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miércoles, julio 11, 2012

UNA NOCHE NO TAN FRÍA




Me involucro en el juego, nuevamente, sin miedo, dejándome llevar por mis instintos locos. Me incentivo. Me doy fuerzas para sólo ver para adelante. Para no retroceder, ni mirar atrás, ni pensar en lo pasado. Todo adelante. Un pasito tun tun, compadrito. Y el juego lo conozco, y por eso voy nuevamente, como ya dije, sin miedo, con mucha mierda.

Es una hora de la madrugada donde es preferible dormir que estar deambulando haciendo todo y nada. Tener los ojos abiertos a las tres de la mañana no es fácil ni simpático. Pero eres guapo si te duele la cabeza y sigues paradito como soldado.

Como yo, que me duele la mocha por haber estado baila que te baila con una morena alta de culo rico y bemba prominente. Bailaba como nunca, un tema de N’Samble, y sa sa sa salsa, y meneíto y cintura, mami, cintura. Y juegaba con su cabello ensortijado mientras me trataba de computar, de besar, de manosear, de hacerme hombre. Yo no atracaba. Yo no juego así. Las cosas como son. Dejé de puntear con ritmo caribeño y di un paso al costado elegantemente, saqué el celular del bolsillo del pantalón y empecé a tuitear con la chica que me mueve el piso y todo mi cuerpo enclenque que cuando baila da pena a la misma tristeza. Me aparté y fugué al barrio donde crecí.

Son las cuatro de la madrugada y creo que mi cerebro empieza a funcionar parcialmente, me despierto parcialmente, y hablo con una damisela teniendo como fondo musical un perreo papi perreo, dame duro, tra, que se escucha a lo lejos, en el teléfono, y pregunto si puedo ir a verla, y me dice que me espera pero que no la haga esperar. Cuelgo, abro, cierro, corro. Respiro. Contemplo.

El amanecer del día domingo nos encuentra abrazados, friolentos, bien acurrucaditos el uno por el otro. Nos miramos. Temblamos como nunca. Nos besamos como nunca. Son las cinco y abrazo a mi compañera con fuerza, me dice que le duele, le digo que la quiero, no me dice nada y sólo me mira a los ojos, le digo que quiero estar con ella, que quiero involucrarme al juego nuevamente, no me dice nada y me besa. Es un sueño, pienso, y la beso con más ganas, abrazándola más fuerte, en plena madrugada friolenta de Lima, que ya no es horrible.

Una noche no tan fría porque estoy contigo, contemplando el amanecer del domingo, acurrucados.

miércoles, junio 20, 2012

CONTIGO


A Marjorie Alexandra.

Caminabas con dificultad por esos zapatos taco doce. Te veías elegante, como siempre. Caminabas con destreza. Yo no me pongo esas tabas ni jugando, me las pongo y en one estoy besando el suelo contando maripositas y hablando chucherías. Regia, hermosa, como siempre. Te contemplaba, cómo no hacerlo, miss. Modelabas en una pasarela colmada de autos y gentes, y edificios y pubs hasta por gusto. Y yo, ahí, si quepo, si me dejas. Eres maravillosa, cómo no escribirte. Es un placer dar unos pasos contigo. Eres un placer. De ensueño. Eres… Quiero decirte que te amo, ¿manyas? ¿Me entiendes? ¿Me captas, miss? Cambio y fuera. Quiero enamorarte, eso es todo, perdona si me voy de avance. Quiero… Te amo, Je t’aime, mademoiselle.

Tus cabellos castaños jugaban con tu rostro. Se escondían en tu espalda. Se corrían del viento, y revoloteaban, enfurecidos. Me desahuevo y te lo digo todo, pensaba, mientras el pisar de tus zapatos de taco marcaban el compás de tu airoso caminar. Te veía y me ahuevaba, así mil veces. Mil veces en dos horas. Dos horas contigo. Mil veces te acompañaría. Te lo digo. Sí. Y me cagué de nuevo. Así. Y así. Por la San Puta, no te pierdo ni de a balas, otra vez no, miss. Alma para conquistarte. Sólo entiéndeme. Corazón para quererte. Sólo para ti (como la de Camila). Y vida para vivirla junto a ti. Sólo ámame. Perdona. Olvida. Confía. Junto a ti. Y yo, si quepo, si me dejas.

