en tu pecho rudo, te dije yo soy tu hijo, y el abrazo nunca terminó hasta bien entrada la noche. ¿Recuerdas aquel día, viejo?

Feliz día para lo que queda del día. Feliz día pero que no sea el único día. Feliz día a las madres que son padres. Feliz día a los padres que no tuvieron los huevos bien puestos para decir aquí estoy y ahora sufren porque nadie les dice que hoy es su día y el alma se les carcome por gramputas. Feliz día para los padres jóvenes, para los que después de la noche de placer, dijeron la cagué y ahora lloran de felicidad repitiéndose el himno de gloria machona: puta, que soy viejo, pe huevón. Feliz día para César, padre estéril. Feliz día en plena noche. Feliz día porque, comercialmente, hoy es el día, o así dicen. 

lunes, junio 04, 2012

MIENTRAS TE PERDÍA



Mientras la tarde caía y el cielo se ponía anaranjado, recordaba cuando te decía te amo mil veces en mi habitación, sin tocarte, sin aproximarme a tu cuerpo delicado que yo tenía por cristal lujoso. Recuerdo cuando te amé en mi cama sin tocarte, mil veces lo recuerdo, y mil veces lloro.

Mientras el frío de la tarde me jodía sin pedir permiso, tus ojos me apaciguaban, los sentía como compañía. Los miraba como cuando te tuve en mi cama y te besé con las manos atadas detrás mío, porque no quería hacerte daño, porque quería amarte y no tenerte. Me mirabas como cuando me dijiste por primera vez te amo, sentados en una esquina de cierta avenida solitaria, como a las tres o cuatro de la madrugada, con cinco o siete vasos de ron encima.

Mientras miraba el mar recordando la mañana que vimos juntos por primera vez el mar, sentados en el malecón, prometiéndonos amarnos para toda la vida, me mirabas, y yo también te miraba, porque te amo, porque nunca te olvidé, porque yo te perdí pero tú no me perdiste, y las cosas duelen pero así son, y soy un perfecto cojudo.

Mientras te miraba, tú nunca me miraste. Mientras me mirabas, yo siempre supe que me estabas viendo. Mientras jugabas a mirarme y volteaba y encontraba el sentido de tus ojos, jugábamos los dos, sin sonrisas, lo más serios posibles, opacos, y no pasaba nada, y mi corazón se arrugaba de poco en poco, hasta hacerse añicos y pedir auxilio a la razón que en nada podía intervenir, porque no es su juego.
 
Mientras la noche se ponía en Miraflores y yo fumaba un pucho, y fumaba los recuerdos que venían y se iban, suspirando y escupiendo mierda y media exhalando el humo que zigzagueaba por los aires fríos que se hacían sentir en mi cuerpo flacuchento sin abrigo. Presentía, y no presentía. Lloraba sin saber el porqué. Sonreía tratando de tapar mis miedos, sonreía mintiéndome a mí mismo. Sonreía porque soy miedoso y cabro, y eso ya es secreto a voces.

Estoy temblando. Y llorando. Y había jurado que nunca iba a llorar, menos por ti. Y tú me ves, me escuchas, sabes que por ti estoy así, quieres que voltee pero el miedo me gana como siempre y me jodo solo, como noches anteriores. Estoy temblando, con los ojos cerrados. Me siento perdido. Me siento herido. Me siento, tal vez, usado. Porque si jugué, me jugaron mal, y ahora no hay mofa, la chanza acabó en una noche solitaria de Miraflores, una noche fría, muy fría.

Mientras lloraba frente al mar, tú me mirabas. Lo sé, te escuchaba cuando me llamabas en silencio. Te sentía recostada en mi cuerpo congelado. Te sentía haciéndome botar el cigarro que siempre me decías que no fume al frente tuyo. Y lo boté, porque son tus recuerdos, y los cumplo por ser obligaciones. La arena se hizo más suave. Y el recuerdo de una noche estrellada no esperó, al ver la luna muy bien acompañada, dando brillo al oscuro momento que no tardó en ambientarse ante mis ojos con lágrimas que ya había caído y otras que no tardaban en partir.

Y mientras lloraba frente al mar, te pedía perdón, y te pido perdón, porque quizás te hice daño escribiéndote, también lo recuerdo. Te pido perdón. Te pido perdón mil veces. Por eso te escribo, para que me des una tregua, para explicarte las cosas, para llenarme de valor de agarrarte del brazo y decirte cuánto significas para mí, cuánta falta me haces, cuánto daño me hace seguir con esta farsa. Por eso te escribo, para que sepas que nunca te olvidé y nunca te olvidaré. Por eso te escribo, para que sepas la verdad de mi vida, la verdad de mis miradas cohibidas, la verdad de mis llantos desconsolados, la verdad de mi puta vida sentimental, con el corazón rasgado y hecho añicos, bien tirado y vapuleado en el piso.

Bucho.

sábado, mayo 19, 2012

DÍA PARA MAMÁ


A mi bella 
y complicada mamá.

UNO

Es el día de la madre. Despierto con buen humor. Saludo a mi tata, la extraño. Me baño y me visto; mi padre me besa la frente y salgo hacia la casa de mi vieja.

DOS

Subo a la combi. Me siento al costado de una señora que apoya su cabeza en la mica de la ventana, cansada o triste. La siento sollozar y me incomodo. La miro de reojo, lleva sus manos a su rostro moreno y seca las lágrimas que se posan en sus mejillas. (No sé echarles edades a las mujeres, es una tarea complicada; pero de que cursa los cuarenta, sin dudas). Se tapa de la gente, se oculta, se avergüenza. Yo también me avergüenzo. Nadie le hace caso. Todos se hacen de la vista gorda. Yo la escucho y bajo la cabeza. Saca su celular y contempla una foto de un negrito ruloso, pateando un balón en algún parque. Llora, y se cubre la cara con las manos, dejando caer el teléfono. Disculpa, se te cayó, le digo, nervioso. Me mira, coge lo que es suyo, y vuelve a recostar la cabeza en la ventana, y vuelve a sollozar.

