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domingo, agosto 19, 2012

LA ESPERA

Eres, lo que más quiero 
en este mundo, 
eso eres. 
Mi pensamiento 
más profundo, 
también eres… 

Café Tacuba


Te esperaba en el paradero, con los brazos cruzados, cagándome de frío. Encapuchado como chibolo punk, enclaustrado con la música a través de los audífonos más baratos que encontré. Sentía las cosquillas del viento en mi cuello. Pellizcos. La gente en el paradero bostezaba en plena tarde. Fatigados, se sentaban en la banca para esperar el bus de ruta. Yo esperaba parado, con la vista directa, tu llegada triunfal.

Mis manos jugueteaban. Se entrelazaban atrás apoyándose en el culo, se tranquilizaban a los lados, en mis piernas tembleques, como en firmes. Cruzaba los brazos una y otra vez, y muchas veces. No estaban tranquilos. Mi corazón palpitaba rápido, sentía el frío, la tarde gris y aburrida, el cansancio juvenil por la atolondradera diaria, el estrés que no es estrés. Sentía el fuego en mi estómago por no llevarle bocado. Jugaba a darle pataditas a la nada, taco y punta, empeine y talón. El viento me inflaba los pulmones cuando inhalaba, desesperado, esperando el beso y hola, ¿cómo te fue?

Las combis pasaban raudas. El cobrador nunca sacó la cabeza por la ventana para llamar a la gente porque el policía estaba al acecho, aguardando la mínima falta para picar un sencillo. Una coaster blanca con rayas celestes paró. Tú no bajarías de aquel carro porque no era el de tu ruta. Pero igual te esperaba. Esperaba que tus zapatillas negras se asienten en la vereda, bajando la escalerita del bus. No. Esperaba tu llamado de emergencia ante el asombro que te causa el mar de gente que siempre hay en Chorrillos. No. Esperaba tu carita de ángel que me diga ya llegué, mi vida.

Me senté en la banca del paradero. Juan Luis Guerra me hacía mover los pies, de aquí para allá, nervioso, tratando de darle pelea al frío invernal que nos ha tocado. Mis manos descansaban, entrelazadas, en el bolsillo de mi polera de lana. Abrigado. Igual el frío carcomía mis huesos débiles, flacuchentos, que agonizaban a punto de quebrarse. Palo seco. Intentaba darle pelea, moviendo mis pies, taco y punta, juntando mis manos, fuertemente, buscando que el frío no cale mis huesos, ni asome a ver qué pasa por aquí.

Seguía esperando tu llegada, encapuchado como pirañita-cazador de carteras. Eres, lo que más quiero en este mundo, eso eres. Mi pensamiento más profundo, también eres… Escuchaba en mis audífonos. La canción que me dedicaste. Esperando tu presencia absoluta, tu caminar modelado, tu rostro fino, tus ojos pardos, claros, vidrios de tu alma inocente. El que por ti daría la vida, ese soy.

El frío se hacía más frío. Calaba, muy lentamente, entre mis ropones de invierno que no abrigaban en plena bienvenida de estación. No servían. La capucha evitaba que me mojara el pelo con la garúa que había empezado. Una garúa miedosa, conservadora, tratando de dejar lo mejor para después. Un rocío pausado, débil, que mojaba las calles chorrillanas. El cielo se había puesto gris y aburrido. No llegabas, ni dabas aviso que ya estabas cerca para empezar con el recibimiento a bombos y platillos. La espera se hacía cansada, y la esperanza se desilusionaba con el pasar del tiempo. Y así, nunca llegaste y aquí sigo esperándote.

miércoles, junio 13, 2012

EL CANTO Y EL LOCO




Salgo de mi casa a regañadientes, sulfuroso, peleando con mi padre, a cosa seria, cumpliendo con la guerrilla que diariamente practicamos, siempre por ningún motivo. Entonces cierro la puerta y camino raudo. El frío hace que me cierre la casaca y me enrolle la chalina en el cuello en segundos. El frío se pone cagón. Meto las manos en la casaca y me siento abrigado. Ya no tiemblo. Ya no juego con mis flacuchentos dedos, están tranquilos, reposando, haciendo Horacio dentro de la frazada que llevo puesta como casaca con polar, y hago puños, dos puños dispuestos a noquear al frío que congela en cada débil paso.

