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martes, febrero 18, 2014

El vía crucis del hincha (o Perico detrás de un amor)

Perico recién había cumplido los catorce y ya iba al estadio solo desde hacía un par de años. Lavaba carros en una avenida principal de Lima para poder conseguir el dinero que le ayudaría para comprar la entrada a la tribuna popular. Lavaba todos los carros posibles cuando el semáforo se pintaba de rojo y los choferes sacaban el brazo zurdo que hacían descasar en el marco de la ventana. No les hablaba, de frente chisgueteaba agua con shampoo y pasaba una herramienta como un rastrillo o una escobilla y sacaba todo el jabón del vidrio delantero, luego le pasaba un trapo seco y de algodón por las puertas y volvía a limpiar los vidrios con un poco de hojas arrugadas de cualquier periódico de modelos para dejarlos como un cristal reluciente. Cuando se acercaba al chofer, algunos le daban ripios, otros, monedas de cincuenta y raros eran los que le daban un sol, hasta cinco soles.  Guardaba el dinero rápidamente y agradecía, siempre cortés. Todo lo que le daban lo metía en un canguro que le colgaba de la cintura, bien amarrado por detrás y asegurado a su pantalón con un candado porque esa avenida muy transitada de Lima quedaba en La Victoria y habían muchachos que eran mayores que él, más sabidos, pendencieros para lo malo, para lo que –gracias a Dios y su buena cabeza– el muchacho nunca cayó.


Había llegado el sábado que jugaba su equipo de local y como siempre Perico iría al estadio. Tenía el dinero completo para comprar las entradas y le sobraba un poco más para el pasaje y una gaseosa mezclada con agua de caño que vendían en las graderías. Eran las ocho cuando despertó en la banca fría de un parque lleno de árboles, se sentó, bostezó y revisó si tenía consigo su canguro marrón con más bolsillos que monedas. Cuando lo sintió consigo se paró lentamente y estirándose volvió a bostezar produciendo un rugido que lo despabiló y lo hizo entrar en sí. Sacó de su viajera y vieja mochila la camiseta de su equipo y se la puso cumpliendo una ceremonia como religiosa cada vez que juega, porque si no se la pone desde que abre los ojos el día que juega,  le va mal, no gana, hasta pierde por goleada.


Perico caminaba por la plaza, por sus calles, sus callejones. Sabía por dónde caminar, no era tonto, sabía por dónde meterse con la camiseta de sus amores, no se metía por barrio ajeno como para que lo saquen corriendo y a pedradas. Además, el muchacho tenía amigos por todos lados, todos lo conocían y los saludaban, sabían quién era y que no se metía con nadie. Algunos que eran hinchas del mismo equipo le hacían barra porque sabían que siempre iba para el estadio y el muchacho en su andar apurado les gritaba o les decía vamos o simplemente les hacía una seña con la mano sonriéndoles, porque después no podía ni hablar de tanto que gritaba en la tribuna y quedaba tan ronco y afónico al día siguiente del partido. Y caminaba lento o rápido para llegar al estadio por lo menos una hora antes, hacer la fila y entrar. Se cruzaba con mucha gente, mayormente gente de edad que le decían cuidado muchachito, o también se cruzaba con otros chicos con los que jugaba pelota y él les decía vamos al estadio y ellos le decían que no, que papá no les había dado propina o que no les dejaban ir a esos lugares, entonces Perico les decía que no importaba, les hacía adiós con la mano y seguía el ritmo de su andar callejero. 


Cuando llegaba al estadio, lo primero que hacía el muchacho era comprarse algo para comer, quizás un platito hecho al instante de arroz chaufa o una galleta soda vainilla. Los días que iba al estadio no almorzaba, no le alcanzaba la plata, le quedaba lo justo para ir, regresar y darse un gusto de bebida en el medio tiempo mayormente. Comía lo que podía encontrar con menos de tres soles, si era más tenía que irse caminando. Comía rápido para que nadie pudiera quitarle, mirando a todos lados y por primera vez se veía el miedo en sus ojos saltones y tristes. Caminaba hacia la cola, saludando a todos los que le gritaban o silbaban porque también lo conocían: oye, coloraito, se escuchaba; vamos, Periquito, siempre alentando, siempre viniendo, esto es un hincha, carajo, le decían los más viejos. Él le sonreía a todos y saludaba haciendo señas con la mano, raras veces decía hola a los muchachos pero nunca olvidaba el qué tal, señor, hoy ganamos como sea, para los mayores. Por eso siempre le tenían aprecio, porque Perico era respetuoso, sabía hablar y tratar a la gente y nunca perdía la sonrisa desde el primer auto que lavaba hasta que salía del estadio para volver a la banca del parque a descansar un poco.


