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jueves, octubre 24, 2019

Bajo el disfraz de Santa (o la mejor navidad de la vida)

Mientras lo veía saltar de alegría, me acomodaba la barba para que no se diera cuenta que era yo. Saltaba y aplaudía mientras gritaba completamente ilusionado; en cambio yo; engrosaba la voz para parecerme más al Santa tan esperado que a una pobre imitación del viejo que traería los regalos que le habían comprado en la Navidad. En ese momento, sentí la felicidad. Verlo a los ojos, escudándome en un disfraz abultado, fue el mejor regalo recibido después de saber de su existencia en la barriga de mi esposa.


No tengo bien en claro si eran las cuatro o cinco de la tarde cuando examiné el disfraz por primera vez. Y es que para mí no era tan ajeno ese tipo de vestir. En mis tiempos de propinas, había trabajado en una compañía de shows infantiles cuando todavía no cumplía los catorce. Todos los fines de semana había trabajo: me podía maquillar, vestir de un arlequín colegial y bailar acompañando a los animadores de la fiesta o meterme en un peluche gigante de los dibujos de moda para cumplir el sueño de los niños que cumplían años y no sabían de tremenda sorpresa. Pero nada se compararía, a lo que estábamos planeando con mi esposa, hace ya unos meses atrás.


Apenas tuve el traje, enumeré las prendas necesarias mientras revisaba videos en internet para cómo vestirlas lo más rápido posible, ya que había organizado una pauta de qué, cómo, cuándo hacer y qué no, cada minuto de la puesta en escena. Nada debía quedar suelto. Es por eso que examinaba los ojales de la ancha y negra correa plastificada, me calzaba los zapatos duros y estrechos y, medía, con el echar de una ojeada, el sacón frondoso y empeluchado que tenía que debía de soportar con tremendo calor. Todo cumplía un rezo. Primero: el pantalón, sujetar con el elástico, pero no tanto para dejarme respirar. Segundo: el saco, primero el brazo izquierdo y tirarlo al otro lado para, a la volada y con notable precisión, terminar con el brazo derecho, para sujetarlo con unas pitas que no debían verse para nada. Tercero: la correa, darle dos vueltas y culminar en el sexto huequito. Cuarto, los zapatos, debía de ser lo más fácil, darme un poco de tiempo para atar las agujetas y evitar un accidente de traspié. Quinto: la barba, debía de cubrirme la mayor parte del rostro, era un conjunto de hilachas blancas que, si no las situaba de la mejor manera, iban a llamar a esa alergia que detesto cuando los estornudos no me dejan dar un paso. Sexto: El gorro, complemento perfecto para la temporada, con un ligero estilo de caída para el perfil izquierdo. Séptimo: los detalles, guantes, anteojos circulares de metal y demás ropitas alusivas al viejo Santa, que debía de vestir en menos de dos minutos complementando mi parafernalia navideña. Así estaba previsto. Tal cual ni más. Vestir un disfraz de Papa Noel en menos de diez minutos para cumplir con la pauta chequeada y sacramentada, y darle un haz de luz, más luz, a una Nochebuena que iba a quedar en el recuerdo de muchos y en especial del más pequeño de la familia.


Pensaba cómo iba a reaccionar mi hijo. Tal vez cuando entraría por la puerta se asustaría por el disfraz y la cara tapada con la barba. Tal vez se impresionaría tanto con lo que Santa había ido a visitarlo que lo jalonearía por todos lados y le arrancaría el gorro y la barba y quedaría al descubierto mi identidad. Tal vez la impostación de voz no llegaba a ser del todo creíble y me diría: Papá, ¿eres tú? Papa. ¡Santa! y todo se iría al tacho. Tantas cosas pasaban por mi mente que no me daba tregua dudar que lo que haría en unos minutos sería, tal vez, la mejor puesta en escena que siempre me hubiera gustado ejecutar.


