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jueves, octubre 24, 2019

Bajo el disfraz de Santa (o la mejor navidad de la vida)

Mientras lo veía saltar de alegría, me acomodaba la barba para que no se diera cuenta que era yo. Saltaba y aplaudía mientras gritaba completamente ilusionado; en cambio yo; engrosaba la voz para parecerme más al Santa tan esperado que a una pobre imitación del viejo que traería los regalos que le habían comprado en la Navidad. En ese momento, sentí la felicidad. Verlo a los ojos, escudándome en un disfraz abultado, fue el mejor regalo recibido después de saber de su existencia en la barriga de mi esposa.


No tengo bien en claro si eran las cuatro o cinco de la tarde cuando examiné el disfraz por primera vez. Y es que para mí no era tan ajeno ese tipo de vestir. En mis tiempos de propinas, había trabajado en una compañía de shows infantiles cuando todavía no cumplía los catorce. Todos los fines de semana había trabajo: me podía maquillar, vestir de un arlequín colegial y bailar acompañando a los animadores de la fiesta o meterme en un peluche gigante de los dibujos de moda para cumplir el sueño de los niños que cumplían años y no sabían de tremenda sorpresa. Pero nada se compararía, a lo que estábamos planeando con mi esposa, hace ya unos meses atrás.


Apenas tuve el traje, enumeré las prendas necesarias mientras revisaba videos en internet para cómo vestirlas lo más rápido posible, ya que había organizado una pauta de qué, cómo, cuándo hacer y qué no, cada minuto de la puesta en escena. Nada debía quedar suelto. Es por eso que examinaba los ojales de la ancha y negra correa plastificada, me calzaba los zapatos duros y estrechos y, medía, con el echar de una ojeada, el sacón frondoso y empeluchado que tenía que debía de soportar con tremendo calor. Todo cumplía un rezo. Primero: el pantalón, sujetar con el elástico, pero no tanto para dejarme respirar. Segundo: el saco, primero el brazo izquierdo y tirarlo al otro lado para, a la volada y con notable precisión, terminar con el brazo derecho, para sujetarlo con unas pitas que no debían verse para nada. Tercero: la correa, darle dos vueltas y culminar en el sexto huequito. Cuarto, los zapatos, debía de ser lo más fácil, darme un poco de tiempo para atar las agujetas y evitar un accidente de traspié. Quinto: la barba, debía de cubrirme la mayor parte del rostro, era un conjunto de hilachas blancas que, si no las situaba de la mejor manera, iban a llamar a esa alergia que detesto cuando los estornudos no me dejan dar un paso. Sexto: El gorro, complemento perfecto para la temporada, con un ligero estilo de caída para el perfil izquierdo. Séptimo: los detalles, guantes, anteojos circulares de metal y demás ropitas alusivas al viejo Santa, que debía de vestir en menos de dos minutos complementando mi parafernalia navideña. Así estaba previsto. Tal cual ni más. Vestir un disfraz de Papa Noel en menos de diez minutos para cumplir con la pauta chequeada y sacramentada, y darle un haz de luz, más luz, a una Nochebuena que iba a quedar en el recuerdo de muchos y en especial del más pequeño de la familia.


Pensaba cómo iba a reaccionar mi hijo. Tal vez cuando entraría por la puerta se asustaría por el disfraz y la cara tapada con la barba. Tal vez se impresionaría tanto con lo que Santa había ido a visitarlo que lo jalonearía por todos lados y le arrancaría el gorro y la barba y quedaría al descubierto mi identidad. Tal vez la impostación de voz no llegaba a ser del todo creíble y me diría: Papá, ¿eres tú? Papa. ¡Santa! y todo se iría al tacho. Tantas cosas pasaban por mi mente que no me daba tregua dudar que lo que haría en unos minutos sería, tal vez, la mejor puesta en escena que siempre me hubiera gustado ejecutar.


Los nervios en mi sudoroso cuerpo marcaban el compás de un reloj que gritaba actuación. Eran las once y un poquito más cuando decidimos, entre los que estábamos reunidos y sabían de la sorpresa en términos generales, que debíamos comenzar pronto porque el niño estaba impaciente de regalos sorpresas y bostezando al son de los típicos villancicos al ritmo de bosanova. Le dije que me iría a comprar. Me miró. Nos besamos y chocamos los puños como lo hacemos todas las noches antes de dormir. Ya vengo, le dije, y caminé en dirección a la puerta. Cuando lo vi voltearse, giré y corrí hacia mi dormitorio, cerré la puerta y esperé. El show debía de comenzar. Estaba ansioso. Practicaba en voz baja la impostación de voz como un viejo Santa. Todo debe salir bien, susurraba. De pronto, entró en el cuarto mi esposa. Nos besamos y sonreímos como cómplices. Por dónde empiezo, le dije a ella. Por tranquilizarte, me dijo y me acarició la mejilla.


Comencé a vestirme tal y como lo había planeado. Prenda por prenda. Paso por paso. Mi esposa me ayudaba porque había comenzado una especie de tembladera que recorría mi cuerpo. El pantalón, la chaqueta, la barba y los detalles. No me demoré ni cinco minutos en estar parando frente al espejo y reírme de mi mismo, al verme vestido como un joven y panzón Santa, dispuesto a ser el hazmerreír de la noche previa a la Navidad. Mi esposa me tomaba fotografías mientras fijábamos los últimos detalles. Entre tantos puntos de la pauta, habíamos quedado en que mi papá cargaría a mi hijo para llevarlo a su dormitorio con el pretexto de sacar al niñito Jesús y tenerlo listo al momento de que el reloj marque las doce para ponerlo en el nacimiento. Él cerraría la puerta para darme pie a yo salir corriendo disparado hacia la calle y esperar para comenzar el show navideño con mi entrada triunfal al grito del clásico Jo jo jo jo. Y así se hizo. En segundos ya esperaba afuera. Estaba un poco agitado y jadeaba. Para salir de la casa, había corrido desde mi habitación que estaba al último del pasadizo, pasé por el cuarto de mi papá que me daba tiempo para mi huida y atravesé completamente la cocina y sala llenas de familiares de mi esposa que reían y vaticinaban el espectáculo que iban a presenciar. Sudaba caliente porque el calor se había asentado en mi cabeza por el gorro y en mis pies por las altas botas. Respiré, mientras acomodaba los bolsos de regalos con los que entraría a mi casa. Eran unos diez o doce paquetes envueltos en papel de regalo repartidos en dos bolsas que me dificultaban un poco para sostenerlas. De pronto, la puerta se abrió y entendí que había comenzado todo. Él todavía no me había visto, yo sistemáticamente di tres pasos y todos en la casa comenzaron a aplaudir y gritar ¡Santa! ¡Santa! Ya llegó. Mi hijo estaba rebalsando en felicidad. Sus ojos contemplaban a Papa Noel y les decía a todos: Ha venido Santa, mis regalos, vino por mí, yo te lo dije, yo te lo dije. Cuando entendí la responsabilidad en la que me había metido, juré para mí, cumplir la pauta y el ensayo veloz que habíamos tenido con mi papá y esposa en la tarde del veinticuatro. Nos miramos. Nos tomamos una foto con el infaltable Jo jo jo jo y abrimos los regalos que había traído en los paquetes. Mi esposa me ayudaba nombrando de quién era tal regalo y todos aplaudían cuando eran descubiertos. Todo fue tal y como se había planeado, oleado y sacramentado. En algún momento, improvisé por un regalo que mi hijo había pedido en su carta y no estaba en físico. Nunca se dio cuenta que no estaba. Ni el supuesto regalo ni su papá. Nunca procesó que papá estaba detrás de esa sorpresa que todo el mundo le hablaba y él jamás imaginaba viviría en la noche de Navidad. Cuando terminó todo, me despedí de mi hijo, la gente pidió una última foto y cariñosamente él me abrazó, me dijo gracias, Santa y me hizo adiós con la mano, mientras yo salía por la puerta completamente orgulloso por la hazaña cometida.