TRES

Corro al puesto de Marisol, una chica de diecinueve que ayuda a su mamá en el mercado. Conozco a doña Mirna desde hace mucho, pero ahora Marisol es la que vende y la que se encarga del puesto. No sé qué regalarle a mi mamá, le digo, apenado. Los chocolates nunca fallan, me dice, con la sonrisa de siempre. Le compro tres cajas de chocolates de diferentes diseños; las envuelve en papel de regalo, y me las da. Me dice que salude a mi madre, le digo que no se olvide de darle un beso enorme a doña Mirna. De pronto, cuando unos cuantos pasos me han separado del puesto, siento una voz decir: cholita, feliz día, ¿cómo está la bebé? No volteo, siento mi cara arder y escucho la voz contenta de Marisol respondiendo a sabe quién; sonrío y confirmo que la vida es maravillosa.

CUATRO

Camino en dirección a la casa del barrio donde crecí con dos rosas en la mano. Camino garbo, como caballito de paso. Siento que me miran. Siento que se ríen de mí. Siento que las señoras suspiran cuando paso. Siento que soy romántico. Llego a la casa de mi abuelita, abro la puerta y entro a la cochera. Cojo fuerte las rosas y los regalos. Abro la segunda puerta para subir las escaleras y los gritos de mi madre me hacen sentir en casa.

CINCO

Escribo una crónica pensando en mamá y escuchando sus gritos que mantienen viva mi alma: feliz día, viejita, por haberme parido. Feliz día por haberme parido macho, digo. Feliz día por siempre hablarme fuerte. Feliz día por abrazarme hasta quebrarme los huesos. Feliz día por ser fuerte, por pisar fuerte, por hacerme saber que siendo fuerte de alma y corazón se llega muy lejos. Feliz día por hacer de mí un hombre de bien, y yo contradecirte. Feliz día por sacarte la mierda por mis hermanos. Feliz día por llegar tarde y descansar, y al día siguiente lo mismo. Escribo más, pero prefiero guardar el texto y amar en silencio.

SEIS

Voy en busca de un café caliente, a las ocho de la noche. Camino por donde caminé dieciocho años. Me encuentro con amigos que saludo y abrazo y beso, y me sacan una sonrisa pendeja. Me encuentro con personas que nunca pensé encontrarme, menos en el barrio donde crecí. Vuelvo. Apuro el paso por una calle solitaria, por el frío y sin temor alguno. Escucho silbidos. Escucho gritos. Los gritos los escucho más cerca y los silbidos de pierden en la fría noche. Una pareja discute en la esquina de la calle. El niño que iba de la mano de la mujer, se logra soltar y se sienta en la vereda; empieza a llorar. Camino lento, amargo. El hombre le pega en la cabeza a la mujer, gritándole. La mujer baja la cabeza. El niño llora y grita, sentado en el piso. El hombre para un taxi. Trato de ayudar, y el hombre me mira como para matarme, y la mujer me hace una señal de alto, que no es mi problema, logra decirme. El niño llora más fuerte. Nadie sale por las ventanas de sus casas. Todos celebran el día de la madre. Nadie escucha nada. El hombre mete a la mujer al auto, carga al niño y lo empuja para que entre. Bajo la cabeza. El taxi pasa por mi lado y el hombre clava su mirada feroz en mis ojos que no tardan en hacerse agua. Ya no quiero el café.

SIETE

Mi madre se come los chocolates que le he regalado. Se empacha. Tiene hinchada la barriga. Me agradece por el día que he pasado con ella, le digo que era lo que al menos tenía que hacer. Me hace la señal de la cruz en la frente y salgo de la casa del barrio donde crecí.

miércoles, abril 25, 2012

DE BESOS Y MORDIDAS




A Brenda.

Cuando ingresó, el brillo de sus ojos alumbró el Acapulco. Las viejas paredes color crema rejuvenecieron contemplando su caminar pausado. Sus pasos marcaban la pauta. Y mi corazón, a mil.  Me miraba mientras yo la amaba, y el beso que tanto extrañé se dio. Entonces caminamos de la mano y la felicidad invadió mis cuatro paredes hogareñas.

Le recité una poesía que me aprendí como tarea. Le canté una canción de Fonseca, que dice algo así como que eres el arroyito que baña mi cabaña, eres el negativo de la foto de mi alma… y sigue el paisa con la melodía que enamora, y lo recordé, y me sentí libre para abrazarla y hacerla mía, mirando fijamente sus ojos, sonrojándome como niño travieso, porque las chapas son de inocente, y de inocente tengo todo, aunque se rían.

Nos mordíamos la boca con ganas posesivas, porque la mía es suya y la suya es mía, y ella también; y perdí lo de inocente porque hubiese sido un tremendo cojudo de padre y Dios mío. Nos mordíamos el cuello porque la pasión se puso colorada y el momento apremiaba, pero lo de inocente nadie me lo quita y morí en sus labios cuando su sonrisa Colgate que tanto desearía tomarle una fotografía y ponerla bajo mi almohada para soñar bonito pensando en ángeles de esos, se detuvo ante mí, dejándome en stand by, como que para tu coche, cuñao. This is love, sir, confirmé sonriente.

Me avergoncé cuando después de un beso lleno de todo y mordidas, volteé y me quedé en la mirada del retrato de mi tata que hace seis meses nos dejó y hoy recuerdo con pesar su partida (porque ella nunca dejó de sonreír, de mandar ajos y cebollas con esa boquita de caramelo; y seguro por eso soy yo así, y seguro por eso me enamoré de Brenda, porque nunca deja de sonreír, porque nunca deja de ser como es, porque nunca deja de enamorarme día a día, aunque no la vea en cada puesta del sol ni cuando la luna se aproxima a espiarnos en nuestras actividades turbias y sombrías).

