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jueves, diciembre 22, 2011

EN EL MAR, LA VIDA ES MAS SABROSA




Es diciembre. Días de verano. La mar es un mundo aparte, juega con el sol y el chico solitario que deja sus huellas contestando las interrogantes que lo tienen fuera de si. El sol la acompaña desde las seis o antes. El cielo azul, pleno, alborotado de gaviotas chillando, también dice presente. El puerto, por el cual botas negras pasan a cada segundo, es el anfitrión de una vida en un plano más elevado: lleno de gozo, alegrías y penas.

Miguel, que tiene en Chorrillos veintiséis cortos años, despega los ojos muy temprano, entusiasmado. Como un resorte salta de la cama y llega hasta su escritorio donde tiene lista su ropa de running. El muchacho siente que un jugo de naranja antes de correr siempre es bueno. Sale de su casa, a paso garbo, importándole nada lo que la vieja chismosa de al lado diga de su contextura física que se pasó de gruesa. Gordito, gordito, escucha voces, pero emprende carrera fijándose una meta; y acompañado de un toma-todo negro, da el primer paso por el malecón que lo espera a diario: Pescadores es el inicio y el final, hasta lo que su inmenso cuerpo le permita.

Ya tiene una hora y tanto en el agua. La embarcación se tambalea, pero él        siempre está ahí, firme, pegado a su caña que lo acompaña más de cuarenta y cinco años y que fue una herencia de su viejo, el gran Don José. No hay nada, carajo, dice Roberto, que se hizo pescador desde que vio a su padre tirar la caña y a los cinco minutos levantar un Jurel, que lo saboreó con limoncito y sal cuando volvieron al puerto. Pescados de mierda, agrega el viejo, que hasta su barba huele a mar porque el mar, según dice, le ha devuelto un poquito de vida, lo hace importante, lo hace sentirse útil. Son las dos de la tarde y el único cangrejo que ha podido sacar, y que completa su agonía en una batea enorme, salta de felicidad, como si estuviera burlándose del pescador que no ha levantado ni un alga. Roberto se molesta, manda tres mil carajos al cielo lleno de celestes y amarillos y tira la caña con furia, como le enseñó José, pidiéndole al flaco que hoy vuelvan a llevarse algo a la boca. Después de media hora siente un tirón, jala con fuerza y levanta un Jurel, y la red que había dejado caer horas antes se llena de peces que buscan liberarse de cualquier forma. Se persigna, mira al cielo, piensa en su viejo y metiendo los dedos al mar dice: “Danos hoy el pan de cada día, mi señor…”.

Juana y Felipe trabajan todo el día y llegan cansados solamente a dormir. Son esposos desde hace dos años, pero pareciera que el amor se fue y la costumbre tocó a la puerta acompañado de la monotonía, costumbre e infidelidad. Eso es lo que siempre pasa en los matrimonios limeños. Una tarde, como a las 6, llega primero Juana, exhausta, con dolor de cabeza. Se da un baño para relajarse y se echa a la cama para intentar dormir. Felipe, que siempre llega a las diez, esta vez llegó una hora después que Juana. Entró al dormitorio y vio a su mujer dormida. Se dio un duchazo, lo más rápido que pudo y se vistió elegantemente con el traje de su luna de miel. Amor, despierta, ponte bonita, vamos a pasear. Juana abrió un poquito el ojo zurdo, como quien no quiere la cosa y vio a su marido vestido de azul marino, peinado con raya al costado y oliendo el perfume que ella le regaló en su primer año de casados. Estaba extraña, pensaba que todo lo que estaba pasando era extraño. Los relojes marcaban las nueve y Juana ya estaba lista con el vestido blanco con el que entró a la iglesia de Chincha, donde dio el sí. Felipe prendió el auto, vendó los ojos a Juana y emprendió la marcha. ¿A dónde vamos, Felipe?, preguntaba ella. A recordar la felicidad y ver si podemos empezar de nuevo, mi amor, respondía él, mientras apresuraba el paso. Después de veinte minutos el auto paró, Felipe volteó hacia su esposa y le quitó la venda: Juana, ¿quieres casarte conmigo? Esto será zonzo, pero quiero rehacer mi vida contigo; hemos fallado, hay que olvidar todo y empezar de cero. Juana quedó pasmada, no sabía qué decir. Cerró los ojos. Una lágrima nació y rozó su mejilla en el camino a su vestido. La vista era hermosa. La gran mar los contemplaba. Y hubo un momento en que Juana quedó consigo misma. La culpa era de los dos, pensó, y por lo mismo creyó que los problemas nunca se iban a solucionar y terminarían separándolos, nunca pensó que su esposo volviera a los detalles de hace cinco años, cuando la conoció, frente a Barranquito, cierta noche estrellada.


