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sábado, septiembre 20, 2014

Patético (O la cruda realidad de un ser humano)

Una fría tarde de setiembre contemplé el cuadro más patético de su vida. Con los ojos entreabiertos y cansados y escupiendo en todas las direcciones, yacía, tendido en una cama que crujía en cada acción del postrado, un hombre guapetón de unos treintaitantos años que se quejaba, ahora, de no poder respirar. Maldecía a quien recordaba y culpaba a alguien –que nunca pude conocer, o quizá sí– por arrebatarle la esperanza de la vida, por desalmarlo porque no tengo más qué hacer aquí, dice, y se vuelve a quejar pataleando y expirando.


No soporta que el perro –que es el único ser que le apaña todas sus rabietas– se suba en su cama, se rasque, se despulgue ante sus ojos que ya miran poco; la bota, le dice que no quiere que nadie lo vea, que no quiere ruido. El hombre le habla al perro con puntos y comas, respirando agitadamente, gimiendo porque siente su cabeza estallar. El animal que no es tan animal, se pone en cuatro patas, mira alrededor, bosteza y baja de la cama de un salto firme. Y al salir del cuarto moviendo la cola modelando su novísimo corte clásico schnauzer, deja, al hombre, una vez más, completamente solo.


Ya son como las seis y el atardecer se va pintando de anaranjados y marrones claros en lo más lejano del horizonte visto desde el viejo malecón. (El hombre tiene la suerte de vivir en un departamento amoblado digno de un hombre bien, con vista al mar en el distrito limeño de Barranco). Las gaviotas planean y chillan, el perro ladra, y el hombre, joven aún y postrado en la cama con el televisor prendido dando un partido de fútbol, mira como alucinando el ocaso tras la ventana cerrada para sentir menos los ventarrones que a esta hora de la fría tarde-noche se vuelven como apuñaladas. Pero quiénes estarán jugando porque ahora se escucha gol, gritos, lisuras, comentarios y risas en el televisor. El hombre voltea a ver, hace un gesto compungido y asiente. Primera vez que no menciona una sola palabra sobre juego o fútbol o pasión. Se inmuta y sigue mirando el encuentro por unos minutos más, pero empieza a pestañar, quiere descansar: talvez mucho, talvez poco o talvez siempre. (Vuelve el perro: salta y se acomoda en una esquina de la cama).


El cuadro me sigue pareciendo patético y hasta por momentos chistoso. Es la tarde número ochenta y cinco y todo sigue igual: sin ganas, ordinario, lineal, trivial, patético y patético. Esbozo una sonrisa cuando el hombre se rasca apasionadamente brazos, piernas y pecho en compañía del perro que se despulga a sus pies en la vieja cama de madera. Ahora es todo orquestal, sinfonía de tarumba, agudos graves y contrapunto con finas notas de golpes, agitaciones y quejidos. Pero, literalmente, el hombre no aguanta pulgas, y vuelve a botar al perro, hablándole delicadamente para que salte de la cama y lo deje tranquilo. (Yo sigo parado, grabándome la escena. Acción). El perro salta elegantemente, estira sus patas, se sacude y camina sin mover la cola hacia la salida. En el umbral de la puerta yo doy un paso a la izquierda y el animal –que no es tan animal, ya lo he dicho– pasa lento por mi costado en dirección a su cama llena de juguetes baboseados con olor a mierda. El hombre suspira, sonríe, abre el primer cajón de su velador y busca algo; saca un peine que no usó nunca y se lo pasa, ferozmente, por el antebrazo, y continúa, así, rascándose sin tregua todo su velludo y maltrecho cuerpo.


jueves, julio 17, 2014

El textil que no soy

A Kevin.


Me he hecho pasar por un alto comerciante textil. Un bravo sabelón de telas que mira y toca y palpa cada cosa tirada en el piso que venden las mujeres más chamba de Chorrillos. Es algodón, caserito, me dice una mujer gorda ojos achinados y cara redonda. La miro con aires de crecido, de muy sabido en algodones Reda, Pyma y esos de Austria e Italia. Ella asienta con la cabeza, me dice que es muy bueno el algodón y que la chompita está muy linda. En verdad que la chompita está muy linda: me la probé y me quedaba muy entallada, iba con el jean que vestía y me hacia ver muy juvenil con sus toques de elegancia, como para un coktel. Estaba muy barata, también: veinte soles , caserito, lleve pues, me quedo hasta la una nomás, me asediaba la mujer casi tocándome.


Eran como las doce y la mujer comía una presa de pollo en un plastificado táper amarillo. También todas las mujeres habían comenzado a comer, unas de sus táper y otras del menú que habían comprado en la mañana al llegar a sus sitios en tan ancha vereda como una pista misma: vendedores de juguetes, libros viejísimos, Sopenas, maníes, chupetes y golosinas, ropitas de lana y chullitos. Todas bien abrigadas enchalinadas mascando chicle o tejiendo medias para sus hijos como para matar el tiempo y el frío hasta que alguien se acerque, como Jhonny, a curiosear preguntar y comprar.


Me había quedado mucho tiempo tocando la chompa azulina que me había gustado. La mujer no me veía como un ladronzuelo de callejón (como sí veía a curiosos que llegaban y tocaban con otros afanes), ahora me miraba con raros quecos, pucheritos sublimes, porque había empezado a tocar las ropas con asco, con desazón, con ganas de irme. Entonces, ella me dijo: es lanilla, jovencito, lanilla muy buena. ¿Lanilla? ¿Me habla en serio? -le pregunté, mirándole de reojo-, eso no existe, no existe la lanilla ni la cuerina ni nada de eso que ustedes solo le cambian el nombre para hacerlo pasar como que es lo mismo pero no. Soy comerciante de telas y tengo dos fábricas en Gamarra. Ya tengo muchos años en esta vaina. O sea, le explico -seguía yo mintiéndole mientras la mujer me miraba como contemplando a un marciano, impávida-: lana con acrílico que es poliéster se llama polilana y eso es para todos ustedes lanilla. Claro, al combinar lo natural con lo sintético ustedes le cambian de nombre, pero yo sé lo que es, porque tengo años en esto, herencia de mis padres, porque sé. ¿Me va siguiendo? ¿Me entiende? Ella reclinó la cabeza, cogió la chompa, me la puso en la cara y me dijo: sí, pero está veinte soles, jovencito, ¿acaso está caro? ¿Usted cree? Llévela que se le ve muy bien. Sonreí, mientras los claxon de los buses se hacían sentir pidiendo campo para estacionarse y hacer subir pasajeros para iniciar la siguiente ruta.


