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jueves, julio 17, 2014

El textil que no soy

A Kevin.


Me he hecho pasar por un alto comerciante textil. Un bravo sabelón de telas que mira y toca y palpa cada cosa tirada en el piso que venden las mujeres más chamba de Chorrillos. Es algodón, caserito, me dice una mujer gorda ojos achinados y cara redonda. La miro con aires de crecido, de muy sabido en algodones Reda, Pyma y esos de Austria e Italia. Ella asienta con la cabeza, me dice que es muy bueno el algodón y que la chompita está muy linda. En verdad que la chompita está muy linda: me la probé y me quedaba muy entallada, iba con el jean que vestía y me hacia ver muy juvenil con sus toques de elegancia, como para un coktel. Estaba muy barata, también: veinte soles , caserito, lleve pues, me quedo hasta la una nomás, me asediaba la mujer casi tocándome.


Eran como las doce y la mujer comía una presa de pollo en un plastificado táper amarillo. También todas las mujeres habían comenzado a comer, unas de sus táper y otras del menú que habían comprado en la mañana al llegar a sus sitios en tan ancha vereda como una pista misma: vendedores de juguetes, libros viejísimos, Sopenas, maníes, chupetes y golosinas, ropitas de lana y chullitos. Todas bien abrigadas enchalinadas mascando chicle o tejiendo medias para sus hijos como para matar el tiempo y el frío hasta que alguien se acerque, como Jhonny, a curiosear preguntar y comprar.


Me había quedado mucho tiempo tocando la chompa azulina que me había gustado. La mujer no me veía como un ladronzuelo de callejón (como sí veía a curiosos que llegaban y tocaban con otros afanes), ahora me miraba con raros quecos, pucheritos sublimes, porque había empezado a tocar las ropas con asco, con desazón, con ganas de irme. Entonces, ella me dijo: es lanilla, jovencito, lanilla muy buena. ¿Lanilla? ¿Me habla en serio? -le pregunté, mirándole de reojo-, eso no existe, no existe la lanilla ni la cuerina ni nada de eso que ustedes solo le cambian el nombre para hacerlo pasar como que es lo mismo pero no. Soy comerciante de telas y tengo dos fábricas en Gamarra. Ya tengo muchos años en esta vaina. O sea, le explico -seguía yo mintiéndole mientras la mujer me miraba como contemplando a un marciano, impávida-: lana con acrílico que es poliéster se llama polilana y eso es para todos ustedes lanilla. Claro, al combinar lo natural con lo sintético ustedes le cambian de nombre, pero yo sé lo que es, porque tengo años en esto, herencia de mis padres, porque sé. ¿Me va siguiendo? ¿Me entiende? Ella reclinó la cabeza, cogió la chompa, me la puso en la cara y me dijo: sí, pero está veinte soles, jovencito, ¿acaso está caro? ¿Usted cree? Llévela que se le ve muy bien. Sonreí, mientras los claxon de los buses se hacían sentir pidiendo campo para estacionarse y hacer subir pasajeros para iniciar la siguiente ruta.


¿Cuántas veces he podido mentirles a las personas?, pensaba un momento. ¿Acaso las gentes son cojudas que no se dan cuenta? ¿que no saben? El griterío no se daba tregua y yo en cuclillas tocaba cada chompa que me gustaba y encontraba entre los bultos. La mujer hablaba por celular. ¿Y esta? ¿Y la de acá? -le preguntaba y ya no me hacía quecos, tan solo me respondía de una manera fría, dura, como si ya no le importara mi presencia (si es que le importó en cierto momento). De pronto, la mujer dejó de comer, guardó el táper en una mochila verde con blanco tejida a mano y me preguntó, sonriendo: ¿Y dónde estudió eso que usted estudió, joven, eso para ver las telas y saber tanto de eso? Dudé, no sabía por dónde salir, qué hacer, qué decir. Pues mis padres me enseñaron todo lo que concierne a lo textil, señora -le respondí y la ella notó mi vacilación, mi voz endeble. Escupió a un lado de la vereda y me dijo-: eso de acrílico, poliéster, eso me confunde, quiero aprenderlo... Yo conozco la lanilla, cuerina eso que usted me dice que no existe... Eso se aprende con el tiempo -la interrumpí-, yo siempre estuve metido en esto, con las ganas, con la experiencia. La mujer me miró a los ojos, vacilé, noté sus dientes de oro cuando volvió a sonreír antes de decirme: Yo vendiendo lanilla y cuerina o eso que quiero aprender ahora como usted, jovencito, estoy ya como diez años. Mis hijos han comido pan con leche con esto porque no tengo marido, se fue el muy desgraciado cuando yo iba a tener al tercero de mis hijos. Bajé la cabeza, suspiré. Sabe mucho joven, -siguió la mujer-, estudie para que tambien ponga sus ropas de lanilla y poliéster y vendamos juntos, jovencito, yo le ayudo pues, ¿si? ¿Así es , no? Po-li-es-ter, ¿Así, no?