El espacio era oscuro y Sabina proponía. La luna es una vaga, manchada de alquitrán… Le cantaba al oído, pero ella prefería rock ochentero, argentino, algo de Soda, me dijo, y la consentí; me miró como nunca me había mirado y entonces me dejé llevar por ese sendero que nunca había querido explorar, y ahora quiero y me desespera cuando no camino por ese surco que ella cuando puede y quiere me enseña. Pero Sabina no se quedó ahí, porque yo le cantaba al oído, pero a ella no le gustaba, es español, me dijo; y me besó no sé si para callarme o porque ya habían pasado unos buenos minutos sin probar lo que es suyo.

Si quieres quererme, voy a dejarme querer; si quieres odiarme, no me tengas piedad… ¡Ay, Sabina, por la puta madre! Y me volvió a besar mordiéndome la boca, porque es suya y eso es permitido en el juego amatorio. Sabina cantaba en mi cabeza, pero yo me dedicaba a besarla con vocación de servicio mientras le recitaba  una canción del español que nunca se enteró, y me besó con tanta pasión que me hizo sudar y no reconocí mis manos porque ni sé por dónde fueron y llegaron; entonces le recité un par de canciones más y pues ya había encontrado el secreto para sentirme vivo y con huevos para decirle que más que un beso, quiero de ella su corazón joven que merece mucho, esperando no desgraciarla.

La noche nos había esperado. Y fue cómplice de esta locura llena de… Las estrellas se juntaron para ser testigos y la luna espiaba. Un beso elegante firmó la primera escena, el comienzo de este largometraje que empieza a embellecer el cinema diario, con rollo hasta por gusto y mordidas al gusto del veedor, sin la puta censura de por medio.

martes, marzo 20, 2012

TE QUIERO


No me gusta esperar, pero igual te espero. 
Primero, te quiero, igual.
Andrés Calamaro. 

A ti.

Te quiero cuando juegas con tu cabello castaño  al acercarte a mi casa. Te quiero cuando me agarras de la mano fuerte, porque te pertenezco. Te quiero cuando me arrochas con la mirada, porque me fui con alguna morena bonachona. Te quiero cuando me pellizcas. Te quiero cuando me golpeas, porque para eso sirvo. Te quiero cuando juegas conmigo, porque para eso sirvo.

Te quiero cuando salgo por la ventana y suspiro pensando en ti, porque estamos juntos. Te quiero cuando camino feliz, porque estamos juntos. Te quiero cuando suspiras. Te quiero cuando ríes, cuando me dices que soy un payaso; es que soy tu payaso, tu bufón cursi que te quiere sacar una sonrisa, y amarte en pleno sunset. Te quiero cuando me gritas, porque siempre alguien me tiene que bajar de las nubes.

Te quiero porque no eres como yo. Te quiero cuando me dices que no hable groserías; lo odio cuando me lo dices, y por eso te quiero. Te quiero porque nunca cambiaste. Te quiero porque te haces la difícil, como debe ser. Te quiero porque eres sincera, como debe ser. Te quiero porque amas.

Te quiero por esos ojos caramelo que brillan cuando sientes verdad. Te quiero por esos cabellos lacios que te obedecen: que se desbaratan cuando el aire sopla fuerte, y que se apaciguan cuando los llamas torciendo el cuello, delicadamente, como Miss Mundo saludando por el reinado. Te quiero por esa sonrisa que la alegría dibuja en tu rostro angelical. Te quiero por esa poesía de amor recitada por tu cuerpo joven, que excita mis pobres sentidos que poco a poco los necesito menos, y que sólo despiertan cuando tú estás.

Te quiero por ser inteligente, por no ser hipócrita. Te quiero por ser responsable, por ser sincera, por ser honesta. Te quiero porque nunca te amilanas, porque nunca te rindes. Te quiero por llevarlas bien puestas. Te quiero por ser mujer, por hablar y actuar como una verdadera mujer. Te quiero por ser hija, una verdadera hija. Te quiero por ser hermana, por ser amiga. Te quiero por ser un amor, mi amor.

Te quiero porque te quiero, así de fácil, y simple. 

miércoles, febrero 15, 2012

SAN VALENTÍN, ¿DE NUEVO?

                      

El amor, que cosa más rara. Me paro. Tomo aire. Expiro. Sí pues, esto es más raro, pero lindo, pienso. Bebo de una un vaso con agua y me como los tres cubitos de hielo que quedaron. Me vuelvo a sentar. Y pienso en los cubitos que ya no están. Y aquí estoy yo.

Recuerdo que ayer, en cierta hora de la tarde cuando el sol quemaba, te vi caminar como modelando, fumando un pitillo largo que te hacía lucir aún más hermosa. Yo estaba en algún asiento de esos buses verdes, grandes, que levantan gente en 28 con Larco. Por la ventanita sucia te reconocí, y me quedé viéndote cuando cruzaste la pista, sin miedo, botando el cigarro que se había consumido hasta la mitad. Y mi mirada se pegó al cigarrillo que clamaba auxilio cuando una nueva rueda pasaba sobre él. Y de repente, subiste al bus y te sentaste en el asiento continuo, dejándome pasmado, con un ataque de tartamudez cojuda.

Sigo sentado y pienso en ti. Mi mirada se pierde a través de la ventana, fijándose en el horizonte nublado de hoy. Es catorce para muchos; me excluyo. Sólo pienso en ti, contemplando las gaviotas que planean en el cielo gris de Lima.

Es catorce, decía, y San Valentín ha llegado para los que Cupido ha dicho: tú sí, camarada. Salgo a la calle. Estoy solo, pero los mejores recuerdos de tus ojos pardos me acompañan. Los enamorados se confunden con los comerciantes de algodón dulce, globos inmensos con formas de corazón y rosas de mentira a una china, varoncito. Se nota a leguas que San Valentín los tiene ahuevados, o es que los más hábiles esperan ese día para, unos, juguetear en algún hotelucho de malamuerte, y otros, hacer su agosto.