miércoles, diciembre 14, 2011

LA ENTREVISTA DE LA VIDA


Es viernes y el director del periódico para el que trabajo me ha encomendado hacerle una entrevista a Beto Ortiz, por este tema de los nuevos Ministros y el rollo de Chehade, que ya me empieza a oler a cortinilla de humo. Es un trabajo duro, lo sé. Esta entrevista debió de hacerse hace dos semanas, pero el polémico periodista aplazó la fecha porque se le presentó un problema en su agenda y nosotros tuvimos que aceptar, quedándonos con nuestro enojo y desazón.
Son las nueve de la noche y estoy en mi carro, camino a Miraflores. Una fuente confiable me ha mandado  un mensaje a mi correo diciéndome que Ortiz ya llegó al Marriott, donde pasa las noches. Es raro que pase sus noches en un hotel, pero es así. En realidad pocas personas saben que Ortiz ‘vive’ en un hotel. Muy pocas personas saben que Ortiz pasa sus noches, solo, unos días y en compañía de sabe quién, otros, en un hotel cinco estrellas con una maravillosa vista al Mar de Grau.
Busco en la guantera el disco de música criolla que años atrás me regaló un amigo de Perú Negro, agrupación de danza nominada al Grammy. Lo encuentro. Lo pongo en el reproductor y la música empieza a entrar en mi alma y veo la pista de otra manera: más amplia, más limpia, menos negra, sin carro alguno que joda con ese claxon chillón que conduce a la locura. De pronto, suena La flor de la canela en la voz de la gran Luchita Reyes y nace en mí una sonrisa de antaño, de esas que no mostraba hace mucho. Subo el volumen y el auto parece La Peña del Carajo con cuatro ruedas en plena avenida Pedro de Osma, en Barranco.
El rojo de un semáforo hace que me detenga. En eso un grupo de niños con ropas viejas empiezan a tomar la pista, un grupo de cuatro, logré percibir. Dos hacían malabares: primero pelotas, de dos y de de tres, luego cuchillos, y para terminar, cuchillos con puntas de fuego. El miedo se apoderó de mí. Conforme pasaban el nivel de dificultad, más boquiabierto me quedaba, botando baba y todo lo que conlleva. Sudaba. Me temblaba todo. Bajé el volumen del reproductor y la criollada quedó en un segundo plano. Esos niños no pasaban los diez años y tenían que trabajar para sobrevivir, eso estaba claro, lo tenía claro. Entonces una interrogante surgió en mi cabeza, que no me dejó tranquilo hasta que llegué a hablar con uno de ellos.
Hola, le dije al pequeño que se me acercó, con miedo y temor al extender el brazo para pedirme dinero. Toma, le di cinco soles. Espérame un rato. Voy a estacionar mi auto más allá y conversaremos ¿Te parece? El niño corrió hacia el grupo. En su mirada notaba inseguridad, desconfianza, y era lo normal, lo que esperaba; yo soy un total desconocido para ellos, pero sólo quiero hablar, que me cuenten por qué hacen esto y si puedo, ayudarlos en algo. Y en este preciso momento me estoy dando cuenta que la entrevista con Beto no se concretaría y el Director del diario me botaría por no colmar sus expectativas.
Estaciono el auto. Me bajo y con una pelota en la mano voy donde está ese grupo de pequeños artistas. El niño que me pidió dinero se cohíbe. Los demás me miran con rabia, sus ojos muestran la ira que llevan dentro.
-      Chicos, soy un periodista. Sólo quiero hacerles unas cuantas preguntas y jugar con ustedes.
Ahora la mirada de los niños se dirige al balón que traigo. Uno, que parece ser el mayor, corre hacia mí y me quita la pelota sin decirme nada. Empiezan a jugar, a correr, se olvidan de los malabares y sólo juegan.
-      Entonces, ¿por qué trabajan?
El mayor, que corre tras la pelota mostrando un dominio para el juego, grita: Porque si no lo hacemos, Juana nos pega. Me quedo pasmado. Lo dijo sin mostrar un gesto de tristeza, dolor, frustración, nada. Ahora ríe, corriendo tras el balón que parece vuelve a patear desde hace mucho tiempo.
-      Y ¿cómo se llaman?
Pregunto con miedo. No quiero interrumpirlos en su alegría. Carlos, grita el mayor. Escucho una risa. Todos empiezan a carcajear. De pronto los otros tres se hacen notar: Miguel… Josué… Pecas…
-      Carlos, ¿te puedo hacer unas preguntas?
Pienso que mi petición es absurda. El chico nunca dejará el juego por venir a hablar con un extraño, pienso. Los niños calan. Sólo se escucha el claxon de los autos y buses que pasan a pocos metros míos. Carlos me mira y corriendo viene hacia mí. Es sorprendente, los niños necesitan amor, pienso, y recuerdo  lo que años atrás le dije a mi padre, entre sollozos, después de una paliza.
-      ¿Son hermanos?
Le pregunto a Carlos. Una sonrisa chimuela lo acompaña. Se muestra dulce, bueno, alegre. Sí, todo somos hermanos, señor periodista, me responde, hablando alto y claro. Yo soy el mayor. Tengo diez.
-      No me digas señor, dime Franco. Soy tu amigo, tu nuevo amigo ¿te parece?
Hola, Franco, y parece como si se le hubiera venido a la cabeza un chiste buenísimo y comienza a reírse. Sus hermanos dejan de jugar y se acercan. Todos ríen.
-      ¿Por qué hacen esto?
Ya existe algo de confianza. El momento se colma de alegría y risas sin parar. Porque si no lo hacemos, Juana nos pega, ya te dije.
-      ¿Y Juana?
Callan. Me miran directamente a los ojos, uno desvía su mirada a mis manos, a mis pies, otro mira alrededor, contempla el pasar de los autos, contempla mi auto, su mirada parece perdida cuando la dirige al cielo infinito. Es mi mamá pero no nos quiere. Si no llevamos plata nos pega y nosotros nos sentimos mal porque no tiene qué comer. Porque nosotros sí la queremos y queremos que coma. El pequeño llora, otro cierra los ojos.
No sé qué pasó. Los niños ya no muestran sus sonrisas que hace dos minutos me hacían ver el mundo de colores. No sé qué hacer. No sé qué decir. Me dejan con la palabra en la boca cuando me entregan la pelota, tristes, y vuelven a sus cuchillos y pelotitas. Vuelve mañana, me dice Carlos. ¿Qué pasó?, le pregunto. Es difícil explicar. Estamos solos en esto. Vuelva mañana, amigo periodista. Ya no hay gestos. Ya no hay risas. El rojo del semáforo vuelve y los niños empiezan con los malabares.

jueves, noviembre 03, 2011

VENGO A CHORRILLOS





Vengo a Chorrillos. Vengo para quedarme, siempre. Vengo para vivir, para escribir, para sobrevivir, no sé si para morir. Mi papá está acá y aunque nunca me hizo oficialmente la propuesta de irme a vivir con él (porque antes era otro mi lugar de diabluras), sé que siempre quiso que yo viva con él. Entonces mi Tata se puso mal y así lo quiso el Flaco, ya saben. Y mi papá, desde aquel nefasto día, se iba a quedar solo, y eso no era muy alentador que digamos. La soledad es buena en ciertos momentos (como este). Cada vez que puedo (o quiero) acudo a la soledad, la llamo, me voy en soledad, que es una consejera estupenda, con un Pall Mall entre los dedos, a escribir o tratar de escribir, en una noche negra, sentado en el malecón, como hoy.

Vengo a Chorrillos, como dije. Vengo para quedarme, lo repito. Vengo para que mi papá no llame a soledad, no hable con ella, no hable con él mismo, ante los ojos de la puta soledad que cuando te quiere joder, te jode y cuando te quiere cagar, es mejor que por cuenta tuya te vuelvas loco, pero un loco bueno. No más a las rutinas. No más a las comidas en un dos por tres. No más a las ocho horas frente al computador combatiendo el insomnio. No más a las cervezas con el puchito azul gritando yo soy ebrio, en el dormitorio, sin ningún amigo, o enemigo.

Ya estoy en Chorrillos, escribiendo mi primera crónica, sentado en el malecón, a las seis de la tarde, ante un paisaje maravilloso, con sólo un lapicero entre los dedos y alguna hoja manchada, rayada, que encontré por aquí: cielo anaranjado con pinceladas de amarillo no chillón, las nubes cansadas de andar, reposan encima del mar calmado, lleno de balsitas coloridas que se confunden detrás del muelle, solitario.

lunes, octubre 17, 2011

EL CIGARRILLO Y YO


Gráfico por Ronny Barrientos.
Crónica por Fabrizzio Velaochaga.