Los nervios en mi sudoroso cuerpo marcaban el compás de un reloj que gritaba actuación. Eran las once y un poquito más cuando decidimos, entre los que estábamos reunidos y sabían de la sorpresa en términos generales, que debíamos comenzar pronto porque el niño estaba impaciente de regalos sorpresas y bostezando al son de los típicos villancicos al ritmo de bosanova. Le dije que me iría a comprar. Me miró. Nos besamos y chocamos los puños como lo hacemos todas las noches antes de dormir. Ya vengo, le dije, y caminé en dirección a la puerta. Cuando lo vi voltearse, giré y corrí hacia mi dormitorio, cerré la puerta y esperé. El show debía de comenzar. Estaba ansioso. Practicaba en voz baja la impostación de voz como un viejo Santa. Todo debe salir bien, susurraba. De pronto, entró en el cuarto mi esposa. Nos besamos y sonreímos como cómplices. Por dónde empiezo, le dije a ella. Por tranquilizarte, me dijo y me acarició la mejilla.


Comencé a vestirme tal y como lo había planeado. Prenda por prenda. Paso por paso. Mi esposa me ayudaba porque había comenzado una especie de tembladera que recorría mi cuerpo. El pantalón, la chaqueta, la barba y los detalles. No me demoré ni cinco minutos en estar parando frente al espejo y reírme de mi mismo, al verme vestido como un joven y panzón Santa, dispuesto a ser el hazmerreír de la noche previa a la Navidad. Mi esposa me tomaba fotografías mientras fijábamos los últimos detalles. Entre tantos puntos de la pauta, habíamos quedado en que mi papá cargaría a mi hijo para llevarlo a su dormitorio con el pretexto de sacar al niñito Jesús y tenerlo listo al momento de que el reloj marque las doce para ponerlo en el nacimiento. Él cerraría la puerta para darme pie a yo salir corriendo disparado hacia la calle y esperar para comenzar el show navideño con mi entrada triunfal al grito del clásico Jo jo jo jo. Y así se hizo. En segundos ya esperaba afuera. Estaba un poco agitado y jadeaba. Para salir de la casa, había corrido desde mi habitación que estaba al último del pasadizo, pasé por el cuarto de mi papá que me daba tiempo para mi huida y atravesé completamente la cocina y sala llenas de familiares de mi esposa que reían y vaticinaban el espectáculo que iban a presenciar. Sudaba caliente porque el calor se había asentado en mi cabeza por el gorro y en mis pies por las altas botas. Respiré, mientras acomodaba los bolsos de regalos con los que entraría a mi casa. Eran unos diez o doce paquetes envueltos en papel de regalo repartidos en dos bolsas que me dificultaban un poco para sostenerlas. De pronto, la puerta se abrió y entendí que había comenzado todo. Él todavía no me había visto, yo sistemáticamente di tres pasos y todos en la casa comenzaron a aplaudir y gritar ¡Santa! ¡Santa! Ya llegó. Mi hijo estaba rebalsando en felicidad. Sus ojos contemplaban a Papa Noel y les decía a todos: Ha venido Santa, mis regalos, vino por mí, yo te lo dije, yo te lo dije. Cuando entendí la responsabilidad en la que me había metido, juré para mí, cumplir la pauta y el ensayo veloz que habíamos tenido con mi papá y esposa en la tarde del veinticuatro. Nos miramos. Nos tomamos una foto con el infaltable Jo jo jo jo y abrimos los regalos que había traído en los paquetes. Mi esposa me ayudaba nombrando de quién era tal regalo y todos aplaudían cuando eran descubiertos. Todo fue tal y como se había planeado, oleado y sacramentado. En algún momento, improvisé por un regalo que mi hijo había pedido en su carta y no estaba en físico. Nunca se dio cuenta que no estaba. Ni el supuesto regalo ni su papá. Nunca procesó que papá estaba detrás de esa sorpresa que todo el mundo le hablaba y él jamás imaginaba viviría en la noche de Navidad. Cuando terminó todo, me despedí de mi hijo, la gente pidió una última foto y cariñosamente él me abrazó, me dijo gracias, Santa y me hizo adiós con la mano, mientras yo salía por la puerta completamente orgulloso por la hazaña cometida.