Y bien, San Valentín no es para mí, y creo (si la memoria no me juega mal) que sólo pasé un catorce de febrero con esa personita. ¿Lo digo? ¿No lo digo? Tú sabes que fuiste la única, miss. Tú sabes que te estás mintiendo. Te estás acorralando, fingiendo un querer que no es, M. Las gentes nunca ayudaron, y nunca me importaron, tampoco. Pero yo te espero, de nuevo. Estaré donde siempre. Solo, o con algún libro. Me callaré al verte, porque te he dicho hasta lo que nunca he pensado. Y el beso llegará solo. Y tu mentira se quedará deambulando por alguna avenida desolada, donde un poste de luz será lo único que alumbre sus tristes pasos, descorazonados.

martes, enero 17, 2012

ME OLVIDÉ


Me olvidé despertar a las seis. Me olvidé prender el calentador de agua para el baño matutino. Me olvidé que hace un calor de mierda. Me olvidé que la promesa de correr en las mañanas fue propuesta para las siete. Me olvidé tomar el vaso con agua que combate mi boca pastosa. Me olvidé del buenos días, papá. Me olvidé que el tiempo se pasa volando. Me olvidé que aquel vaso con agua me esperaba, en la vieja mesita de noche, junto con otros vasos, sucios y con polillas ahogadas o nadando felices, desde hace una o dos semanitas atrás.
Me olvidé que el Bolívar no es tan bueno como el Neco, para el baño matutino, digo. Me olvidé que el calzoncillo va antes que el pantalón, y que los calcetines no se usan con sandalias. Me olvidé de la papaya en cuadritos a las diez. Me olvidé del sabroso olor del hígado frito, y del sonido que ocasiona su preparación. Me olvidé del vino, para ti. Del pisco, para mí. Del ron, para ellos. Me olvidé que el pisco y la cerveza no se llevan muy bien en mi estómago. Me olvidé quitarle el pellejo dorado al pollo a la brasa. Me olvidé del carajo, no más grasa.
Me olvidé de dar las gracias. De pedir por favor. Me olvidé que fumar a cuarenta grados es algo cojudo, de pura pose. Me olvidé de jugar a patear la pelota a las cuatro. Me olvidé del póquer, a las cinco. Del golpeao, a las seis y bien zampao. Me olvidé de los silbidos. Me olvidé de las miradas irónicas y desafiantes. Me olvidé de los puñetazos a las puertas y patadas a las paredes. Me olvidé que Gian Marco me hace llorar con Basta saber cómo me miras, para saber lo que te pasa… Me olvidé de odiar. Me olvidé de reír, a carcajadas, y sin ningún motivo. Me olvidé de dar el insulto correspondiente a quien me vapuleó segundos antes. Me olvidé de las sonrisas frontales y los puñales a espaldas. Me olvidé de gritar, pero si es por amor, hasta con megáfono. Me olvidé de ser frío. Me olvidé de ser indiferente. Me olvidé de quitarle la mirada al niño pobre de La Paradita. Me olvidé de componer canciones y romperlas, en compañía de doña soledad y un vaso con güisqui. Me olvidé que el güisqui es para la clase A1. Me olvidé que era clase A1 y no te jodo, miss.
Me olvidé de tus cartas. Me olvidé de los corazones en mi zurda. Me olvidé del tatuaje que pensamos hacernos. Me olvidé de tu fotografía en mi librero abarrotado de cosas viejas. Me olvidé de nuestra foto en algún libro que quemé en año nuevo y que nunca leí. Me olvidé de los mensajes de texto. Me olvidé el móvil que me regalaste en algún coche, por pasarme de seco y volteaos. Me olvidé de las noches de sexo en mi cama, y en la tuya, horas después. Me olvidé de las crónicas que te dediqué alguna puta vez. Me olvidé del libro que pensé escribirte. Me olvidé de tu dulzura. Me olvidé de tus ojos pardos que en el sol brillaban gritando ámame, que les pagué mal y ahora me arrepiento. Me olvidé de los te amo y eres la única, mi vida. Me olvidé de los pasos que dimos en el Kennedy, a las dos. Me olvidé de las siestas en el parque, contemplando la luna lunera, cascabelera. Me olvidé que hablé con tus padres. Me olvidé que tu mamá me trató como un hijo y tú, como una basura. Me olvidé que te gustaban mis pestañas. Me olvidé que me gustaba morderte la boca. Me olvidé que tus besos nos los encuentro, ni los encontraré, quizás. Me olvidé que me partiste el corazón. Me olvidé que me olvidaste rápido, mintiéndote a ti misma.
Me olvidé de llamar a mi mamá. Me olvidé de quitarme los lentes de sol. Me olvidé de bajar el volumen a la radio. Me olvidé que a partir de las ocho no se hace bulla, y menos en una residencial, donde trato de vivir, o sobrevivir. Me olvidé de mis amigos. Me olvidé de las novias de mis amigos. Me olvidé de ver mi foto con el payasito chaposo. Me olvidé de cenar. Me olvidé de ver el reloj. Me olvidé de hacer planes. Me olvidé de esperar el mañana. Me olvidé de contemplar la luna a las diez. Me olvidé de suspirar. Me olvidé de soñar. Me olvidé de susurrar regresa que aún te quiero. Me olvidé de tocarme el pecho cuando el bobo lo tenía a mil. Me olvidé de lo maravillosa que puede ser la vida. Me olvidé de los pasos seguros. Me olvidé del lento, pero seguro. Me olvidé que en la noche se duerme. Me olvidé que escribir a las tres de la madrugada es una actitud heroica, de puro huevo y Cafetal. Me olvidé que solía sentarme en el mejor sillón de la casa, a meditar. Me olvidé que alguna vez fui alguien. O quizás me olvidé que aparentaba serlo.