Aún el cielo no se cubría por el reventar de los cuetecillos, cuando bajé las escaleras, más que contento, para llegar al tercer piso del edificio donde vivimos y cambiarme el traje que ya me producía picazón. Quedó todo perfecto, decía mi esposa mientras bajaba las escaleras para ayudarme con la ropa. Reímos a carcajadas, escondiéndonos por si nuestro hijo nos espiaba desde la ventana. Me cambié con una bermuda y un polo suelto. Seguía riendo. Esperé. Entra tú primera, le dije a mi esposa. Esperé. Esperé. Cuando entré nuevamente a mi casa, ya como su papá con ropa casual y veraniega, me dijo: Papá, vino Santa y me ha dejado mis regalos. Todo lo que le pedí. Me dijo que se fue porque Rodolfo estaba apurado y tenía que dejar más regalos a otros niños. Cuando lo escuché, supe que todo había salido a la perfección. Que la ilusión de Santa lo llenó por completo y todo había valido la pena. Entendí también que ese sudor, temblores en el cuerpo, susurros y movimientos que fácilmente se pueden comparar con el bailar zigzagueante de una cobra, no eran más que el sentir de la felicidad de un padre hacia su hijo. Y qué más te dijo, le pregunté, ocultando el sentimiento que me embargaba. Nada más, siguió él, sólo se fue porque Rodolfo estaba muy apurado. Asentí, sorprendido, y chocamos los puños que es nuestro santo y seña dándome espacio para disfrutar de la mejor Navidad de mi vida.


Lima, Diciembre 25, 2018.



sábado, septiembre 20, 2014

Patético (O la cruda realidad de un ser humano)

Una fría tarde de setiembre contemplé el cuadro más patético de su vida. Con los ojos entreabiertos y cansados y escupiendo en todas las direcciones, yacía, tendido en una cama que crujía en cada acción del postrado, un hombre guapetón de unos treintaitantos años que se quejaba, ahora, de no poder respirar. Maldecía a quien recordaba y culpaba a alguien –que nunca pude conocer, o quizá sí– por arrebatarle la esperanza de la vida, por desalmarlo porque no tengo más qué hacer aquí, dice, y se vuelve a quejar pataleando y expirando.


No soporta que el perro –que es el único ser que le apaña todas sus rabietas– se suba en su cama, se rasque, se despulgue ante sus ojos que ya miran poco; la bota, le dice que no quiere que nadie lo vea, que no quiere ruido. El hombre le habla al perro con puntos y comas, respirando agitadamente, gimiendo porque siente su cabeza estallar. El animal que no es tan animal, se pone en cuatro patas, mira alrededor, bosteza y baja de la cama de un salto firme. Y al salir del cuarto moviendo la cola modelando su novísimo corte clásico schnauzer, deja, al hombre, una vez más, completamente solo.


Ya son como las seis y el atardecer se va pintando de anaranjados y marrones claros en lo más lejano del horizonte visto desde el viejo malecón. (El hombre tiene la suerte de vivir en un departamento amoblado digno de un hombre bien, con vista al mar en el distrito limeño de Barranco). Las gaviotas planean y chillan, el perro ladra, y el hombre, joven aún y postrado en la cama con el televisor prendido dando un partido de fútbol, mira como alucinando el ocaso tras la ventana cerrada para sentir menos los ventarrones que a esta hora de la fría tarde-noche se vuelven como apuñaladas. Pero quiénes estarán jugando porque ahora se escucha gol, gritos, lisuras, comentarios y risas en el televisor. El hombre voltea a ver, hace un gesto compungido y asiente. Primera vez que no menciona una sola palabra sobre juego o fútbol o pasión. Se inmuta y sigue mirando el encuentro por unos minutos más, pero empieza a pestañar, quiere descansar: talvez mucho, talvez poco o talvez siempre. (Vuelve el perro: salta y se acomoda en una esquina de la cama).


El cuadro me sigue pareciendo patético y hasta por momentos chistoso. Es la tarde número ochenta y cinco y todo sigue igual: sin ganas, ordinario, lineal, trivial, patético y patético. Esbozo una sonrisa cuando el hombre se rasca apasionadamente brazos, piernas y pecho en compañía del perro que se despulga a sus pies en la vieja cama de madera. Ahora es todo orquestal, sinfonía de tarumba, agudos graves y contrapunto con finas notas de golpes, agitaciones y quejidos. Pero, literalmente, el hombre no aguanta pulgas, y vuelve a botar al perro, hablándole delicadamente para que salte de la cama y lo deje tranquilo. (Yo sigo parado, grabándome la escena. Acción). El perro salta elegantemente, estira sus patas, se sacude y camina sin mover la cola hacia la salida. En el umbral de la puerta yo doy un paso a la izquierda y el animal –que no es tan animal, ya lo he dicho– pasa lento por mi costado en dirección a su cama llena de juguetes baboseados con olor a mierda. El hombre suspira, sonríe, abre el primer cajón de su velador y busca algo; saca un peine que no usó nunca y se lo pasa, ferozmente, por el antebrazo, y continúa, así, rascándose sin tregua todo su velludo y maltrecho cuerpo.


jueves, julio 17, 2014

El textil que no soy

A Kevin.


Me he hecho pasar por un alto comerciante textil. Un bravo sabelón de telas que mira y toca y palpa cada cosa tirada en el piso que venden las mujeres más chamba de Chorrillos. Es algodón, caserito, me dice una mujer gorda ojos achinados y cara redonda. La miro con aires de crecido, de muy sabido en algodones Reda, Pyma y esos de Austria e Italia. Ella asienta con la cabeza, me dice que es muy bueno el algodón y que la chompita está muy linda. En verdad que la chompita está muy linda: me la probé y me quedaba muy entallada, iba con el jean que vestía y me hacia ver muy juvenil con sus toques de elegancia, como para un coktel. Estaba muy barata, también: veinte soles , caserito, lleve pues, me quedo hasta la una nomás, me asediaba la mujer casi tocándome.