¿Cuántas veces he podido mentirles a las personas?, pensaba un momento. ¿Acaso las gentes son cojudas que no se dan cuenta? ¿que no saben? El griterío no se daba tregua y yo en cuclillas tocaba cada chompa que me gustaba y encontraba entre los bultos. La mujer hablaba por celular. ¿Y esta? ¿Y la de acá? -le preguntaba y ya no me hacía quecos, tan solo me respondía de una manera fría, dura, como si ya no le importara mi presencia (si es que le importó en cierto momento). De pronto, la mujer dejó de comer, guardó el táper en una mochila verde con blanco tejida a mano y me preguntó, sonriendo: ¿Y dónde estudió eso que usted estudió, joven, eso para ver las telas y saber tanto de eso? Dudé, no sabía por dónde salir, qué hacer, qué decir. Pues mis padres me enseñaron todo lo que concierne a lo textil, señora -le respondí y la ella notó mi vacilación, mi voz endeble. Escupió a un lado de la vereda y me dijo-: eso de acrílico, poliéster, eso me confunde, quiero aprenderlo... Yo conozco la lanilla, cuerina eso que usted me dice que no existe... Eso se aprende con el tiempo -la interrumpí-, yo siempre estuve metido en esto, con las ganas, con la experiencia. La mujer me miró a los ojos, vacilé, noté sus dientes de oro cuando volvió a sonreír antes de decirme: Yo vendiendo lanilla y cuerina o eso que quiero aprender ahora como usted, jovencito, estoy ya como diez años. Mis hijos han comido pan con leche con esto porque no tengo marido, se fue el muy desgraciado cuando yo iba a tener al tercero de mis hijos. Bajé la cabeza, suspiré. Sabe mucho joven, -siguió la mujer-, estudie para que tambien ponga sus ropas de lanilla y poliéster y vendamos juntos, jovencito, yo le ayudo pues, ¿si? ¿Así es , no? Po-li-es-ter, ¿Así, no?


martes, mayo 07, 2013

Al borde del barranco





Creo en la Virgen de Chapi. La mamita de Arequipa, una de las principales ciudades del Perú. Creo en ella porque mis abuelos maternos, desde que tengo uso de razón, me han llevado a los rosarios y he recitado el Ave María con mucha devoción, frente a familiares y extraños fieles que acudían a la casa de la Tía Mery porque ahí estaba la virgencita de Chapi, coronada, vestida elegantemente. Creo, también, en el Señor de los Milagros. Voy a la multitudinaria procesión, todos los días de octubre que sale en andas, año tras año, cargado por un centenar de hombres bien fajados y bien al terno, que rezan con cada corto paso que dan para tambalear de un lado a otro la pesada anda de oro y metales preciosos. Me gusta el olor de la mirra, el incienso, y los cánticos donde le ruegan al Señor de Pachacamilla para que velen por ellas, por ellos y todos nosotros, que perdone nuestros pecados, que nos guié por el sendero del bien. Yo, de chibolo, también pertenecía a los cargadores.

Y ahora que estoy parado en el borde de un barranco, escribiendo, quizás, la última carta que te escriba en la vida, recuerdo a todos los santos a los que le rezo, y no atino siquiera a pronunciar el Padre Nuestro. Mis padres se han muerto. Esa gente que me profesaba su amistad, no está. Estoy solo, tan solo que sólo tengo a mis santos y mi Dios. Soy un marica, un tremendo marica. Estoy llorando como no tienes idea. Porque he perdido todo. Tampoco estás. Y creo que es una reverenda estupidez que crea en muchos, pero no crea en mí mismo.

Lima, mayo del 2013.

martes, abril 30, 2013

El hombre bajo la lluvia

A Ericka Velasquez,
quien conversa con mis demonios.


Hola, Fabri;
Te escribo para saber si hoy estarás en tu casa. Quiero hacerte un test que es mi trabajo parcial y me quiero sacar buena nota. Bueno, quiero que seas mi sujeto, así le decimos los psicólogos a quien tenemos por paciente. Claro, quiero estudiarte porque tu mamá me ha dicho que estás algo loco. Un beso. Chau.

Pasa, pasa, estás en tu casa. Siéntate. ¿Quieres algo para tomar? Ok, todo bien. Hace tiempo que no te veía. ¿Estás cómoda? Ok, yo bien, todo tranquilo, gracias a Dios. Escribiendo estupidez y media. Tú ya sabes. ¿Mi madrina, cómo está? Hace tiempo que no la veo. ¿Tu hermano? Bien, qué bueno que todos estén vivitos y coleando.

Conversamos apenas se sentó en el sillón. No nos veíamos, si mal no recuerdo, hace más de un año. Vestía short negro y un polo suelto que combinaba con sus sandalias muy cómodas para el verano. Cargaba un morral que contenía hojas en blanco, hojas con dibujos de niños de 5 años, muchos lápices, borradores, tajadores. Recordamos nuestra etapa en el colegio de primaria. A los amigos con los que nos hablamos por mails. Pero no tocamos el tema de Willy y su enfermedad, el profesor que fue nuestro tutor en quinto y sexto, y del cual conservo muy buenos recuerdos.

Me cuenta que está en quinto ciclo de Psicología en la San Martin. Que se va hasta Surquillo pero que no siente el viaje porque nunca olvida su MP3 o va leyendo los textos que le dejan. Se ha vuelo una lectora voraz. Lee más de lo que duerme. Nos paramos del sillón y vamos hacia la mesa de madera. Deja caer unas cuantas hojas en blanco, un cuaderno de apuntes y su cuaderno de la universidad. Me acerca un lápiz Mongol y una hoja. Entonces, empezamos con el test, me dice. Yo, asiento y me acomodo en la gruesa silla.

–     Vas a dibujar a un hombre de cuerpo entero, bajo la lluvia.
–     ¿Con zapatos, jean y camisa de dril?
–     Como tú quieras.
–     ¿Con sombrilla?
–     No sé.
–     ¿Con piso?
–     No sé.
–     ¿De día o de noche?
–     ¿Qué parte de cómo tú quieras no has entendido?

Comienzo a dibujar como mejor puedo, recordando cuando dibujaba más o menos bien y ganaba todos los premios de arte en la secundaria. Ella me miraba, y de rato en rato, chequeaba su cuaderno y apuntaba no sé qué en mayúsculas. Yo, seguía dibujando. No despegaba mis ojos de la hoja llena de la pelusita del borrador. No estaba muy seguro de mi dibujo, y sentía que lo estaba haciendo mal. La veía, y ella jugaba con sus dedos, los hacía sonar. Bostezaba y volvía a apuntar.

Hola, Niki;
Estoy de vago. No encuentro chamba. Me he presentado a un par de entrevistas pero sin suerte alguna. Me dijeron que me iban a llamar y hasta ahora estoy esperando. Quiero chamba porque paro misio y estoy sin novia. Y eso que estar con novia es gastar. Pero en realidad te digo, quiero tener la billetera llena y el corazón recontra vacío. Dime cuándo vienes y soy el sujeto que necesitas. Besos.

Sacó un viejo libro de su morral. Había separado unas páginas y leía, concentradísima. Revisaba su celular. Se arreglaba el polo.

–     ¿Cómo vas? ¿Todo bien?
–     Sí, tranquilo. Recién me doy cuenta que no sé cómo he podido ganar tantos premios dibujando.
–     ¿Qué es eso? ¿Eso que está abajo?
–     Su pie, pero me ha salido como un zapato.
–     No te creo. ¿Es un pie?
–     Sí, pero lo dejaré como zapato.
–     Ja ja ja ja ja ja ¿Ya terminaste o sigues?
–     No, ya terminé.
–     Seguro, ¿no?
–     No sé.

Ella no paraba de reír mientras miraba mi dibujo. Escribía en su cuaderno y revisaba los apuntes de su clase. Dejó el celular a un lado. Cerró el libro no sin antes percatarse de dejar en la página indicada el separador, se arregló el pelo, y me habló directamente a los ojos: Ahora me contarás una historia. Y reposó su codo sobre la mesa de madera.