Aún el cielo no se cubría por el reventar de los cuetecillos, cuando bajé las escaleras, más que contento, para llegar al tercer piso del edificio donde vivimos y cambiarme el traje que ya me producía picazón. Quedó todo perfecto, decía mi esposa mientras bajaba las escaleras para ayudarme con la ropa. Reímos a carcajadas, escondiéndonos por si nuestro hijo nos espiaba desde la ventana. Me cambié con una bermuda y un polo suelto. Seguía riendo. Esperé. Entra tú primera, le dije a mi esposa. Esperé. Esperé. Cuando entré nuevamente a mi casa, ya como su papá con ropa casual y veraniega, me dijo: Papá, vino Santa y me ha dejado mis regalos. Todo lo que le pedí. Me dijo que se fue porque Rodolfo estaba apurado y tenía que dejar más regalos a otros niños. Cuando lo escuché, supe que todo había salido a la perfección. Que la ilusión de Santa lo llenó por completo y todo había valido la pena. Entendí también que ese sudor, temblores en el cuerpo, susurros y movimientos que fácilmente se pueden comparar con el bailar zigzagueante de una cobra, no eran más que el sentir de la felicidad de un padre hacia su hijo. Y qué más te dijo, le pregunté, ocultando el sentimiento que me embargaba. Nada más, siguió él, sólo se fue porque Rodolfo estaba muy apurado. Asentí, sorprendido, y chocamos los puños que es nuestro santo y seña dándome espacio para disfrutar de la mejor Navidad de mi vida.


Lima, Diciembre 25, 2018.



miércoles, julio 18, 2012

CUMPLEAÑOS A TI



Gráfico por Gonzalo 'Bakteria' Maiz.
Diseño por Alan García. (@agarsal)
Crónica por Fabrizzio Velaochaga. (@conajoscebollas)


A Rosa Victoria y Analucia.

I

Tu santo es el jueves. Cumpleaños a ti, que los cumplas muy feliz. Aún recuerdo el día que naciste, blanca como ninguna, gordita, cachetona, y ahora mírate, cumples once, ya eres una señorita, y ahora debo caminar con rifle ¿no? Digo nomás. Ajo erda uta.

II

Tu santo también es el jueves. Cumpleaños a ti, aunque no te pueda ver, aunque estés más alto que todos. Sé que siempre estás ahí, te siento. Te siento cuando me siento a escribir, siento tu mano recorrer mi cabeza, como peinándome. Siento tu presencia en el dormitorio que sigue siendo tuyo, aún están tus cosas, tus colonias, tus cremas, aún están ahí, reposando si quieres usarlas en las noches tranquilas cuando yo duermo en la que aún es tu cama.

III

Recuerdo que de pequeña jugabas a despertarme a las seis con treinta, en punto, te metías a mi habitación y me jodías con cachetadones hasta que abriera los dos ojos, recién ahí te ibas, sonriendo, pícara. Tenías tres o cuatro. Recuerdo tus ojazos grandasos, y esos cachetes que parecían de hámster, parecías un conejito. Eras lo primero que veía cuando despertaba, muy temprano. Me hacías la jugada, te ibas sonriendo, yo te seguía la risa y me volvía a tapar, y me quedaba dormido dos horas más.

IV

Ahora duermo en tu habitación. Sé que sabes que ahora vivo en tu casa, en el departamento que cuidaste como un palacio, hermoso, elegante. Ahora yo trato de seguir la chamba que inculcaste: agarrar la escoba, primero la cocina, prender tu velita, darle de comer a Diana, al Negro, limpiar la arena del Negro, tender la cama, trapear la cocina, abrir las ventanas, las cortinas, jugar con Diana, no molestar al Negro, barrer el cuarto, prender un  incienso de Canela, los que te gustaban, olores fuertes; una manita de gato a los muebles y trabajo terminado por hoy. Es la rutina, tu rutina. Yo solo me muevo, me dejo mover, tú sigues siendo el capitán del barco, yo soy un simple marinero que obedece y ejecuta.