En la cola siempre le hacía el habla a los señores, ellos le hacían quecos, lo cuidaban, lo hacían pasar como uno de sus hijos para que la policía no lo boten o no lo tomen de pirañita, mientras él les contaba que para venir a ver a su equipo lavaba unos cuantos carros para solventar la entrada, que no tenía papá ni mamá, que no quería recordarlos tampoco. Los señores le decían que regrese a su casa, que era muy guagua para estar en la calle solo, él les decía que para qué, que su casa era un parque con árboles enormes, que su cama era una banca bien cómoda bien chévere y que estaba feliz. Así, mientras esperaba en la cola porque las puertas aún estaban cerradas, les contaba su vida a muchos, por eso era tan conocido y de una manera u otra respetado, porque sabían que antes de estar parado en la cola tuvo que pasar un vía crucis en la esquina de alguna avenida para pagar su entrada y comer en el día, él solo, el mismo, sin ayuda de nadie.


Y cuando ya había pasado por lo menos hora y media de esperar en tremenda fila que llegaba hasta la otra avenida porque el equipo jugaba con el puntero del campeonato, las puertas se abrieron lentamente mientras alguien gritaba, por dentro, tremenda frase como disco rayado: péguese a la pared, fila de a uno, entradas a la mano… péguese a la pared, fila de a uno, entradas a la mano… Y la fila comenzó a avanzar con Perico que con una sonrisa como dibujada en su rostro, empezaba a tararear los cánticos de la barra que esperaba a la gente al son y ton de las tarolas y trompetas.


domingo, marzo 24, 2013

CUANDO JUEGA PERÚ

1.

No tenía planes dónde ver el partido. Un Perú-Chile que lo esperaba mordiendo los dientes y furia contenida. Con sabor a venganza deportiva por lo que pasó en Santiago. Un partido que quería verlo parado, porque parado se ven los partidos que quieres jugarlos. Estaba nervioso, impaciente. Pensé que una copita de pisco puro, acholado, me calmaría.

2.

Nadie me llamaba. Se acercaban las 8 de la noche y nadie me invitaba a ningún lado. Pensé en ver el partido solo. Hago mi ceremonia y lo veo solo, solísimo. Pero es Perú, no es Alianza. Y yo, solísimo, veo los partidos de Alianza Lima. Aunque cuando Perú, juega Alianza. Y cuando Alianza está bien, Perú está bien. Sí, son excusas. La cuestión, acá, es que no quería ver solo el partido.

3.

Me llamó un buen amigo. ¿Dónde estás?, le pregunté al instante. En San Isidro para ver el partido con mi papá, respondió. Asentí y empezamos a hablar de otra cosa. Colgué. Uno menos.

4.

Se acercaba la hora del partido y nadie tenía la intención de verlo conmigo. Me voy al Casino Fiesta solo, pensé. Y como un hongo, parado, gritar solo, chupar  solo, malhumorarme solo si los jugadores no ponían los huevos que tenían que poner. Y con tanta gente que estará apachurrada de su novio de turno. O los amigos, y las amigas que no se encontraban desde el fin pasado. Todo, solo. Como un hongo, ¿no?

5.

Diez minutos antes de las nueve de la noche. Por la televisión se veía el Nacional repleto,  las gentes pintando con el colorido de sus polos la totalidad del estadio. Los largos globos que se suspendían en el aire y esperaban la salida de los equipos a la cancha. El hambre por meter gol en el arco donde se pare el portero chileno. Nueve de la noche. Una llamada tras otra. Me sentí raro al responder, a todas, que el partido lo veía solo porque Perú es Alianza, y cuando Alianza está bien el Perú está bien, y cuando Alianza juega… Lo que no entiendo es por qué cuando explicaba mis razones todos me insultaron, me mandaron a la mierda y me colgaron recordándome a mi madre.


¡Arriba Perú!

viernes, septiembre 14, 2012

LADY PIZARRO Y MI RONQUERA o (crónica contra la albiceleste)


Columna de todos los viernes en La Pichanga.

He quedado ronco. He gritado con mi voz de cabrilla adulta todo el maldito partido. He insultado al árbitro cuantas veces he querido, tocando mi televisor, queriendo atravesarlo cual pela terrorífica para meterle un lapo y ordenarle que  cobre la falta que yo creí que fue. Me he quedado ronco, insultando a lady Pizarro cuando falló el penal, a los pocos minutos que empezó el partido. Que se vaya a la mierda, decía, está maldito ese gringo de puta, agregaba. He quedado ronco, también, porque he escupido todos los insultos que no creía jamás vociferar, en la habitación de mi padre, con la ventaba totalmente abierta y el viento que entraba como Pedro en su casa.