Prendo un cigarrillo sin antes haber comido. A veces pienso que mi desayuno es un Pall Mall azul a las nueve de la mañana, por Larco, después de estudiar. Panes, leche con coca, eso es un gusto para mí. No tomo desayuno, y eso que me dicen que es el primero alimento del día, el más importante. No lo sé, y si lo sé, pues no quiero hacer caso.

Prendo un cigarrillo en casa de Mario. Se molesta. Me bota a la calle. Me dice que fume afuera. No recordaba que él odia el humo del cigarro, que le hace mal, desde hace muchos años. Sufre de asma. Empieza a toser. Me grita. Le grito. Le digo que no joda. Sonrío, le muestro una sonrisa pendenciera, de puto, esas sonrisas pendejas que regalas a quien esté de testigo ahí, antes de cometer alguna bajeza. Tose más fuerte, más seguido. Me siento mal, apenado, la culpa es mía, pienso, bajo la mirada. Me siento mal, muy mal, pero con el Hamilton doradito entre los dedos.

Son las ocho de la mañana. Me despierto con náuseas. Siempre me despierto con náuseas, con una pelota en la garganta, y alguien dentro de mí, empachado horriblemente, a diario. No hay nadie. La noche anterior mi mamá me dijo, entre sueños, que saldría desde temprano con mis hermanos a una feria de manualidades fuera de Lima, no recuerdo que le respondí, seguro que fue un ya pero pensando qué bien que me dejen solo nuevamente; sinceramente que no lo sé, no recuerdo haberle dicho algo o no haberle mencionado palabra alguna. Prendo un Lucky, ese pitillo blanco de bolita roja que suavemente se consume, lento, como pidiendo permiso. Encontré uno en mi pantalón con el que me quedé dormido, no sé cómo llegó pero ahí estaba, estábamos los dos, él en mi boca y yo, en la cama, evitándome quedar dormido con el pucho en los labios.

En la mañana, después de estudiar, al despertarme, cuando te espero, cuando te dejo, cuando escribo, cuando te escribo, cuando leo, cuando te miro, en la noche, en el baño con una sonrisa pendejísima, en la cama leyendo Sólo para fumadores de Ribeyro, a las once de la noche, antes de dormir, cuando el insomnio me cagó de nuevo, cuando digo que quiero amarte, amarte y escribir, dormir, vivir, cuando pienso que ya no quiero abrir los ojos nunca más, cuando voy a la tienda a llenar la cajetilla de Hamilton green que vacía me tira ojitos, cuando escribo la crónica de siempre, como esta, a las dos, después del almuerzo, antes de zamparme tres o cuatro chelas jugando fulbito, y claro, con el cigarrillo típico en la boca, retando al bobo, pero feliz.

sábado, septiembre 24, 2011

TENGO SUEÑO, ITO


Llega el hijo de estudiar y le dice a su papá: "papi, acabo de tener mi primera experiencia sexual". "¿En serio, hijo? Entonces cuéntame", le dice el padre, feliz, raro. El hijo, cruza las piernas y le dice: "Perdóname que no pueda papi porque aún me duele."

8:3O

Despierto tarde. Soy consciente que ya no llegaré a la clase. Desde mi cama, sé que será un vía crucis pararme, quitarme la ropa, bañarme y ponerme la misma ropa para ir a estudiar. Sé que será una mierda poner los pies en el suelo, lo sé. Sé que será una mierda cuando me digan, al finalizar el curso: Señor Velaochaga, usted ha desaprobado el curso por pasar el límite de inasistencias. Son las nueve de la mañana y mis clases empiezan a las nueve y diez. El frío ayuda. La colcha me hace ojitos. Una raya más al tigre. Me tapo hasta la cara y sigo durmiendo.

10:15

Fue un vía crucis, lo sabía. Y jodido, lo pasé y lleno de mierda, salí hacia la universidad (que bien mierda es también). El paradero, vacío, ni un alma, sólo yo, el tardón. El carro no pasa, a veces pienso que no quieren pasar porque siempre es así, cada media hora pasa una puta Orión. De pronto, vi llegar la 21, yo estaba escuchando música y me percaté del carro casi al frente mío. Subí a la volada, me senté al último, pegado a la ventana, como siempre. Yo escuchaba música, desatento del mundo. De repente, volteo y una cara blanca bien al corte con los pelitos parados y con rayitos caramelo me sorprende, a mi costado. Es un tremendo cabrazo, pienso. Hace que se rasca la pierna y toca la mía. Es un cabro de mierda, lo confirmo. Estaba leyendo un libro de Borges. Y el hombrecito mete toda su cabezota al libro, primero, pensé que estaba cansado del largo viaje, luego, me di cuenta que estaba leyendo mi libro y después, el miedo reinó. No digo nada. No hago nada. Sigo escuchando música. Y de nuevo el rasca-rasca de él y el miedo mío. Saldré violado, pienso. ¿La Paz?, grita el cobrador. ¡Baja, baja!, respondo. El señorito-ito me ve por la ventana, me hace adiós con la mano. Era un tremendo cabrazo, pero algo tenía, algo, digo, en voz alta, relajado, con una sonrisa amariconada. La Avenida Larco es mía. Las miradas están conmigo y al carajo, siempre pasa eso. Los itos de Larco me siguen con la mirada y al carajo, siempre pasa eso. 

miércoles, agosto 31, 2011

EL BARRIO


Los Tulipanes.

Las tardes cuando salimos con una pelota y nos vamos a la cancha.

La tienda de todos, la que nos salva del hambre, Marcial.

Las chicas que se mudan a la vuelta y que están para darles vuelta.

Para no olvidarme, la bolsa de chizitos que Marcial tiene en su estante rojo desde hace treinta años, empolvada y con arañas.

Los chicos, con voz de mujer y escotes y pantalones apretaditos, que se juntan para tomar güisqui etiqueta roja ya no ya todas las noches en el 28.

Mis amigas que por feisbuc dicen que soy hermoso y escribo bonito, pero que en la vida real pasan por mi lado escondiendo la cara.

Los Sicarios. Los Fríos. Los lanzas. Las motos toneras con luces de neón que me vuelven loco con la misma canción, siempre.

Pedro Silva, la mía.

La caseta verde donde Julio entra todas las noches y nos cuida, fuma y cuida, fuma y duerme y ya no cuida.

Julio. Brocha. Viejo. Duque. Una cajetilla de veinte por dos lucas, por favor.