V

Cuando vivía en la casa de mi mamá, siempre te decía gordita o chanchita, de cariño, claro. Eras una bolita, y lo decía por joderte un poco la vida, además somos hermanos y eso se hace, es una costumbre mundial de hermandad, del mayor al menor. Ahora, el tiempo pasado, ya no eres la gordita, la chanchita, si a veces te lo digo es porque aún te veo como la niña espesa que me despertaba jodiéndome el sueño, ahora eres una señorita, cumples once, pero pareces una chibola de diecisiete, y eso es lo que me pone más saltón, digo nomás. ¿Rifle o cañón?

VI

Las lisuras que salían de tus bellos labios rojos eran un chocolate que le ponía dulce a mi vida. Dulce y sazón, digo. Ajos y cebollas, mejor. Rumba y sabor, siempre. Esas lisuras que me despertaban en one y hacían que me pare derechito y no camine como jorobado, que me siente erguido para comer como se debe, como niño educado, como debe de ser. Esas lisurillas que hacían que esté proactivo, de aquí para allá, de allá para aquí, un dos, un dos, un dos, siempre listo, mi comandante. Y tú reías, me mirabas, y volvías a sonreír, no hagas muecas que así quedará tu cara, carajo, me decías, con esa voz que extraño pero que a veces la siento cuando la tranquilidad de la noche se asienta en el dormitorio donde escribo y escribo, como loco.

VII

Ahora peleamos como perro y gato. Ya no vivimos juntos. Voy una vez a la semana y a veces dos o tres, pero más no. La cosa ahora es diferente, pero igual sigo con el rifle y le pregunto a mamá que cómo vas, que qué tal la escuela, y todo eso. Dice que estás rebelde, y lo noto. Yo también era así. No tienes que hacer renegar a mamá. No tienes que hacer lo que yo, malditamente, hice. No tienes que ser como yo, please.

VIII

Te saludé el año pasado en el velorio de tu hermana. Ese momento estrujó tu alma y corazón. También estrujó mi corazón. Te di un beso en la mejilla y fue como si no estabas. Fue raro, me sentí raro, estabas rara, el momento fue raro. No sabía si decirte feliz día, o siento mucho lo que ha pasado. Fue raro. Rarísimo. No sabía si estar contento, o triste, o las dos cosas al mismo tiempo, o nada y simplemente mirar, pasmado. Rarísimo.

IX

Feliz día, gordita. Siempre te diré gordita. Mi hermana, una hermosura. Mi gordita. Feliz cumpleaños, chanchita.

X

Feliz cumpleaños, Tata. Donde quiera que te encuentres, espero estés bien. Trato de hacer mi mayor esfuerzo en el palacio que sigue siendo tuyo. Desde lo más alto, ponme una nota aprobatoria, please. Cuídame. Guíame. Y sigue poniendo esas lisuritas en mis labios y en mis dedos, esos ajos y cebollas que me hacen ver más chabacano, y al mismo tiempo más dulce, como tú. 

lunes, junio 04, 2012

MIENTRAS TE PERDÍA



Mientras la tarde caía y el cielo se ponía anaranjado, recordaba cuando te decía te amo mil veces en mi habitación, sin tocarte, sin aproximarme a tu cuerpo delicado que yo tenía por cristal lujoso. Recuerdo cuando te amé en mi cama sin tocarte, mil veces lo recuerdo, y mil veces lloro.

Mientras el frío de la tarde me jodía sin pedir permiso, tus ojos me apaciguaban, los sentía como compañía. Los miraba como cuando te tuve en mi cama y te besé con las manos atadas detrás mío, porque no quería hacerte daño, porque quería amarte y no tenerte. Me mirabas como cuando me dijiste por primera vez te amo, sentados en una esquina de cierta avenida solitaria, como a las tres o cuatro de la madrugada, con cinco o siete vasos de ron encima.