Me mantuve sereno hasta una hora antes del Perú-Argentina. Amigos me preguntaban, me pedían pronósticos, yo ignoraba las peticiones y ejecutaba un plan de salida con un cambio de tema espectacular. Nadie me creía, sabían que no quería hablar de fútbol y me empezaban a preguntar por mujeres. Asentía, alegremente, cuando la mencionaron, escribí un par de cosas y seguí con lo mío. Sonreí cuando me dijo un amigo argento que íbamos a perder por goleada, me mandó un extenso mail diciéndome que nuestra relación amical no se verá afectada por la pérdida de la noche y más vainas, respondí conciso que todo se vería a las ocho con treinta, en el campo de juego, y me despedí, mandándole saludos y besos cariñosos. El tipo me había enviado otro mail: Sos un hijo de puta, ¿crees que le darás pelea a Messi y todo su séquito? Tuve la delicadeza de responderle: El mejor del mundo sabrá jugar como mejor lo hace y en mi Perú querido. Haremos hasta lo imposible, che. No envió más y contento esperé la hora de la hora, ¿de nuestra muerte, amén?

Mis pies comenzaron a moverse cada vez más rápido, incontrolables. Son los nervios, pensé. En el Twitter la gente publicaba al segundo: En el Nacional el público… La selección ya está en camino… Messi luce confundido… Guerrero en la banca… Más me entraban los muñecos y me alucinaba a los jugadores que estarían en la zona de guerra, con toda la afición hinchando y reventándoles los tímpanos, coreando sus nombres y al insignificante yerro, el insulto respectivo.  Me imaginaba a cada uno contra esos cucos gauchos tan soberbios que vinieron tan confiados que hasta prepararon parrila en el living del hotel.

Canté el himno con el pecho inflado, llorando como nunca había llorado. Estaba ansioso, quería que el árbitro pitara el inicio. Por la tele pasaban las caras de Mascherano, de Messi, de Higuaín, los puteé con ganas locas, hijo de puta, cabrón de mierda, les decía, pensando que me escuchaban, sacando el maleante de ventana que ciertas veces me acompaña. El árbitro pitó y se movió la redonda. Pasando el minuto de juego, Farfán desbordó y Di María le metió un señor patadón karate kid, cometiéndole penal. Lo grité, volví a llorar y el bobo se me puso a mil. Lady Pizarro salió a la pasarela, agarró el balón y en puntitas lo colocó en el point, retrocedió pensando en Barbies, corrió pensando en sus caballos, y falló, se arregló el peinado, nervioso, y alentó a sus compañeros frente a un contexto que le quería sacar la entre puta.

Grité el gol que no fue, recité el diccionario lisuriento que alguna vez mi abuelita me enseñó a memorizar, en orden, las más tranqui al comienzo, después las bombardas y el piquito chabacano. Marca ahí, carajo, gritaba. Tírate, huevón, que no la tenga, que no la tenga tanto tiempo, agregaba. Messi y la puta que te parió, decía cuando la tenía La Pulga. ¡Ronaldo, eres el mejor, diablo!, decía y un peruano, en carretilla, le sacaba el balón al enano que nunca se supo parar en el remodelado Nacional que lució espectacular.

Tiro libre, a ver las prácticas con el Mago. Saca Lobatón para Cruzado, al costadito, despacito. Rinaldo le saca un pase de la nada a Advíncula que corría por la banda derecha, el negro que corría tipo Bolt-choro-monce se encontró el balón y sacó un pase a ras de piso para el centro del área argentina. La encontró Zambrano que la punteó y empezó a correr para gritar el primero con toda la gente de Occidente. Grité como nunca. ¡Gol carajo! ¡Argento maricón! ¡Y dónde están, y dónde están…! Grité tanto que los vecinos del edificio tuvieron que bajar para tranquilizarme y darme agüita de Azahar que tomaba de a pocos, gritando con lo poco que me quedaba de aliento y garganta.