La Charapa que se muere por el chisme mañanero y el despertar que se siente cohibido.

La Charapa y la Abuelita de Piolín, el dúo magnífico, y Julio, que también pone la oreja algunas tardes frías, con un Elephant entre los dedos.

Los Martínez y su parque de juegos que parece casa familiar.

El Guagua. Pichi. Y esos proles que la sudan y que comen solos, viven rudos.

El Villalobos.

El Valle Azul, bueno, sólo una vez y ¿qué ves?, carajo, una chola tetona cagando, perdón.

El boulevard de ahora, sin nadie, que ya no debería llamarse boulevard, no parece un boulevard. El boulevard de antes, de viernes y sábado, gentes y gritos y putas y drogas y ¡putamadre, qué bulla!

Los muros libres y altos que no existen pero que viven en nuestros corazones, y que nacen al apretar un poco el aerosol.

El 513 y la pinta de Los Sicarios.

Pedro Miotta y el ron que me mató en un año nuevo que no recuerdo con exactitud en estos momentos, porque otro ron me está matando y uno de piernas también.

Los dos mercaditos que me hacen la vida más simple, caminas poco, gastas poco, y encuentras todo en un solo stand.

El paradero de las motos discotequeras.

La pista por donde camino con cuidado, para que ninguna discoteca rodante me cague la pata y otra extremidad más, porque ya me cagaron las orejas y la cabeza.

Las calles de la Zona B, todas, por donde alguna noche sociable, solitaria, pasé, algunas mañanas difíciles, con resaca, algunas tardes cuando el sol reinaba, cansando de jugar a la pelota, cuando pasé, de testigo ahí deben quedar las colillas de mis Pall Mall.

Paul. Guicho. El Negro. El Gordo que ahora es flaco, sí, vamos, palito, pero nunca tanto. Cubito, que crece a diario. Chucho, que la pega de malo con tremenda cara feíta, caquita. Diego y su Eclipse que sale quemando llantas y regresa en grúa. Vinchenzo o como se escriba, Lechuza, mejor. Cinco cinco. Topo y la competencia con Chucho por saber quién es el más pepa.

El árbol que me cobija, el que evita que la lluvia me desmaye cuando sentado trato de escribir unas líneas, acompañado de una chata de Cartavio, añejo, y unos fuegos en unos blancones, Malboro Gold, pues los Pall Mall quedan en mi corazón y me acompañan en las nostalgias que a veces me invaden cuando estoy en el barrio. 

miércoles, agosto 17, 2011

EL ARTISTA



A Joel Muñoz.

La mañana me despierta frío, pendejo. Los espasmos de la noche anterior aún están conmigo. La botella con ron amanece sin una gota de ron, la gata juega con ella rodándola por el piso, correteándola, me jode el sueño y abro los ojos. Me levanto de la cama para que las sábanas no se peguen a mi cuerpo todavía inconsciente. Voy en busca de un vaso con agua. Son las nueve y algo, no percibo los minutos, a la justa me di cuenta que eran las nueve, no abro bien los ojos, el sueño me quiere ganar, me lavo la cara, es un buen primer paso para comenzar el día.

Llamo a Souk, le digo que ya estoy listo para salir, él agrega que en veinte minutos estará en la CT, que lo espere, que no demorará.  Tomo un café a la volada y salgo a la casa de Paul. Cruzo la pista lento y un auto rojo, moderno, eclipsa mi vista, sólo capto el ruido de su pasar, acelero el paso y me despierto totalmente.

Nos vamos a Villa María, me dice Souk, cuando llega a la CT acompañado de su maleta llena de latas de pintura. Su caminar, su rostro, reflejan la mala noche: me quedé pintando hasta las cuatro, agrega, sonriendo, con sueño. Lo miro, también sonrío, vamos a hacer arte, le digo y subimos a la combi donde dormiríamos hasta llegar.

La mañana se pone dura con nosotros. Llegamos a la 30, muy cerca al Pesquero y un frío de los mil demonios nos envuelve, nos hace uno, nos caga, y nos caga tanto que en pocos minutos de haber llegado he tenido que ir corriendo a comprarme un cigarrillo para sentir un poco de fuego entre mis dedos y fumar como loco (loca), tratando de evitar (fracasando) el puto invierno. Un cigarro más se enciende, un grito se escucha a lo lejos, el patrullero que pasa y nos ve como si fuéramos pirañitas, gentes corren como si un maremoto de acercara, silbatazos, mototaxis discotequeras que pasan por nuestro delante y nos quieren atemorizar gritando qué chucha pintas, huevón de mierda, pero ni los miramos, no queremos problemas. No pasa nada, jefe. Cállate, carajo: un chorizo cae en la esquina de la calle donde nosotros estamos, el policía lo tiene boca abajo, tirado en el piso, con las manos atrás y esposadas, me doy cuenta que es chibolo, que no pasa los dieciocho, me mira, yo volteo no para evitar su mirar sino para evitar la puta cólera de que los tombos les pegan, los meten al calabozo uno o dos días y después de nuevo afuera, me volteo para evitar la frustración de no poder hacer nada (contra los pirañitas y la violencia de los policías), de ver lo mismo de siempre. Souk pinta y yo sigo escribiendo. La mañana se nos ha ido: saco el celular, veo una llamada perdida pero no me interesa, son las dos en punto, prendo el siguiente cigarro.

El muro es grande, igual que la creatividad del artista. Las líneas van naciendo poco a poco, mientras Paul y yo contemplamos el arte puro. El artista tiene las manos pintadas de todos los colores. La pintura le llega hasta la chompa que viste y da vida al pantalón negro que lleva. El artista, de rato en rato, contempla su trabajo, se queda minutos viéndolo, buscándole fallas, corrigiendo errores, luego vuelve, caminando rápido, al muro, y con la lata en la mano derecha se encierra nuevamente en su mundo creando más líneas, jugando con los colores, regalando amor, vida, dinamismo, juegos. El artista hace todo para que su trabajo sea el mejor y aunque no es remunerado, él normal, él está tranquilo, pintar me hace bien, si no gano plata, no importa, esto es algo que me relaja, para mí esto no es una chamba, me dice, contento, viendo como la pared sucia ya no está más, porque fue convertida en un muro lleno de arte, lleno de líneas que expresan el sentir de una persona que quiere verse diferente, que hace lo que le apasiona, que vive pisando tierra, que llena de felicidad una pared desolada y meada por cuanto borracho pase, cuando una mañana despierta fría y muchos chiquillos se esconden en sus sábanas evitando el mundo cruel, cagón, de Lima. 