Eran como las doce y la mujer comía una presa de pollo en un plastificado táper amarillo. También todas las mujeres habían comenzado a comer, unas de sus táper y otras del menú que habían comprado en la mañana al llegar a sus sitios en tan ancha vereda como una pista misma: vendedores de juguetes, libros viejísimos, Sopenas, maníes, chupetes y golosinas, ropitas de lana y chullitos. Todas bien abrigadas enchalinadas mascando chicle o tejiendo medias para sus hijos como para matar el tiempo y el frío hasta que alguien se acerque, como Jhonny, a curiosear preguntar y comprar.


Me había quedado mucho tiempo tocando la chompa azulina que me había gustado. La mujer no me veía como un ladronzuelo de callejón (como sí veía a curiosos que llegaban y tocaban con otros afanes), ahora me miraba con raros quecos, pucheritos sublimes, porque había empezado a tocar las ropas con asco, con desazón, con ganas de irme. Entonces, ella me dijo: es lanilla, jovencito, lanilla muy buena. ¿Lanilla? ¿Me habla en serio? -le pregunté, mirándole de reojo-, eso no existe, no existe la lanilla ni la cuerina ni nada de eso que ustedes solo le cambian el nombre para hacerlo pasar como que es lo mismo pero no. Soy comerciante de telas y tengo dos fábricas en Gamarra. Ya tengo muchos años en esta vaina. O sea, le explico -seguía yo mintiéndole mientras la mujer me miraba como contemplando a un marciano, impávida-: lana con acrílico que es poliéster se llama polilana y eso es para todos ustedes lanilla. Claro, al combinar lo natural con lo sintético ustedes le cambian de nombre, pero yo sé lo que es, porque tengo años en esto, herencia de mis padres, porque sé. ¿Me va siguiendo? ¿Me entiende? Ella reclinó la cabeza, cogió la chompa, me la puso en la cara y me dijo: sí, pero está veinte soles, jovencito, ¿acaso está caro? ¿Usted cree? Llévela que se le ve muy bien. Sonreí, mientras los claxon de los buses se hacían sentir pidiendo campo para estacionarse y hacer subir pasajeros para iniciar la siguiente ruta.


¿Cuántas veces he podido mentirles a las personas?, pensaba un momento. ¿Acaso las gentes son cojudas que no se dan cuenta? ¿que no saben? El griterío no se daba tregua y yo en cuclillas tocaba cada chompa que me gustaba y encontraba entre los bultos. La mujer hablaba por celular. ¿Y esta? ¿Y la de acá? -le preguntaba y ya no me hacía quecos, tan solo me respondía de una manera fría, dura, como si ya no le importara mi presencia (si es que le importó en cierto momento). De pronto, la mujer dejó de comer, guardó el táper en una mochila verde con blanco tejida a mano y me preguntó, sonriendo: ¿Y dónde estudió eso que usted estudió, joven, eso para ver las telas y saber tanto de eso? Dudé, no sabía por dónde salir, qué hacer, qué decir. Pues mis padres me enseñaron todo lo que concierne a lo textil, señora -le respondí y la ella notó mi vacilación, mi voz endeble. Escupió a un lado de la vereda y me dijo-: eso de acrílico, poliéster, eso me confunde, quiero aprenderlo... Yo conozco la lanilla, cuerina eso que usted me dice que no existe... Eso se aprende con el tiempo -la interrumpí-, yo siempre estuve metido en esto, con las ganas, con la experiencia. La mujer me miró a los ojos, vacilé, noté sus dientes de oro cuando volvió a sonreír antes de decirme: Yo vendiendo lanilla y cuerina o eso que quiero aprender ahora como usted, jovencito, estoy ya como diez años. Mis hijos han comido pan con leche con esto porque no tengo marido, se fue el muy desgraciado cuando yo iba a tener al tercero de mis hijos. Bajé la cabeza, suspiré. Sabe mucho joven, -siguió la mujer-, estudie para que tambien ponga sus ropas de lanilla y poliéster y vendamos juntos, jovencito, yo le ayudo pues, ¿si? ¿Así es , no? Po-li-es-ter, ¿Así, no?


miércoles, marzo 12, 2014

Métanse la alcaldía al poto (o Lourdes Flores Nano, patinando)



Tan sólo siendo bachiller de la Universidad del Pacífico en Economía, Pablo Secada ya tenía un muy buen puesto como Economista Senior del IPE (Instituto Peruano de Economía), enseñaba en su alma máter y se jactaba de saber tanto de economía que cualquier simple mortal pensaba que ya era titulado, doctor y tenía una maestría en las mejores universidades del planeta. Pero no, el pequeño Pablo no hace poco dejó de ser bachiller y lustró una maestría en Política Pública que le costó conseguir en la Universidad de Chicago en gringolandia, pero sin dejar de ganar la plata que quería y la ansiada fama tanto en la próspera economía peruana como en sus muecas politiqueras que bien sabía ejecutar dentro de la chompa.


Secada por ayuda de sabe que Dios, entró a trabajar siendo aún bachiller de Economía de la Pacífico a un muy buen cargo en el IPE. Muy buena mano el que lo colocó, el que le tuvo fe, pero igual el muchacho no desentonó, siguió ascendiendo agarrando tremenda confianza económica y aprendiendo desde ya las mañas en la política nacional. Profesor –ya con maestría en mano y no en vano– de la Pacífico, Consultor de la EIU (The Economist Intelligence Unit) y Regidor en la Municipalidad de Lima por el PPC (Partido Popular Cristiano). Y estuve revisando que tenía un blog en el cual publicaba temas de economía y política nacional, teniendo muy buenos comentarios y  muy buen puntaje entre sus lectores, apoyo incondicional al gran Pablo: Chicago y Macondo.


Hay quieren pensarán que este Pablo Secada es un genio (y quizás lo sea, como tantos que eran genios y no sé dónde están), que sabe tanto de números y estadísticas como de generar un buen gobierno, mantener en orden a una Lima Metropolitana en base a un estudio económico e ideales liberales, capitalistas e inversiones públicas y privadas my bien llevadas. Se consagra si lograra todo lo propuesto anteriormente. Se consagra y es un Dios, bien digo. Pero lo que tiene de genio lo destruyó y lo catapultó a la nada, al barrio, a la mierda. Sus títulos, sus galardones que gracias al compadrazgo mezclado con sus habilidades natas consiguió en los diferentes puestos que le encargaron, los hizo añicos al ganar el diploma del más cojudo por unas cuantas sandeces que lanzó contra una mujer policía y anteriormente, por severas palabras de su esposa, condenándolo por maltrato físico (aún no probado).


Su flamante precandidatura a la Alcaldía de Lima Metropolitana con la firma referencial  de la eterna Flores Nano, claro está, se fue a la reverenda mierda, se fue al poto de Lourdes por segunda vez consecutiva, digo.