Lima, verano del 2013.

lunes, diciembre 10, 2012

PUTA TRISTE DE MI VIDA



La chica cuida su esquina enseñando los dientes. Y también, las tetas. Se acomoda siempre su pelo largo y rubio sobre el hombro derecho. Se peina cada tanto, y juega con los rulos que se le forman. Se recuesta en un poste lleno de afiches de perros perdidos y mensajes llenos de esperanza. Descansa su espalda desnuda, tratando de no ensuciarse. Busca algo en su cartera… un cigarro. Lo enciende, mientras tararea una canción de Calamaro y respira, para comenzar la faena.

Hace frío, y está lejos de casa. Y es que la calle es su lugar, ella sabe bien. Y contenta, risueña, mira cada auto que pasa por la Arequipa, despacio, viendo el material… Le piropean, ella sonríe, se toca; ellos le dicen algo, carcajean, siempre van en grupo, ella siempre está sola, solísima. Y muestra una sonrisa pendeja, coquetona. Se arregla la falda, se la sube un poco. Se junta las tetas. Se pinta la boca con carmín. Se mira en un espejo que siempre lleva, rajado por la mitad, en su cartera con hartos compartimentos. Sonríe, guarda el espejo y enciende su segundo cigarrillo.

Pasa un Mazda negro, con lunas polarizadas, y se para frente de la muchacha que no se da cuenta que el auto se ha estacionado a pocos pasos suyos. Ella, habla por teléfono, mirando a la nada, y fuma impulsivamente. Alguien baja la luna del auto y comienza a silbar. La chica sigue hablando, pareciera que atendiera a un cliente porque le habla sensual y con un tono bajo –como hablan esas putas de mierda a las que llamas cuando no tienes nada qué hacer y quieres dártela de pendejo con tus manchita, pe’ causa–. Más silbidos… la chica voltea y mira el auto estacionado, la luna baja, alguien dentro. Trata de reconocerlo pero está muy lejos y no ve nada, sólo una silueta que no distingue bien. Se acerca lentamente, mientras los silbidos cesan. Hay murmullos, susurros. Hace frío, mucho frío.

Es la una de la madrugada y la calle se va pintando con la Navidad. Las amas de casa hacen su mayor esfuerzo para decorar las fachadas con lucecitas de melodías chillonas y papanoeles que trepan para el techo y bajan por la chimenea. Y ahí, ahí, está la muchacha que conversa con su cliente de la noche… primero, único, sólo ella lo sabe. Sonríe mientras conversa. Mete casi medio cuerpo al auto, le toca los timbales al que esté dentro… juguetea, nada más. Cuando ya todo está consumado y han pactado todo lo concerniente… Ella, mira a todos lados, se acomoda el pelo e ingresa al auto, al lado del conductor.

Se va, se va, la chica de pelos rubios y mirada triste. Se va, y se esfuma el amor en sus tacones y ese perfume riquísimo de chocolate que con tan sólo sentirlo la imaginas entre sábanas blancas de un hotel de Barranco. Se va, la muchacha que fuma como condenada... Y se esfuma de mi vista esa puta que me enamora cuando camino por la Arequipa, todas las noches de diciembre, llorando mis putas penas.

miércoles, noviembre 07, 2012

TRISTES PASOS DE UN JOVEN ENAMORADO

Morales es mi amigo y no llega a los dieciocho. Es guapo, flaco, blanquiñoso y alto, muy alto. Siempre usa el mismo peinado y el mismo perfume. Siempre viste bien, ropa de marca, zapatillas de moda. Vive en un departamento chorrillano, con su incondicional Skyper, su bigotón y pelinco schnauzer.

Morales hace un par de meses que camina por la vereda del amor chibolo. Hace un par de meses que juguetea con el bombeo ilusionado de su corazón al recibir un mensaje de su amada. Deambula con ella por el limbo de edificios de quince pisos con la melodía de los claxon que lo siente como una ejecución de piano, sonriendo y haciendo ojitos. Conozco a su chica, la he visto por fotos: es simpática, chata y flaquísima.

Cada vez que nos juntamos para conversar, siempre me tiene que hablar de la chica que le gusta. Lo escucho con atención, le aconsejo, nos cagamos de risa. De repente su teléfono comienza a sonar, agacha la cabeza y comienza a escribir rápido, sin tregua. Sé que está escribiéndole a su chica porque una sonrisa pendeja lo delata. Y cuando deja el teléfono a un lado empieza con su ponencia del amor y esas vainas que he preferido aislar por un tiempo. Que debería tener novia, me dice. Le digo que mejor debería tener novio, uno fortachón y de ojos verdes, nos reímos y un nuevo sonido del teléfono lo excita a sobremanera.

Ayer hemos salido a una reunión y Morales no me ha hablado de su chica. Cosa más rara. Lo sentí frío y distante. No quería tocar el tema. Se fastidiaba, se malhumoraba. Cuando su teléfono sonaba, veía quién era y lo volvía a guardar, inmutado. Le pregunté por ella, insistiendo. Me dijo que estaba bien, y me cambiaba de tema. Yo, jodido, le pregunté qué le pasaba, qué había ocurrido con su chica que no quería hablar de ella. Y ladró: que la chica le había dicho que no se enamore de ella, que él merece algo mejor, que ella no es lo que él busca, que ella prefiere la universidad que a él, que no sea cojudo. Me habló entre lágrimas, suspirando por su loco amor no correspondido. Por esa ilusión que le desbordaba por los poros y ahora lo manda a morder la almohada en plena noche de octubre. Esa ilusión que le estruja el corazón y le desgarra lo más profundo de su alma. Que lo hace escribir como un demente, poemas que rompe y quema a medianoche.

Ahora, Morales juguetea con el destino que le ha dejado de sonreír. Ese destino que no le deja caminar tranquilo y contento, enseñando la sonrisa Colgate, vociferando la ponencia enamorada. Ese destino que lo devora y carcome. Ese destino que se traga las putas páginas de su chibola vida como quien masca un chicle y lo escupe y antes de que caiga le mete un señor patadón hasta mandarlo al carajo. Que se viste de corto y agarra de pelota a su tristón corazón que está aventurándose en la decepción adolescente. Ay, ese maldito destino que lo condena a la hoguera de la soledad. Como me condenó a mí, cierta tarde del año pasado, cuando la morena me dijo que no me quería, que no era buena para mí, que podía estar bien solo. Ay, ese destino de mierda que le joroba la pita y le saca más lágrimas que María Magdalena a los pies de la Santa Cruz. Ay, ese destino, hijo de la gran fruta, que lo seguirá jodiendo hasta no verlo arrodillarse en chapitas de Coca-Cola, susurrando el nombre de la muchacha, suicidándose despacito.


Hoy, Morales ha despertado intentando rebelarse y romper sus cadenas con la fuerza que nace de sus tiernos cojones. Quiere gritar. Quiere zafarse del dolor que le causa el pobre amor perdido. Entonces afila los dientes y cumple con severidad las lecciones para chillar en soledad. En su habitación, cuando duerme, cuando escribe, cuando piensa en la chica que lo choteó: ahí chilla y gime y suspira, en la soledad de sus cuatro paredes. Afuera se vuelve fuerte, happy. En la calle todos son fuertes, solos y contentos. Morales ha amanecido con ganas de cumplir cada una de las pautas para conseguir el título de payaso callejero, caminante achorado, cireador de putas de esquina, hablantín de sexo sin poncho y cacherito de las amigas con mejor culo de la facultad.

domingo, octubre 28, 2012

EL HÁBITO DE LAS VIEJAS AMISTADES

Es un día gris, como los que siempre me tocan. En la brea, las sucias crazy combis vuelan cual flechas de cupido, hacen carreras y se cruzan y chillan con los claxon, coqueteando con la muerte que acecha en la pista de Chorrillos. Y sube sube, pisa pisa, gritan en plena marcha los cobradores, sacando medio cuerpo por la débil mica que llaman ventana, luciendo una típica gorrita deportiva de marca trucha y logo gringo. Llaman a la gente escupiendo las palabras, sacando pecho, mascando chicle, alargando el brazo y dejando el olor rancio de su sobaco en las narices de los cansados peatones que esperan el bus que los llevará a su destino.