martes, julio 26, 2011

SOLEDAD


Frío
No estás
Hoy
Lloro
Pienso
Juego
Sueño
Río
Loco
Sigo
Corro
Grito.
Pall Mall
Azul
Cielo
Negro
Llorón
Cagón
Triste
Yo
Paso a paso
Huellas
Luna
Lima
Caótica
Fea
Noche
Estrellas
Soledad
Ciudad
Ruido
Putas
Letras
Fluyen
Giran
Rebotan
Se inhalan
Se aspiran
Juegan
Amores
Hojas
Fuego
Pluma
Agua
Corazón
Alma
Lágrimas
Gemidos
Corro
Grito
Sigo
Vida

martes, julio 12, 2011

EL LANZA


La calle está fría de tantos cuerpos jóvenes inertes que caen como si fuera un juego cada viernes a las diez. Los brabucones, muchachitos furiosos y rebeldes, los que dicen ser batutas y pulentas, siempre van adelante, comandando la tropa loca de lanzas que sólo saben decir te cagaste conchetumadre o préndela, cúrala, causa, apuntando con el dedo índice a quien lo mira grueso o conocen por algún motivo.

La madre se queda en casa, asustada, sabiendo que su retoño está tirando piedras en algún barrio enemigo o parando para ser visto como guapo. La madre sabe que su hijo consume mariguana y cualquier otra droga que sus amigos le digan es buena estando en la escuela, pero se hace la ciega, la que no sabe ni ve nada y sólo se resigna a preguntarle qué tal tu día cuando el chico regresa a las cinco de la tarde, con la camisa ensangrentada, teniendo el colegio a dos cuadras. La madre, sabe, con ojos llorosos, que su hijo ya no va a la escuela hace un buen tiempo.

El padre sabe que los golpes no le harán nada al muchachón, al contrario, esos golpes o palazos que reciba a las once o doce de la noche, lo ayudarán para mantenerse despierto toda la madrugada y meterse un bate para viajar a donde mejor le parezca, claro está, muy lejos de su casa donde el chico piensa lo odian y no lo quieren. El padre cuando llega de trabajar, cansado, va al cuarto de su hijo que echado escucha esas canciones que sólo hablan de sexo y mujeres y drogas. El padre no puede hacer nada. Si le pega, si le quita el reproductor, él sabe que el chico no se quedará tranquilo y si no se lo devuelven a tiempo, buscará otro aparato por sus propios medios, como él mejor sabe conseguirlos.

Salgo de noche a ver qué pasa. No fumaba hace mucho. Me siento en una banca del parque que está a la espalda de mi casa y pienso que debería repetir estos instantes. Ese lánzala lo escucho por ahí y allá, por aquí, detrás mío, lo escucho de mi boca, hasta que ya no lo escucho más. Los muchachones se juntan desde las ocho y también desde esa hora la cancha de loza se convierte en el aeropuerto del barrio, con humos negros zigzagueantes flotando muy cerca de allí, acompañados de risas absurdas,  y mierdas y carajos a montones, hasta más que eso.

Una sirena de policía los pone alerta. Guardan lo armado y hacen como si estuvieran hablando de lo más normal. Hay charcos de agua por el centro de la loza y los que ya están en fa empiezan a saltar y salpicar agua, provocando la carcajada en la multitud alegre y poseída por el verde.

Saben que están listos. Saben que contra ellos, nadie. Enlazan sus manos como si fueran reos esposados pero sin esposas ni tombos atrás y caminan sacando pecho. Ya no ríen fácilmente. Cada pisada que dan es una pisada menos si no le salen las cosas bien. Todos los carros y motos son enemigos ahora. Aceleran el paso y cruzan la pista. Empiezan a correr. 


jueves, junio 30, 2011

EL JUEGUITO DEL AMOR



Algunas veces pienso que nunca podré ser estable en algo. Cuando estoy con una chica, no sé qué pasa, me aburro y terminamos. Casi siempre es así. Sólo una vez duré un tiempo largo, un año y cinco meses, para mí eso es un record, mi record, después, mejor ni contar.

Anoche, como a las diez u once, me puse a escuchar un poco de salsa romántica, después llegaron las baladas y así, cada vez más trágico y corta venas. En ese instante pensé qué será de la vida de la chica del año con tantos meses, claro, sus amigas siempre me hacen saber que está bien y eso es casi todos los días, pero ahora esos amigos se habían ausentado por un buen tiempo y qué raro era todo esto, porque, uno de ellos, en su red social, noté que había escrito lo siguiente: ‘qué risa me das imbécil, ella queriéndote y tú, crees, jugando al pendejito’, u otro que decía: ‘Buchito, mi querido Buchito, ¡por qué serás tan pavo? Y después niegas todo, maricón’. Estaba totalmente seguro que se habían enterado de lo que pasaba con A.

Un momento, la chica del año y tantos meses, la nombraré como M, exacto, su nombre empieza con M, nunca lo olvido, nunca podría olvidarla. En ese tiempo que andábamos, su tez clara me volvía loco, era algo alta, de ojos caramelo que me engatusaban y cabello largo, lacio, siempre aromado. Vestía bien, y atraía las miradas en la calle cuando paseábamos.

De verdad, no es que haya empezado algo nuevo con A, eso no está decidido aún. No sé si quiera empezar algo con A porque L también me tiene estúpido. L es mayor, yo puedo ser hasta tu mamá, me dice, pero pienso que lo dice de loca, porque no quiere que pase nada. No la conozco personalmente, pero siempre nos escribimos. No sé exactamente cómo será, pero sé que me encanta por cómo escribe, cuando dice las cosas como son, cuando no se calla, cuando me dijo un día: soy una mujer fuerte, ningún hombre me va a mandar, nada de nada, yo me sé defender sola, después de eso siempre hablamos, todas las noches, desde las once hasta las dos de la mañana del día siguiente, no hay stop, todo fluye.

A me dijo una tarde de otoño: Creo que tú quieres hacerte el pendejo y hasta creo que lo eres, no supe qué responderle para defenderme, entonces le dije: Creo que estás desconfiando de mí, yo sabía que otra chica también me gustaba, pero no podía decírselo, me hubiese matado, él y yo mismo por perderla.