“Tengo miedo, torero”, pienso, mientras espero la crazy coaster en el solitario paradero, al frente de mi casa. Sólo yo, con mi librito de Betito Ortiz en la mano, espero sentado a que llegue el carro de rayas celestes y blancas todo Larco, Arequipa, paga con sencillo, pe’ causita. Y silbidos van, silbidos vienen y “tengo miedo, torero”, decreto. Una luquita, man, me encara un vago que huele a todo junto. Si no me largo, me quitan todo menos el librito, pienso, y veo la coaster 18 aproximarse, completamente sopa, botando humo negro como no tienen idea. Subo y me arrecochino, saco el libro y me olvido de todos.

(Voy pegado a la ventana, bueno, mejor dicho, voy sentado en la fila que da a las ventanas, porque pegado no estaba, aunque bien pegado estaba el frío, y se notaba cuando apoyaba mi cachete para ver qué sé yo, seguro, una morenita de culito bien rico y paradito).

El carro detiene la marcha en un paradero barranquino que fue testigo de una tremenda borrachera semanas atrás. Y en el mismo banco en el que yo quedé como muerto y estiré la pata ante la mirada pendeja de alguno que otro amiguito delicado, ahí, en esa misma banca, tres muchachitos estaban en lo suyo, sin una botella de ron o de pisco: uno de ellos tenía una guitarra como flaca, sentada en su falda, acariciándola delicadamente, cual cristal valioso, el otro, hacía reposar el charango en su pecho inflado, orgulloso, siempre con la sonrisa Colgate ante los malos momentos; el tercero cantaba, y cómo cantaba, tenía una melodiosa voz que atrapaba a cual transeúnte pasaba por ahí, y se quedaban escuchando y los aplaudían y les dejaban algún sencillo siendo recompensados por la sonrisa chimuela del que tenía como instrumento esa voz que no tuvo maestros de escuela sólo el caminar en una ciudad estresada y practicar frente al mar horas de horas.

Todo fue en un instante, en un lapso de dos minutos, si no me equivoco. Quería que el trío subiera a la coaster para que pusiera un poco de ritmo a mi viaje, pero cuando el auto aceleró y sólo pude seguirlos con la vista, volví a abrir el libro de Ortiz y meterme en la lectura que bien rica iba, que bien pendeja se me estaba armando.

(Sube sube, baja baja, pie derecho, pague con sencillo… En barranco no sé porqué todo será tan sombrío, no hay muchas luces, y la gente camina a paso lento por sus calles, fumando un pucho o esos especiales ja ja, pero lento, como si las huevas, todo es tranquilo, la gente conoce, y no dice nada).

La coaster sigue la ruta, para poco, acelera y frena con brusquedad, y los pasajeros se quejan con el chofer de guata fofa que por el espejo retrovisor hace gestos de calma, pidiendo tranquilidad a las señoras de edad, y no habla porque tiene un palito en el diente, como esos viejos antiguos que se creían matones y bla bla bla… yo sigo con mi librito de Betito que está que me saca más de una carcajada y en ciertos momentos un puchero triste. Me divierto porque es Betito, si fuera otro, ya me hubiera puesto los headphones y la puta madre, seguro estuviera en calle pero elegante

La coaster para la marcha de nuevo, es un paradero del límite de Barranco y Miraflores. No hay nadie. Por qué paró, pienso. El cobrador abre la puerta y espera, pisa pisa, todo Larco, Arequipa… Cuando a paso cansado un hombre alto, de tes blanca y cabellera larga, sube al carro. Lo quedo mirando, no estoy atónito, lo sigo mirando y veo que su blue jean está rasgado por las rodillas, pero se le bien, o muy mal, quizás, descuidado. Lleva una guitarra de palo con un sticker de la Virgen de la Nube pegado en la caja armónica que ya se nota vieja. Es argentino, no pasa los cuarenta y se supone que es músico; pide atención y yo se la di desde que se acomodó en el espaldar de un asiento dejando caer un billete de un dólar y recogerlo al segundo. Y comienza a hablar cuando ya todo lo tenía bajo control, comienza a hablar y el che presenta su canción y dice que ha venido de visita a Lima pero que ahora no tiene con qué regresarse, entonces canta porque es músico y con eso se gana la pobre vida errante. Y canta y yo leo. Y canta y por momentos levanto la mirada y me quedo en su barba y en la guitarra que suena bien, típico rock argentino ochentero que bien lo saben hacer solamente los gauchos de nacimiento y no los que van por tres meses y ya están con el che y el vos y toda la vaina entera.