Mientras miraba el mar recordando la mañana que vimos juntos por primera vez el mar, sentados en el malecón, prometiéndonos amarnos para toda la vida, me mirabas, y yo también te miraba, porque te amo, porque nunca te olvidé, porque yo te perdí pero tú no me perdiste, y las cosas duelen pero así son, y soy un perfecto cojudo.

Mientras te miraba, tú nunca me miraste. Mientras me mirabas, yo siempre supe que me estabas viendo. Mientras jugabas a mirarme y volteaba y encontraba el sentido de tus ojos, jugábamos los dos, sin sonrisas, lo más serios posibles, opacos, y no pasaba nada, y mi corazón se arrugaba de poco en poco, hasta hacerse añicos y pedir auxilio a la razón que en nada podía intervenir, porque no es su juego.
 
Mientras la noche se ponía en Miraflores y yo fumaba un pucho, y fumaba los recuerdos que venían y se iban, suspirando y escupiendo mierda y media exhalando el humo que zigzagueaba por los aires fríos que se hacían sentir en mi cuerpo flacuchento sin abrigo. Presentía, y no presentía. Lloraba sin saber el porqué. Sonreía tratando de tapar mis miedos, sonreía mintiéndome a mí mismo. Sonreía porque soy miedoso y cabro, y eso ya es secreto a voces.

Estoy temblando. Y llorando. Y había jurado que nunca iba a llorar, menos por ti. Y tú me ves, me escuchas, sabes que por ti estoy así, quieres que voltee pero el miedo me gana como siempre y me jodo solo, como noches anteriores. Estoy temblando, con los ojos cerrados. Me siento perdido. Me siento herido. Me siento, tal vez, usado. Porque si jugué, me jugaron mal, y ahora no hay mofa, la chanza acabó en una noche solitaria de Miraflores, una noche fría, muy fría.

Mientras lloraba frente al mar, tú me mirabas. Lo sé, te escuchaba cuando me llamabas en silencio. Te sentía recostada en mi cuerpo congelado. Te sentía haciéndome botar el cigarro que siempre me decías que no fume al frente tuyo. Y lo boté, porque son tus recuerdos, y los cumplo por ser obligaciones. La arena se hizo más suave. Y el recuerdo de una noche estrellada no esperó, al ver la luna muy bien acompañada, dando brillo al oscuro momento que no tardó en ambientarse ante mis ojos con lágrimas que ya había caído y otras que no tardaban en partir.

Y mientras lloraba frente al mar, te pedía perdón, y te pido perdón, porque quizás te hice daño escribiéndote, también lo recuerdo. Te pido perdón. Te pido perdón mil veces. Por eso te escribo, para que me des una tregua, para explicarte las cosas, para llenarme de valor de agarrarte del brazo y decirte cuánto significas para mí, cuánta falta me haces, cuánto daño me hace seguir con esta farsa. Por eso te escribo, para que sepas que nunca te olvidé y nunca te olvidaré. Por eso te escribo, para que sepas la verdad de mi vida, la verdad de mis miradas cohibidas, la verdad de mis llantos desconsolados, la verdad de mi puta vida sentimental, con el corazón rasgado y hecho añicos, bien tirado y vapuleado en el piso.

Bucho.

domingo, marzo 25, 2012

POEMA

Poema de mi tío-abuelo que nunca conocí, 
pero que admiro por cómo plasmaba sus sentimientos 
en el papel que hoy leo con devoción.

Para Fabrizio Velaochaga.

