jueves, enero 31, 2013

¿RECUERDAS?

¿Recuerdas cuando te llamaba y te decía para vernos, aunque sea un ratito, a las doce y media de la noche? ¿Recuerdas cuando te decía te quiero, mil veces, y te mordía la oreja y te susurraba en el cuello? ¿Recuerdas cuando entrelazábamos los dedos cuando te abrazaba y te decía que tenía frío y metía mis flacuchentas manos en el bolsillo de tu chompa? ¿Recuerdas cuando me mordías el cuello? ¿Y, cuando me decías con voz de niña engreída: te quiero, mil veces, gordo, te quiero?

¿Recuerdas mis berrinches cuando chateábamos? ¿Recuerdas tu cara de molesta cuando te bromeaba con cuanta mujer pasaba por la acera? ¿Y cuando la miraba? Me miraban… yo no miraba a nadie, sólo a ti. ¿Y, recuerdas, cuando te miraba, y te decía: por ti estoy feliz, soy feliz? ¿Recuerdas cuando te decía que contigo era feliz y me hacías la vida contenta? ¿Y los días y las noches, y el cielo y el mar no eran nada sino estabas tú? ¿Recuerdas cuando te llamé, cierta noche, cuando caminaba por el Malecón para pensar las cosas? ¿Tú has pensando bien las cosas? ¿Sigo teniendo la culpa? ¿Sigo pensando y no hago nada?

¿Recuerdas que te dije que no teníamos fotos juntos? ¿Recuerdas la foto en Miraflores, después de la salida en grupo? ¿Y Joan: Ven, mierda… hablen, ya, carajo…? ¿Se notaba mi felicidad? ¿Mi nerviosismo? ¿Te abracé fuerte? ¿Te estrujé el corazón?

¿Recuerdas cuando se me hacía difícil decirte que quería que seas mi novia? ¿Cuánto me demoré? ¿Poco? ¿Mucho? ¿Recuerdas la esquina donde esperábamos el carro que me llevaba a mi casa? ¿Nidito de amor? ¿Me voy ahí… No, no, en el otro… y así una hora esperando el carrito de rayas celestes y blancas? ¿Recuerdas los golpes en la frente, y los insultos de cariño? Te digo imbécil de cariño, gorrrrdito ¿ya? ¿Recuerdas a los noctámbulos? ¿A los que esperaban el carro con nosotros? ¿Y los que tenían la pinta de no esperar el carro sino cualquier estúpido que tenga una buena prenda o reloj o billetera gruesa? ¿Recuerdas mi cara de pelinco? ¿Y tu cara de miedosa? ¿Y mis palabras? ¿Y mis abrazos en plena noche calurosa? ¿Tus miradas?… aún las siento en las noches que camino solo, fumando el cigarrillo que nunca se termina…

¿Recuerdas cuando caminábamos lento? ¿Cuando te dije vamos para la Brasil, y nos estábamos yendo para la Católica? ¿Recuerdas mi cara de vergüenza? ¿Y de enamorado? ¿Recuerdas mi cara de templado? ¿Recuerdas cuando hablé con tu papá? ¿Y tú mamá: mírala a los ojos…? ¿Recuerdas la película que veía tu papá y me dijo para verla juntos? ¿En blanco y negro, en su habitación, en silencio? ¿Muy divertida? ¿Por eso nos fuimos a jugar ludo?

¿Recuerdas mis ojos cuando te veían? ¿Y mi corazón palpitando? ¿Recuerdas mis besos alocados? Pues, déjame decirte, que yo los recuerdo y los extraño.


¿Recuerdas cuando caminábamos de la mano? ¿Cuando te agarraba más fuerte? ¿Cuando no te soltaba, para nada? ¿Recuerdas cuando te besaba la mano, el brazo y el hombro? ¿Recuerdas cuando me mordías el hombro, y el omóplato? ¿Recuerdas los besos prohibidos en el ascensor? ¿Los besos robados…? ¿Recuerdas cuando nos quedamos dormidos en el sofá de tu casa, cuando Perú perdió en el Sudamericano Sub20? Me intereso más contemplar tu cara que el partido… Que el equipo local… ¿Si me hacías feliz? ¿Si fui feliz? Sí… fui feliz… y ahora también estoy feliz porque te escribo… Y ahora también soy feliz porque me he sentado a escribirte seiscientas palabras sólo para volver a sentir lo que sentía al estar contigo, caminar contigo, reír contigo, ser feliz… contigo.

jueves, enero 24, 2013

ESOS OJOS AZULES

A doña Flor.