(Sube sube, pie derecho, al fondo hay sitio, pe’ causa… y esto se me hizo largo y es la primera vez que escribo una crónica tan extensa, pero por algo será, pe’ varoncito).

Lo miro de rato en rato. Leo las últimas páginas del libro mientras me paro para bajar en Larco con Benavides. El argentino sigue con el rock no comercial (lo especificó en la presentación) y justo cuando ha entrado al coro que no recuerdo, el carro se detiene y baja baja, despacio, tranquilos. ¿Y el trío ese de la banca barranquina, y el charango y la guitarra? Justo cuando bajo escucho el punteo de una canción de rock que bien me la sabía yo también, alzo la mirada y me doy con los tres muchachos que vi en Barranco, me sorprendo, escucho sus temas mientras la gente los rodea, le dejo un sencillo al de la voz maestra y continúo la marcha. Es tiempo de volver, pienso, y sin musiquita de fondo, pienso y me río solo, en medio de la pista, como un completo imbécil. 

lunes, abril 16, 2012

PASOS LLENOS DE GREEN


A todos los lanzas.

La noche me había encontrado en Larco, 
caminando sin dirección.

Las mujeres salían de sus oficinas y hacían sonar sus tacos en la vereda ancha de la avenida. Unas iban a paso raudo, presurosas por llegar a sus casas a hacer sabe qué; otras, meneaban sus caderas cubiertas por una falda negra ceñida, con un pucho largo que se consumía más entre los dedos que entre los labios. Iban solas y acompañadas, riendo y soltando carajos; la mayoría, con los labios pintados de rojo pendejo, contestaban llamadas cada cinco minutos.

Las gentes llenaban la larga acera tan concurrida cuando la luna dice presente y se posa como contemplándonos. Y las mujeres modelaban y los hombres salían fachosos con el peinado de moda, con tareas de conquistador. Y yo ahí, como el fotógrafo oficial del momento, sentado en una banca como mirador, observando el mundo en el que vivo desde una perspectiva distinta, disfrutando, armando el rompecabezas social, no sintiéndome parte de este plano tan cojudo.

Y los señores pasaban mirándome diferente, una mezcla de miedo con… con… pues qué será, sir. Unos llevaban colgado de su cuello una cámara Canon y hablaban inglés y español bien notorio. Levantaban su cámara para inmortalizar el día que visitaron el casino dorado en toda la esquina con Benavides, imponente; y seguían caminando, y parlando.

De pronto, volé porque lo quise.

Y en un momento yo era el que caminaba por aquellas calles desoladas del barrio donde crecí. En cada paso recordaba las esquinas que alguna noche fueron mías y aquellas paredes que aceptaron mi espalda cuando algo malo pasaba en casa. Me senté en un parque y el sentir tranquilo me llevó cuando tenía cuatro y no sabía nada, y no quería nada, y todo estaba pintado para lo colorido y la felicidad inocente desde la mañana hasta el beso de buenas noches; cosa que hoy ya ni los rezagos.

Iba sin rumbo por el rumbo que tuvo mi niñez, leyendo una  novela policial que me han prestado y no pienso devolver. El humo green que salía de mi boca formaba una nube negra que me acompañó desde las doce con veinte; y los pasos que daba ni los sentía, y mi vista fatigada se perdía en las páginas de aquel libro de ley y orden y aventuras tenebrosas.

Y estuve como zombi en esos caminos que siempre caminé y por primera vez sentía míos. Jugaba al estúpido, y los ojos me ayudaban. Zigzagueaba por la pista maltratada; perfecto contexto lunar, porque me sentí volando y hablando de las mil y una noches que nunca he vivido jamás.

