Mostrando entradas con la etiqueta luna. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta luna. Mostrar todas las entradas

viernes, febrero 10, 2012

LA DOÑA


Me siento solo. Siento la soledad en mi desayuno diario, a las siete; que se sienta conmigo en la mesa, que me habla, que me escucha. Siento que jugamos cuando despierto y digo 'un ratito más', echado en la cama, como piurano al sol. Y es que en cierto momento que no tengo en la memoria, la soledad (o la doña, como suelo susurrarle), se metió en mi vida llegando a ser mi vida, entera, casi totalmente, en poco tiempo.

Decía que siento a la doña en la primera comida del día. Pan con soledad. En la mesa redonda nos sentamos disciplinadamente, sin hacer ruido alguno, respetando el silencio que ya sabe gobernar. Y ya empiezo a comprenderla. Y es que siento la soledad en cada paso que doy, en cada palabra desilusionada que lanzo al viento, cuando, de pronto, estoy con la doña.

Estamos juntos. Ahora mismo, estamos juntos. La casa está para nosotros dos. Le susurro versos que leí en un librito que tengo guardado en mi estante love me. Me miro en el espejo, y juego; realizo muecas estúpidas que sólo me celebra ella. Una sonrisa fingida se deja notar en mis rostro. Una máscara pesada, llena de tristezas e incertidumbres, se pone en mi cara, fija, como entornillada, y de un momento a otro, la siento mía.

Desde hace tres meses que no fumo, pero si un pitillo se cruzara en mi camino, en estos tiempos parcos, fríos, no pararía hasta fumarme tres o cuatro cajetillas de veinte. Desde hace tres meses que escribo sin fumar, pero tomando una copita de pisco, que de sorbo en sorbo, me envuelve en cada pasaje de esta novela de ficción que llamo vida; aunque la realidad siempre supera la dicción y la puta que te parió.

Me he acostumbrado a convivir con el silencio. También es parte de mí. Pensar. Jugar. Llorar. Reír. Vivir. Sobrevivir... en silencio. Estamos juntos. El teléfono no suena. La televisión está apagada desde hace mucho. La única música que suena es la de la Radio Mágica, cuyo dial es mi mayor secreto. Las pisadas no se escuchan porque camino descalzo. Los ladridos de Diana, se confunden con las risas chillonas de Los Cabritos, que salen a corretear al patio del Acapaulco, desde las tres, religiosamente, todos los putos días.

Y yo ahí. Aquí. En medio de nada. Pero ya me acostumbré. La doña y yo (suena elegante como título para mi próxima ficción; y qué raro que sea mi realidad... qué mierda). Entonces la soledad, desde algún momento, se confundió en los pasajes de mi vida y ahora es ella. ¿Buscar la felicidad? Pero cómo te hago entender... como la salsita rica, miss. Son las doce de la noche, escribo no sé qué, el silencio gobierna... cómo te hago entender... qué más te puedo decir...

viernes, enero 27, 2012

LUNA


A la dueña de mis sueños noctámbulos.
Y jugamos a no vernos. A escondernos. Nos hacemos ojitos. Nos mandamos piropos, únicos. Nos decimos palabras lindas, de poemas de amor que aprendí alguna noche como esta. Y cantamos. Y jugamos. Y nos sentimos bien porque nos conocemos, porque tú sabes mi nombre y yo, dónde paras.
Perdón. Perdóneme por faltarle el respeto al tutearla, señora mía. Continúo,  entonces. Es cierto eso que los sueños sólo sueños son, y que al contemplarla, a usted, digo, vivo un sueño y todo es fantasía, como de ensueño, como de cuento, porque usted es mi sueño, el sueño que cualquiera quisiera vivir, o alcanzar, la novela de aventura amorosa que cualquiera quisiera crear y al mismo tiempo ser parte de ella, y de sus miles de capítulos llenos de sucesos y sube y bajas para tratar de encontrar el camino al cielo infinito, donde queremos llegar, los que soñamos, o los que alguna vez lo intentaron.
Hoy, como todas las noches, nos paramos en el lugar de siempre, a la hora de siempre y con los sueños de siempre. Nos hacemos ojitos. Nos decimos palabras lindas, como de poema. Somos uno solo, lo siento. Ya no me importa nada. No nos importa nada. No nos importa nadie. Pasmado me quedo en el brillo suyo que es único e indescriptible. Y me veo boquiabierto, como estúpido, como zonzo, como hechizado al ver un ángel, del cielo mismo y que se dispone a caer despacito, como quien no quiere la cosa. Jugamos, señora. Me mira, yo lo sé. En mis pupilas la llevo. De pronto, siento que mis pies tocan tierra y cierro los ojos muy lentamente. Bajo la cabeza. Vuelvo en mí. Soy yo, de una mala vez. Pero no la pierdo, señora. Quiero volver, emprender vuelo, y mil veces seguro, siempre. Entonces tomo un respiro y los sueños regresan. Me quedo atónito y maravillado y completamente estúpido al contemplarla por enésima vez y no me canso, y en la misma hermosa noche, señora.
Es que todo es tan raro. Y tan hermoso. Todos los errores cometidos a lo largo del día quedan de lado y la perfección toma el lugar principal, central, y reina desde mis ojos color pardos hasta su blancura virginal, sin producir gemido alguno pero con gritos libres de un amor puro que sólo yo, en este momento grato, siento.
Y usted sigue ahí, recibiendo halagos, poemas y qué se yo. La noche es joven. Y las estrellas. Y usted. Y quizás yo, señora mía.