Si alguna vez te apartas del horario señalado
y entras o sales sin preocuparte del reloj que te controla
como un sabueso mecanico
Si alguna vez te atreves a caminar con los ojos abiertos a la noche
ya por amor o por el odio amor no revelado
por el dolor o la dura alegria de estar solo
en cualquier noche tu puedes encontrarlos
en la ciudad de luces apagadas
mientras todos duermen
ellos trabajan.
Si alguna vez entre las calles sales comprendiendo aun sin comprender
necesitado de un camino
y te descubres en esa forma de estar vivo que es andar con los ojos abiertos
mirando a tu alrededor esa forma de no estar o estar dormidos
veras que en la ciudad adormecida
ellos mantienen una luz siempre encendida
Cuando tu busques lo que buscas
tratando de saber que es lo que tratas de saber
para oponer a esa muerte diaria que solo vemos porque no vemos
el rostro de la vida
Algo que esta en tu origen
y se proyecta con toda tu existencia desde antes de su comienzo
hasta el presente
enrumbara tus pasos hacia esa luz que impide que la noche sea total.

Ernesto Velaochaga Hildebrandt.
 

miércoles, noviembre 30, 2011

Y DONDE ESTAS, TATITA

"Las grandes alegrías, como los grandes pesares, son silenciosas"
-Shakerley Marmion.

A ti, Tatita.

Mi papá ayer me contó que te vio en la cocina; que, primero, escuchó que estabas lavando los platos, como siempre, mojándote, y que al acercarse a la puerta te vio pasar con el elegante atuendo que vestiste aquel día que te fuiste y el peinado que siempre gustabas hacerte en tus ratos libres, de libertad, en tu casa, cuando no estabas bailando con la escoba o pegada al plumero sacudiendo todo lo que ya habías sacudido dos horas atrás. Mi papá también me contó, cuando estábamos cenando, que lo llamaste, escuché su voz, clarita, clarita, me dijo; que le quisiste abrir la puerta, diciéndole: coco, coco. Él estaba durmiendo (y tú, más que nadie, sabes cuán sagradas son las mañanas cuando duerme) y dice que escuchó que el caño estaba abierto, no sé si fue un sueño o si en verdad pasó, porque mi papá cuando duerme es peor que una roca y nadie lo despierta y nadie le hace chis, cierra la puerta, sólo duerme y no existe nadie más, pero según él, escuchó el caño y tu voz y ¡ay, Tatita! No sé si creerle. Dime tú, ¿de verdad eso pasó?


Y tu misa qué bonita estuvo. Muchas flores regadas, coloridas, como te gustaban y todos juntos, ahí sí estabas, claro, cómo no vas a estar, si todo estaba lindo, Tatita hermosa. Volvimos a la casa cuando la noche nos cubrió y el frío nos hacía temblar como pollos despellejados en plena nieve. Y de la noche surgió una inquietud propia, lógica, me preguntaba porqué sólo a mi papá le pasaban esas cosas y a mí no. Pues no lo sé. Pues así me tocó, quizá. Y así le tocó a mi papá, y ya está, cerrao. Mi papá también me dijo, cuando la misa había concluido, que cuando te vio, te siguió, pero no volteaste, que te metiste rapidito a tu cuarto y que él entró y todo estaba como siempre, tranquilo, y Diana jugando con su hueso azul que le compraste algunos años atrás y el Negro durmiendo, en tu cama, como un chiquito cansado de tanto comer y que embotado se tira a la cama y se queda dormido en un dos por tres; claro, como siempre, dije.

Ya la noche ha entrado y mi papá duerme como una roca. ¿Dónde estás, Tatita linda?