Maltraté mi vestuario elegante al tirarme boca arriba en plena pista para contar las estrellas y tocarlas para regalárselas a una chica bonita que he conocido. Un puente fantástico nacía desde donde yo estaba y subía lentamente hasta la parte más próxima a la luna, se dejaba ver cerca pero no tocar, te escuchaba y si se sentía a gusto te respondía susurrándote al oído. Nunca me interesó nada más. Nadie me interesó más. La noche estaba plena y la doña reinaba desde el trono más alto, tan cerca al infinito.

Abrí los ojos.

Seguía con el trastorno, y la fantasía tomó un lugar privilegiado. Comencé a hablar solo y sentía que todos me escuchaban y respondían, y al terminar la ponencia un mar de aplausos y reverencias cayeron desde el cielo raso y se dejaron estar, y me dejé estar.

Si recuerdo como llegué a mi casa es porque seguro toqué el timbre a altas horas de la madrugada y me bañaron con agua fría, y me cayeron un par de bofetadas que me despertaron en one a las cuatro con quince; y aquí estoy...

miércoles, diciembre 14, 2011

LA ENTREVISTA DE LA VIDA


Es viernes y el director del periódico para el que trabajo me ha encomendado hacerle una entrevista a Beto Ortiz, por este tema de los nuevos Ministros y el rollo de Chehade, que ya me empieza a oler a cortinilla de humo. Es un trabajo duro, lo sé. Esta entrevista debió de hacerse hace dos semanas, pero el polémico periodista aplazó la fecha porque se le presentó un problema en su agenda y nosotros tuvimos que aceptar, quedándonos con nuestro enojo y desazón.
Son las nueve de la noche y estoy en mi carro, camino a Miraflores. Una fuente confiable me ha mandado  un mensaje a mi correo diciéndome que Ortiz ya llegó al Marriott, donde pasa las noches. Es raro que pase sus noches en un hotel, pero es así. En realidad pocas personas saben que Ortiz ‘vive’ en un hotel. Muy pocas personas saben que Ortiz pasa sus noches, solo, unos días y en compañía de sabe quién, otros, en un hotel cinco estrellas con una maravillosa vista al Mar de Grau.
Busco en la guantera el disco de música criolla que años atrás me regaló un amigo de Perú Negro, agrupación de danza nominada al Grammy. Lo encuentro. Lo pongo en el reproductor y la música empieza a entrar en mi alma y veo la pista de otra manera: más amplia, más limpia, menos negra, sin carro alguno que joda con ese claxon chillón que conduce a la locura. De pronto, suena La flor de la canela en la voz de la gran Luchita Reyes y nace en mí una sonrisa de antaño, de esas que no mostraba hace mucho. Subo el volumen y el auto parece La Peña del Carajo con cuatro ruedas en plena avenida Pedro de Osma, en Barranco.
El rojo de un semáforo hace que me detenga. En eso un grupo de niños con ropas viejas empiezan a tomar la pista, un grupo de cuatro, logré percibir. Dos hacían malabares: primero pelotas, de dos y de de tres, luego cuchillos, y para terminar, cuchillos con puntas de fuego. El miedo se apoderó de mí. Conforme pasaban el nivel de dificultad, más boquiabierto me quedaba, botando baba y todo lo que conlleva. Sudaba. Me temblaba todo. Bajé el volumen del reproductor y la criollada quedó en un segundo plano. Esos niños no pasaban los diez años y tenían que trabajar para sobrevivir, eso estaba claro, lo tenía claro. Entonces una interrogante surgió en mi cabeza, que no me dejó tranquilo hasta que llegué a hablar con uno de ellos.
Hola, le dije al pequeño que se me acercó, con miedo y temor al extender el brazo para pedirme dinero. Toma, le di cinco soles. Espérame un rato. Voy a estacionar mi auto más allá y conversaremos ¿Te parece? El niño corrió hacia el grupo. En su mirada notaba inseguridad, desconfianza, y era lo normal, lo que esperaba; yo soy un total desconocido para ellos, pero sólo quiero hablar, que me cuenten por qué hacen esto y si puedo, ayudarlos en algo. Y en este preciso momento me estoy dando cuenta que la entrevista con Beto no se concretaría y el Director del diario me botaría por no colmar sus expectativas.