Pero quizás en algo concordamos. Quizás también pienso igual que Secada sobre la Policía peruana y lo digo y lo publico porque es mi opinión y hay libertad para hacerlo, pero no le falto el respeto a nadie, menos a una mujer. Él lo hizo, fue un malcriado y despotricó contra ella. También apoyo cuando dijo que deberían de estar persiguiendo a los ladrones, asesinos y violadores, pero está perfecto, también sea quien sea, que regulen y sepan corregir a esos conductores que no tienen la licencia a la fecha y menos el permiso de lunas polarizadas, siempre adjunto a sus documentos, en el auto. Es por eso que el supuesto genio de Secada se convirtió en un animal, un energúmeno, un Hulk malísimo y horrible que sólo sabía escupir idiotez tras idiotez cuando se negó ir a la comisaría por una vía de tránsito y tomó otra que no conocía y se perdió y quiso limar asperezas en el camino pero la policía no cayó en el juego, se resintió y ella tomó al toro por las astas disfrutando del juego.


Ahora, como era de esperarse, Pablo Secada renunció a la precandidatura (aunque sigo creyendo que la mandó a la mismísima mierda). Pero por facebook. Sí, renunció por facebook. No lo hizo en público, no habló, no llamó a las cámaras de la tele. Lo hizo por la red social del momento. Quizás para evitar el miedo al griterío popular, a la llovizna de críticas del oficialismo, al vapuleo de la masa que aún creen en la gente del orden o peor aún, a la destrucción de todos –y me incluyo– hacia un patán que simplemente le habló feo a una mujer. Sea quien sea, fue una mujer. Pero que ahora, esta mujer se agarre de la policía y otros datos para hundirlo más, no lo entiendo. Un cargamontón no es debido, crear falsos testimonios, falsos golpes, falsas reacciones tampoco. O sea, tampoco tampoco ¿no? Se grabó, hay pruebas y ya está.


viernes, marzo 07, 2014

Warmikay (o gracias por existir warmi hermosa)

Columna por el Día Internacional de la Mujer.

Warmikay -en quechua- Feminidad


Susana Villarán, alcaldesa de Lima, está entregando los mencionadísimos Premios Lima Warmi 2014 a aquellas mujeres defensoras de los derechos de la mujer. Cabe mencionar que han postulado, que han buscado a las féminas con más aportes, que han hecho –los de la comuna– un gran trabajo para entregar el dicho premio a la mujer que bien se lo merezca. ¿Así escribió alguien cuando se lanzó el Premio que se entrega conmemorando el Día Internacional de la Mujer, no? 


Premio Warmi a la warmi de verdad, Susana. A la vendedora de papa que tiene sus manos negras y callosas. A la niña de esa vendedora que se hizo mujer a la fuerza. A la carretillera, a la estibadora de La Parada. A la mujer que, tendida en una manta en pleno mercado abarrotado y el sol quemándole la nuca, vende choclos y pancas para el conejo y el anticucho. Premio Warmi a la mujer de la selva que prepara su tacacho para venderle a los propios del mercado. Que se gana, seguramente, obscenidades al momento de cocinar o dejar el plato al comensal. Premio a las ayudantes de su cocina. A la mamá de esta. A la suegra, si tiene. Y a la hija, por el orgullo y la herencia de la buena sazón.


Señora alcaldesa de Lima capital, este mencionado premio debería ser entregado a muchas mujeres que se honran. Aquellas mujeres que sudan y que tienen un ovario más grande que un par de huevos, faldas que parecen pantalones, voces melodiosas que organizan y desahuevan. Me cachen, señora alcaldesa. Ese premio no es para algunas, es para todas. No se necesita candidatura, se necesita ganas y punche, mujeres mejor dicho. No se necesita saber quién ni cómo ni por qué ni un monumento ni alguito de billete (aunque muchas lo necesitan), solo gracias, estrechar las manos y palmotear la espalda. Sabemos de política, aunque sea un poco y de costumbre, señora alcaldesa.


Premio Warmi a la mujer que sacó adelante, muy sola, a su familia. Que el marido le dejó un par de billetes grandes, casa en La Molina, un auto del año y varios moretones en la cara y el cuerpo. Te vas a ir a la mierda, le dijo, cuando cerraba la puerta el muy matón. Premio a esta mujer que pasado un par de años y a punta de cerámica en frío supo hacer que esos billetes que seguramente le habrán sabido amargo (o que jamás utilizó) se multiplicaran para ahora tener a sus tres hijos en las mejores universidades del extranjero. Sola, solísima. Ni familia tenía, por ser ella de bien entrada a la Selva peruana. Y cuando el marido, años luego, con una concha anchísima y enorme, la vio en la tele recibir un premio internacional por su trabajo manual, quiso regresar a la casa, nunca la encontró. La mujer nunca más vivió ahí donde la dejó. Se mudó. Juró que nunca más dependería de un hombre y menos de un supuesto amor lleno de golpes e insultos. Premio a ella que fue mujer digna y luchadora siempre.


Ese Premio Warmi, señora alcaldesa, es para mujeres de diferente estrato social que supieron sobrellevar a su familia, su trabajo, su lucha. Y claro, así defender los derechos internacionales de la mujer. Porque buenas formas y no solo de una se defienden derechos, señora Susana. Así que creo que el premio no es solo para unas cuantas ni en representación ni por el estilo, es para todas las que son reinas de vestido y las de ojotas, warmi del Perú –warmi en quechua– como se llaman.

domingo, septiembre 15, 2013

El día que no existió la suerte



Y nadie pregunta
si sufro, si lloro,
si tengo una pena que hiere muy hondo.

HECTOR LAVOE


Totalmente empastillado, echado en un sillón de mi casa, empiezo a ver El cantante con una gran actuación protagónica de Marc Anthony y JLo. Qué manera, qué aguante. Tremenda Puchis que se encontró el gran Lavoe, tremenda mujer, tremendo guaguancó que debió armar con el gran Willy Colón –cómo no hablar del gran trompetista de esa época, que metió el metal a la rumba que congas–. Porque, como decía, La Puchis, vestida de blanco, botó a todas las amigas que estaban con él en la habitación, lo paró de la cama y con un cigarrillo entre los labios lo llevó a la iglesia y lo hizo casarse con tremendo jolgorio armado. El gran señor conoció, probó y se hizo íntimo amigo de la droga, entre pinchazo y pinchazo, entre líneas de cocaína, se destruía –seguro, por eso los lentes medio oscuros–; pero la gente no sabía nada de ello –o sí–, esa fanaticada locumbeta por su rica salsa portorriqueña no lo dejaba, no lo abandonaban jamás, jamás le dieron la espalda, iban a sus conciertos y se jaraneaban de lo lindo con los temas de los más grandes: Lavoe, Colón, la espectacular Fania y compañía.

Y ahora que ando enfermo con el estómago hecho añicos, que ni un ron con CocaCola puedo saborear, solo me queda ver películas en cable, dándole de sorbos a un tesito caliente. Pienso, pueda que exista una Puchis en mi vida. Una mujer con armas tomar, que me detenga de un solo bofetazo, que me saque las putas de la habitación, que se drogue conmigo pero que no deje que me drogue y me carcoma solo, porque vamos a estar los dos siempre: Era bueno, era malo, pero siempre era hermoso, dijo La Puchis en una entrevista. Cuántos quisieran tener esa Puchis que lloraba en silencio pero era fuerte delante de tremendo hombre que le tocó o ella mismo eligió, de tremenda joya de rumba que le ponía nervioso estar limpio, con los ojos vidriosos, cantándoles a los Santos, a los querubines, porque con los Santos no se juega… Qué aguante, Señor.