miércoles, marzo 12, 2014

Métanse la alcaldía al poto (o Lourdes Flores Nano, patinando)



Tan sólo siendo bachiller de la Universidad del Pacífico en Economía, Pablo Secada ya tenía un muy buen puesto como Economista Senior del IPE (Instituto Peruano de Economía), enseñaba en su alma máter y se jactaba de saber tanto de economía que cualquier simple mortal pensaba que ya era titulado, doctor y tenía una maestría en las mejores universidades del planeta. Pero no, el pequeño Pablo no hace poco dejó de ser bachiller y lustró una maestría en Política Pública que le costó conseguir en la Universidad de Chicago en gringolandia, pero sin dejar de ganar la plata que quería y la ansiada fama tanto en la próspera economía peruana como en sus muecas politiqueras que bien sabía ejecutar dentro de la chompa.


Secada por ayuda de sabe que Dios, entró a trabajar siendo aún bachiller de Economía de la Pacífico a un muy buen cargo en el IPE. Muy buena mano el que lo colocó, el que le tuvo fe, pero igual el muchacho no desentonó, siguió ascendiendo agarrando tremenda confianza económica y aprendiendo desde ya las mañas en la política nacional. Profesor –ya con maestría en mano y no en vano– de la Pacífico, Consultor de la EIU (The Economist Intelligence Unit) y Regidor en la Municipalidad de Lima por el PPC (Partido Popular Cristiano). Y estuve revisando que tenía un blog en el cual publicaba temas de economía y política nacional, teniendo muy buenos comentarios y  muy buen puntaje entre sus lectores, apoyo incondicional al gran Pablo: Chicago y Macondo.


Hay quieren pensarán que este Pablo Secada es un genio (y quizás lo sea, como tantos que eran genios y no sé dónde están), que sabe tanto de números y estadísticas como de generar un buen gobierno, mantener en orden a una Lima Metropolitana en base a un estudio económico e ideales liberales, capitalistas e inversiones públicas y privadas my bien llevadas. Se consagra si lograra todo lo propuesto anteriormente. Se consagra y es un Dios, bien digo. Pero lo que tiene de genio lo destruyó y lo catapultó a la nada, al barrio, a la mierda. Sus títulos, sus galardones que gracias al compadrazgo mezclado con sus habilidades natas consiguió en los diferentes puestos que le encargaron, los hizo añicos al ganar el diploma del más cojudo por unas cuantas sandeces que lanzó contra una mujer policía y anteriormente, por severas palabras de su esposa, condenándolo por maltrato físico (aún no probado).


Su flamante precandidatura a la Alcaldía de Lima Metropolitana con la firma referencial  de la eterna Flores Nano, claro está, se fue a la reverenda mierda, se fue al poto de Lourdes por segunda vez consecutiva, digo.


Pero quizás en algo concordamos. Quizás también pienso igual que Secada sobre la Policía peruana y lo digo y lo publico porque es mi opinión y hay libertad para hacerlo, pero no le falto el respeto a nadie, menos a una mujer. Él lo hizo, fue un malcriado y despotricó contra ella. También apoyo cuando dijo que deberían de estar persiguiendo a los ladrones, asesinos y violadores, pero está perfecto, también sea quien sea, que regulen y sepan corregir a esos conductores que no tienen la licencia a la fecha y menos el permiso de lunas polarizadas, siempre adjunto a sus documentos, en el auto. Es por eso que el supuesto genio de Secada se convirtió en un animal, un energúmeno, un Hulk malísimo y horrible que sólo sabía escupir idiotez tras idiotez cuando se negó ir a la comisaría por una vía de tránsito y tomó otra que no conocía y se perdió y quiso limar asperezas en el camino pero la policía no cayó en el juego, se resintió y ella tomó al toro por las astas disfrutando del juego.