Estaciono el auto. Me bajo y con una pelota en la mano voy donde está ese grupo de pequeños artistas. El niño que me pidió dinero se cohíbe. Los demás me miran con rabia, sus ojos muestran la ira que llevan dentro.
-      Chicos, soy un periodista. Sólo quiero hacerles unas cuantas preguntas y jugar con ustedes.
Ahora la mirada de los niños se dirige al balón que traigo. Uno, que parece ser el mayor, corre hacia mí y me quita la pelota sin decirme nada. Empiezan a jugar, a correr, se olvidan de los malabares y sólo juegan.
-      Entonces, ¿por qué trabajan?
El mayor, que corre tras la pelota mostrando un dominio para el juego, grita: Porque si no lo hacemos, Juana nos pega. Me quedo pasmado. Lo dijo sin mostrar un gesto de tristeza, dolor, frustración, nada. Ahora ríe, corriendo tras el balón que parece vuelve a patear desde hace mucho tiempo.
-      Y ¿cómo se llaman?
Pregunto con miedo. No quiero interrumpirlos en su alegría. Carlos, grita el mayor. Escucho una risa. Todos empiezan a carcajear. De pronto los otros tres se hacen notar: Miguel… Josué… Pecas…
-      Carlos, ¿te puedo hacer unas preguntas?
Pienso que mi petición es absurda. El chico nunca dejará el juego por venir a hablar con un extraño, pienso. Los niños calan. Sólo se escucha el claxon de los autos y buses que pasan a pocos metros míos. Carlos me mira y corriendo viene hacia mí. Es sorprendente, los niños necesitan amor, pienso, y recuerdo  lo que años atrás le dije a mi padre, entre sollozos, después de una paliza.
-      ¿Son hermanos?
Le pregunto a Carlos. Una sonrisa chimuela lo acompaña. Se muestra dulce, bueno, alegre. Sí, todo somos hermanos, señor periodista, me responde, hablando alto y claro. Yo soy el mayor. Tengo diez.
-      No me digas señor, dime Franco. Soy tu amigo, tu nuevo amigo ¿te parece?
Hola, Franco, y parece como si se le hubiera venido a la cabeza un chiste buenísimo y comienza a reírse. Sus hermanos dejan de jugar y se acercan. Todos ríen.
-      ¿Por qué hacen esto?
Ya existe algo de confianza. El momento se colma de alegría y risas sin parar. Porque si no lo hacemos, Juana nos pega, ya te dije.
-      ¿Y Juana?
Callan. Me miran directamente a los ojos, uno desvía su mirada a mis manos, a mis pies, otro mira alrededor, contempla el pasar de los autos, contempla mi auto, su mirada parece perdida cuando la dirige al cielo infinito. Es mi mamá pero no nos quiere. Si no llevamos plata nos pega y nosotros nos sentimos mal porque no tiene qué comer. Porque nosotros sí la queremos y queremos que coma. El pequeño llora, otro cierra los ojos.
No sé qué pasó. Los niños ya no muestran sus sonrisas que hace dos minutos me hacían ver el mundo de colores. No sé qué hacer. No sé qué decir. Me dejan con la palabra en la boca cuando me entregan la pelota, tristes, y vuelven a sus cuchillos y pelotitas. Vuelve mañana, me dice Carlos. ¿Qué pasó?, le pregunto. Es difícil explicar. Estamos solos en esto. Vuelva mañana, amigo periodista. Ya no hay gestos. Ya no hay risas. El rojo del semáforo vuelve y los niños empiezan con los malabares.

lunes, octubre 17, 2011

EL CIGARRILLO Y YO


Gráfico por Ronny Barrientos.
Crónica por Fabrizzio Velaochaga.

Prendo un cigarrillo sin antes haber comido. A veces pienso que mi desayuno es un Pall Mall azul a las nueve de la mañana, por Larco, después de estudiar. Panes, leche con coca, eso es un gusto para mí. No tomo desayuno, y eso que me dicen que es el primero alimento del día, el más importante. No lo sé, y si lo sé, pues no quiero hacer caso.