Tres de la madrugada. Noche de luna hermosa.

sábado, noviembre 13, 2010

HABLANDO CON LA LUNA





Llego a casa. He estado caminando por ahí, por las calles vacías, solitarias, que la noche deja. No ha sido una buena noche para el amor. Lamentables mis pasos que sin un cigarrillo de compañía no encontraban la dirección correcta, el rumbo adecuado por dónde ir. Por un momento me sentí un vagabundo. Nunca me había sentido así. Nunca me había sentido tan... tan... tan hecho mierda; y mucho menos por amor. Creo que las estoy pagando, que el de arriba -el que todo lo ve y sabe- me está castigando por todas las perradas que hice. Aunque creo que no ha pasado nada, o sea, que con ella todo está bien, algo me dice que... En realidad mi corazón no se siente muy bien que digamos. No sé que carajos me pasa. Debo decir que todo está bien pero hay algo que no encaja y creo no ser yo y creo también que no es ella y entonces ¿qué carajos me ocurre? No sé porque estoy así. Soy yo, seguro, el que piensa cosas que no son. O es ella, talvez, la que suelta palabras que salen de su corazón y que yo tomo por mentiras. O soy yo... O es ella... O... No sé ni por qué me pongo así, todo mal, maldiciendo al amor y todo eso. Entonces si nada pasa y todo está normal, Dios, ¿por qué me siento tan mal? ¿por qué se me caen algunas lágrimas al recordarla? Hice mis perradas pero creo no mentí a nadie. No creo ser un canalla pero sí un completo sentimental, como ahora. Y hoy lloro por ti, ¿sabes? Y no sé ni por qué lo hago, no sé ni por qué estoy así. Es que ella tiene algo que no sé, me vuelve otro, totalmente otra persona. Quisiera saciar esta necesidad que tengo por sus labios, su rostro que tanto me enloquece y todo de ella con un simple beso; no puedo, esto es algo más fuerte, algo que creo nunca había sentido o no tan fuerte lo había sentido o creo me estoy apresurando un poco. Acercarme a ella es sentirme el hombre más feliz del mundo. Acariciarla, jugar con ella, con sólo contemplarla, juro que amo el momento. Mirarla fijamente a los ojos y decirle, de corazón, que la quiero, que la quiero de verdad, es algo indescriptible, algo en donde las palabras está por gusto y las miradas dicen muchas más cosas. No sé que pueda pasar más adelante. Mi amor por ella siempre estará, así como siempre ha estado. No se la dejaré tan fácil también, sé que piensa en mí y que me quiere. Sé que mañana nos daremos otro beso, nos diremos "te quiero" y pelearemos por cosas insignificantes, seguramente me quedaré callado en algún momento y ella hablará como si nada le importase mientras yo me cago de celos y no se lo hago notar o eso creo pensar. Quizá nos amemos mucho. Quizá de nuevo me siente a escribir por cosas que ni sé. Quizá, mañana, ella ya no esté a mi lado. Pero nadie sabe el mañana ¿no?. Quizá, hoy, he preferido decir que la quiero y que quiero mil besos de ella pero mejor así, a la distancia, y llorar dos o tres noches y buscar otros caminos. Quizá, jamás vuelva a llorar. O, quizá también, quién sabe, jamás vuelva a reír.