Cuando estaba cansado, cuando paraba de bar en bar, cantando porque las orquestas que se presentaban lo reconocían y le hacían llamado a la tarima, cantaba lento, como medio tristón, como que si algo no encajaba en su paupérrima vida. Es en una de esas tantas salidas noctámbulas que recibe la noticia que Tito, su hijo, había muerto, que ya no lo tenía, que se había ido, pero por encima de todo, que lo había perdido por su mala cabeza, por pelear con mamá cuando él estaba jugando en casa, cuando nunca lo escuchó, cuando nunca lo abrazaba cuando todo y nada.

(Ya había recibido la devastadora noticia que el sida corría mezclado con su sangre).

Y, cantando esa canción-himno de todo devastado, de todo caído por las malas juntas, por el mal camino, se tiró del balcón de su casa. Pero no murió el desgraciado, dijo Puchis. Fue a los 46 años que muere Hector Lavoe por el maldito sida. Y, Nilda Román, La Puchis, muere en un accidente, 5 años después de una entrevista que le hicieron sobre la vida del cantante y ese género que todo el mundo hoy le agradece y baila y menea.

miércoles, febrero 27, 2013

QUE SI, QUE NO ó (Revocatoria a la vista, baby)

“Vota a aquel que prometa menos. Será el que menos te decepcione.”

(1870-1965)
Financiero y asesor presidencial estadounidense.

Acá en la capital peruana estamos viviendo la fiebre por la revocatoria y el sí y el no y todas esas vainas de la política cochina. Que dale por el SI, que Susana es la Lady Vaga, que no hace nada, que sólo habla mal de Castañeda, que se joda, que se largue. Que dale por el NO, que Lima no puede parar, que hay muchos proyectos que tienen que seguir su rumbo, que las cosas van bien, que si no habla no es que no esté haciendo nada, que no roba.

Susana María del Carmen Villarán de la Puente es la alcaldesa de Lima. Tiene 63 años. Y es la primera mujer que ha sido elegida alcaldesa de Lima Metropolitana, por medio de elecciones. Tiene algo que ver con Kouri, Flores, Toledo y García, y también con el presidente Humala. Ah, y cómo no con Castañeda, su antecesor en el sillón municipal. Es izquierdista, activista y defensora con uñas y dientes de los Derechos Humanos. (Acepto que todo esto lo saqué de Google. Yo hubiera puesto lo siguiente. “Nombre: Susanita Villarán. Alias: Lady Vaga. Ola Ke Ase: No sé. No habla. No opina. No hace ni mierda.” Rápido y simple, y entendible).

He conversado con varias personas metidas en política y esos rollos, y que tienen relaciones amicales y de labores con Villarán. Y digo, de verdad, que no me han convencido. Me han parloteado y sacado al fresco cifras, juntando números al azar y yo sólo asentía, mostraba mi rostro sorprendido y continuaba  la charla con alguna pregunta interesante. Pero, en realidad, carcajeaba por dentro. Eran tan exactos para mentir. Tan creíbles. Eran tan estúpidas sus excusas para ayudar a alguien que sólo entró al poder para fiscalizar a un tipejo que robó, trabajó y tampoco no habló. Por eso, no defiendo a nadie. Ni a Castañeda. Ni a Villarán. Ni a los que vendrán, seguramente. Lima merece un cambio drástico. Una bomba, quizás. Y debo reconocer, que aún creo en Lourdes Flores Nano para este cargo. La eterna candidata.

Decía que he hablado con varias personas allegadas a la doña y me han dado unas extensas ponencias de porqué votar por el NO a la Revocatoria. Muchos, la llamaban: NO a la Rovocatoria. Y me río, me río, me río, me ríoooooo… como la canción del Puma. Y seguro ellos pensarán ahora, leyendo esta columna: En mi propia cara, ante mis propios ojos, con un amigo del alma, se ve que no te importo, nada… Te has burlado de mí… Y me sigo riendo. Perdónenme todos, señoras y señores.

Le he mentido a toda esa gente. A todos aquellos que me hablaron bonito de Villarán. A aquellos que pensando que diciéndome cifras y comparando los años de poder con otros gobernantes, iba a cambiar mi opinión. Les metí. Actué perfectamente, ahora me doy cuenta. Me creyeron hasta los gestos. Me dijeron que era inteligentísimo y me invitaron a cenar a sus casas, y allí seguimos hablando de la corrupta política peruana y un poco de literatura como para sentirme local.

jueves, enero 24, 2013

ESOS OJOS AZULES

A doña Flor.

Recuerdo sus ojos azules llorando, al ver a la Tata en ese cajón elegantísimo, con flores de todos los colores y aromas a su costado. Recuerdo las palabras de aliento que me daba, sus abrazos que lo sentía como los de mi Tata cuando me decía que todo iba a estar bien. Recuerdo, su pelo blanco, su voz cariñosa y dulce. Recuerdo, su perfume, su caminar pausado, sus miradas coquetonas. Recuerdo sus llamadas por la tarde para que suba al instante: no le hacía esperar y en la puerta a medio abrir estaba ella, sosteniendo un plato de seco o ensalada, para que comas rico, me decía y yo, agradeciendo y no sabiendo qué más decir, bajaba contento con el plato en las manos, mirando para arriba, sonriendo por la buena salud que mostraba doña Flor.

Recuerdo, sus chancletas marrones. Y su casa, que también es mi casa, oliendo a flores e incienso, con las ventanas abiertas, con el aire paseando. Recuerdo sus llamadas de teléfono cuando alguno de mis amigos venía y no tocaba el intercomunicador: creo que alguien te está buscando, me decía y colgaba enseguida. La recuerdo contenta, sosteniendo la copa de champán en año nuevo, diciéndole a mi tía que se quede para cenar juntos. Y es que subimos un rato porque papá tenía que madrugar para ir a trabajar, mi tía estaba resfriada y yo, ir al cine donde me pagan por no hacer nada.

Pero ya no escucho su risa contagiosa cuando me pego a la ventana que da a la calle. Recuerdo cuando se sentaba a esperar a su nieto, y miraba a la puerta del edificio, anhelando su llegada. Recuerdo, cuando yo llegaba antes y cerraba las cortinas: sonreíamos juntos. Recuerdo, cuando la miraba y cuando se reía. Recuerdo su paciencia y preocupación por personas que no eran su familia. Recuerdo sus uñas largas, pintadas; sus labios con un rojo sobrio y las chapas bien coloradas para salir unos minutos a comprar el pan.  
Y un lunes cualquiera, Lima anochecía con la panza de burro acostumbrada. Y fue la panza de burro que se convirtió en una caída de estrellas que detenían su viajar en el piso cochino y lleno de caca. Un lunes que atardeció rápidamente y una noticia inesperada llegó al contestar la llamada diaria de mi padre. No te creo, le dije, sudando frío. Y agarré fuerte el teléfono porque lo sentí caer por mi cachete helado. No sabía qué hacer, qué decir, qué insinuar, qué… Ya no estaba la doña que cuando mi abuelita se fue tranquilita, me llamaba para darme medio kilo de papa canchán o un plato bien taipá de tallarines verdes con churrasco. Porque cuando la Tata se fue, en doña Flor  refugié mis alegrías y conversaciones íntimas, conversaciones que ahora revelará a su amiga de siempre, cuando las dos me miren y se rían como siempre se reían al verme hacer payasada y media.  