Prendo un cigarrillo en casa de Mario. Se molesta. Me bota a la calle. Me dice que fume afuera. No recordaba que él odia el humo del cigarro, que le hace mal, desde hace muchos años. Sufre de asma. Empieza a toser. Me grita. Le grito. Le digo que no joda. Sonrío, le muestro una sonrisa pendenciera, de puto, esas sonrisas pendejas que regalas a quien esté de testigo ahí, antes de cometer alguna bajeza. Tose más fuerte, más seguido. Me siento mal, apenado, la culpa es mía, pienso, bajo la mirada. Me siento mal, muy mal, pero con el Hamilton doradito entre los dedos.

Son las ocho de la mañana. Me despierto con náuseas. Siempre me despierto con náuseas, con una pelota en la garganta, y alguien dentro de mí, empachado horriblemente, a diario. No hay nadie. La noche anterior mi mamá me dijo, entre sueños, que saldría desde temprano con mis hermanos a una feria de manualidades fuera de Lima, no recuerdo que le respondí, seguro que fue un ya pero pensando qué bien que me dejen solo nuevamente; sinceramente que no lo sé, no recuerdo haberle dicho algo o no haberle mencionado palabra alguna. Prendo un Lucky, ese pitillo blanco de bolita roja que suavemente se consume, lento, como pidiendo permiso. Encontré uno en mi pantalón con el que me quedé dormido, no sé cómo llegó pero ahí estaba, estábamos los dos, él en mi boca y yo, en la cama, evitándome quedar dormido con el pucho en los labios.

En la mañana, después de estudiar, al despertarme, cuando te espero, cuando te dejo, cuando escribo, cuando te escribo, cuando leo, cuando te miro, en la noche, en el baño con una sonrisa pendejísima, en la cama leyendo Sólo para fumadores de Ribeyro, a las once de la noche, antes de dormir, cuando el insomnio me cagó de nuevo, cuando digo que quiero amarte, amarte y escribir, dormir, vivir, cuando pienso que ya no quiero abrir los ojos nunca más, cuando voy a la tienda a llenar la cajetilla de Hamilton green que vacía me tira ojitos, cuando escribo la crónica de siempre, como esta, a las dos, después del almuerzo, antes de zamparme tres o cuatro chelas jugando fulbito, y claro, con el cigarrillo típico en la boca, retando al bobo, pero feliz.

miércoles, agosto 17, 2011

EL ARTISTA



A Joel Muñoz.

La mañana me despierta frío, pendejo. Los espasmos de la noche anterior aún están conmigo. La botella con ron amanece sin una gota de ron, la gata juega con ella rodándola por el piso, correteándola, me jode el sueño y abro los ojos. Me levanto de la cama para que las sábanas no se peguen a mi cuerpo todavía inconsciente. Voy en busca de un vaso con agua. Son las nueve y algo, no percibo los minutos, a la justa me di cuenta que eran las nueve, no abro bien los ojos, el sueño me quiere ganar, me lavo la cara, es un buen primer paso para comenzar el día.

Llamo a Souk, le digo que ya estoy listo para salir, él agrega que en veinte minutos estará en la CT, que lo espere, que no demorará.  Tomo un café a la volada y salgo a la casa de Paul. Cruzo la pista lento y un auto rojo, moderno, eclipsa mi vista, sólo capto el ruido de su pasar, acelero el paso y me despierto totalmente.

Nos vamos a Villa María, me dice Souk, cuando llega a la CT acompañado de su maleta llena de latas de pintura. Su caminar, su rostro, reflejan la mala noche: me quedé pintando hasta las cuatro, agrega, sonriendo, con sueño. Lo miro, también sonrío, vamos a hacer arte, le digo y subimos a la combi donde dormiríamos hasta llegar.

La mañana se pone dura con nosotros. Llegamos a la 30, muy cerca al Pesquero y un frío de los mil demonios nos envuelve, nos hace uno, nos caga, y nos caga tanto que en pocos minutos de haber llegado he tenido que ir corriendo a comprarme un cigarrillo para sentir un poco de fuego entre mis dedos y fumar como loco (loca), tratando de evitar (fracasando) el puto invierno. Un cigarro más se enciende, un grito se escucha a lo lejos, el patrullero que pasa y nos ve como si fuéramos pirañitas, gentes corren como si un maremoto de acercara, silbatazos, mototaxis discotequeras que pasan por nuestro delante y nos quieren atemorizar gritando qué chucha pintas, huevón de mierda, pero ni los miramos, no queremos problemas. No pasa nada, jefe. Cállate, carajo: un chorizo cae en la esquina de la calle donde nosotros estamos, el policía lo tiene boca abajo, tirado en el piso, con las manos atrás y esposadas, me doy cuenta que es chibolo, que no pasa los dieciocho, me mira, yo volteo no para evitar su mirar sino para evitar la puta cólera de que los tombos les pegan, los meten al calabozo uno o dos días y después de nuevo afuera, me volteo para evitar la frustración de no poder hacer nada (contra los pirañitas y la violencia de los policías), de ver lo mismo de siempre. Souk pinta y yo sigo escribiendo. La mañana se nos ha ido: saco el celular, veo una llamada perdida pero no me interesa, son las dos en punto, prendo el siguiente cigarro.