Miraflores estaba frío, con vientos que chocaban en mi garganta que enchalinada trataba de cubrirse. Un pucho. Dos puchos. Y tres, y cuatro, nada más. Tú mirabas y modelabas, delicada. No me mirabas. Yo te contemplaba. Estabas ronca, pero hermosa. No hablaste mucho, sólo para decir lo justo y necesario. Yo habla hasta por los codos, y me engreía como niño que aún soy. No me mirabas, ni por eso. Sólo movías la cabeza. Yo temblaba, sudaba, y pisaba siguiendo el compás de tus taco doce que te hacían lucir más radiante, como volando. Jolie. Trè jolie, mademoiselle.

La noche con la luna adjunta se escondieron. Nunca las vi. Sólo te contemplaba. Las bocinas chillonas y los gritos que salían de los puteríos de turno no me incomodaban. Eres una obra maestra, cómo no mirarte. Tus cabellos no se cansaban de juguetear en tu cuello largo y descansar en tus hombros cubiertos por una chompa ceñida. Y cuando el viento apuraba, y modelabas, tus cabellos corrían a tu espalda y se sentían libres, y te veías hermosa, desatada, libre, tú. Eres un poema, cómo no recitarte, y escribirte, y enamorarte.

Quiero enamorarte, eso es todo. No quiero perderte de nuevo, miss. Olvida y piensa en nosotros. Te veo, te veo. Tus zapatos de taco ya no suenan más, porque hemos parado a tomar el carro que nos llevará de regreso, o te llevará, sólo a ti. Yo me quedo un rato por estos lares, haciendo qué sé yo. Contemplaré tu huida, y que no sea fugaz, porque tendrás que regresar. Siente. Olvida. Camina lento, y que tu pisar siempre lo escuche. Estar contigo ha sido recitar un poema con delicadeza, con garbo, con elegancia, teniendo al amor como premisa y la ilusión como jugueteo de niños engreídos. Contigo. Tú. Y yo, si quepo, si me dejas.

Madrugada fría, muy fría. Junio (y que no garúa) del dos mil doce.

sábado, marzo 03, 2012

MIRAFLORES SOMBRÍO



A Italo Calvera.

Contemplé el anaranjado del sunset desde el viejo malecón chorrillano. Jugué con mis dedos flacuchentos que sudaban por el nerviosismo cursi que ocasionó el hablar contigo por teléfono. Me sentí maravillado. Me sentí volando. Me sentí un tonto cursi. Y el recuerdo de esos besos apasionados que las escaleras de mi casa notaron aquella loca noche, sintiendo resbalar nuestros cuerpos llenos de temblores, cayendo escalón por escalón, entre risas y gemidos.

Tu llamada me encontró agazapado en los brazos de un amor que sólo se queda en palabras. Un amor que no correspondo, ni podré hacerlo. Tu voz dulce es el amor que hace algún tiempo pude tener, y espero volver a tener. Un regalo mágico fue pegarte a mi pecho y encadenarte con mis brazos tibios, besándote en la frente. Una conexión a lo utópico, el intercambiar palabras, aunque inútiles por el miedo y la tartamudez, pero que dejaron la sensación de una caricia en mi rostro demacrado; tu mano que apaciguaba los temores por la noche negra en que vivía.

Llamé a Steven. Pregunté por Isaac. Me confundí de número. Llamé a Isaac. Pregunté por él. Estoy en el Kennedy, le dije. Espérame, me dijo. Esperé. Nunca vino. No quise llamar a nadie más. No quise esperar un minuto más. Me paré, como grogui. Pensé ver a Isaac. ¿Steven?, le dije. Soy Antonio, brother, no te conozco, me canceló en one. 