Unos borrachos que yacen al pie de algún poste de alumbrado público, rascan el piso cobijándose en la pichi y caca de cuanto perro pasó, y jugueteando con botellas de Pilsen Callao con el pico roto. Otros, balbucean, tirados en las bancas del parque con un tremendo campus de tierra y árboles flacos y podados y palomas que te cagan desde lo más alto que ni las ves y sólo maldices y las mandas a la mierda, y te vuelven a cagar, como riéndose de tu desgracia.

Y las más viejas salen a caminar con sus nietos, los pasean en coches o los tienen bien agarrados de la mano. Lucen el hábito morado cubierto por un saco o abrigo porque ya llegó octubre y como costumbre, todos los santos años, es su ropa diaria y salen y caminan y pasean al perro y juegan con el nieto, llevando a Cristo, rindiéndole un homenaje diario, venerándolo con el traje que siempre esperan vestir en el décimo mes del año. Esperan al primer día del mes y lo desempolvan porque estaba guardado en el clóset, llenándose de moho y suciedad que no margina por religión ni edad ni clase social. Lo sacan con cuidado, poniendo suave las manos, cogiendo delicadamente el ropón que cubre el cuerpo entero y queda sujeto por un cordón blanco, delgado o ancho, nuevo o viejo, depende la dueña.

Cinco pe eme de un miércoles malcriado. Doña Julia vive en el tercer piso departamento 302 del Edificio Residencial Acapulco del rico Chorrillos. Es una viejita de pelo blanco que desde hace catorce años camina encorvada, con la mirada enterrada y la sonrisa coqueta, ayudándose por un bastón de madera que le facilita el paso cansado. Yo, salgo a comprar pan a las doce, gozando de mi vida ociosa, y me recuesto en el viejo árbol que está saliendo del edificio y que soporta jóvenes parejitas calentonas cada noche de rumba. Junto mi espalda con su tronco y me siento aturdido por los claxon que hacen apresurar a los demás carruajes y molestar a las gentes que esperan y esperan, como yo, riéndome del caminar apurado de unos negros que van por aquí y por allá, en busca de relojes plateados en muñecas débiles, de carteras sostenidas por mujeres tristes, de patinetas montadas por niños indefensos que visten pantalón pegadísimo y camisa de cuadraditos multicolores por la rica moda skater. Y en esa marea caótica de gentes y combis y choros y perros calatos que persiguen gatos techeros, doña Julia sale a pasear por la Alejandro Iglesias, despacito, arrastrando los pies, y cuando me ve, me alza la mano y me pongo en firmes decidiendo acompañarla a su acostumbrada travesía urbe que el doctor le ha recomendado porque ayuda para la buena circulación de la sangre.

Y contemplo su hábito morado ajustado por un cordón blanco, delgado y viejo. Le pregunto que desde hace cuántos años viste el traje en octubre, y me responde, con nostalgia y los ojos vidriosos, desde que mi mamá murió: ella lo usaba, y yo la sigo, porque un día cuando caminaba con ella me dijo que yo debía hacer lo mismo, e ir a la procesión, seguir al Señor, oler el incienso y la mirra y escuchar los cánticos de las señoras… y mírame, ahora vieja y así, soy cantora y este es mi último año en la hermandad donde mi mamita estuvo como diez años, papito lindo. Me quedo perplejo y en el dudar de mis acciones le pregunto que si le gusta seguir al Señor o sólo lo hace por su madre. Me mira, me acaricia los cachetes y sonríe, que soy un muchachito loco, me dice, el Señor siempre nos guía y mi madre está mejor allá arriba, me evade, me cambia de tema, me caga, me calla, y caminamos lento, sonriendo y tirándole flores a la buena labor del chino alcalde de Chorrillos city.
Voy por la calle, andando al compás de doña Julia que, prendida de mi brazo izquierdo cual quinceañera presentando a su chambelán, saluda a todas las viejas, sonriendo y alzando la mano como Miss Perú, que hola, mamita linda, le dice a una, corazoncito mío, buenas tardes, le dice a otra que no usa bastón pero sí unos lentes-poto-de-botella que pareciera que ni con eso logra  distinguir a su hijo maricón que la saluda desde la otra acera. Veo que la cegatona también luce el hábito morado cubierto por un sacón verde oscuro y una chalina recontra gruesa que la salva del frío. Entra a la tienda pidiendo cosas desde la puerta, una botellita de aceite y un paquete de sal, paga con un  billete de diez soles y se va, caminando ligerito, rapidito, nos cruza, se me quema el arroz, Julita… le dice a la doña que al escucharla, levanta la mirada que clava en los baches y le hace adiós, sin voltear, agitando la mano.

El cielo se está poniendo anaranjado y las señitos salen a caminar por el  malecón lleno de piletas y luces y carros y el sonido de las olas que mueren en la orilla y vuelven jalando los peces de Grau y suspiros de templados y locos calatos y artistas lanzas y estonazos por vocación. Lo recorren porque el doctor les dijo que caminen una hora al día, mejor si es cuando cae el sol y respirando aire fresco, y si es cerca al mar, por la arena, a pie cala y enseñando los juanetes, mucho mejor. Y salen, todas, con el hábito morado apretado a la cintura por el cordón blanco, deshilachado por 1) viejo e 2) instrumento sustituto de la correa mojada y el San Martincito con espinas. Y salen las de antaño, se saludan, se hacen gestitos en pleno trayecto Pescadores-Agua dulce, ida y vuelta, cuchicheando alborotadas e inhalando por la nariz y exhalando por la boca, lento, muy lento, a pasito de tortuga, señora mía, que se aloque el bobo que ya va por los descuentos, señora mía. Todas, uniformadas de purple por ser la moda de octubre, cumpliendo con la anual veneración al Señor de los temblores que sale en procesión por las calles limeñas, calles por las que los más achorados, van y vienen y huelen y se alegran por el tesoro escondido en una bolsita blanca o en unos retazos de papel periódico que venden en el sitio más caleta del pendejo Centro de Lima, o la hierba happy que te la juegan al choque de palmas o en el cuchitril que queda en medio del callejón de un solo caño que no conoce de agua.


Chorrillos, octubre del 2012. 

sábado, octubre 13, 2012

CRÓNICA DEL BELLO DURMIENTE

UNO

La habitación es chica: dos veladores, un mueble para el televisor y disc compacts, una cómoda que las polillas adoran, una silla donde cuelga la ropa del día y una cama de dos plazas que se hunde por el peso del ocupante. Un amarillo sobrio pinta las paredes que lucen sin raspones ni manchas enormes, excepto detrás de los veladores donde tres rayas y una mancha como de leche derramada malogran el regular pintado. Cuadros del Alianza Lima están colgados en tres paredes, y en la que da a la cabecera de la cama luce colgada la camiseta del gran César Cueto. El cuarto huele mal, a pedo pichi caca poto. La ventana siempre permanece cerrada. La luz de la lámpara, prendida.