Me sigue doliendo el pecho que me golpeé ayer como Tarzán de la selva en el primer gol. Me zumban los oídos. Tengo un dolor espeluznante en la cabeza, me vuelve loco, me saca de quicio, me hace caminar malhumorado y contestar feo y no dejar que Dianita ladre a cuanto salvaje se pone a jugar en el Acapulco. He gritado como nunca, he puteado como nunca, he golpeado mi televisor como nunca, pero está intacto, no se ha roto, no se ha rajado, no se ha quiñado, y eso me saca una sonrisa maricona.  Le escupía a la tele, pisaba fuerte, como parando un balón, pateaba la cómoda como tratando de patear -cual cañón en 28 de julio- cuando lady Pizarro estaba al frente del balón, en ese penal que no supo mandar a romper las redes del cuadro de Messi y compañía.

sábado, septiembre 08, 2012

¿4 FANTÁSTICOS?

Pueden entrar a La Pichanga para más info futbolera.

El Perú, años atrás, se caracterizó por jugar bien al fútbol, al toque pícaro, a la gambeta quimbosa, a las paredes desde la media cancha hasta gritar gol en el arco rival. Ahora no hay nada de eso, no existe esa pasión desde el primer minuto hasta los descuentos, claro, cuando juega la blanquiroja todos estamos prendidos de la tele (si juega de local, en el estadio), pero es porque nos llama la tierra, la sangre, las ganas de ser mejor que todos, la nación, la gente, el pueblo, eso llama.

Cómo olvidar a Cueto, con esa zurda que cuando quería escribía un poema de pase, pintaba un cuadro con ese pincel hecho pierna y al delantero le decía ya, métela compadre. Cómo olvidar el regate de Uribe, ese negro diamante que brillaba con luz propia cuando llevaba el balón pegado al pie, cuando escondía la redonda ante la mirada atónita de los franceses que se quedaban lelos, como postes, en el verde. Cómo olvidar a Cubillas, al Cholo Sotil, a Oblitas, al Trucha Rojas. Cómo olvidar al Patrón Velázquez, mordiendo en ese mediocampo de lujo, haciendo respetar la camiseta, poniendo la mano en la cara a quien tenía que ser, a quien se pintaba de malcriado frente a esos jugadores que la sudaban y jugaban bonito, a toque limpio, terso, gritando gol a todo pulmón cuando la gordita chocaba con las redes de los argentinos que nos tenían respeto.

Ahora damos todo por Pizarro, Farfán, Guerrero y Vargas. Está bien, son buenos jugadores, nadie lo discute: Pizarro, el mejor extranjero en toda la historia del fútbol alemán, okay. Farfán, indiscutible titular en el Schalke 04, okay. Guerrero, dejó el Hamburgo para llegar al campeón de la Libertadores (bien, aunque mucha gente diga que es un retroceso. El fútbol brasileño está en alza, digo). Vargas, de la Fiorentina al Genoa, siempre en el balompié italiano, okay. Es simple, en menos de diez palabras describo: Pizarro, cada vez que viene no le sale nada con la sele (no quiere o no puede o presión, no sé, pero no le sale nada). Farfán, la indisciplina puede más, las juergas y mujeres (aunque debo aceptar que a veces digo: si este negro juega como siempre lo hace, que haga los tonos que quiera, pero que invite también). Guerrero, mis respetos, cuando toda la presión la tenía Pizarro, el depredador metió el único gol en el partido que jugamos frente a Senegal, en Matute (partido amistoso previo a la Copa América, y todos sabemos lo que pasó en esa copa: goleador, mejor jugador, tercer lugar, ¡Ay, Guerrerito!), desde ahí comenzó todo, desde ahí se vendían sólo sus camisetas, desde ahí siempre era él quien gritaba gol, desde ahí no le pesó la sagrada, desde ahí pienso que es el capitán. Vargas, el loco, el gordito, no lo querían en el cuadro violeta y pasó al cuadro donde seguramente jugará con Andy Polo. Vargas era el que le metía cojones a la selección, era él, ahora con Guerrero basta y sobra, loquillo, digo nomás, no me mires feo.

Acá quería llegar. Mucha cosa con los 4 Fantásticos, pienso yo. No, señor, no señora, no mamita, no papito, no son fantásticos y no son 4. No chibolito, no te desesperes más, abre los ojos, no te dejes llevar por la prensa amarillista que compras cuando tu sele está bien. Repeat after me: Cua-tro-fan-tás-ti-cos-ya-no-más. No pues, no mintamos más, no más vende humo, la gente necesita cosa seria, la gente necesita jugadores que quieran sudarla de verdad, que se rajen por su selección, que jueguen por amor a la camiseta, que cuando se les llame vengan felices, con ansias de hacer las cosas bien, con hambre de gloria. No más 4 Fantásticos, please. No más mentiras. Fantásticos lo de antes, lo que hacían del fútbol un arte para la afición conglomerada en la tribunas del Nacional, los viejos saben de lo que hablo. Fantásticos deberíamos ser todos, los jugadores, la prensa, el hincha, los dirigentes, Burguita please, lárgate, haz de tu vida lo que quieras; te doy cinco segundos  o si no te saco la… sagrada camiseta con la franja roja en el pecho.