I estaba conmigo. Yo pensaba en ti. La negra nos agarró caminando por Miraflores. Hamburguesas en Bembos. Pasos tristes en Kennedy. Reposar frente al Downtown. Los chicos con hormonas alteradas agotaban su aliento en cada beso. Manos juguetonas provocaban risas entre los gay corajudos. No le temían a los serenos que deambulaban a paso cansado por esas calles concurridas. Los miraban. Reían. Se besaban. Se tocaban. Lárgate, gritó uno. De pronto, la pulcra Hilux paró la marcha, el sereno bajó la ventana, llamó al arrebatado, que se acercó a pasó garbo. Hablaron. Nada se escuchó. El motor de la camioneta volvió a rugir. La ley se apartaba. El muchacho con rayitos rojos en el pelo empezó a reír a carcajadas, mirando el pasar de la camioneta que el gremio burlaba. Se besaban. Nos miraban. Se acercaron dos muchachos: uno, de acento selvático, y otro, de polo rojo bien ceñido a su cuerpo fornido y lentes oscuros. Reímos. Parlamos. Y también fuimos parte del gremio.

Huimos presurosos, fingiendo sonrisas y mandando besos volados que se perdieron entre las nubes de humo green que empezaba a notarse en la fría noche miraflorina. Encendí un porro de marihuana que mis largiruchos dedos encontraron en el bolsillo de mi short de mil batallas. I no fumó. Caminamos lento, por donde la oscuridad se posaba. Apresuramos el paso. El mismo seremos de hace un momento pasó por nuestro lado, barriéndonos desde las zapatillas hasta el último pelo trinchudo que gustamos llevar. Los miramos con una sonrisa pendeja. Pisó el acelerador. No lo vimos más. Paramos en la esquina de Benavides con Larco. Gringas con minifaldas negras provocaban a mis virginales ojos pardos. Agarramos Larco en busca de un par de cervezas que nos refresquen la garganta y nos enfríen la cabeza cachonda que comenzaba a albergar pensamientos rojos. Nos sentamos en el Parque Kennedy. La Lucha estaba repleta. Las cervezas nos calmaron. I miraba el parque como tratando de encontrar un recuerdo grato. Yo miraba el parque y recordaba cuando nos besábamos de una a dos, religiosamente. Un gringo alto, con pelos como púas se acercó a nosotros. Nosotros… querer coca, nos dijo, hablando un español masticadazo, pero pausado y en voz baja. Por acá no sé dónde conseguir, respondí. Le regalé una sonrisa y se fue devolviéndome la gracia. Se sentó en la banca continua. Nos miramos. Sonreímos de nuevo. Cambiamos una Cuzqueña por una Corona. Parlamos. Y un porro grueso de hierba sacó el gringo del canguro que llevaba en la cintura, y empecé a hablar en inglés, entre risas y toqueteos amariconados. 

miércoles, febrero 29, 2012

NOCHE LÓBREGA



A mi padre.


Cuando llegó a su habitación, percibió todo distinto. La cama destendida aumentaba el fastidio con el que se había despertado a la siete con veinte. El televisor prendido con el volumen por las nubes, que cierta tarde su padre le había regalado, siguiendo con la flecha familiar, mencionando que el suyo lo había recibido de un alemán que albergó y así llegó a él, alteraba sus sentidos provocando un circo de risas chillonas dentro de su cabeza, en compañía de esos golpecitos como de martillo en la sien que lo hacían perder el rumbo. El cuadro del payaso multicolores que alguna vez pintó un italiano, amigo de su abuelo, yacía en el piso echo añicos, agonizando sus últimas horas, esperando el encuentro con su contemplador que al verlo cayó de rodillas derramando lágrimas al recordar los dieciocho años que lo situó en la pared de tributo de su pequeña habitación oscura. La ropa regada por todos lados lo malhumoraron más. 

Cerró la puerta. Todo estaba raro. Caminó, lentamente, hacia la cama. Tenía sueño. Cada paso que daba era un bostezo más largo que el anterior. La habitación se hacía más oscura y en cierto momento, cuando el reloj que tenía sobre su velador marcó las cinco con diez de la tarde, la habitación fue una verdadera cueva, aun con las ventanas de par en par. Todo quedó en silencio. Se asustó. Suspiró, y empezó a sudar. Cerró los ojos, y se desplomó sobre la cama. 