DOS

Sigue durmiendo. La puerta de su habitación maloliente está cerrada con seguro, hay unas marcas de pisadas y unos rasguños a la altura de la chapa. No se escucha nada, ni nadie. El silencio comienzo a cuchichear.

TRES

Los rayos del sol se meten por la ventana pero no logran abrirle los ojos, ni molestarlo, ni hacerle cosquillas. Se quita la frazada estirando la velluda pierna, pateando instintivamente. Cambia de cachete, se voltea rápido y continúa babeando la almohada fofa.

CUATRO

Siente que su madre le habla y se pone en firmes de un solo salto, al costado de la cama, con los ojos como salidos. Habla, susurra, le dice que todo va a estar bien, le miente, sonríe, mira al techo, vuelve a sonreír, vuelve a mentir. Se vuelve a recostar, y ayudándose con los pies se tapa hasta la cintura y cierra los ojos con el recuerdo de su madre que juguetea en su cabecita stone.

CINCO

Su madre murió hace un año y medio y él aún no lo supera. Está derrumbado, está dolido, está hecho una verdadera mierda. Vive solo en un departamento barranquino, frente a un parque que es campo de borrachos y putas y drogadictos y arrechos jovencitos cada fin de semana, y al costado, una asistencia pública donde sólo saben colocar curitas y gasa y estabilizar la presión arterial. En esa asistencia pública falleció su madre, una madrugada rara y fría, muy fría.

SEIS

El televisor se prende de improvisto, ha sido programado para encenderse a las nueve con treinta en el canal 8, en el programa de las noticias deportivas. Haciendo el menor esfuerzo, coge el control remoto de su mesita de noche y tanteando dar en el punto de la tele, aprieta varias veces el botón de apagado y tras muchos intentos, el televisor cesa y vuelve a negro.

SIETE

El señor del 301, como todos los santos días, comienza a hacer gárgaras a las diez o’clock. Se limpia la boca, la garganta, el esófago, la faringe, la laringe, los dientes, la lengua, el estómago, los pulmones, qué no se limpia ese huevón… Produce sonidos maravillosos que no lograría una guitarra, ni un cajón peruano. Es un beat boxer, y no lo sabe, está perdiendo plata, que alguien le diga, alguien, por favor… Qué cojudo ese causita, segurito que no sabe lo que es beat box. Qué tremendo cojudo, cojudazo, tiene una boca privilegiada ese hijo de puta que me jode todas las mañanas, siempre treinta minutazos.

OCHO

El bello durmiente comienza a hablar solo, habla dormido, tratando de abrir los ojos, despegarlos de los párpados que lo aprisionan a seguir jateando plácidamente. Balbucea, grita, se tranquiliza, insulta, susurra, pelea, jode, gime, ladra, ríe, se lamenta… dormido.

NUEVE

Un hambre voraz lo hace pararse de la cama a regañadientes. Se acomoda el short, se pone un polo maltrecho que encuentra en el piso y abre la puerta con furia contenida. Camina arrastrando las pantuflas, arrastrando la infelicidad que lo acompaña adonde vaya. Saca un pan de la bolsa de papel que está en la alacena y mastica mirando fijo a la nada. Actúa compungido, y de los ojos que le saltan automáticamente por el consumo de drogas, una lágrima es la cerecita del pastel que recorre su pómulo prominente hasta caer en un cuadro de loseta de la cocina. Y, con el ceño fruncido, pasa el bocado, cierra la alacena y se va de la mano con la mierda revuelta, y la cabeza gacha.

DIEZ

Despierta y con el dedo índice babeado se saca las legañas que le joden al querer abrir bien los ojos tristones. Se mira en el espejo y se pasa la mano en los cabellos negros como peinándose, se desenreda el pelo y como le duele hace gestos con la boca y pestañea y juega con la lengua. Sonríe mientras se huele la mano, mientras se mira en el espejo jugando con los perfumes y el labial de su viejita.

viernes, septiembre 28, 2012

EL RECUERDO DE TU AMOR MARICÓN

Alan García, piurano querido.

Te escribo, desnudo, mientras me pinto los labios con el carmín que me regalaste la primera noche de tragos que tuvimos en tu depa. Sonrío y me sonrojo. El rojo me queda bien. Me queda precioso. Me veo más maricón que antes, más mujer, mas lady. Siento ganas de besarte, de apachurrarte con mis brazos enclenques, de morderte el cuello y hacerte vibrar, que me digas ya no más, stop, tranqui, que me pellizques susurrándome soy sólo tuyo, hazme lo que quieras, corazón de melón.

Estoy calato, como Dios me trajo al mundo. Recién salgo de la ducha. Me he bañado con agua tibia para recordar el calor de tu cuerpo. Me he tocado, me he chupado. He gritado como puta cuando me he enjabonado pensando en tu nombre y en tu sexo. Cuando el jabón se me cayó y lo recogí despacio, te sentí detrás de mí, sentí tu bulto, tu aliento en mi nuca. Es un placer recordarte con mucha ternura. Sonreí, delicado, casi me resbalo pero supe cogerme fuerte. El agua chorreaba por mis partes, recorría delicadamente mi cuerpo. Me sobaba, con cuidado. Me eché el champú que usabas cuando vivíamos juntos, me masajeé la cabeza por más de media hora, me sentí bien, más calmado, más tranquilo. Me sobé la cabeza como tú lo hacías, lento y fuerte, metiendo los dedos entre los cabellos furiosos que tengo y rascando con las uñas bien cuidadas.

Me visto, paciente. En calzoncillo voy al ropero y escojo el jean negro que te gustaba porque me quedaba apretado, qué rico culo, me decías, y me dabas una palmadita para que avance erguido. Busco un polo en la cómoda, uno blanco, de cuello, con rayas azules, formalito, como para buscar novia en Miraflores fumando un pucho. Medias de colores, no son pares, encuentro las mejores y me las pongo en el acto. El pantalón me ajusta los huevos, me jode, quiero quedarme con el pantalón y quitarme los huevos, no me sirven para nada. El polo de cuello hace que me vea más varón que de costumbre. Zapatos de taco mínimo, en punta, elegantes, negros. Este polo me gusta, me queda perfecto, pero me hace ver muy hombre.

Me perfumo con la colonia que alguna noche me dijiste esta te hace sentir un machazo y nos reímos del chiste. Sí, el frasco azul, transparente, con letras negras y tapa blanca. Rocío un poco en mis manos, me sobo los cachetes, el cuello, me peino tratando de aromatizar mis trinches castaños. Recuerdo tu olor, tu cuello, tu pose machaza cuando hablabas con Karina, ¿recuerdas? ¿Recuerdas a esa mierda? Esa puta te quitaba mucho tiempo y sólo ibas a mi casa en las noches, media hora, no más. Ibas cansado, con el polo sucio y arrugado. No me gustaba verte así, pero era el único momento que podía acariciar tu piel delicada, y me olvidaba de todo y te llevaba a mi cama para jugar. Recuerdo los juegos y mis risas. Recuerdo tu enojo cuando me callabas, no hagas bulla, huevón, me decías, poniéndome el dedo en la boca, mientras yo lo chupaba y te manoseaba por encima del pantalón.

Estoy bien vestido, muy formal y varonil. Me siento raro, aunque me haya sentido así desde que me dijeron que tenía que enamorarme de mujeres bonitas, blancas, de ojos y cabellos claros. Estoy perfumado, huelo rico, huelo a ti, a tu recuerdo. Me veo como una verdadera puta, puta en celo buscando un  macho galante que tenga gruesa la billetera y el muñeco.