Y ya no está. Y la extraño como extraño a la Tata que se fue de estos caminos llenos de mierda hace como un año y medio, si no me equivoco. Ya no está, y ahora juntas revolotean y ponen de vuelta y media el cielo infinito del que tanto hablaban todas las tardes-noches cuando salían a regar el jardincito que hoy está más florido que nunca. 

miércoles, octubre 03, 2012

APRENDÍ

«Escribo porque no tengo perro que me ladre»
Por favor, no me beses (Pag 13) 
Beto Ortiz

Aprendí a ser solo. Sí, porque estar solo es una cosa muy diferente a ser solo. Yo soy. Y eso lo aprendí leyendo, lamentablemente, a Beto Ortiz.

Aprendí a ser loco y loca: loca cuando se necesita y loco cuando quiero. Aprendí a escribir como un tremendo cabro. Aprendí a caminar como una bella doncella. Aprendí a cruzar las piernas al sentarme. Aprendí a comer sin poner los codos en la mesa. Aprendí a ser varón, a tener palabra de hombre, a dar el asiento cual caballero. Falté a la clase para aprender a ser macho y aprendí a ser macho-macho-meeen.
Aprendí a jugar dominó, solitario Spider, buscaminas, pacman y algunos jueguitos de mesa que no sabía que se podían jugar solo, solísimo. Aprendí a hacer pataditas en mi habitación maloliente y darle a la pared alucinando que estoy en un entrenamiento pichanguero de precisión absoluta: derecha, zurda, cabecita, culo, cabecita… mano, sí, porque meter mano no es falta cuando juegas con nadie.

Aprendí a recitar con esa voz estúpida que utilizan los poetas cuando quieren leer en voz alta sus primeros versos para darse un baño de fama prole. Aprendí a decir te quiero pegando el cachete a la ventana, una noche cualquiera, siempre y cuando sea estrellada y el recuerdo de tu perfume me conmueva. Aprendí a ser cursi, a leer poemas apenas me levanto, a escribir cartas y guardarlos en el último cajón de mi cómoda, junto con los chocolates y peluches que nunca te regalé. Aprendí a decir te extraño, ahora que contemplo tu foto enmarcada en la pared donde están los anaqueles sosteniendo mis libros preferidos. Aprendí a bailar tango. Aprendí a bailar salsa, timba y guaracha. Aprendí a bailar rocanrol. Aprendí a bailar el vals para quinceañera, despacio, tratando de no mezclar el lento con la timba y cruzar las piernas y toma, negrita… cintura, mami, cintura. Aprendí a bailar el lento con mi soledad. Aprendí haciendo palmas, primero, tirándome un paso, después, y metiéndome al baila que te baila, con alegría y quimba y saborcito, coloradito, para ser un máster en salsa de salón, Ricky ricón. Aprendí a cantar Amiga mía de Alejandro Sanz. Aprendí a cantar, mientras comía lomo saltado, mientras tomaba una sopa archi-ultra-mega-súper-caliente, mientras me endulzaba los labios con una gran bolsa de esos caramelitos que parecen pelotitas y tienen la bandera de algunos países en la envoltura. Aprendí a bailar tango escuchando a Gardel. Aprendí a recitarte en las mañanas escuchando a Sabina.

Aprendí a tomar café, y a prepararlo. Aprendí a sumergir la galleta Óreo en leche fresca y comérmela en bocados pequeños para que dure. Aprendí a saborear la comida que tenga al frente. Aprendí a distinguir el agua hervida del agua de caño. Aprendí a escuchar. Aprendí a escucharme. Aprendí a tocar lo que no se debe. Aprendí a no tocarme cuando quiero. Aprendí a seguir tocándome cuando ya no hay ganas. Aprendí a decir stop, y no hacerme caso. Aprendí a hacer caso cuando alguien me dijo go, go, run it all free, y sin voltear, fui pa’ lante, jugador, y salí ganao, contento y en carcajeos.

Aprendí a amarte más que nunca. Aprendí que los para siempre casi nunca son para siempre y que los nunca, casi siempre no se cumplen. Porque nunca dejaré de pensar en ti. Y te amaré para siempre, mi vida.
Aprendí a caminar derecho, a mirar a los ojos, a no arrastrar los zapatos. Aprendí a llamar a mis amigos por sus apellidos paternos. Aprendí a enviar mails. Aprendí a ver televisión cultural. Aprendí a escuchar Radio Mágica, la hora de The Beatles. Aprendí a escuchar radio Capital y RPP y pelearme con los interlocutores y venerarlos cuando pienso que están bien. Aprendí a no decir pe, jerma, batería. Aprendí a cruzar las manos cuando expongo algo. Aprendí a meter las manos en los bolsillos cuando el frío cala en los huesos.

Aprendí a dormir a las dos de la madrugada, ni un minuto más. Aprendí a leer antes de dejarme llevar por el cansancio y el sueño absoluto. Aprendí a tomar Coca-Cola sin helar, antes de irme a la cama con el libro de turno. Aprendí a limpiar la caca del gato antes de servirme gaseosa negra en la taza blanca. Aprendí a escribir huevadita y media, antes de meterle mano a la tina donde El Negro mea y caga y uno limpia y limpia como su chacha personal que es. Aprendí a descansar de tres a seis, religiosa y disciplinadamente. Aprendí a experimentar con la comida. Aprendí a romperme la cabeza para saber qué cocinar y agarrar dos bolsas de fideos canuto, Salsati o Campomar, y sancochar, mezclar y tragar. Aprendí a escribir cuando quiero, y no cuando puedo. Aprendí a no escuchar música cuando escribo. Aprendí a escribir en voz alta para ver si las palabras van sonando bonito. Aprendí a escribir de diez a una pe eme. Aprendí a barrer la habitación que no es mía, a trapear la cocina que no es mía, a sacarle el polvo a los adornos que tampoco son míos. Aprendí a cantar música criolla, moviendo de lado a lado la escoba de frágiles cerdas. Aprendí a escuchar a Luchita Reyes y Lucía de la Cruz, apenas bajo un pie de la cama. Aprendí a recitar un poema a viva voz apenas me siento nuevamente con vida. Aprendí a respirar tres veces, antes de abrir los ojos… a decir buenos días a nadie, a voltear siempre a la izquierda para ver si El Negro aún duerme o ya está metiendo el hocico a su plato verde lleno de galletitas de Cat Chow. Aprendí a sacarme de encima la frazada con dibujitos y carritos, imitando a mi mamá. Aprendí a ponerme las pantuflas sin ayudarme con las manos como me enseñó mi papá. Aprendí a despertar solo, a beber un sorbo de agua para que la sangre me lleve a la mocha loca.