Aún tengo en mi mente, aquel jueves de enero, cuando M me escribió al correo: ¿Ya te sientes mejor? ¿Decidiste algo?, es que pensé que una tregua calmaría mis confusiones del corazón, creo que es mejor seguir como amigos, creo, no sé, le respondí. Nunca más contestó. Nunca más quise molestarla. Al día siguiente, A comentó una foto de las pocas que tengo en el ‘féisbuc’, nos hicimos amigos y desde aquella noche no paramos de hablar, nos peleamos como si estuviéramos, nos celamos, nos decimos ‘te quiero’, sentimos que es así, verdad. Desde hace seis meses que A me alegra los días, también los molesta, pero esos días son poquísimos y me gustan que existan. Desde hace dos cortas semanitas que L, sin conocerla aún, me fascina, me vuelve loco y ahora siempre digo: soy fuerte, nadie abusará de mí, sé defenderme solo. Soy fuerte. Río, río y mucho, cada madrugada de mierda cuando veo el circulito verde y un mensaje diciendo: Hola, ¿estás ahí?

martes, mayo 10, 2011

MI VIDA SERA OTRA


UNO
Siento que mi estómago va muriendo poco a poco, que mis pasos, cada uno de ellos, cada uno de los que doy al caminar, de poquito en poquito, van jodiendo más y más a mi pobre órgano que no sientes como antes o que siente todo lo que nunca había sentido, jamás.
DOS
Siento que mi cabeza ya no puede más, que uno de estos fríos días explotará y saldrá pura agua y pura mierda. Cuando despierto, veo la hora en el reloj azul, viejo, que está colgado en mi pared desde hace diecisiete años. Siempre me despierto a las seis con cincuenta, entonces descanso un poco más y vuelvo a despertarme a las siete con veinte por los martillazos que siento en mi cabeza y que son mis despertadores naturales y que gritan “¡arriba arriba!” cada, exactamente, dos putos minutos.
TRES
Siento que mis ojos, un día de estos, me dirán “¡chau, fue un gusto!” y se irán, mojados, rojos, esquizofrénicos. Todas las noches, bueno, las noches son el principal escenario para yo poder escribir algo o garabatear algo. Las noches, esas noches en donde la computadora y una buena música de fondo son lo mejor que me puede pasar. Esas noches en que me quedo pegado al monitor intentando pensar qué decir, qué escribir, así, ahí, mi ojos van muriendo y yo lo sé y yo sigo escribiendo, cojudo. Esas noches como esta, son el perfecto testigo de mis asesinatos a sangre fría, sabiendo que aunque a la cárcel nunca iré, de repente, un saltito por el hospital me podría dar, de emergencia, por huevón.
CUATRO
Quizás mi estómago no puedo resistir. Quizás mi cabeza de verdad, uno de estos fuertes días que se vienen, explotará y saldrá pura agua y pura mierda y un “¡gracias, por fin!”. Quizás mis ojos se suiciden, digan ya no más y solitos, una mañana, al despertar, ya se hayan ido y yo, ciego, enfermo, grite por toda la casa que no puedo ver, que no tengo ojos, calato, fuera de mí, con la sangre que de poco en poco voy llorando sin saber adónde voy, no siendo yo.
Escribo esto con un fuerte dolor de estómago. Pienso que es una gastritis que se aproxima. Pienso, también, que cuando se entere mi papá su puño lo tendré en mi boca o en mi nariz toda una semana. Sé que fui (soy) un huevón al no involucrarme en mi salud. Sé que esos pasos que ahora doy tienen que ser cuidadosos, estudiados, tranquilos. Sé que depende de esos pasos, esos, los que se vienen, mi vida será otra, otra.

lunes, marzo 28, 2011

SOY LOCO, LO-CO


Hoy he aceptado que soy loco. Que soy loco y de remate. Que soy loco y sonso. Que soy loco y sentimental. Que soy loco y demasiado celoso. Que soy loco y un poco maricón, un poco loca.
1
Despierto muy temprano. Pienso que tengo que ducharme y vestirme y arreglarme e ir al instituto. Son las nueve de la mañana y pienso que debería empezar con todo lo que había pensado, lo primero, ir a darme un duchazo. Me paro de la cama y camino hacia la ventana, abro la cortina y un día nublado me sorprende, “que clima para más raro y la mierda”, pienso. Decido no bañarme. Sólo me lavo la cara como gato y, como huevón que soy, al jabonarme, un poco de jabón entra a mis ojos y comienzo a gritar como una loca desesperada, me echo agua, mucha agua y después de dos minutos me siento un poco mejor. Sé que soy un poco dejado con mi persona, mi mamá siempre me lo recuerda. Me visto pero no me arreglo como vieja que se emperifolla tres mil horas. Unas zapatillas negras, un short verde y un polo plomo tirando a sucio es el conjunto de hoy. No me importa mucho cómo me vea cuando me voy a estudiar. Mas hoy, el short no me gustaba pero era el único short limpio que tenía. No me sentía bien, así que busqué otro short entre la ropa sucia y encontré uno, plomo, con un hueco en el lado derecho. Me lo puse y me quedó bien, así que tranquilo fui a estudiar. Fui a estudiar de plomo tirando a sucio y nadie dijo nada o yo no me percaté que rajaron. Por lo menos nadie se dio cuenta que mi short olía a los mil demonios y nadie dijo nada o yo no me percaté que rajaron.
2
Desde hace una semana que mi nona me había dicho que mi primo vendría y desde ese día estuve como loco esperando su llegada. Junior llegó de Trujillo el martes. Yo esperaba con ansias su llegada. Había barrido mi cuarto después de dos meses para que no se dé cuenta que soy cochino y dejado. Vino con mi tía, Narda, siempre alegre y activa. Mi primo ha venido a Lima porque tiene que operarse de un tumor en la nariz que allá en Trujillo no puede operar o no quieren operar o no se sienten capaces de operar. Desde el martes no duermo solo. Desde el martes salgo todos los días a pasear. Desde el martes siento que debo de salir más seguido con amigos. Desde el martes hablo poco y nada con la chica que me gusta. Desde el martes soy un poco más feliz y un poco más triste. Han pasado cuatro días desde que mi primo llegó y estoy como un loco sentimental recordando todas las noches al verlo dormir y roncar tanto aquellas épocas en Trujillo cuando casábamos mariquitas en el parque que está (Junior me dice que todavía está ahí pero desarreglado) al frente de la casa de mis tíos, hermanos de mi nona. Quisiera seguir recordando aquellos viejos tiempos, cuando tenía nueve o menos, mirando a mi primo dormir en un colchón que tira al piso porque “durmiendo aquí no me da tanto calor”, dice y sonríe y yo pienso que me quiere decir que soy un cagón por dejarlo dormir en el piso.
3
Saldré a pasear con Junior. Saldré después de mucho tiempo. Mi mamá no me dice nada porque le digo que Junior quiere conocer Chorrillos y entonces lo llevaré ahí, se queda muda y sólo me mira cuando me voy al baño a ducharme. Cuando salí de la casa me sentí libre, nunca había tenido esa sensación tan rara, como si nunca saliera, en verdad nunca salgo, seguro por eso. A Plaza Lima Sur no lo noté diferente y eso que no voy a comprar allí todos los días. Soy un poco aburrido y un mal guía turístico, así que lo llevé a mi primo a conocer ese centro comercial, ¿qué divertido no? Comimos donas y tomamos café, y caminando por el patio de comidas una rica pizza nos hizo ojitos, compramos y devoramos, así fue, comprábamos y tragábamos. Creo que sólo fuimos a comer. Yo compré una bolsa de pan de esos que venden allí y que tanto me gustan saborear con una gaseosa heladísima. Saliendo de ese caótico lugar me crucé con Street, un rapero peruano del grupo Rapper School, mi preferido nacional. Saben que amo el rap, saben que el rap me llena y produce en mí emociones diversas y a montón, locas, indescriptibles. Street estaba con su mujer y con su pequeña hija. A primera vista no pensé que fuera él pero lo quedé viendo un momento más y volteó y ahí confirmé que era el rapero de mi grupo favorito. Lo vi alejarse de mí, nunca lo llamé. “Él es Street, él es”, le decía a primo mientras más se alejaba y no lo llamaba. Lo perdí de vista y un grupo de muchachos comenzaron a correr a la dirección adonde él se iba y yo ahí, como un huevón. Llegué a mi casa y puse una canción de él, la mejor, “Turno Tarde”, la vieja escuela, con Norick, Warrior y Deportado y escuchando esa canción aún me sentía afuera de Plaza Lima Sur viendo a Street alejarse de mi vista y yo, como un cojudo, parado, sin hacer nada, preguntarme: ¿le hubiera pedido una foto, no?
4
Soy loco, lo sé. Y un poco amariconado y celoso y posesivo y sentimental. Soy raro, lo sé. Quiéreme y verás. Punto final.