Tengo los labios pintados de un rojo chillón. Me pinté los labios para recordarte. Tú lo hacías. Te gustaba llamar la atención, puta de mierda. Lo primero que hice, cuando salí de la ducha, fue pintarme los labios, calato, mostrando mis pequeñeces a nadie. Camino calato en mi casa. Juego a que me miran y me ruborizo, y paro el culo para ver si alguien le da una manito. Pero te recuerdo, de repente, y soy tuyo, sólo tuyo, tu propiedad, y canto ese tema de Evita Ayllón que me dedicaste en una madrugada borracha.

Para que sepan todas, que tú me perteneces, con sangre de mis venas te marcaré la frente. Para que te respeten aún con la mirada, y sepan que tú eres mi propiedad privada… Cantabas, con el pecho inflado, chupando de a pico una chata de ron, molestísimo. Porque mi pobre alma se retuerce de celos, y no quiero que nadie respire de tu aliento. Cantabas a pulmón lleno, carraspeando. Me cantabas a la cara, me gritabas, me ordenabas, me decías qué hacer. Asentía y me cagaba de la risa, también estaba borracho. Sonreía y te abrazaba, tú no querías abrazarme, me cantabas con furia loca, porque te pertenezco, me levantabas la cara cogiéndome del mentón, y me seguías cantando. Me escupías. No dejaba de sonreír, mientras me mirabas fijo, quitándome lo poco que me quedaba de ropa.

Ahora te recuerdo, tocándome lento por encima del pantalón, modelando para nadie, mirándome en el espejo roto, besando de rojo pasión a la soledad que me estruja los huesos cuando quiere y puede, pintándome el recuerdo rojo de tu amor maricón. 

martes, septiembre 11, 2012

DULCE SEÑORITO

Se fue sin decir adiós,
sin un grito ni un lamento,
creo que iba contento...

Tam Tam Go

Él, pertenece a las más altas esferas de la escritura urbe limeña. Sir, magnífico.  Va  a pie y le apesta todo. El claxon de las crazy combis le aturden la cabecita loca, me revientan los tímpanos, piensa, y le empieza a doler la mollera, hace un stop repentino y, desconsolado, se derrumba en una banca del parque del centenar de felinos.

Juega a ser bi, chilla como la chilindrina y saca el varón que no tiene cuando las papas queman. Abre sus alas mariposa para volar por senderos desconocidos, de la mano de su hermosa compañera, miss y lady y madamme. Ella le aguanta sus caprichos, sus deseos y engreimientos. Lo protege de la intemperie malvada que lo quiere corromper y hacer añicos, que le quiere destruir su acelerada carrera de escritor. Que le quieren robar sus textos publicados en la web, porque el muchacho escribe en el extranjero y tiene un futuro prometedor.

Escribe desde muy chico, desde que se dio cuenta que le gustaban tanto las mujeres como los hombres. Escribe sobre esos besos dulces que llegaron a su cuerpo blanquiñoso y que con el tiempo se convirtieron en ácidos ósculos que reniega  al recordar. Reniega de los machos que pasaron y dejaron huella. Reniega por las huellas. Por los machos. Por lo que nunca pasó. Reniega y reniega, y chilla como top model posando para la portada SoHo.

Camina por la sombra y los piropos callejeros le hacen abrir las alas multicolores. Sonríe la muy puta, o el muy cabrón. Sonríe pero se siente hombre y sigue caminando con la cabeza gacha, ajustando el culo y pisando fuerte, pisando fuerte. Las mujeres más bellas lo conocen, saben de qué pie cojea, qué le gusta y qué detesta. No le dicen nada, es uno de los suyos pero con otra pinta, con voz más ronca, con pelo corto y actitudes alborotadas. Las que no lo conocen, le silban, lo miran, él las detesta, las mira, les sonríe, juguetea con su mirada cabrona y ellas carcajean en grupo, cuchichean. Dicen que escribe, comentan las muchachas, paran el culo e inflan las tetas. Él, aguanta el grito chavón dentro suyo, les mienten, sonrisitas y parada de macho.


Se envalentona cuando la sonrisa no lo acompaña y el jugueteo fácil se vuelve tosco e insípido. Le hierve la sangre cuando pisa débil, estando él, el más lindo de la facultad, el de los ojos azul y pelo castaño, largo, lacio hasta los hombros. Frunce el ceño cuando tiene que decir las cosas crudas: respira, duda y escupe, lento y pausado. Habla fuerte, pero el aire se le escapa. No puede, se achica, pinki promise, querida. El más lindo de la facultad lo conoce, el más lindo también es linda, lo coge fuerte del brazo, tú no me engañas, le dice, y lo sujeta como novio recontra templado. El vale todo empieza con una guiñada maricona, que cómo estás, qué onda, y caminan a paso de procesión por los lares más pipilisnáis de la Lima coquetona. Él está bien happy con el sueño cumplido. Se le hizo a la maricona. El sol apremia. Caminan por la sombra y hablan de los muchachos del Golden Gym. Escribiré una crónica del día, le dice, contemplando sus ojos azules que brillan por los rayos del gringo imponente, mientras le mira el bulto a esos tíos de saco y corbata que salen de un conocido casino en plena Larco.

sábado, julio 14, 2012

LOS PATRONOS DE CHORRILLOS




A Chorrillos, que me acogió.

Las gentes revolotean por todo el Malecón. Juegan a corretearse entre un mar de cuerpos guascas caídos la noche anterior. Juegan a ser pendejos en tremenda avenida chorrillana que luce abarrotada por las celebraciones del día de San Pedro y San Pablo, patronos de los hombres de botas, redes y mar. Patronos de las almas chorrillanas que empiezan el jolgorio destapando una cerveza, un ron y porqué no, un agua ras.

El cielo limeño es gris y cochino, pero eso a la gente no le interesa. Son presas de la fiesta y el sentir popular. Y hablan gritando, y caminan corriendo. Son solos en tremendo mar de chorrillanos tambaleantes por el día que lo sienten como cumpleaños, y chupan como nunca, un vasito por aquí y por allá, chupa,  muchacho que so-mos-cho-rri-llos-ca-ra-jo. Entonces la Cristal empieza en tres por diez y no para hasta que llega la cumbia y cuando va entrando la noche los feligreses se ponen bien happy y baila que te baila con Marisol.

Soy chorrillano desde hace diez meses. Y jubiloso me abrigo y salgo en busca del placer populorum que invade al distrito a estas horas de la tarde. Con chalina y guantes salgo de mi departamento y camino lento, con miedo, hasta la puerta del Acapulco que luce bien pintado, como para la ocasión. Una larga fila de autos se acomodan encima de la berma. Se plantan. Se chantan. Los dueños no encuentran mejor lugar donde dejarlos que la entrada y salida de los carros de los habitantes del edificio donde intento vivir. No hay otro lugar, causita, no te achores tampoco, me dice un feo y mofletudo tipo al salir de su camioneta.  Carga a su hijo y se va sin ton ni son al malecón que está a una cuadra. No hay mejor lugar que el malecón. Sigo caminando, riéndome. Al fin de cuentas, no me jode que dejen su auto impidiendo el paso de los del edificio, no tengo auto ni tendré uno, y mucho menos lo guardaré en una de las viejas cocheras del Acapulco.