Bueno, quizá no me quieres decir nada o yo que sé, pero sabes dónde estoy, tú sabes, sabes dónde paro, dónde leo, escribo, pienso, te pienso, te busco, tú sabes, y ahí estoy. De repente yo sí quisiera decirte algo, no lo sé, no sé cómo sería, qué pasaría, pero aún pienso en aquel lunes, cuando me dijiste por el teléfono, en la tarde: cuándo vienes carajo, yo te preparo tu cuáquer, pero cuándo vienes a verme y recuerdo que te pregunté: pero cómo estás, Tatita, ¿todo bien? Aún tengo tus palabras: Ahí pues, jodida, como siempre, y te metiste una risa de aquellas, pero de aquellas, una risa que pensé escuchar el martes que prometí ir a verte y hasta ahorita espero escucharla nuevamente, y reírnos juntos, como lo hacíamos. Y sé que en este momento estás viéndome y te estás cagando de la risa con esta crónica que estoy escribiendo, porque cuando te dije que quería ser escritor me miraste como diciendo ya huevón, como me decías siempre, ¿recuerdas? Y ahora mira, paso a paso, me estoy convirtiendo en un escritor, uno bueno o malo, pero un escritor al fin y al cabo; un escritor que es tu nieto y que espera que lo sigas manteniendo derechito y siéntate con la espalda recta, carajo, recuerdo cuando me decías al verme escribiendo, sacando una joroba de padre y Dios mío.


Dejo de escribir y me siento en tu cama, con tu foto al lado, en la mesita de noche que nunca vi que usaste. Le doy play al disco de Luchita Reyes que compré hace poco y sí que hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé. ¡Ay, Tatita! Ahí nos vemos.