Y desde que aprendí a despertar solo, a decirle buenos días a nadie, a suspirar mirando el cielo gris, a cocinar lo que se me ocurra, a mantener limpio un departamento que no es mío. Desde aquel triste día, aprendí a ser sólo, porque estar y ser son cosas muy distintas.

Y sí pues, infeliz, estúpido pero tranquilo. Y solo. Carajo, solísimo, ¿manyas?

Aprendí a ser solo. 

viernes, septiembre 28, 2012

EL RECUERDO DE TU AMOR MARICÓN

Alan García, piurano querido.

Te escribo, desnudo, mientras me pinto los labios con el carmín que me regalaste la primera noche de tragos que tuvimos en tu depa. Sonrío y me sonrojo. El rojo me queda bien. Me queda precioso. Me veo más maricón que antes, más mujer, mas lady. Siento ganas de besarte, de apachurrarte con mis brazos enclenques, de morderte el cuello y hacerte vibrar, que me digas ya no más, stop, tranqui, que me pellizques susurrándome soy sólo tuyo, hazme lo que quieras, corazón de melón.

Estoy calato, como Dios me trajo al mundo. Recién salgo de la ducha. Me he bañado con agua tibia para recordar el calor de tu cuerpo. Me he tocado, me he chupado. He gritado como puta cuando me he enjabonado pensando en tu nombre y en tu sexo. Cuando el jabón se me cayó y lo recogí despacio, te sentí detrás de mí, sentí tu bulto, tu aliento en mi nuca. Es un placer recordarte con mucha ternura. Sonreí, delicado, casi me resbalo pero supe cogerme fuerte. El agua chorreaba por mis partes, recorría delicadamente mi cuerpo. Me sobaba, con cuidado. Me eché el champú que usabas cuando vivíamos juntos, me masajeé la cabeza por más de media hora, me sentí bien, más calmado, más tranquilo. Me sobé la cabeza como tú lo hacías, lento y fuerte, metiendo los dedos entre los cabellos furiosos que tengo y rascando con las uñas bien cuidadas.

Me visto, paciente. En calzoncillo voy al ropero y escojo el jean negro que te gustaba porque me quedaba apretado, qué rico culo, me decías, y me dabas una palmadita para que avance erguido. Busco un polo en la cómoda, uno blanco, de cuello, con rayas azules, formalito, como para buscar novia en Miraflores fumando un pucho. Medias de colores, no son pares, encuentro las mejores y me las pongo en el acto. El pantalón me ajusta los huevos, me jode, quiero quedarme con el pantalón y quitarme los huevos, no me sirven para nada. El polo de cuello hace que me vea más varón que de costumbre. Zapatos de taco mínimo, en punta, elegantes, negros. Este polo me gusta, me queda perfecto, pero me hace ver muy hombre.

Me perfumo con la colonia que alguna noche me dijiste esta te hace sentir un machazo y nos reímos del chiste. Sí, el frasco azul, transparente, con letras negras y tapa blanca. Rocío un poco en mis manos, me sobo los cachetes, el cuello, me peino tratando de aromatizar mis trinches castaños. Recuerdo tu olor, tu cuello, tu pose machaza cuando hablabas con Karina, ¿recuerdas? ¿Recuerdas a esa mierda? Esa puta te quitaba mucho tiempo y sólo ibas a mi casa en las noches, media hora, no más. Ibas cansado, con el polo sucio y arrugado. No me gustaba verte así, pero era el único momento que podía acariciar tu piel delicada, y me olvidaba de todo y te llevaba a mi cama para jugar. Recuerdo los juegos y mis risas. Recuerdo tu enojo cuando me callabas, no hagas bulla, huevón, me decías, poniéndome el dedo en la boca, mientras yo lo chupaba y te manoseaba por encima del pantalón.

Estoy bien vestido, muy formal y varonil. Me siento raro, aunque me haya sentido así desde que me dijeron que tenía que enamorarme de mujeres bonitas, blancas, de ojos y cabellos claros. Estoy perfumado, huelo rico, huelo a ti, a tu recuerdo. Me veo como una verdadera puta, puta en celo buscando un  macho galante que tenga gruesa la billetera y el muñeco.

Tengo los labios pintados de un rojo chillón. Me pinté los labios para recordarte. Tú lo hacías. Te gustaba llamar la atención, puta de mierda. Lo primero que hice, cuando salí de la ducha, fue pintarme los labios, calato, mostrando mis pequeñeces a nadie. Camino calato en mi casa. Juego a que me miran y me ruborizo, y paro el culo para ver si alguien le da una manito. Pero te recuerdo, de repente, y soy tuyo, sólo tuyo, tu propiedad, y canto ese tema de Evita Ayllón que me dedicaste en una madrugada borracha.

Para que sepan todas, que tú me perteneces, con sangre de mis venas te marcaré la frente. Para que te respeten aún con la mirada, y sepan que tú eres mi propiedad privada… Cantabas, con el pecho inflado, chupando de a pico una chata de ron, molestísimo. Porque mi pobre alma se retuerce de celos, y no quiero que nadie respire de tu aliento. Cantabas a pulmón lleno, carraspeando. Me cantabas a la cara, me gritabas, me ordenabas, me decías qué hacer. Asentía y me cagaba de la risa, también estaba borracho. Sonreía y te abrazaba, tú no querías abrazarme, me cantabas con furia loca, porque te pertenezco, me levantabas la cara cogiéndome del mentón, y me seguías cantando. Me escupías. No dejaba de sonreír, mientras me mirabas fijo, quitándome lo poco que me quedaba de ropa.

Ahora te recuerdo, tocándome lento por encima del pantalón, modelando para nadie, mirándome en el espejo roto, besando de rojo pasión a la soledad que me estruja los huesos cuando quiere y puede, pintándome el recuerdo rojo de tu amor maricón. 

martes, septiembre 11, 2012

DULCE SEÑORITO

Se fue sin decir adiós,
sin un grito ni un lamento,
creo que iba contento...

Tam Tam Go

Él, pertenece a las más altas esferas de la escritura urbe limeña. Sir, magnífico.  Va  a pie y le apesta todo. El claxon de las crazy combis le aturden la cabecita loca, me revientan los tímpanos, piensa, y le empieza a doler la mollera, hace un stop repentino y, desconsolado, se derrumba en una banca del parque del centenar de felinos.

Juega a ser bi, chilla como la chilindrina y saca el varón que no tiene cuando las papas queman. Abre sus alas mariposa para volar por senderos desconocidos, de la mano de su hermosa compañera, miss y lady y madamme. Ella le aguanta sus caprichos, sus deseos y engreimientos. Lo protege de la intemperie malvada que lo quiere corromper y hacer añicos, que le quiere destruir su acelerada carrera de escritor. Que le quieren robar sus textos publicados en la web, porque el muchacho escribe en el extranjero y tiene un futuro prometedor.

Escribe desde muy chico, desde que se dio cuenta que le gustaban tanto las mujeres como los hombres. Escribe sobre esos besos dulces que llegaron a su cuerpo blanquiñoso y que con el tiempo se convirtieron en ácidos ósculos que reniega  al recordar. Reniega de los machos que pasaron y dejaron huella. Reniega por las huellas. Por los machos. Por lo que nunca pasó. Reniega y reniega, y chilla como top model posando para la portada SoHo.