Creyó haber despertado. Miró en todas las direcciones. Todo seguía igual. Una voz femenina dando gritos desesperados lo alteraron, se paró y dando tumbos llegó a la ventana que permanecía abierta; y no escuchó nada. Algo está pasando, todo es tan raro, dijo, refugiándose en el silencio que reinaba en el dormitorio. Segundos después, silbidos musicalizados se empezaron a escuchar en el otro departamento. Desesperado, se echó nuevamente en la cama para encontrar el sueño impedido. Parpadeaba. Pensó estar soñando. Miraba el techo. No sacaba la mirada de un punto fijo. No parpadeó más. Divisó con gran admiración una minúscula araña que tejía su tela con impresionante rapidez. Contempló el animal. Sus cinco sentidos estaban puestos en el insecto. Mantuvo los ojos abiertos siempre. De pronto, notó que la araña aumentaba de tamaño, se hacía más grande y sus patas crecían desproporcionadamente. El pánico le llegaba de poco en poco. Eso sí, estaba impresionado. El insecto bajaba, lentamente, colgándose de la tela de su propia producción. Y mientras más bajaba, más crecía, sin una forma definida; y los ojos del arácnido, grandes, en cuestión de segundos, estuvieron frente a su rostro pálido. De su frente caían gotas de sudor como si hubiese corrido cincuenta kilómetros, ida y vuelta. Despavorido, empezó a gritar, clamando auxilio. Y la araña seguía ahí, frente al joven, mirándolo con miedo. 

El despertador sonó a las siete con treinta, exactamente. El muchacho despertó y, soltando un suspiro de alivio, notó que todo siempre estuvo bien.

viernes, febrero 10, 2012

LA DOÑA


Me siento solo. Siento la soledad en mi desayuno diario, a las siete; que se sienta conmigo en la mesa, que me habla, que me escucha. Siento que jugamos cuando despierto y digo 'un ratito más', echado en la cama, como piurano al sol. Y es que en cierto momento que no tengo en la memoria, la soledad (o la doña, como suelo susurrarle), se metió en mi vida llegando a ser mi vida, entera, casi totalmente, en poco tiempo.

Decía que siento a la doña en la primera comida del día. Pan con soledad. En la mesa redonda nos sentamos disciplinadamente, sin hacer ruido alguno, respetando el silencio que ya sabe gobernar. Y ya empiezo a comprenderla. Y es que siento la soledad en cada paso que doy, en cada palabra desilusionada que lanzo al viento, cuando, de pronto, estoy con la doña.

Estamos juntos. Ahora mismo, estamos juntos. La casa está para nosotros dos. Le susurro versos que leí en un librito que tengo guardado en mi estante love me. Me miro en el espejo, y juego; realizo muecas estúpidas que sólo me celebra ella. Una sonrisa fingida se deja notar en mis rostro. Una máscara pesada, llena de tristezas e incertidumbres, se pone en mi cara, fija, como entornillada, y de un momento a otro, la siento mía.

Desde hace tres meses que no fumo, pero si un pitillo se cruzara en mi camino, en estos tiempos parcos, fríos, no pararía hasta fumarme tres o cuatro cajetillas de veinte. Desde hace tres meses que escribo sin fumar, pero tomando una copita de pisco, que de sorbo en sorbo, me envuelve en cada pasaje de esta novela de ficción que llamo vida; aunque la realidad siempre supera la dicción y la puta que te parió.

Me he acostumbrado a convivir con el silencio. También es parte de mí. Pensar. Jugar. Llorar. Reír. Vivir. Sobrevivir... en silencio. Estamos juntos. El teléfono no suena. La televisión está apagada desde hace mucho. La única música que suena es la de la Radio Mágica, cuyo dial es mi mayor secreto. Las pisadas no se escuchan porque camino descalzo. Los ladridos de Diana, se confunden con las risas chillonas de Los Cabritos, que salen a corretear al patio del Acapaulco, desde las tres, religiosamente, todos los putos días.