miércoles, marzo 16, 2011

EUGENIA




UNO
Hubo momentos en mi casa en que mi abuelita no podía con nosotros. Mi mamá estaba en España trabajando y nosotros nos habíamos quedado bajo las órdenes de mi abuelita y de mi tío. Era la primera vez que mi mamá se iba a otro país y nos dejaba sin su presencia recta, frívola, loca.
Mi abuelita siempre salía y quería seguir teniendo sus libertades, como ir a pasear con sus amigas, respirar aire fresco, tranquila; pero como tenía que estar con nosotros no podía salir, entonces se quedaba amargada en la casa cuidando más que nada de mi hermano que tenía tres o cuatro y de mi hermana que estaba en tercero de primaria. Yo me sentía un poco más libre, gracias a mi tío César. Yo sentía algo raro dentro de mí, un resentimiento de no tenerla cerca, de extrañarla siempre, me volví algo duro, muchos me decían (hasta hoy siguen diciéndome) ingrato, inhumano, malo, que no tenía cariño por nadie; pero qué podía hacer, me había vuelto un mal hijo que ni “hola” le decía a su mamá por el skype, nada de nada, y gracias mamá.
Con ella siempre hablaba mi tío, él era “mi mamá” acá en Lima. Y acordaron un día que mi abuelita no podía más, que necesitaba alguien que le ayude con la limpieza y todo eso que se hace en la casa, dos manos más y una actitud tremenda para que la casa se mantenga “en pie”, limpia, reluciente, como mi mamá la había dejado. (Porque aunque tenga mil defectos, una cualidad positiva que rescato de ella es que es una aspiradora humana, es una adicta a la limpieza –como mi tata, mamá de mi papá- se levanta muy temprano para barrer todo si no, no está contenta, después más tranquila regresa a seguir durmiendo).
Entonces acordaron los tres que una señora que mi mamá conocía vendría a ayudarla a mi abuelita, una señora bonachona, noble, atenta, con un ángel que la hacía más maravillosa todavía y que hizo que nunca me pueda olvidar de ella. Donde estés, va para ti.
DOS           
Su nombre es Eugenia, nunca supimos su apellido. El primer día que la vi me sentí raro, sentía que ella era una persona que trabajaba para nosotros, lo era, pero lo notaba raro porque nunca nos habíamos dado esos placeres, que alguien venga a limpiar y nosotros bien sentadotes. Recuerdo que Euge (así la llamaba mi abuelita quien muy rápido se encariñó mucho con ella) venía todos los días en la mañana, primero, después, venía los lunes, miércoles y viernes y más tarde (hablamos de dos años más o menos), sólo dos días a la semana, los martes y jueves y ella, siempre cumpliendo su labor, nunca dijo nada, pero mi abuelita, apenada, en sus tiempos libres, le explicaba los motivos del recorte de  horario.
Cuando venía todos los días, mi hermana y yo estábamos en el mismo colegio, y al salida siempre íbamos raudos a la casa y al llegar, no sé si mi hermana también, pero yo, contemplaba la casa radiante, tiza, oliendo rico y me iba a mi cuarto contento, tiraba la mochila por ahí ya que el piso estaba barrido y lustrado (cosa que nunca había hecho yo, lustrarlo) y con el olor a lavanda o a floral y me echaba en la cama a dormir, feliz y amando a Eugenia.
Ahora, también, después de dos años o poco menos, recuerdo cuando un día regresé de estudiar (ya no estaba en el mismo colegio con mi hermana, había regresado a la escuela donde comencé la secundaria y que al escribir esta crónica extraño tanto), no sé por qué, pero pasé mi mano por el piso debajo de la mesa de noche y sentí toda la tierra que estaba acumulada ahí, muchas pelusas vi pegadas a mi palma y eso me llenó de cólera y no se lo perdoné a la pobre pero gran persona que era (y seguro sigue siendo) aquella señora que mantenía mi casa bien. Ahí mismo salí de mi cuarto y me dirigí hacia la habitación de mi abuelita a “acusar” a Eugenia señalándole mi mano que mi cuarto estaba sucio y que no había limpiado nada y que estaba muy amargo y rabioso y colérico, mi modo de hablar y mis gestos me ayudaban mucho para que mi abuela me creyera y que me creyó; al día siguiente, cuando yo estaba en el colegio, habló con Euge y le dijo que porqué no había limpiado mi cuarto, ella le respondió que sí lo había limpiado pero como le había pasado el trapo húmedo la tierrita se había quedado en los rincones y eso era lo que yo había sentido al pasar mi mano. Me avergoncé cuando mi nona (así le digo yo a mi abuelita, en idioma italiano y por costumbre familiar) me reprodujo lo que le había dicho Eugenia esa mañana (ella me contó la conversación que tuvo con Euge cuando volví de la escuela). Me sentí mal, cagado, poco hombre, inhumano. Al día siguiente cuando volvió Euge no tuve cara para ir a abrirle la puerta. Ella sabía que yo le había ido con el chisme a mi nona. Ella sabía que era malo pero conociéndola, seguro ella no le tomo importancia y le dijo a mi abue “pero nonita, los chicos son así, espontáneos, no hay ningún problema.” Ella es una gran mujer y gracias a ella entendí que las personas no valen por lo que tienen puesto ni por lo que llevan en los bolsillos, sino por lo que tienen dentro, por su corazón, por sus buenos sentimientos.
TRES
En esta crónica quise recordar a Euge, noble, bonachona, de un acento bien marcado de las entrañas peruanas y de unos ojos hermosos, saltones. Era gordita y aunque subía y bajaba escaleras como ninguna y barría y se agachaba para limpiar debajo de las camas de mis hermanos, y etcétera, y etcétera, nunca dejó de ser una gordita linda y que hoy extraño, extraño su presencia activa que ponía eléctrico a cualquiera, extraño sus pelos desenfadados que jugaban con sus ojos a no dejarla ver lo que estaba limpiando y ella gritar: “pelitos del demonio, quédense tranquilitos ahí” mientras se sujetaba los cabellos con un moño casi por la nuca.
He decidido escribir algo más extenso sobre aquella señora que aunque poco tiempo duró en mi casa (casi año y medio más o menos, creo) todos aquí le agarramos mucho cariño porque aparte que dejaba la casa en pie, nos dejó una actitud tremenda para hacer bien la cosas, meterle “punche”  a todo, amor, simpatía y siempre hacer las cosas de buena fe. Donde quiera que esté, siempre la recordaré porque gracias a ella, cuando estoy limpiando mi cuarto, barriéndolo, la veo a ella ahí diciéndome, tal vez, no sé: “recuerda Fabri, que si le pasas el trapo debajo de tu mesita de noche, las pelusas quedarán ahí como tierrita acumulada” y empiezo a reírme solo y a mirar por la ventana el lindo cielo de hoy.