Cuatro de la mañana de un día que prefiero olvidar.

jueves, diciembre 22, 2011

EN EL MAR, LA VIDA ES MAS SABROSA




Es diciembre. Días de verano. La mar es un mundo aparte, juega con el sol y el chico solitario que deja sus huellas contestando las interrogantes que lo tienen fuera de si. El sol la acompaña desde las seis o antes. El cielo azul, pleno, alborotado de gaviotas chillando, también dice presente. El puerto, por el cual botas negras pasan a cada segundo, es el anfitrión de una vida en un plano más elevado: lleno de gozo, alegrías y penas.

Miguel, que tiene en Chorrillos veintiséis cortos años, despega los ojos muy temprano, entusiasmado. Como un resorte salta de la cama y llega hasta su escritorio donde tiene lista su ropa de running. El muchacho siente que un jugo de naranja antes de correr siempre es bueno. Sale de su casa, a paso garbo, importándole nada lo que la vieja chismosa de al lado diga de su contextura física que se pasó de gruesa. Gordito, gordito, escucha voces, pero emprende carrera fijándose una meta; y acompañado de un toma-todo negro, da el primer paso por el malecón que lo espera a diario: Pescadores es el inicio y el final, hasta lo que su inmenso cuerpo le permita.

Ya tiene una hora y tanto en el agua. La embarcación se tambalea, pero él        siempre está ahí, firme, pegado a su caña que lo acompaña más de cuarenta y cinco años y que fue una herencia de su viejo, el gran Don José. No hay nada, carajo, dice Roberto, que se hizo pescador desde que vio a su padre tirar la caña y a los cinco minutos levantar un Jurel, que lo saboreó con limoncito y sal cuando volvieron al puerto. Pescados de mierda, agrega el viejo, que hasta su barba huele a mar porque el mar, según dice, le ha devuelto un poquito de vida, lo hace importante, lo hace sentirse útil. Son las dos de la tarde y el único cangrejo que ha podido sacar, y que completa su agonía en una batea enorme, salta de felicidad, como si estuviera burlándose del pescador que no ha levantado ni un alga. Roberto se molesta, manda tres mil carajos al cielo lleno de celestes y amarillos y tira la caña con furia, como le enseñó José, pidiéndole al flaco que hoy vuelvan a llevarse algo a la boca. Después de media hora siente un tirón, jala con fuerza y levanta un Jurel, y la red que había dejado caer horas antes se llena de peces que buscan liberarse de cualquier forma. Se persigna, mira al cielo, piensa en su viejo y metiendo los dedos al mar dice: “Danos hoy el pan de cada día, mi señor…”.

Juana y Felipe trabajan todo el día y llegan cansados solamente a dormir. Son esposos desde hace dos años, pero pareciera que el amor se fue y la costumbre tocó a la puerta acompañado de la monotonía, costumbre e infidelidad. Eso es lo que siempre pasa en los matrimonios limeños. Una tarde, como a las 6, llega primero Juana, exhausta, con dolor de cabeza. Se da un baño para relajarse y se echa a la cama para intentar dormir. Felipe, que siempre llega a las diez, esta vez llegó una hora después que Juana. Entró al dormitorio y vio a su mujer dormida. Se dio un duchazo, lo más rápido que pudo y se vistió elegantemente con el traje de su luna de miel. Amor, despierta, ponte bonita, vamos a pasear. Juana abrió un poquito el ojo zurdo, como quien no quiere la cosa y vio a su marido vestido de azul marino, peinado con raya al costado y oliendo el perfume que ella le regaló en su primer año de casados. Estaba extraña, pensaba que todo lo que estaba pasando era extraño. Los relojes marcaban las nueve y Juana ya estaba lista con el vestido blanco con el que entró a la iglesia de Chincha, donde dio el sí. Felipe prendió el auto, vendó los ojos a Juana y emprendió la marcha. ¿A dónde vamos, Felipe?, preguntaba ella. A recordar la felicidad y ver si podemos empezar de nuevo, mi amor, respondía él, mientras apresuraba el paso. Después de veinte minutos el auto paró, Felipe volteó hacia su esposa y le quitó la venda: Juana, ¿quieres casarte conmigo? Esto será zonzo, pero quiero rehacer mi vida contigo; hemos fallado, hay que olvidar todo y empezar de cero. Juana quedó pasmada, no sabía qué decir. Cerró los ojos. Una lágrima nació y rozó su mejilla en el camino a su vestido. La vista era hermosa. La gran mar los contemplaba. Y hubo un momento en que Juana quedó consigo misma. La culpa era de los dos, pensó, y por lo mismo creyó que los problemas nunca se iban a solucionar y terminarían separándolos, nunca pensó que su esposo volviera a los detalles de hace cinco años, cuando la conoció, frente a Barranquito, cierta noche estrellada.


miércoles, noviembre 30, 2011

Y DONDE ESTAS, TATITA

"Las grandes alegrías, como los grandes pesares, son silenciosas"
-Shakerley Marmion.

A ti, Tatita.

Mi papá ayer me contó que te vio en la cocina; que, primero, escuchó que estabas lavando los platos, como siempre, mojándote, y que al acercarse a la puerta te vio pasar con el elegante atuendo que vestiste aquel día que te fuiste y el peinado que siempre gustabas hacerte en tus ratos libres, de libertad, en tu casa, cuando no estabas bailando con la escoba o pegada al plumero sacudiendo todo lo que ya habías sacudido dos horas atrás. Mi papá también me contó, cuando estábamos cenando, que lo llamaste, escuché su voz, clarita, clarita, me dijo; que le quisiste abrir la puerta, diciéndole: coco, coco. Él estaba durmiendo (y tú, más que nadie, sabes cuán sagradas son las mañanas cuando duerme) y dice que escuchó que el caño estaba abierto, no sé si fue un sueño o si en verdad pasó, porque mi papá cuando duerme es peor que una roca y nadie lo despierta y nadie le hace chis, cierra la puerta, sólo duerme y no existe nadie más, pero según él, escuchó el caño y tu voz y ¡ay, Tatita! No sé si creerle. Dime tú, ¿de verdad eso pasó?