Una pregunta para terminar, siento esto y quiero compartirlo con ustedes en forma de interrogante, a ver si con la mano en el corazón, responden: ¿Acaso, el Mago se siente obligado a poner de titulares a Pizarro, Vargas, Farfán y Guerrero? ¿Acaso, el Mago se siente obligado a poner de capitán a  Pizarro porque  pesa en la FPF? ¿Acaso Pizarro pesa más que el propio director técnico? ¿Tenemos director técnico? Gracias, Phillip Butters.


Aquí, paramos la redonda. 

sábado, agosto 25, 2012

¡AY, BURGUITA!

Columna publicada en La Pichanga.

El torneo peruano es un mazacote, ya lo dije antes. Se ganan puntos en mesa, se pierden play off por no pagar deudas, bajas a mitad de torneo y no bajas si pesas en la mesa de la FPF. Es así de simple, acá te regalan todo si tienes a un buen dirigente que sepa moverse en las oficinas que comanda Burga. Sin miedo. Le dan premios a los que no deberían darle, consiguen cupos a un campeonato internacional equipos que no están preparados, y vuelven con la cabeza gacha, diciendo hay mucho por mejorar… una bomba y todo de nuevo ¿no?

Creo que el único acierto que ha tenido Burga desde que está en mandato (para con el torneo, la sele la dejo a un lado), es el campeonato de promoción y reservas. Muestra nuevos talentos, chicos que quieren ganarse un puesto en el equipo principal. Muy bien. Sigue así, que eso no borra lo catastrófico que es tu carrera en la FPF. Sigue intentando, jugador.

Terminando el torneo del año pasado, dije que si este año iba a ser lo mismo, no vería ningún partido y bla bla bla. Recordemos que el año pasado se ganaban puntos en mesa como quien no quiere la cosa, sólo era cuestión de sacar ticket, presentar un reclamo a medio hacer, hablar fuerte, unas cuantas bromas, sonrisas, fotos, y los puntos a tu favor. Ya está. Así era. El sábado ibas perdiendo el partido, pero lo sacas a flote, lo ganas en la última jugada, y el martes ya no tienes los tres puntos, se lo dieron al otro equipo, el perdedor, mala inscripción de un jugador y perdiste en mesa, son cosas del fútbol, ¿qué, cómo, cuándo?… jugaste en altura, viaje de ocho horas en bus,  ¡qué va!, los puntos ya no son tuyos, compadre, a llorar al río. Así era. Y dije ya no más.

Este año empezó bien, creo.  No deudas. No planillas. No puntos en mesa. Administraciones temporales y toda la chanfaina. Los clubes querían estar limpios. Paso a paso. Los grandes estaban al punto del suicidio: llegó un Solano que levantó a uno, y una Cuba que no sé qué hizo. Pero ahí estaban, dándole al torneo, con jóvenes enrazados que sudaban la camiseta para mostrarse y para que las hinchadas coreen sus nombres con furor, de repente ellos también estuvieron cantando como locos y ahora juegan en el verde por los tres puntos. Pero, tuvo que ocurrir. Mala inscripción de un jugador.  ¿Cobresol? Perderá todos sus partidos por WO y que no se diga más, en mesa un chistecito y de frente a segunda, que es otra lágrima ese. Empiezan las liguillas y un sorteo separa a los compadres que necesitan de taquilla. Ya no hay taquilla. ¿Emoción? Pues somos hinchas, y en las buenas y malas, ¿no?

Solteros y casados. Las benditas liguillas y los ganadores a los play off. ¿También liguillas en los play off? Alianza gana en reservas por apelación de Pedrito Palotes y bla bla bla… Hasta eso hemos llegado. Se ganan puntos en mesa de cualquier forma, hasta en el único acierto de nuestro presi Burga. Los equipos peruanos en la Sudamericana, de altura no tuvieron nada, Ayacucho y Huánuco no fueron las plazas que dan miedo en el torneo, que vas, te cansas y a los balonazos te meten en tu arco. No pues. No hay peso. Aquí todo se quiere hacer a la loca. De-tin-ma-rín-de-no-pin-güé…  

Es así. Mejor no digo más, y que sigan matándose en esta locura nacional. ¿Burguita, ya estás en Lima? Llama ahora, llama ya.


Pitazo del árbitro. Final del encuentro.