Recuerdo sus ojos azules llorando, al ver a la Tata en ese cajón elegantísimo, con flores de todos los colores y aromas a su costado. Recuerdo las palabras de aliento que me daba, sus abrazos que lo sentía como los de mi Tata cuando me decía que todo iba a estar bien. Recuerdo, su pelo blanco, su voz cariñosa y dulce. Recuerdo, su perfume, su caminar pausado, sus miradas coquetonas. Recuerdo sus llamadas por la tarde para que suba al instante: no le hacía esperar y en la puerta a medio abrir estaba ella, sosteniendo un plato de seco o ensalada, para que comas rico, me decía y yo, agradeciendo y no sabiendo qué más decir, bajaba contento con el plato en las manos, mirando para arriba, sonriendo por la buena salud que mostraba doña Flor.

Recuerdo, sus chancletas marrones. Y su casa, que también es mi casa, oliendo a flores e incienso, con las ventanas abiertas, con el aire paseando. Recuerdo sus llamadas de teléfono cuando alguno de mis amigos venía y no tocaba el intercomunicador: creo que alguien te está buscando, me decía y colgaba enseguida. La recuerdo contenta, sosteniendo la copa de champán en año nuevo, diciéndole a mi tía que se quede para cenar juntos. Y es que subimos un rato porque papá tenía que madrugar para ir a trabajar, mi tía estaba resfriada y yo, ir al cine donde me pagan por no hacer nada.

Pero ya no escucho su risa contagiosa cuando me pego a la ventana que da a la calle. Recuerdo cuando se sentaba a esperar a su nieto, y miraba a la puerta del edificio, anhelando su llegada. Recuerdo, cuando yo llegaba antes y cerraba las cortinas: sonreíamos juntos. Recuerdo, cuando la miraba y cuando se reía. Recuerdo su paciencia y preocupación por personas que no eran su familia. Recuerdo sus uñas largas, pintadas; sus labios con un rojo sobrio y las chapas bien coloradas para salir unos minutos a comprar el pan.  
Y un lunes cualquiera, Lima anochecía con la panza de burro acostumbrada. Y fue la panza de burro que se convirtió en una caída de estrellas que detenían su viajar en el piso cochino y lleno de caca. Un lunes que atardeció rápidamente y una noticia inesperada llegó al contestar la llamada diaria de mi padre. No te creo, le dije, sudando frío. Y agarré fuerte el teléfono porque lo sentí caer por mi cachete helado. No sabía qué hacer, qué decir, qué insinuar, qué… Ya no estaba la doña que cuando mi abuelita se fue tranquilita, me llamaba para darme medio kilo de papa canchán o un plato bien taipá de tallarines verdes con churrasco. Porque cuando la Tata se fue, en doña Flor  refugié mis alegrías y conversaciones íntimas, conversaciones que ahora revelará a su amiga de siempre, cuando las dos me miren y se rían como siempre se reían al verme hacer payasada y media.  


Y ya no está. Y la extraño como extraño a la Tata que se fue de estos caminos llenos de mierda hace como un año y medio, si no me equivoco. Ya no está, y ahora juntas revolotean y ponen de vuelta y media el cielo infinito del que tanto hablaban todas las tardes-noches cuando salían a regar el jardincito que hoy está más florido que nunca. 

lunes, diciembre 24, 2012

FALTA MUY POCO


Silent Night,
night of love ...
everyone sleeps around ...

Falta muy poco para que los cohetones exploten en el cielo negro y cochino. Muy poco, para que los niños griten por romper sus regalos y los perros chillen en la azotea de la casa. Para que las abuelitas contemplen a su nieto recién nacido y le agradezcan al señor que acaba de nacer (mientras lo acomodan en el pesebre nuevo). Y para que los padres, llenos de gozo, inflando el pecho, le digan al hijo mayor, esto es por hacer bien las cosas, y le entregan la ansiada Mac.