Y tu misa qué bonita estuvo. Muchas flores regadas, coloridas, como te gustaban y todos juntos, ahí sí estabas, claro, cómo no vas a estar, si todo estaba lindo, Tatita hermosa. Volvimos a la casa cuando la noche nos cubrió y el frío nos hacía temblar como pollos despellejados en plena nieve. Y de la noche surgió una inquietud propia, lógica, me preguntaba porqué sólo a mi papá le pasaban esas cosas y a mí no. Pues no lo sé. Pues así me tocó, quizá. Y así le tocó a mi papá, y ya está, cerrao. Mi papá también me dijo, cuando la misa había concluido, que cuando te vio, te siguió, pero no volteaste, que te metiste rapidito a tu cuarto y que él entró y todo estaba como siempre, tranquilo, y Diana jugando con su hueso azul que le compraste algunos años atrás y el Negro durmiendo, en tu cama, como un chiquito cansado de tanto comer y que embotado se tira a la cama y se queda dormido en un dos por tres; claro, como siempre, dije.

Ya la noche ha entrado y mi papá duerme como una roca. ¿Dónde estás, Tatita linda?

Bueno, quizá no me quieres decir nada o yo que sé, pero sabes dónde estoy, tú sabes, sabes dónde paro, dónde leo, escribo, pienso, te pienso, te busco, tú sabes, y ahí estoy. De repente yo sí quisiera decirte algo, no lo sé, no sé cómo sería, qué pasaría, pero aún pienso en aquel lunes, cuando me dijiste por el teléfono, en la tarde: cuándo vienes carajo, yo te preparo tu cuáquer, pero cuándo vienes a verme y recuerdo que te pregunté: pero cómo estás, Tatita, ¿todo bien? Aún tengo tus palabras: Ahí pues, jodida, como siempre, y te metiste una risa de aquellas, pero de aquellas, una risa que pensé escuchar el martes que prometí ir a verte y hasta ahorita espero escucharla nuevamente, y reírnos juntos, como lo hacíamos. Y sé que en este momento estás viéndome y te estás cagando de la risa con esta crónica que estoy escribiendo, porque cuando te dije que quería ser escritor me miraste como diciendo ya huevón, como me decías siempre, ¿recuerdas? Y ahora mira, paso a paso, me estoy convirtiendo en un escritor, uno bueno o malo, pero un escritor al fin y al cabo; un escritor que es tu nieto y que espera que lo sigas manteniendo derechito y siéntate con la espalda recta, carajo, recuerdo cuando me decías al verme escribiendo, sacando una joroba de padre y Dios mío.


Dejo de escribir y me siento en tu cama, con tu foto al lado, en la mesita de noche que nunca vi que usaste. Le doy play al disco de Luchita Reyes que compré hace poco y sí que hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé. ¡Ay, Tatita! Ahí nos vemos.

viernes, noviembre 25, 2011

TU FOTOGRAFIA

"Que te vaya bien sin mí, si te veo no te conocí, no es tan fñacil pero es parte de este juego; el teléfono nunca mas sonó, ella por mi calle nunca más pasó, no es tan fácil formar parte de tu juego..." Gian Marco.

A ti, querida.

Tu foto está acá, conmigo. Nuestra foto. Un beso y el amor brotando por los poros nuestros, a orillas del mar, y mis ojos cerrados, enamorados, y tus locos cabellos que me volvían loco, negrita, que me hacían pronunciar palabras que nunca antes había pronunciado. No. No la romperé. No tendría porqué hacerlo.  Y es que quisiera mirar todas las noches, antes de irme a dormir, a aquella chica que me hizo sentir de verdad, que me hechizó, que me cautivó desde el primer instante, que, inconscientemente para ella, me enamoraba más y cada día, en cada gesto, en cada palabra, en cada te quiero que ya no se susurrará más y sólo se recordará y se sentirá, haciendo del corazón contento una pena y vacío enorme.

Tu foto está acá, conmigo. También estás tú. Ahora te toca entenderme, tu recuerdo nunca se irá, el olvido nunca llegará… Ahora te toca entenderme, si te dije te amo, alguna vez, o algunas veces, pues no me arrepiento y jamás lo haré. Entonces digo que romper tu foto, para qué, dime, para qué, mi amor; si tan solo es papel, el amor aún está, no en el papel, tú sabes dónde está ese amor… y el recuerdo de esos hermosos meses siempre estarán en mi corazón, siempre.

En la soledad de mi departamento. Ni un pisco acholado me acompaña. Doce y tanto. Llanto y llanto. Que te vaya bien. Te escribiré.