Y yo ahí. Aquí. En medio de nada. Pero ya me acostumbré. La doña y yo (suena elegante como título para mi próxima ficción; y qué raro que sea mi realidad... qué mierda). Entonces la soledad, desde algún momento, se confundió en los pasajes de mi vida y ahora es ella. ¿Buscar la felicidad? Pero cómo te hago entender... como la salsita rica, miss. Son las doce de la noche, escribo no sé qué, el silencio gobierna... cómo te hago entender... qué más te puedo decir...

viernes, enero 27, 2012

LUNA


A la dueña de mis sueños noctámbulos.
Y jugamos a no vernos. A escondernos. Nos hacemos ojitos. Nos mandamos piropos, únicos. Nos decimos palabras lindas, de poemas de amor que aprendí alguna noche como esta. Y cantamos. Y jugamos. Y nos sentimos bien porque nos conocemos, porque tú sabes mi nombre y yo, dónde paras.
Perdón. Perdóneme por faltarle el respeto al tutearla, señora mía. Continúo,  entonces. Es cierto eso que los sueños sólo sueños son, y que al contemplarla, a usted, digo, vivo un sueño y todo es fantasía, como de ensueño, como de cuento, porque usted es mi sueño, el sueño que cualquiera quisiera vivir, o alcanzar, la novela de aventura amorosa que cualquiera quisiera crear y al mismo tiempo ser parte de ella, y de sus miles de capítulos llenos de sucesos y sube y bajas para tratar de encontrar el camino al cielo infinito, donde queremos llegar, los que soñamos, o los que alguna vez lo intentaron.
Hoy, como todas las noches, nos paramos en el lugar de siempre, a la hora de siempre y con los sueños de siempre. Nos hacemos ojitos. Nos decimos palabras lindas, como de poema. Somos uno solo, lo siento. Ya no me importa nada. No nos importa nada. No nos importa nadie. Pasmado me quedo en el brillo suyo que es único e indescriptible. Y me veo boquiabierto, como estúpido, como zonzo, como hechizado al ver un ángel, del cielo mismo y que se dispone a caer despacito, como quien no quiere la cosa. Jugamos, señora. Me mira, yo lo sé. En mis pupilas la llevo. De pronto, siento que mis pies tocan tierra y cierro los ojos muy lentamente. Bajo la cabeza. Vuelvo en mí. Soy yo, de una mala vez. Pero no la pierdo, señora. Quiero volver, emprender vuelo, y mil veces seguro, siempre. Entonces tomo un respiro y los sueños regresan. Me quedo atónito y maravillado y completamente estúpido al contemplarla por enésima vez y no me canso, y en la misma hermosa noche, señora.
Es que todo es tan raro. Y tan hermoso. Todos los errores cometidos a lo largo del día quedan de lado y la perfección toma el lugar principal, central, y reina desde mis ojos color pardos hasta su blancura virginal, sin producir gemido alguno pero con gritos libres de un amor puro que sólo yo, en este momento grato, siento.
Y usted sigue ahí, recibiendo halagos, poemas y qué se yo. La noche es joven. Y las estrellas. Y usted. Y quizás yo, señora mía.

Tres de la madrugada. Noche de luna hermosa.

lunes, febrero 14, 2011

HORMIGUEO CABRON

Llegué de estudiar muy cansado (en realidad no sé de qué me canso si no hago mucho). Entré a mi cuarto, me quité el polo por el sofocante calor que sentía y tiré la mochila en algún rincón cerca a la cama. Prendí el televisor y puse el canal 2, Amor amor amor; quería ver, conocer y saber cómo no se hace comunicación audiovisual, claro, si tienes un poco de principios pero si quieres rating, el mejor ejemplo de todos. Me divertía mucho viendo las estupideces que hacían allí y me eché a pensar que estoy estudiando comunicaciones y ¿para hacer esto?, me quedé un momento pensando en qué podía hacer para que esto cambiara, para que de una buena vez la televisión peruana cambiara su rumbo pero… Y así pasó una hora, complementada de carcajadas por la caderona y los gemelos en acción, amariconados, mofados y figuras del programa.