El muro es grande, igual que la creatividad del artista. Las líneas van naciendo poco a poco, mientras Paul y yo contemplamos el arte puro. El artista tiene las manos pintadas de todos los colores. La pintura le llega hasta la chompa que viste y da vida al pantalón negro que lleva. El artista, de rato en rato, contempla su trabajo, se queda minutos viéndolo, buscándole fallas, corrigiendo errores, luego vuelve, caminando rápido, al muro, y con la lata en la mano derecha se encierra nuevamente en su mundo creando más líneas, jugando con los colores, regalando amor, vida, dinamismo, juegos. El artista hace todo para que su trabajo sea el mejor y aunque no es remunerado, él normal, él está tranquilo, pintar me hace bien, si no gano plata, no importa, esto es algo que me relaja, para mí esto no es una chamba, me dice, contento, viendo como la pared sucia ya no está más, porque fue convertida en un muro lleno de arte, lleno de líneas que expresan el sentir de una persona que quiere verse diferente, que hace lo que le apasiona, que vive pisando tierra, que llena de felicidad una pared desolada y meada por cuanto borracho pase, cuando una mañana despierta fría y muchos chiquillos se esconden en sus sábanas evitando el mundo cruel, cagón, de Lima. 

martes, mayo 03, 2011

ENRIQUETA


Porque todos tenemos un gay dentro. Porque todos tenemos una chica escondida. Porque todos tenemos una fémina linda, cohibida, celosa, imposible de manejar. Porque somos así y así siempre seremos. Porque siempre hemos sido raros en algún momento, para causar risas, para simplemente ver qué pasaba o se te chispoteó y todo al huevo. Porque todos tenemos un gay dentro. Por eso, quiero escribir porque siento que el gay que escondido vive en mí ya no esta tan escondido que digamos.
Para comenzar, pensemos que al gay que llevamos dentro le tenemos que poner un nombre. ¿Cuál sería? ¿Qué nombre le pondría yo? Pues, fácil, siempre he soñado con un nombre de estirada y que suene a pendeja, pero más a rica, económica y físicamente: Enriqueta, ese sería perfecto, ¿y tú?
El gay que llevamos dentro muchas veces tiene que ser liberado de poco en poco para que no nos cague en una reunión multitudinaria o en una cita con una niña bonita o una rica niña (sepa diferenciarse). El gay que llevamos dentro quiere que el mundo sepa que él está ahí, pero la persona que lo esconde sabe que no es muy bueno o muy bonito estar liberando al raro personaje a cada rato, es mejor seguir llevándolo como oculto. Muchas veces la figura femenina sale a relucir más cuando estamos entre hombres y lo peor es que cuando pasa te das cuenta que no eres el único raro, entonces sólo sonríes o mueres a carcajadas y sigues como si nada hubiera pasado.
Existen muchos momentos cuando el personaje raro que vive en nosotros sale con todo y se caga en todos y nosotros quedamos mudos, fríos, y después una sonrisa arregla todo: 1) Cuando pasa un chico atractivo, hablamos o empezamos a pensar cosas raras, muy raras. 2) Cuando tu mejor amigo, después de una conversación extensa de desamor te dice que te quiere y que sin ti no sería nada igual y que tus consejos lo son todo, qué carajos. 3) Cuando te quedas durmiendo en casa de tu amigo de siempre y amaneces mirándolo, o mirándose. 4) Cuando te tomas fotos con tu amigo bonito porque con él siempre sales bonito, piensas y hasta algunas veces te atreves a decírselo. 5) Cuando terminas de ducharte y te quedas una hora viendo y tratando de elegir qué ponerte y no te decides por nada y cuando ya estás vestido te vas al baño a verte la cara dos horas más y te echas la crema para el cutis y te cortas los pelitos que se ven feo y te peinas con el peine que no duele y sufres cuando haces todo y te sigues viendo feo, la autoestima al piso y ya no eres el mismo. 6) Puedo seguir pero me cansaría y revelaría los secretos de mis amigos o los secretos del raro personaje que vive en cada uno de mis amigos y/o de mí o, carajos, lo diré, o mis secretos también, la mierda.
Porque el gay que tenemos dentro también quiere vivir, también quiere jugar, también quiere tener amigos. O, de repente, el gay que tenemos dentro, poco a poco, se desilusiona más y más de este mundo hipócrita y cruel y frío y machista y duro y… ¡puta madre! Enriqueta no me deja ni escribir tranquilo. Adiós hermosos. Un beso.