Chompas de colores, todo baratito, caserito. No puedo caminar. Me estanco. El griterío no cesa, nunca cesará, estamos celebrando, estamos de fiesta, estamos de tono, pe’, causita. Es que acá todos vienen como mejor pueden, no es la mejor facha, no es el mejor peinado, no son las mejores tabas. Alzo la mirada. Todo se me hace confuso. No distingo. Globos multicolores que son sujetados por pitas delgadas de nylon a una luquita. No pestañeo. Tengo miedo. Meto mis manos a los bolsillos del pantalón y trato de hacerme paso entre una señora gorda que va como en procesión con canastas de maní tostado. Quiero comprar. No sé qué comprar. Voy sin rumbo. Primera parada: Esquina de Huaylas con Alfonso Ugarte, Banco de la Nación. Estoy con los ojos bien abiertos y las manos bien nerviosas dentro de los bolsillos del jean, apretando mi celular y las míseras monedas que me acompañan para algún imprevisto. Juego con mi lengua. Tengo frío, pienso. Tengo hambre, pienso. Y otra señora flaquísima con peinado de cola y voz ronca empieza a llamar a la gente, a decirle que el choclo con queso ya está listo y que se acerquen que se acaba. 

No ha pasado ni un minuto y un grupo de treinta hambrientos están encima de la tía que no se abastece y se altera y muchos empiezan a cagarse de la risa. Dejo la esquina y empiezo a caminar al paradero. Trato de encontrarlo. Los policías refunfuñan y ya pues, jefecito, estamos de tono, no seas malito. Escucho las súplicas. Escucho el sencillo que cae. Escucho la coima, que a plena tarde cagona, vuelve a ser participante de una falta vehicular. Un chibolo ebrio que se sube a la moto con tres rucas a bordo y se va, ante la mirada feliz del de uniforme que le hace adiós con la mano, sujetando fuertemente el sencillo para las chelas respectivas. Carajo, estamos de tono, y todo es permitido, jefecito.

Chorrillos baila y su gente celebra. Chupa, ríe y grita. Son las ocho y el Malecón se ilumina. San Pedrito y San Pablito embarcan en un botecito de madera, con dos pescadores y alguien más. Entran al mar como monumentos, con toda la gente jaraneándose de lo lindo con el concierto cumbiambero y criollazo que el alcalde ha puesto para los chorrillanos de corazón. Y el castillo multicolor empieza a quemarse y nos deja sordos pero contentos, aturdidos pero en jarana. Contemplo el paseo marino que les hacen a los patronos de Chorrillos, mientras estoy baila que te baila con un par de morenas recontra tumbao que vienen todos los años al Malecón.

lunes, mayo 28, 2012

LA MANTAÍTA (o dulce melodía)

Y un sonido,
serrano,
siento aproximarse...

Suena la mantaíta (o mantarita) al recorrer la avenida. Se le escucha lejos. Se le escucha cerca. Se escuchan silbidos que, de pronto, quieren imitarla, pero  mueren en el intento, se saben menos que ella. La mantaíta alegra los corazones de quienes caminan sin rumbo fijo en tremenda avenida. La mantaíta me alegra, porque su melodía aguda, que Jaime a puro pulmón sabe producir, me lleva a parajes que nunca he visitado, pero que sería bueno llegar algún día para conocer lo que todo peruano (que se sabe llamar bien peruano) deber conocer.

Entonces la mantaíta llega a mis orejas y me pongo feeling. Aún se le escucha lejos, y es porque, seguro, Jaime ha parado su marcha en alguna esquina o ya pasó la avenida y yo ni cuenta. Estoy en mi habitación, leyendo. Me paro y camino raudo hacia la ventana de la sala: el patio principal del Acapulco luce solitario, es domingo, todo es tranquilo, no hay sobresaltos. La mantaíta ya no suena, me pongo nervioso. Stand by. Todo para y el minutero me hace volver; la bulla de la concurrida avenida va in crescendo, todo surge de nuevo, lentamente.

Jaime hace su entrada triunfal al Acapulco con la mantaíta entre los labios: no suena, pero en firmes espero el momento que brote la melodía que vaya uno a saber quién la creó, para encontrarme conmigo mismo, y volar, y soñar, y escribir alguna crónica constumbrista en plena caótica urbe. Y juego con mis dedos larguiruchos que sudan. Y mis pies no están quietos: piso fuerte cada segundo, estoy al compás del minutero que ya ni se le escucha. El viento sopla, y al chocar con las plantas hace un sonido sombrío, tenebroso, que no se sabe socializar con la mantaíta que de poco en poco se aproxima a mi departamento y a la ventana enorme donde, tras ella, siento en firmes la fría tarde chorrillana.

Respiro. Se escucha cuando inhalo y exhalo lentamente. Estoy nervioso, tiemblo. Mis ojos se convierten en dos grandes círculos pardos que brillan y se humedecen de cuando en cuando al son de la mantaíta. Veo la gran rueda en primer primerísimo plano, y Jaime caminando a camisa y pantalón de vestir conduciéndola; entre sus labios, ella, no suena, pero la contemplo y sueño con los parajes que debo visitar este año. De pronto, el gran Jaime para la marcha, se detiene todo, y lleva sus dos manos a la boca para sostener el instrumento; conozco la canción, él mismo me dijo como se llamaba… sonrío, me mira de reojo y también sonríe, sabe que me gusta esa canción.

La canción ha terminado y las gentes salen con sus cuchillos en mano, y comienzan a gritar: ¡Ayacuchano! ¡Paisa!… de todas partes, jóvenes y viejos. Yo sigo en firmes, mostrando respeto hacia el personaje que un día a la semana entra al Acapulco para cautivarme. No salgo. La mantaíta descansa en el bolsillo de la camisa de Jaime, mientras con el pie derecho patea y patea para que la rueda no pare de girar y sacar filo a los viejos cuchillos con mangos de colores. La mantaíta reposa, sabe que cuando vuelva a la avenida, volverá a será usada, tocada y venerada, y admirada por las gentes que la conocen. Jaime es un capazo, pienso, mientras el ruido del cuchillo de turno en la rueda se confunde con el viento que empieza a soplar fortísimo.

martes, marzo 27, 2012

EL VIEJO




La peor vejez es la del espíritu. 
William Hazlitt.


Desesperadamente quiso reincorporarse, pero jamás tuvo las fuerzas de antes. Y se quedó ahí, tirado, casi inerte, viendo todo desde abajo, como cucaracha boca arriba agonizando, esperando la hora del triste desenlace, cuando espera la muerte bajo la suela de una zapatilla que sin asco la hace crujir.

Yacía en su cama desde hacía buen tiempo. Sus brazos no respondían sus tristes llamados. Sus piernas no le hacían caso, y la tembladera volvió con más fuerza en la zurda, esa zurda que alguna vez hizo delirar a los hinchas del cuadro blanquiazul.

Se había vuelto viejo. Su cabello lleno de canas confirmaba su vejez prematura. Su pecho lleno de pelos largos, lo hacían ver descuidado, dejado consigo mismo. Tenía barba filuda, que picaba en el beso de saludo. Sus ojos pardos bizqueaban, no estaban en sí. Los dientes se le habían empezado a caer, y los que le quedaban, amarillos por el consumo diario de tabaco, los mostraba con una sonrisa pendenciera cuando algún osado entraba en su habitación de olor nauseabundo, mortífero.