Era hora de almorzar. Lunes, sinónimo de menestras, raras veces mi abuelita cambia de decisión y cocina otra comida que no sea lentejas, pallares o frijoles. Esta vez fueron las lentejas las protagonistas. Era la una y treinta minutos y mi estómago ya no podía más y las lentejas pagaron pato. Pero estas no podían estar solitas con arroz solamente, abrí la refri y eché el quetchup y otro salsa que no sé cómo se llamaba pero que tenía limón y otras especias raras pero ricas. Entonces fue un rico plato de lentejas y un vasito de chichita heladita lo que acompañaron las cagadas de risa por toñizonte y todos los maricones de ese programilla que me alegran el solitario pero ilusionado día de San Valentín.


Y pasaron cuarenta y cinco minutos, o más o menos y las lentejitas ya no entraban pero estaban ricas. No pude terminar y puse el plato a mi costado en la cama y me recosté en la almohada que amo porque gracias a ella, cuando veo televisión, no me duele nada como antes me pasaba y mi cuello sufría.


Me quedé dormido. La siesta se alargó tres horas. Despertaba cada media hora a ver el reloj y como veía que era temprano y tenía mucho sueño, pues “un ratito más, un ratito más” y me echaba de nuevo al costado del plato con lentejas y el televisor prendido dando una telenovela mejicana, llorona, asquerosa pero infaltable. Mi tío entró al cuarto no sé a qué hora y apagó el televisor, sólo moví la cabeza para verlo y decirle gracias pero no alcancé, hasta me había cerrado la puerta, le di gracias en mi mente. Cinco de la tarde y una llamada me esperaba. Mi tío, mi despertador, volvió a entrar a mi cuarto para avisarme que mi papá estaba por el teléfono. Contesté, no sé qué me decía, no sé qué le respondía y de pronto, como dopado, empecé a decirle “chau papá, chau papá, chaaauuu papá” hasta que entendió que me cagaba de sueño y sólo atinó a agregar, “ya entiendo, tienes sueño y te desperté. Chau hijo, te quiero”. Tristemente colgué el teléfono pero feliz corrí a mi cuarto para volver a echarme y dormir los quince minutos que me quedaban libres, tranquilos. Entré al cuarto raudamente, zigzagueando los cuadernos, polos sucios y unas cuantas botellas con poco alcohol que aún quedan de año nuevo, hasta que llegué a mi cama. Y al recostarme nuevamente en esa rica almohada, volteé a ver el plato con lentejitas y un conjunto de hormigas estaban allí, tragándose mis sobras, llevando de poquito en poquito a los suyos y jodiéndome el sueño que, desde ese momento, se había transformado en una asquerosidad total, un asombroso instante, un espantoso hormigueo que nunca cesaba y que se extendió por todo mi cuerpo; y yo, amariconado por cualquier hormiguita que se acercase y que veía en todo (hasta en mí mismo), levanté el plato de la cama y empecé a caminar de puntitas y a pasos largos, como saltando, llevando el plato con lentejas, arroz y hormigas a la cocina. Dejé que el chorro de agua inundará el plato con comida, mi mamá me decía que por esa gracia se iba a obstruir la tubería pero no me importaba eso ni nada que me dijera en ese momento, sólo quería ver, con un poco de pena, que murieran todas esas cochinaditas que me cagaron el sueño, el catorce de febrero y la admiración que les tenía.


Ahora sigo con ese maldito hormigueo y escribo mirando siempre a mi cama porque pienso que debajo de ella vive una hormiga enorme, con ojos saltones y botando baba y que cuando esté durmiendo plácidamente tratando de olvidar la tarde, saldrá y me vomitará el plato de lentejas que dejé y no terminé de comer. Creo que los mariconcitos del canal 2, mientas yo dormía alegre, entraron a mi cuarto y pusieron en el plato todas esas hormigas, no sé, ¡mierda! una hormiga más.