sábado, noviembre 13, 2010

HABLANDO CON LA LUNA





Llego a casa. He estado caminando por ahí, por las calles vacías, solitarias, que la noche deja. No ha sido una buena noche para el amor. Lamentables mis pasos que sin un cigarrillo de compañía no encontraban la dirección correcta, el rumbo adecuado por dónde ir. Por un momento me sentí un vagabundo. Nunca me había sentido así. Nunca me había sentido tan... tan... tan hecho mierda; y mucho menos por amor. Creo que las estoy pagando, que el de arriba -el que todo lo ve y sabe- me está castigando por todas las perradas que hice. Aunque creo que no ha pasado nada, o sea, que con ella todo está bien, algo me dice que... En realidad mi corazón no se siente muy bien que digamos. No sé que carajos me pasa. Debo decir que todo está bien pero hay algo que no encaja y creo no ser yo y creo también que no es ella y entonces ¿qué carajos me ocurre? No sé porque estoy así. Soy yo, seguro, el que piensa cosas que no son. O es ella, talvez, la que suelta palabras que salen de su corazón y que yo tomo por mentiras. O soy yo... O es ella... O... No sé ni por qué me pongo así, todo mal, maldiciendo al amor y todo eso. Entonces si nada pasa y todo está normal, Dios, ¿por qué me siento tan mal? ¿por qué se me caen algunas lágrimas al recordarla? Hice mis perradas pero creo no mentí a nadie. No creo ser un canalla pero sí un completo sentimental, como ahora. Y hoy lloro por ti, ¿sabes? Y no sé ni por qué lo hago, no sé ni por qué estoy así. Es que ella tiene algo que no sé, me vuelve otro, totalmente otra persona. Quisiera saciar esta necesidad que tengo por sus labios, su rostro que tanto me enloquece y todo de ella con un simple beso; no puedo, esto es algo más fuerte, algo que creo nunca había sentido o no tan fuerte lo había sentido o creo me estoy apresurando un poco. Acercarme a ella es sentirme el hombre más feliz del mundo. Acariciarla, jugar con ella, con sólo contemplarla, juro que amo el momento. Mirarla fijamente a los ojos y decirle, de corazón, que la quiero, que la quiero de verdad, es algo indescriptible, algo en donde las palabras está por gusto y las miradas dicen muchas más cosas. No sé que pueda pasar más adelante. Mi amor por ella siempre estará, así como siempre ha estado. No se la dejaré tan fácil también, sé que piensa en mí y que me quiere. Sé que mañana nos daremos otro beso, nos diremos "te quiero" y pelearemos por cosas insignificantes, seguramente me quedaré callado en algún momento y ella hablará como si nada le importase mientras yo me cago de celos y no se lo hago notar o eso creo pensar. Quizá nos amemos mucho. Quizá de nuevo me siente a escribir por cosas que ni sé. Quizá, mañana, ella ya no esté a mi lado. Pero nadie sabe el mañana ¿no?. Quizá, hoy, he preferido decir que la quiero y que quiero mil besos de ella pero mejor así, a la distancia, y llorar dos o tres noches y buscar otros caminos. Quizá, jamás vuelva a llorar. O, quizá también, quién sabe, jamás vuelva a reír.