miércoles, marzo 16, 2011

EUGENIA




UNO
Hubo momentos en mi casa en que mi abuelita no podía con nosotros. Mi mamá estaba en España trabajando y nosotros nos habíamos quedado bajo las órdenes de mi abuelita y de mi tío. Era la primera vez que mi mamá se iba a otro país y nos dejaba sin su presencia recta, frívola, loca.
Mi abuelita siempre salía y quería seguir teniendo sus libertades, como ir a pasear con sus amigas, respirar aire fresco, tranquila; pero como tenía que estar con nosotros no podía salir, entonces se quedaba amargada en la casa cuidando más que nada de mi hermano que tenía tres o cuatro y de mi hermana que estaba en tercero de primaria. Yo me sentía un poco más libre, gracias a mi tío César. Yo sentía algo raro dentro de mí, un resentimiento de no tenerla cerca, de extrañarla siempre, me volví algo duro, muchos me decían (hasta hoy siguen diciéndome) ingrato, inhumano, malo, que no tenía cariño por nadie; pero qué podía hacer, me había vuelto un mal hijo que ni “hola” le decía a su mamá por el skype, nada de nada, y gracias mamá.
Con ella siempre hablaba mi tío, él era “mi mamá” acá en Lima. Y acordaron un día que mi abuelita no podía más, que necesitaba alguien que le ayude con la limpieza y todo eso que se hace en la casa, dos manos más y una actitud tremenda para que la casa se mantenga “en pie”, limpia, reluciente, como mi mamá la había dejado. (Porque aunque tenga mil defectos, una cualidad positiva que rescato de ella es que es una aspiradora humana, es una adicta a la limpieza –como mi tata, mamá de mi papá- se levanta muy temprano para barrer todo si no, no está contenta, después más tranquila regresa a seguir durmiendo).
Entonces acordaron los tres que una señora que mi mamá conocía vendría a ayudarla a mi abuelita, una señora bonachona, noble, atenta, con un ángel que la hacía más maravillosa todavía y que hizo que nunca me pueda olvidar de ella. Donde estés, va para ti.
DOS           
Su nombre es Eugenia, nunca supimos su apellido. El primer día que la vi me sentí raro, sentía que ella era una persona que trabajaba para nosotros, lo era, pero lo notaba raro porque nunca nos habíamos dado esos placeres, que alguien venga a limpiar y nosotros bien sentadotes. Recuerdo que Euge (así la llamaba mi abuelita quien muy rápido se encariñó mucho con ella) venía todos los días en la mañana, primero, después, venía los lunes, miércoles y viernes y más tarde (hablamos de dos años más o menos), sólo dos días a la semana, los martes y jueves y ella, siempre cumpliendo su labor, nunca dijo nada, pero mi abuelita, apenada, en sus tiempos libres, le explicaba los motivos del recorte de  horario.
Cuando venía todos los días, mi hermana y yo estábamos en el mismo colegio, y al salida siempre íbamos raudos a la casa y al llegar, no sé si mi hermana también, pero yo, contemplaba la casa radiante, tiza, oliendo rico y me iba a mi cuarto contento, tiraba la mochila por ahí ya que el piso estaba barrido y lustrado (cosa que nunca había hecho yo, lustrarlo) y con el olor a lavanda o a floral y me echaba en la cama a dormir, feliz y amando a Eugenia.
Ahora, también, después de dos años o poco menos, recuerdo cuando un día regresé de estudiar (ya no estaba en el mismo colegio con mi hermana, había regresado a la escuela donde comencé la secundaria y que al escribir esta crónica extraño tanto), no sé por qué, pero pasé mi mano por el piso debajo de la mesa de noche y sentí toda la tierra que estaba acumulada ahí, muchas pelusas vi pegadas a mi palma y eso me llenó de cólera y no se lo perdoné a la pobre pero gran persona que era (y seguro sigue siendo) aquella señora que mantenía mi casa bien. Ahí mismo salí de mi cuarto y me dirigí hacia la habitación de mi abuelita a “acusar” a Eugenia señalándole mi mano que mi cuarto estaba sucio y que no había limpiado nada y que estaba muy amargo y rabioso y colérico, mi modo de hablar y mis gestos me ayudaban mucho para que mi abuela me creyera y que me creyó; al día siguiente, cuando yo estaba en el colegio, habló con Euge y le dijo que porqué no había limpiado mi cuarto, ella le respondió que sí lo había limpiado pero como le había pasado el trapo húmedo la tierrita se había quedado en los rincones y eso era lo que yo había sentido al pasar mi mano. Me avergoncé cuando mi nona (así le digo yo a mi abuelita, en idioma italiano y por costumbre familiar) me reprodujo lo que le había dicho Eugenia esa mañana (ella me contó la conversación que tuvo con Euge cuando volví de la escuela). Me sentí mal, cagado, poco hombre, inhumano. Al día siguiente cuando volvió Euge no tuve cara para ir a abrirle la puerta. Ella sabía que yo le había ido con el chisme a mi nona. Ella sabía que era malo pero conociéndola, seguro ella no le tomo importancia y le dijo a mi abue “pero nonita, los chicos son así, espontáneos, no hay ningún problema.” Ella es una gran mujer y gracias a ella entendí que las personas no valen por lo que tienen puesto ni por lo que llevan en los bolsillos, sino por lo que tienen dentro, por su corazón, por sus buenos sentimientos.
TRES
En esta crónica quise recordar a Euge, noble, bonachona, de un acento bien marcado de las entrañas peruanas y de unos ojos hermosos, saltones. Era gordita y aunque subía y bajaba escaleras como ninguna y barría y se agachaba para limpiar debajo de las camas de mis hermanos, y etcétera, y etcétera, nunca dejó de ser una gordita linda y que hoy extraño, extraño su presencia activa que ponía eléctrico a cualquiera, extraño sus pelos desenfadados que jugaban con sus ojos a no dejarla ver lo que estaba limpiando y ella gritar: “pelitos del demonio, quédense tranquilitos ahí” mientras se sujetaba los cabellos con un moño casi por la nuca.
He decidido escribir algo más extenso sobre aquella señora que aunque poco tiempo duró en mi casa (casi año y medio más o menos, creo) todos aquí le agarramos mucho cariño porque aparte que dejaba la casa en pie, nos dejó una actitud tremenda para hacer bien la cosas, meterle “punche”  a todo, amor, simpatía y siempre hacer las cosas de buena fe. Donde quiera que esté, siempre la recordaré porque gracias a ella, cuando estoy limpiando mi cuarto, barriéndolo, la veo a ella ahí diciéndome, tal vez, no sé: “recuerda Fabri, que si le pasas el trapo debajo de tu mesita de noche, las pelusas quedarán ahí como tierrita acumulada” y empiezo a reírme solo y a mirar por la ventana el lindo cielo de hoy.