martes, noviembre 22, 2011

LA CHICA QUE AMO


UNO
Mi chica me ha dicho que me ama. Yo le digo que la amo también, que es lo que sale de mi corazón y que, por eso mismo, se lo digo. Reímos por el teléfono. Es mi chica, la chica que quiero tener siempre. Me encanta, me encanta, mis ojos brillan, me encanta. Nos molestamos. Jugamos a molestarnos. Y en serio decimos que no que sí, que sí que no, y entonces cuando nos decimos algo nada es en serio y volvemos a reír, juntos, abrazados. Te miro y te susurro al oído, me encantas, cada día más y más, mi amor.
DOS
Mi chica me ha dicho que soy un niño. Dice que tengo actitudes de un niño, de un bebé de un añito, hasta de menos, que me falta chupón y biberón y la hago linda. Soy tu niño, le digo. Se queda callada, se molesta y me lo hace saber, pero sé que se quiere reír, lo sé, y también sé que quiere decirme, yo también soy tu niña y así como una niñita llorona y engreída me vuelves más loco, mi amor.
TRES
Mi chica me ha dicho que porqué nunca voy a su casa. Me ha cagado, con esa afirmación, sí que me ha cagado. Casi nunca o nunca voy a su casa y no encuentro los motivos convincentes para decirle porqué casi nunca o nunca voy a su casa. Yo siempre voy y tú nunca vienes, me dice. A veces pienso (sé, con toda seguridad) que detrás de todo esto, o sea y mejor dicho, de detrás de todo lo que me dice, que porqué casi nunca o nunca voy a su casa, sé, digo, que su mamá está detrás diciéndole (ordenándole) que vaya, que porqué no voy, que porqué ella siempre tiene que ir a verme y yo casi nunca o nunca voy, y bla bla bla. No vienes porque eres un flojo de mierda, agrega. (Sé que esa frasecita si es de mi chica). De vez en cuando es bueno ser flojo, pienso, pero de vez en cuando, no como yo… y acepto que no voy a su casa por ese único motivo y ella lo sabe y ella sabe más cosas de mí, por eso te adoro, mi amor.
CUATRO
Mi chica me ha preguntado si también me gustan los hombres. A diario, la interrogante es la misma. No tomo desayuno, pero esa interrogante es como mi pan de cada día. Siento que tú y Diego…, me dice, con un gesto de no sé qué, de no sé cómo. Me asusto. Me quedo callado, soy como un niño dormido, así como la canción romanticona, de pura lágrima. Siempre me quedo callado. Siempre, los nervios me ganan, las manos me sudan, la lengua se me traba, no escupo palabra alguna. A diario, siempre descubres algo en mí que ni yo sabía, mi vida; por eso me encantas, me vuelves loco, por eso te adoro, mi amor.

domingo, agosto 28, 2011

LOS GRITOS DE MI MAMI



1

Son las cinco y media de la mañana (madrugada para mí). Giannina toca la puerta de mi cuarto y como no encuentra respuesta, entra, agresiva. Me ve echado, durmiendo, tranquilo, cansado de una noche ajetreada, activa. Es osada al despertarme, “levántate, chiquito del demonio, levántate, carajo”, me dice. Yo no abro los ojos, “si me levanto, haré las cosas mal, ¿tú quieres que haga las cosas mal, querida madre?”, digo. Después de unos segundos escucho sus pasos yéndose. La puerta se cierra. Abro los ojos. Hago un esfuerzo para pararme. Pongo el seguro. Me vuelvo a echar a la cama. Y soy, nuevamente, feliz.

2

Es la una de la tarde. Estoy en el instituto. Presto atención a las clases como nunca. De pronto mi celular empieza a vibrar. Toda mi pierna empieza a vibrar y me asusto. Saco el celular del bolsillo derecho de mi pantalón. Me doy cuenta que es el Nextel y no el Movistar, y yo muy raro que use el Nextel porque más me llaman al Movistar. Miro el número y no es de alguien conocido. No respondo y guardo el móvil. Después de dos minutos vuelve a joder el aparato pero ahora empieza a sonar, fuerte, un sonido chillón, espantoso. Es una alerta la que me han mandado. Todo el salón  se da cuenta que me están alertando y yo no sé dónde esconderme y dónde tirar la máquina, el profesor me achora con su mirada directa, cagona. Saco el Nextel y veo que en la pantallita dice: Vieja, tu terror! (así guardé su número en mi directorio). No esperé ni un segundo más y abrí conexión: “¿Qué pasó, mamá?, pregunté, con voz baja, “Fabrizzio, no te vayas a olvidar que tienes que llegar temprano a la casa porque tienes que almorzar a tu hora, después tienes que limpiar el baño, la terraza y la fachada. No te olvides, carajo. Estudia y anda temprano.” No me dijo chau, sólo cerró la conexión. Me cagó. Me gritó. Y todo el salón escuchó a mi mamá gritándome por el Nextel. El profesor mandó al break quince minutos antes de que toque el timbre. Al salir me llamó un momento: “¿Podemos hablar, Velaochaga?”, me dijo, casi al oído. No hubo clases después del break, el profesor y yo nos fuimos a una cafetería miraflorina y hablamos de cómo su mamá lo trataba a mi edad. Hubo lágrimas más que risas.

3

Son las siete de la noche. A mi mamá le fue mal en su trabajo, lo sé por la voz con la que me habla. Me grita. Me manda. Me carajea. Si hago algo bien, busca la sinrazón y me grita también. Hago la cena, cocino rico, en la mesa nadie habla, nadie, no miro a mi mamá, ella no me mira a mí tampoco, mis hermanos, mudos. Terminando la cena me levanto primero y llevo todo a la cocina para empezar a lavar. Lavo todo, dejo todo tiza, reluciente. Me dan ganas de dormir, estoy muy cansado. En mi cuarto estoy escribiendo algo y de pronto mi mamá entra, intempestivamente: “Fabrizzio, carajo, anda a dormir de una vez que mañana tienes clases”. Otra vez no dijo chau. Otra vez me gritó. Creo que si en un día, en un incierto día, mi mamá no me grita, al caer la noche, como a las siete u ocho, yo tendré que ir a su cuarto a gritarle: “carajo, mamá, qué te pasó hoy, ni un puto grito” e irme sin el chau correspondiente.

viernes, julio 08, 2011

TE QUIERO


A, Thalia Tenorio, 
la mujer con quien camino mis días.