Falta muy poco, casi nada, para que la mamá, ayudada por los tíos que acaban de llegar del extranjero, diga que ya se pueden sentar a la mesa, que el pavo está que espera, que todo está lindo para esperar la llegada del Niño Manuelito. Muy poco para que toda la familia, se reúna y rece frente a Jesucito. En un ambiente denso, con el estallar de las Mama Ratas y Huanuqueños que hacen saltar del susto a cualquier errante. Y los más perjudicados, los que ladran y maúllan.

Falta muy poco, poquísimo, para que los chibolos rompan los papeles que cubren los regalos y sepan qué les dejó Papá Noel. Una pelota, un carrito, un polo, un scooter, unos patines. Una Barbie, un set de manicure, una casita con Ken adentro, una bebe tamaño original que caga y mea y chilla y ropita para cambiarla. Muy poco, para que los chibolos salgan a la calle y jueguen con los obsequios de sus amiguitos del barrio y compartir porque Navidad es compartir y amor.

Falta muy poco, nada, para que todos se abracen, mientras contemplan por la ventana el juego de luces multicolores y se tapan los oídos evitando el fuerte reventar de los cohetes que nunca paran. Quieren involucrarse en el jolgorio popular. Esa fiesta de gentes y costumbres que ahora extraño porque vivo en un departamento que pertenece a un edificio de viejos que solo saben saludarse, tomar chocolate caliente y dormir encapuchados. No, ruidos molestos. No, cohetecillos. No, lucecitas de bengala. No, alegría. Bah. Never, papacito.


Falta muy poco y nada para que el niño Jesús nazca. Para que la nieve nunca caiga. Para que el trineo no ande más. Para que los regalos sean juguetes rotos. Para que la familia se vuelva a distanciar. Para que la fiesta termine. Para que la vida continúe. 

lunes, diciembre 17, 2012

TU CONCIENCIA

Te he dicho que te cambies de calzoncillo a diario, no uses uno un par de días (porque si te olvidas y no te bañas, tres o cuatro días). No seas cochino. Te he dicho que te bañes un día sí un día no. Que no te laves el pelo todos los días que entres a la ducha, porque se te cagará y te quedarás pelado como tu padre. Te he advertido que laves tus medias todos los días, déjalas remojando toda la noche y en la mañana las refriegas y las tiendes. Te he dicho que uses talco. Que uses agua refrescante. Que te seques el pelo con secadora, y no con toalla, tu pelo es lindo, claro, que no se queme, no seas huevón. 

Te he repetido, un millón de veces, que no juegues con las mujeres, que tienes una hermana y que no te va a gustar que le hagan lo mismo. Te he dicho, que enamorarse es lindo, que si te gustaría estar solo como tu padre, solísimo y cachándote cuanta puta se te atraviese, entonces sigue jugando con las buenas mujeres que se posan ante ti. ¡Entiende! No las ilusiones. No les digas te quiero. Tampoco, te amo, te extraño. Menos, le escribas huevadita y media y lo publiques en esa vaina, bloc, log, blon, esa cojudez.

Te he dicho, hasta el cansancio, que quieras a tus padres. Que, de vez en cuando, les dejes un chocolate o un caramelito de limón. Es el gesto. También, te he dicho que seas considerado con tus abuelos. Cuando vas a visitarlos, a regañadientes, ellos te saludan con un beso y apapacho. Y tú, a las justas, los miras a la cara. Si te preguntan algo, respondes de mala gana. Si te quieren hacer cariño, te apartas. Ellos se dan cuenta, y no te lo dicen, lo dejan pasar, algo debe tener el muchacho, cuchichean. No seas huevón… quiere a tus abuelos, abrázalos con ternura, dale un beso en la frente a cada uno, carcajea con ellos. Te he dicho que confíes en tu familia. Te he dicho, que nunca te olvides de los tuyos. Que tu familia, al fin y al cabo, siempre estará contigo, en las buenas y malas.

Te he repetido, miles de veces, que dejes de extrañarla. Que ya no estará. Que ya no volverá. Que ya no quiere ni mierda contigo. Te he dicho, claro, que ya no te quiere. Que te hagas de la idea que se murió y que nunca más la verás. Te he dicho, también, que olvides los momentos bonitos que pasaron. Que no te hace recordarla. Que te vuelves un estúpido y empiezas a escribir sin razón alguna, cartas, poemas, que no publicas y los quemas en medianoche, cantando Decir adiós. ¡No jodas, pues!… Te he dicho, que ya no jorobes la pita con la misma cantaleta de que el amor de tu vida huyó y te destrozó el bobo. Ya, no hinches las pelotas, desahuévate y anda.  