Si necesitaba algo, gritaba, y luego tosía por la energía que descargaba al gritar. Tenía una mesa de noche en cada lado de su cama que rechinaba en cada movimiento que hacía el pobre hombre. En la mesita de la izquierda, un celular aguardaba para algún llamado de auxilio. En la otra mesa, una botella de ron y un par de hojas y un lapicero para escribir lo que recordaba, sus años mozos, decía, y su herencia que nunca terminó. Un cuadro grande se posaba justo arriba de la cabecera de su cama. Toda la habitación era oscura, y cochina; las ventanas siempre paraban cerradas y con las cortinas sucias.

De aquella noche no pasó, o no quiso pasar. Sintió que ya se iba, cuando veía que el cielo caía sobre sus hombros y alguien lo llamaba, quedándose estupefacto. No hizo nada. En esos pocos segundos, sólo recostó su cabeza en la almohada de seda y volteó a ver las hojas a medio escribir. Nunca hizo nada. Sólo esperó, y esperó. Soñó con un ave, con un fénix, escuchó una voz, vio una sombra, sintió un escalofrío recorrer su cuerpo nervioso, voló por los aires, se sentó en una nube pomposa, gritó, lloró, se cayó y jugó con las estrellas de la noche, en pleno cielo infinito. Y se sintió muerto, mientras tenía los ojos cerrados, echado en su cama de fierros viejos. Y se sintió ido, pero aún no se había ido, para siempre. Y de pronto jugó con sus nietos y recordó que su hijo le decía por teléfono que esperara su llegada, que no se vaya antes; y lloró por siempre en su estadía en el firmamento eterno.

miércoles, febrero 09, 2011

NO LLORES MAS (o triste realidad)


Felipe tiene diecinueve. Estudia comunicaciones en una universidad nacional, bajetona, sin prestigio, pero que ahí va. Felipe sufre cada mañana para levantarse de la cama. Es dormilón, flojo, paciente, tolerante pero a veces no. En la universidad le enseñan profesores que ni sus nombres conoce pero destaca siempre a Riofrío, el de lengua, que por diez luquitas lo aprueba fácil y con dieciseís siempre, para no levantar sospechas; también recuerda a Cárdenas, el de fundamentos, el loco, incansable, jodido. A ese ni chis, a ese nada de nada, las tres horas sentado, escribiendo, mirando al frente y respondiendo a sus interrogantes rebuscadas que sin titubear y sin pasar más de tres segundos tienes que estar contestando con un sí, no y por qué, así de simple y eficaz, porque de lo contrario, “nos vemos en el final, muchachito loco”, como dice él, combinando sonrisas e ironías.
Felipe siente que la vida es fea, horrible, trágica. Unas semanas atrás no hubiese pensado así. Estar en su casa, compartiendo con los suyos, ya no es lo mismo, si no hay gritos o sacadas en cara no es una día común. “Ya no debo de vivir acá, creo que debería vivir con mi papá”, piensa y de pronto una lágrima cae, él corre al baño, se lava la cara y vuelve a salir, tiene que hacerse el fuerte, nadie lo puede ver llorar, nadie. En las tardes, cuando llega de estudiar, todo es un martirio para él. Le basta cruzar la puerta para que todo empiece, su mamá y su clásica “limpia la sala, el baño y la escalera” y después de unas horas cuando todo está tranquilo, “carajo, lo único que saber hacer es dormir, escribir y dormir, yo no quiero un hijo vago, no”, pero a él ya no le causa el mismo dolor de antes y simplemente hace que le presta toda la atención del mundo pero no, él sigue soñando y viviendo a su manera y sin excesos ni marginaciones. Su tío y mamá pelean siempre y lo que es peor, es que los motivos casi siempre son por dinero. A Felipe no le interesa mucho su propia economía, claro que quiere tener sus cositas pero de ahí a pelear por unos cuantos soles, no. A él le duele que su familia se distancie por esos motivos, “¿que acaso no se dan cuenta las estupideces que dicen y hacen por esa cojudez?”, piensa enfurecido, dolido.
El chico sólo llora, llora mucho, bota todo lo que carga consigo, y las noches y su computador y una luna hermosa son sus mejores aliados. Él quiere decirle a su mamá, a su tío y a todos, que se den cuenta ya no son familia, que ya no parecen una, que parecen diez desconocidos en una casa que sólo buscan el bienestar propio. Y sigue (seguirá, quizás) llorando. Algunas veces trata de buscar soluciones, de arreglar los problemas pero nadie ayuda, todos están a la defensiva, todos tiran para sí mismos y nadie cede, nadie quiere escuchar, nadie, nadie quiere abrir un ratito su corazón y sentir algo bonito, sentir paz, tranquilidad, amor, porque no y no y no, ni uno ni otro, pues parece que les gusta vivir así, sin pensar en el otro, sin pensar que son hermanos, hijos, padres, sangre.
Felipe recuerda su infancia, en Ica, con sus papás, abuelitos, tío y una perrita, Mimí, una cocker maravillosa, tierna y juguetona que extraña tanto, así como extraña también aquella familia, bueno, la que veía y sentía (porque los problemas siempre están pero nunca los percibía o nunca se hicieron notorios, como debe de ser), aquella familia que se apoyaba, que se quería, que pensaba siempre en el otro. “Ahora todo es distinto, por qué, por qué será así”, dice una noche al dirigir su mirada a la luna que bellísima posaba, cuando de repente empieza a llorar y a gritarle al mundo el porqué de su pena, de su lamento y sin parar de llorar agarra un papel en blanco que encontró en su escritorio y un lápiz y empezó a escribir todo lo que sentía, todo lo que salía en ese momento hasta que se quedó dormido. Al día siguiente, con los ojos rojos, despertó tirado en el piso, al costado de la ventana que abierta de par en par daba señales que iba a ser un día radiante, y al levantarse, el papel completamente escrito estaba ahí con el lápiz encima, llorando también, seguro, lleno de nostalgia, de recuerdos, de anhelos, de odios, de llantos desconsolados, comprensibles.
Ahora Felipe se refugia en la literatura, en los poemas que escribe acompañado de un pisco puro. Escribe de los momentos que vive, llora y escribe, chupa y escribe, pues así es como lo quiere él. Encontró su vocación hace dos años, una noche negra, negrísima, una noche en la que sabía que nadie estaba ahí para darle apoyo y entonces encontró una pluma que recogió del tacho de basura y una hoja cuadriculada que arrancó de un cuaderno viejo que lo hizo recordar sus momentos de escolar (de secundaria, colegio San Sebastián, con amor y unos maravillosos momentos en su corazón) y empezó a plasmar todo, todo y sin censuras y así era siempre, cada noche, cada tarde, cada mañana y hasta se podía quedar despierto toda la madrugada escribiendo hasta que se convirtió en su gran amor y su gran apoyo. La literatura y él no se separarán, porque mediante las letras él vive, él sueña, aunque existan personas (su madre y quizá algunas más) que no crean en él, que nunca le digan “vamos, tú puedes, yo sé que puedes, tienes mi apoyo”. El sigue adelante, mira para adelante.
“Ahora, nada esperaré, ahora yo voy a buscar y conseguir todo lo que quiero, yo iré, no esperaré a que vengan”, dice una mañana, apenado, entre sollozos, pues hace dos semanas que se fue de su casa para vivir con su padre. Todas las mañanas él llama y su tío le cuenta que su madre siempre pregunta por él y cuando el chico le pregunta sobre los problemas por los cuales se fue su tío cambia de conversación, dándole a entender que nada ha cambiado, todo sigue igual, cagado. Felipe sabe que su mamá se dará cuenta algún día lo que está haciendo, lo que está causando, porque sin saber o no, está destrozando su familia.