Un te quiero recorre todo mi cuerpo, no puede salir, quiere pero no puede, no hay ninguna dificultad física, simplemente no puede. Un te quiero se hace el loco dentro mío y no quiere salir, no, no quiere, se hace el que no sabe, no conoce, no siente, y después en la noche fría, como la de hoy, me caga la cabeza y me hace pensar en ella, en esa chica que si mi te quiero escuchara, me haría feliz o me vapulearía con su indiferencia llamando nuevamente a la tristeza (y por ende, a la soledad), compañeras que ya había pensado decirles: “chicas, perdón, pero quiero ser feliz” y ya no contar más con su compañía.

Esto es para ti, perdón si te enamoro: Me gusta tu caminar. Me gustan tus ojos. Me gusta tu mirar.  Es que tu carita llena de ilusiones y sueños me tiene loco, me ha vuelto loco, me enloquece la vida cuando en las mañanas te encuentro, por ahí, pensando, sola.

¿Leerás esta cursi crónica? De repente sí, de repente no, de repente alguien te cuenta que he escrito algo estúpido, una indirecta recontra directa y que es para ti, quizás, ojalá sea así, aunque no creo, no soy tan leído, mi amada.

Y vamos de nuevo con ese te quiero loco, inquieto, con ganas de conquistar, con la ilusión de ser aceptado y escuchado, como un susurro, en el oído tuyo. Y vamos de nuevo con ese te quiero que quiere que sólo lo escuches, nada más, si surge algo, bueno sea, pero él es sincero, ese te quiero habla con la verdad, ese te quiero es la verdad, mi verdad.

Y ahora me echo a la cama a pensar, escuchando Camila, y viendo el humo del cigarro que fumaba, volar y sostenerse por los aires como diciéndome, vamos, haz algo, dile todo, grita ese te quiero, maricón, y yo siento eso, pero no puedo, siento que no debería hacerlo.

Cuando mañana te vea, como todos los días, no te diré nada, sólo te contemplaré, así te diré cuánto me gustas, te contemplaré muchas horas, como hoy, en la mañana, y no te darás cuenta, como hoy, ¿me viste? no te creo, espero te des cuenta, algún día, hermosa. Quizás, quién sabe (solo el falco de arribita), ese te quiero se escuche mañana, es que no puedo más, no sé, estoy loco, por ti, claro está. Quizás, mi amor, ese te quiero, si lo escuchas, hará que tus ojos se dirijan donde estoy yo, pero yo, hablando en serio y enamorado, quiero estar dentro de tu corazón. Nada más. Eso te quería decir y, claro, ese te quiero, siempre.

jueves, junio 30, 2011

EL JUEGUITO DEL AMOR



Algunas veces pienso que nunca podré ser estable en algo. Cuando estoy con una chica, no sé qué pasa, me aburro y terminamos. Casi siempre es así. Sólo una vez duré un tiempo largo, un año y cinco meses, para mí eso es un record, mi record, después, mejor ni contar.

Anoche, como a las diez u once, me puse a escuchar un poco de salsa romántica, después llegaron las baladas y así, cada vez más trágico y corta venas. En ese instante pensé qué será de la vida de la chica del año con tantos meses, claro, sus amigas siempre me hacen saber que está bien y eso es casi todos los días, pero ahora esos amigos se habían ausentado por un buen tiempo y qué raro era todo esto, porque, uno de ellos, en su red social, noté que había escrito lo siguiente: ‘qué risa me das imbécil, ella queriéndote y tú, crees, jugando al pendejito’, u otro que decía: ‘Buchito, mi querido Buchito, ¡por qué serás tan pavo? Y después niegas todo, maricón’. Estaba totalmente seguro que se habían enterado de lo que pasaba con A.

Un momento, la chica del año y tantos meses, la nombraré como M, exacto, su nombre empieza con M, nunca lo olvido, nunca podría olvidarla. En ese tiempo que andábamos, su tez clara me volvía loco, era algo alta, de ojos caramelo que me engatusaban y cabello largo, lacio, siempre aromado. Vestía bien, y atraía las miradas en la calle cuando paseábamos.

De verdad, no es que haya empezado algo nuevo con A, eso no está decidido aún. No sé si quiera empezar algo con A porque L también me tiene estúpido. L es mayor, yo puedo ser hasta tu mamá, me dice, pero pienso que lo dice de loca, porque no quiere que pase nada. No la conozco personalmente, pero siempre nos escribimos. No sé exactamente cómo será, pero sé que me encanta por cómo escribe, cuando dice las cosas como son, cuando no se calla, cuando me dijo un día: soy una mujer fuerte, ningún hombre me va a mandar, nada de nada, yo me sé defender sola, después de eso siempre hablamos, todas las noches, desde las once hasta las dos de la mañana del día siguiente, no hay stop, todo fluye.

A me dijo una tarde de otoño: Creo que tú quieres hacerte el pendejo y hasta creo que lo eres, no supe qué responderle para defenderme, entonces le dije: Creo que estás desconfiando de mí, yo sabía que otra chica también me gustaba, pero no podía decírselo, me hubiese matado, él y yo mismo por perderla.

Aún tengo en mi mente, aquel jueves de enero, cuando M me escribió al correo: ¿Ya te sientes mejor? ¿Decidiste algo?, es que pensé que una tregua calmaría mis confusiones del corazón, creo que es mejor seguir como amigos, creo, no sé, le respondí. Nunca más contestó. Nunca más quise molestarla. Al día siguiente, A comentó una foto de las pocas que tengo en el ‘féisbuc’, nos hicimos amigos y desde aquella noche no paramos de hablar, nos peleamos como si estuviéramos, nos celamos, nos decimos ‘te quiero’, sentimos que es así, verdad. Desde hace seis meses que A me alegra los días, también los molesta, pero esos días son poquísimos y me gustan que existan. Desde hace dos cortas semanitas que L, sin conocerla aún, me fascina, me vuelve loco y ahora siempre digo: soy fuerte, nadie abusará de mí, sé defenderme solo. Soy fuerte. Río, río y mucho, cada madrugada de mierda cuando veo el circulito verde y un mensaje diciendo: Hola, ¿estás ahí?