Ahora, como era de esperarse, Pablo Secada renunció a la precandidatura (aunque sigo creyendo que la mandó a la mismísima mierda). Pero por facebook. Sí, renunció por facebook. No lo hizo en público, no habló, no llamó a las cámaras de la tele. Lo hizo por la red social del momento. Quizás para evitar el miedo al griterío popular, a la llovizna de críticas del oficialismo, al vapuleo de la masa que aún creen en la gente del orden o peor aún, a la destrucción de todos –y me incluyo– hacia un patán que simplemente le habló feo a una mujer. Sea quien sea, fue una mujer. Pero que ahora, esta mujer se agarre de la policía y otros datos para hundirlo más, no lo entiendo. Un cargamontón no es debido, crear falsos testimonios, falsos golpes, falsas reacciones tampoco. O sea, tampoco tampoco ¿no? Se grabó, hay pruebas y ya está.


viernes, marzo 07, 2014

Warmikay (o gracias por existir warmi hermosa)

Columna por el Día Internacional de la Mujer.

Warmikay -en quechua- Feminidad


Susana Villarán, alcaldesa de Lima, está entregando los mencionadísimos Premios Lima Warmi 2014 a aquellas mujeres defensoras de los derechos de la mujer. Cabe mencionar que han postulado, que han buscado a las féminas con más aportes, que han hecho –los de la comuna– un gran trabajo para entregar el dicho premio a la mujer que bien se lo merezca. ¿Así escribió alguien cuando se lanzó el Premio que se entrega conmemorando el Día Internacional de la Mujer, no? 


Premio Warmi a la warmi de verdad, Susana. A la vendedora de papa que tiene sus manos negras y callosas. A la niña de esa vendedora que se hizo mujer a la fuerza. A la carretillera, a la estibadora de La Parada. A la mujer que, tendida en una manta en pleno mercado abarrotado y el sol quemándole la nuca, vende choclos y pancas para el conejo y el anticucho. Premio Warmi a la mujer de la selva que prepara su tacacho para venderle a los propios del mercado. Que se gana, seguramente, obscenidades al momento de cocinar o dejar el plato al comensal. Premio a las ayudantes de su cocina. A la mamá de esta. A la suegra, si tiene. Y a la hija, por el orgullo y la herencia de la buena sazón.


Señora alcaldesa de Lima capital, este mencionado premio debería ser entregado a muchas mujeres que se honran. Aquellas mujeres que sudan y que tienen un ovario más grande que un par de huevos, faldas que parecen pantalones, voces melodiosas que organizan y desahuevan. Me cachen, señora alcaldesa. Ese premio no es para algunas, es para todas. No se necesita candidatura, se necesita ganas y punche, mujeres mejor dicho. No se necesita saber quién ni cómo ni por qué ni un monumento ni alguito de billete (aunque muchas lo necesitan), solo gracias, estrechar las manos y palmotear la espalda. Sabemos de política, aunque sea un poco y de costumbre, señora alcaldesa.


Premio Warmi a la mujer que sacó adelante, muy sola, a su familia. Que el marido le dejó un par de billetes grandes, casa en La Molina, un auto del año y varios moretones en la cara y el cuerpo. Te vas a ir a la mierda, le dijo, cuando cerraba la puerta el muy matón. Premio a esta mujer que pasado un par de años y a punta de cerámica en frío supo hacer que esos billetes que seguramente le habrán sabido amargo (o que jamás utilizó) se multiplicaran para ahora tener a sus tres hijos en las mejores universidades del extranjero. Sola, solísima. Ni familia tenía, por ser ella de bien entrada a la Selva peruana. Y cuando el marido, años luego, con una concha anchísima y enorme, la vio en la tele recibir un premio internacional por su trabajo manual, quiso regresar a la casa, nunca la encontró. La mujer nunca más vivió ahí donde la dejó. Se mudó. Juró que nunca más dependería de un hombre y menos de un supuesto amor lleno de golpes e insultos. Premio a ella que fue mujer digna y luchadora siempre.


Ese Premio Warmi, señora alcaldesa, es para mujeres de diferente estrato social que supieron sobrellevar a su familia, su trabajo, su lucha. Y claro, así defender los derechos internacionales de la mujer. Porque buenas formas y no solo de una se defienden derechos, señora Susana. Así que creo que el premio no es solo para unas cuantas ni en representación ni por el estilo, es para todas las que son reinas de vestido y las de ojotas, warmi del Perú –warmi en quechua– como se llaman.