Camina por la sombra y los piropos callejeros le hacen abrir las alas multicolores. Sonríe la muy puta, o el muy cabrón. Sonríe pero se siente hombre y sigue caminando con la cabeza gacha, ajustando el culo y pisando fuerte, pisando fuerte. Las mujeres más bellas lo conocen, saben de qué pie cojea, qué le gusta y qué detesta. No le dicen nada, es uno de los suyos pero con otra pinta, con voz más ronca, con pelo corto y actitudes alborotadas. Las que no lo conocen, le silban, lo miran, él las detesta, las mira, les sonríe, juguetea con su mirada cabrona y ellas carcajean en grupo, cuchichean. Dicen que escribe, comentan las muchachas, paran el culo e inflan las tetas. Él, aguanta el grito chavón dentro suyo, les mienten, sonrisitas y parada de macho.


Se envalentona cuando la sonrisa no lo acompaña y el jugueteo fácil se vuelve tosco e insípido. Le hierve la sangre cuando pisa débil, estando él, el más lindo de la facultad, el de los ojos azul y pelo castaño, largo, lacio hasta los hombros. Frunce el ceño cuando tiene que decir las cosas crudas: respira, duda y escupe, lento y pausado. Habla fuerte, pero el aire se le escapa. No puede, se achica, pinki promise, querida. El más lindo de la facultad lo conoce, el más lindo también es linda, lo coge fuerte del brazo, tú no me engañas, le dice, y lo sujeta como novio recontra templado. El vale todo empieza con una guiñada maricona, que cómo estás, qué onda, y caminan a paso de procesión por los lares más pipilisnáis de la Lima coquetona. Él está bien happy con el sueño cumplido. Se le hizo a la maricona. El sol apremia. Caminan por la sombra y hablan de los muchachos del Golden Gym. Escribiré una crónica del día, le dice, contemplando sus ojos azules que brillan por los rayos del gringo imponente, mientras le mira el bulto a esos tíos de saco y corbata que salen de un conocido casino en plena Larco.

sábado, septiembre 08, 2012

¿4 FANTÁSTICOS?

Pueden entrar a La Pichanga para más info futbolera.

El Perú, años atrás, se caracterizó por jugar bien al fútbol, al toque pícaro, a la gambeta quimbosa, a las paredes desde la media cancha hasta gritar gol en el arco rival. Ahora no hay nada de eso, no existe esa pasión desde el primer minuto hasta los descuentos, claro, cuando juega la blanquiroja todos estamos prendidos de la tele (si juega de local, en el estadio), pero es porque nos llama la tierra, la sangre, las ganas de ser mejor que todos, la nación, la gente, el pueblo, eso llama.

Cómo olvidar a Cueto, con esa zurda que cuando quería escribía un poema de pase, pintaba un cuadro con ese pincel hecho pierna y al delantero le decía ya, métela compadre. Cómo olvidar el regate de Uribe, ese negro diamante que brillaba con luz propia cuando llevaba el balón pegado al pie, cuando escondía la redonda ante la mirada atónita de los franceses que se quedaban lelos, como postes, en el verde. Cómo olvidar a Cubillas, al Cholo Sotil, a Oblitas, al Trucha Rojas. Cómo olvidar al Patrón Velázquez, mordiendo en ese mediocampo de lujo, haciendo respetar la camiseta, poniendo la mano en la cara a quien tenía que ser, a quien se pintaba de malcriado frente a esos jugadores que la sudaban y jugaban bonito, a toque limpio, terso, gritando gol a todo pulmón cuando la gordita chocaba con las redes de los argentinos que nos tenían respeto.

Ahora damos todo por Pizarro, Farfán, Guerrero y Vargas. Está bien, son buenos jugadores, nadie lo discute: Pizarro, el mejor extranjero en toda la historia del fútbol alemán, okay. Farfán, indiscutible titular en el Schalke 04, okay. Guerrero, dejó el Hamburgo para llegar al campeón de la Libertadores (bien, aunque mucha gente diga que es un retroceso. El fútbol brasileño está en alza, digo). Vargas, de la Fiorentina al Genoa, siempre en el balompié italiano, okay. Es simple, en menos de diez palabras describo: Pizarro, cada vez que viene no le sale nada con la sele (no quiere o no puede o presión, no sé, pero no le sale nada). Farfán, la indisciplina puede más, las juergas y mujeres (aunque debo aceptar que a veces digo: si este negro juega como siempre lo hace, que haga los tonos que quiera, pero que invite también). Guerrero, mis respetos, cuando toda la presión la tenía Pizarro, el depredador metió el único gol en el partido que jugamos frente a Senegal, en Matute (partido amistoso previo a la Copa América, y todos sabemos lo que pasó en esa copa: goleador, mejor jugador, tercer lugar, ¡Ay, Guerrerito!), desde ahí comenzó todo, desde ahí se vendían sólo sus camisetas, desde ahí siempre era él quien gritaba gol, desde ahí no le pesó la sagrada, desde ahí pienso que es el capitán. Vargas, el loco, el gordito, no lo querían en el cuadro violeta y pasó al cuadro donde seguramente jugará con Andy Polo. Vargas era el que le metía cojones a la selección, era él, ahora con Guerrero basta y sobra, loquillo, digo nomás, no me mires feo.

Acá quería llegar. Mucha cosa con los 4 Fantásticos, pienso yo. No, señor, no señora, no mamita, no papito, no son fantásticos y no son 4. No chibolito, no te desesperes más, abre los ojos, no te dejes llevar por la prensa amarillista que compras cuando tu sele está bien. Repeat after me: Cua-tro-fan-tás-ti-cos-ya-no-más. No pues, no mintamos más, no más vende humo, la gente necesita cosa seria, la gente necesita jugadores que quieran sudarla de verdad, que se rajen por su selección, que jueguen por amor a la camiseta, que cuando se les llame vengan felices, con ansias de hacer las cosas bien, con hambre de gloria. No más 4 Fantásticos, please. No más mentiras. Fantásticos lo de antes, lo que hacían del fútbol un arte para la afición conglomerada en la tribunas del Nacional, los viejos saben de lo que hablo. Fantásticos deberíamos ser todos, los jugadores, la prensa, el hincha, los dirigentes, Burguita please, lárgate, haz de tu vida lo que quieras; te doy cinco segundos  o si no te saco la… sagrada camiseta con la franja roja en el pecho.

Una pregunta para terminar, siento esto y quiero compartirlo con ustedes en forma de interrogante, a ver si con la mano en el corazón, responden: ¿Acaso, el Mago se siente obligado a poner de titulares a Pizarro, Vargas, Farfán y Guerrero? ¿Acaso, el Mago se siente obligado a poner de capitán a  Pizarro porque  pesa en la FPF? ¿Acaso Pizarro pesa más que el propio director técnico? ¿Tenemos director técnico? Gracias, Phillip Butters.


Aquí, paramos la redonda.