Qué miedo. Qué veo por la puerta. Creo que no podré dormir hoy.


sábado, noviembre 13, 2010

HABLANDO CON LA LUNA





Llego a casa. He estado caminando por ahí, por las calles vacías, solitarias, que la noche deja. No ha sido una buena noche para el amor. Lamentables mis pasos que sin un cigarrillo de compañía no encontraban la dirección correcta, el rumbo adecuado por dónde ir. Por un momento me sentí un vagabundo. Nunca me había sentido así. Nunca me había sentido tan... tan... tan hecho mierda; y mucho menos por amor. Creo que las estoy pagando, que el de arriba -el que todo lo ve y sabe- me está castigando por todas las perradas que hice. Aunque creo que no ha pasado nada, o sea, que con ella todo está bien, algo me dice que... En realidad mi corazón no se siente muy bien que digamos. No sé que carajos me pasa. Debo decir que todo está bien pero hay algo que no encaja y creo no ser yo y creo también que no es ella y entonces ¿qué carajos me ocurre? No sé porque estoy así. Soy yo, seguro, el que piensa cosas que no son. O es ella, talvez, la que suelta palabras que salen de su corazón y que yo tomo por mentiras. O soy yo... O es ella... O... No sé ni por qué me pongo así, todo mal, maldiciendo al amor y todo eso. Entonces si nada pasa y todo está normal, Dios, ¿por qué me siento tan mal? ¿por qué se me caen algunas lágrimas al recordarla? Hice mis perradas pero creo no mentí a nadie. No creo ser un canalla pero sí un completo sentimental, como ahora. Y hoy lloro por ti, ¿sabes? Y no sé ni por qué lo hago, no sé ni por qué estoy así. Es que ella tiene algo que no sé, me vuelve otro, totalmente otra persona. Quisiera saciar esta necesidad que tengo por sus labios, su rostro que tanto me enloquece y todo de ella con un simple beso; no puedo, esto es algo más fuerte, algo que creo nunca había sentido o no tan fuerte lo había sentido o creo me estoy apresurando un poco. Acercarme a ella es sentirme el hombre más feliz del mundo. Acariciarla, jugar con ella, con sólo contemplarla, juro que amo el momento. Mirarla fijamente a los ojos y decirle, de corazón, que la quiero, que la quiero de verdad, es algo indescriptible, algo en donde las palabras está por gusto y las miradas dicen muchas más cosas. No sé que pueda pasar más adelante. Mi amor por ella siempre estará, así como siempre ha estado. No se la dejaré tan fácil también, sé que piensa en mí y que me quiere. Sé que mañana nos daremos otro beso, nos diremos "te quiero" y pelearemos por cosas insignificantes, seguramente me quedaré callado en algún momento y ella hablará como si nada le importase mientras yo me cago de celos y no se lo hago notar o eso creo pensar. Quizá nos amemos mucho. Quizá de nuevo me siente a escribir por cosas que ni sé. Quizá, mañana, ella ya no esté a mi lado. Pero nadie sabe el mañana ¿no?. Quizá, hoy, he preferido decir que la quiero y que quiero mil besos de ella pero mejor así, a la distancia, y llorar dos o tres noches y buscar otros caminos. Quizá, jamás vuelva a llorar. O, quizá también, quién sabe, jamás vuelva a reír.

viernes, noviembre 12, 2010

CHUPA Y LLORA, CUÑADITO



Después de llorar un poco, pienso que lo mejor que me ha podido pasar es que mi gran sueño, mi más grande anhelo, es ser un escritor. Eso es lo que trato de ser.


Yo no tomo ron; tomo pisco. Yo no fumo hamilton; fumo lucky, no raspa pues. Yo no tomo ni fumo mayormente, sólo lo hago en momentos especiales, cuando me siento a escribir y con la luna contemplándome, momentos especiales decía.


Cuando el pisco ya me ha calentado un poco, trato de entender el por qué. Necesito que el alcohol me llegue a la cabeza. Que llegue por favor, eso quiero. Todavía no entiendo qué pasó. Por la putamadre, este pisco sí que está riquísimo, delicioso, calentón, como debe de ser. Que llegue por favor. Y es que me cagaste la vida ¿sabes? Dos más camarero, ¿camarero?, acá yo mismo soy no más, me sirvo otra copita y vamos poquito a poquito, ¿me entiendes?