domingo, febrero 20, 2011

PARIS



Sueño un día estando en París escribiendo algo o solamente contemplando esa ciudad que me hace soñar tanto, tantísimo.
Desde hace mucho tiempo había planeado este viaje. Desde hace mucho tiempo decidí dejar por unos días mi Perú querido y ver qué tal me iba en ese país que tanto afán tenía por saber cómo era, por caminar por sus calles, sus calles que inspiran, sí, la ciudad artista, la bella, la apasionada y llena de bohemia.
Los pasajes están en mis manos y los nervios en todo mi cuerpo. Dejo mi casa y a mi familia por segunda vez y quizá sea para siempre, espero.
Solamente una vez he salido del país donde nací para que otro me acoja y en poco tiempo me haga parte de él, por el cariño, por la libertad que no conocía (y se me hizo bien difícil acostumbrarme a ella por lo que creo que nunca llegué a acostumbrarme del todo) y otras cosas que tengo guardadas en el libro de mis buenos recuerdos.
El día había amanecido amarillo, amarillo con un rojito calentón, con un sol jodido que no contemplaba a nadie y quería ver a todos echándose agua en la cabeza cada cinco minutos. Mi mamá entró a mi cuarto a las siete y cuando me hizo abrir los ojos gracias a un vaso con agua más que helada pensé que eran las diez u once de la mañana. La noté ansiosa, con ganas, esperanzada, firme, triste. “¿Tus maletas ya están listas?, me preguntó; “sí, ya están listas debajo de mi cama”, respondí. No veía nada, el sol me impedía abrir bien los ojos.
Diez de la mañana. Desayunamos raudamente. Las maletas estaban en la puerta, listas. Mi mamá estaba chequeando que todo estuviera bien, que nada faltase y chequeó la hora exacta del vuelo: “Apúrate, que despegamos en una hora y media”.
Estábamos nerviosos, impacientes. Entré al aeropuerto comiendo galletas, siempre hago eso, ya se me hizo costumbre, cuando voy a viajar y cuando voy a recoger a alguien que llega. Subí al avión tranquilo, atrás de mi mamá que me hablaba no sé qué cosas, en realidad no estaba tan tranquilo, en realidad quería ya pisar tierras europeas nuevamente y más donde íbamos a vivir dos semanas, como lo habíamos planeado.
Mi mamá y sus pastillas. Yo y el reggae en mis oídos, luego rap, trova y Sabina y Calamaro. Tan linda se veía Lima desde arriba, claro, arriba de las nubes con formas de todo, pomposas, como hechas de algodón, y después de unos minutos, negras, feas, llenas de agua y listas para mojar a los pobres peruanos un sábado de febrero. “Qué clima para más loco”, escuché. Volteé a mirar a mi mamá pero ella ya estaba durmiendo y agradeciendo a las santas pastillas en sus sueños. Pedí un vaso de coca-cola a la aeromoza y me puse los audífonos del asiento para ver (y escuchar pero para mí solo) Narnia (cabe decir que me terminé aburriendo de tanta fantasía y me quedé privado en esos asientos que busco y busco por todo Lima para dormir como aquella vez).
Después de trece, catorce o quince horas se manifestó el capitán de vuelo avisándonos que faltaban pocos minutos para aterrizar. Por la ventanilla del avión amé la torre, enorme, visitada, amada. El cielo azul, hermoso, potente. Desperté a mi mamá: ¿ya llegamos?, me dijo; “ya vamos a aterrizar”, le dije. Se incorporó rápidamente y mirando por la ventanilla dijo: “Qué bonita está Europa, hace tiempo que no la veía tan de cerca”. La noté feliz, como nunca.
Bajando del avión con una mochilita donde siempre llevo lápices y un cuaderno en blanco, pienso, contemplo el cielo y el enorme avión. No me había percatado nada de eso antes de despegar, estaba impaciente, como ahora, pero con la diferencia que ya estoy acá, que ya piso el suelo que desde hace mucho tiempo había planeado pisar. Estaría unos días (que luego se convirtieron en años y unos buenos años, amados y bien recordados con un pisco y unos puchitos) en tierras europeas.
Bajando del avión prometí escribir un libro sobre mis días en esa ciudad. Porque caminar por las calles, solo, con la luna de testigo, era algo indescriptible, maravilloso. Y de regreso a casa, después de tomar una botella de champagne con unos amigos que había conocido, alcohólicos, locos, me sentaba en el sillón que estaba más cerca a la ventana y empezaba a escribir un poema que lo tengo pegado en el cuaderno de siempre y que lo veo siempre y que, siempre –valgan siempre las redundancias-, me hacen recordar aquellos dos años y ocho meses que viví en París, que lloré en París, que soñé en París.