Nunca pensé que me pasaría esto, tú, hablándome así, tranquilito yo iba, paso a paso, gateando antes de correr, subiendo cada escalón; de pronto choqué con una pared y ¡qué rico pisco carajo! ¡de dónde es que saliste! Mejor sigo escribiendo antes que la memoria y mis ojos, pronto llorosos, me traicionen: esa pared pues, me choqué duro, durísimo huevón, no vi de dónde salió, bastante me dolió y que ¿los hombres nunca lloran? lloré pues y qué… Que llegue por favor, ya falta poquito, poquitito, sí, me chupo esas sobritas y ya no ya, te digo no más, ese piscacho es la voz.


Gracias te doy, mi fiel y alcohólico compañero, nos tocó una mala noche pues, qué se hace. Ahora sí me chupo todo lo que venga porque este piscacho me quedó corto, te digo. Por la putamadre, quiero olvidarme de todo. No más lágrimas, mariconadas son carajo. Chupa pues y llora pues. Qué puedo hacer, dime tú, sí, tú, me cagaste pues, me cagaste y me cagaste bien rico mi amor. Chupa pues y llora pues.

miércoles, julio 28, 2010

CAMINANDO VOY





Caminando voy, por la noche, por las calles poco iluminadas del lugar en dondo vivo.
Cómo duele caminar solo pero ayuda, ayuda mucho para saber qué es estar solo en verdad y qué es hablar consigo mismo y conocerse consigo mismo, y qué es llorar de verdad, solo, sin ningún hombro donde apoyarse, sin nada, pararse en una esquina y llorar, llorar hasta más no poder y después limpiarse los ojos, la cara y seguir caminando y no mirar atrás.


Caminando voy, con los grillos que armonizan cada paso mío, cada huella, cada lágrima derramada, cada por qué, cada "te amo mas soy un imbécil al no estar a tu lado". Y es cuando sales de noche, solo, cada cosa, cada mínima cosa que observas tiene vida, sientes que te dicen "hola, ¿necesitas ayuda?". Y es que hoy, que iba por ahí, los árboles me decían cada cosa y las piedras me hacían cada gesto que los contemplaba con un inexplicable sentimiento.


QuerCa encender el primer cigarrillo, quería fumar para no sentirme tan solo. Nunca hice real ese pensamiento, no sé por qué, nunca metí la mano al bolsillo para sacar el maldito cigarro, aquel cigarro que, de repente, secaría por fin mis lágrimas o las multuplicaría. Nunca metí la mano al bolsillo de mi pantalón pero sí al bolsillo de mi polera porque el frío, sumado con el llanto, poco a poco me consumía, sentía como bolitas de hielo caer desde mis ojos y al llegar al suelo, escuchar cómo se rompían y pensar cómo estoy con 'esa personita', recordarla, recordar que la cago al decir que iré y nunca llego, recordar que la amo y que ella también pero los juegos y los vicios y las amistades hacen que me quede y no esté con ella. Y cuando estoy solo, caminando sin sentido, recuerdo todo eso y es por eso que lloro, porque hablo conmigo mismo, porque me hago preguntas de respuestas obvias, respuestas que yo sé y un chibolo ilusionado de once también, porque cuando hablo conmigo mismo hablo en verdad y hablo con la purita verdad y es que ahí nadie me escucha, nadie se logra enterar de mis viles secretos, ahí, solo, hablo todo y sin censura porque sé que nadie me llegaría juzgar, sólo Dios, pero hasta que tenga una cita provada con él... sigo hablando.


Caminando voy, por la acera que siente mis pasos día y noche, por aquellas calles que me han visto crecer, que me ven completamente estúpido y enamorado.
Caminando voy, por la noche, por donde la luna espía los secretos de los más errantes y los utiliza de cuentos para las estrellas que enriquecen mis pasos hechos huellas y mis lágrimas hechas charcos y mis tristezas, palabras a la soledad.



Y siendo las dos de la madrugada con veinte minutos,
logro recién recostarme en la cama.