Te he dicho, para ir terminando, que camines con cuidado. Que mires antes de cruzar la pista. Que estés alerta, atento, siempre mirando a todos lados. Que contemples el semáforo. La calle está peligrosa, y de noche, peor. Y a ti te gusta ir de acá para allá de noche, cuando los grillos comienzan con las sinfonías. Te he dicho que camines erguido, frente en alto, cabello peinado. Como te ven, te tratan. Sonríe, saluda, agradece. Entiende, mierda, como te ven te tratan. O te escupen, o te hablan. O te ordenan, o te hablan. Como te ven… Bueno, tú ya sabes.

Te he dicho, que no escribas cuando hayas fumado hierba. No te conviene. La hierba siempre te juega mal. Es que no escribes mal. Y eso es lo que pasa. Te he dicho, amigo mío, que no te emborraches. Que no le digas a tu amigo, ven a mi casa… no hay nadie. Que no le digas a tu novia, sorry, gorda, tengo problemas. Por eso, no tomes. Y menos, solo. Y cuando tomes no escribas. Y menos, solísimo.


Para terminar, te he repetido, hasta morir, que cuando yo hablo, tú chitón nomás. Escuchas, piensas y actúas. No reclames. Estoy dentro de ti. Sabes quién soy. Pero no me conoces. 

lunes, diciembre 10, 2012

PUTA TRISTE DE MI VIDA



La chica cuida su esquina enseñando los dientes. Y también, las tetas. Se acomoda siempre su pelo largo y rubio sobre el hombro derecho. Se peina cada tanto, y juega con los rulos que se le forman. Se recuesta en un poste lleno de afiches de perros perdidos y mensajes llenos de esperanza. Descansa su espalda desnuda, tratando de no ensuciarse. Busca algo en su cartera… un cigarro. Lo enciende, mientras tararea una canción de Calamaro y respira, para comenzar la faena.

Hace frío, y está lejos de casa. Y es que la calle es su lugar, ella sabe bien. Y contenta, risueña, mira cada auto que pasa por la Arequipa, despacio, viendo el material… Le piropean, ella sonríe, se toca; ellos le dicen algo, carcajean, siempre van en grupo, ella siempre está sola, solísima. Y muestra una sonrisa pendeja, coquetona. Se arregla la falda, se la sube un poco. Se junta las tetas. Se pinta la boca con carmín. Se mira en un espejo que siempre lleva, rajado por la mitad, en su cartera con hartos compartimentos. Sonríe, guarda el espejo y enciende su segundo cigarrillo.

Pasa un Mazda negro, con lunas polarizadas, y se para frente de la muchacha que no se da cuenta que el auto se ha estacionado a pocos pasos suyos. Ella, habla por teléfono, mirando a la nada, y fuma impulsivamente. Alguien baja la luna del auto y comienza a silbar. La chica sigue hablando, pareciera que atendiera a un cliente porque le habla sensual y con un tono bajo –como hablan esas putas de mierda a las que llamas cuando no tienes nada qué hacer y quieres dártela de pendejo con tus manchita, pe’ causa–. Más silbidos… la chica voltea y mira el auto estacionado, la luna baja, alguien dentro. Trata de reconocerlo pero está muy lejos y no ve nada, sólo una silueta que no distingue bien. Se acerca lentamente, mientras los silbidos cesan. Hay murmullos, susurros. Hace frío, mucho frío.

Es la una de la madrugada y la calle se va pintando con la Navidad. Las amas de casa hacen su mayor esfuerzo para decorar las fachadas con lucecitas de melodías chillonas y papanoeles que trepan para el techo y bajan por la chimenea. Y ahí, ahí, está la muchacha que conversa con su cliente de la noche… primero, único, sólo ella lo sabe. Sonríe mientras conversa. Mete casi medio cuerpo al auto, le toca los timbales al que esté dentro… juguetea, nada más. Cuando ya todo está consumado y han pactado todo lo concerniente… Ella, mira a todos lados, se acomoda el pelo e ingresa al auto, al lado del conductor.

Se va, se va, la chica de pelos rubios y mirada triste. Se va, y se esfuma el amor en sus tacones y ese perfume riquísimo de chocolate que con tan sólo sentirlo la imaginas entre sábanas blancas de un hotel de Barranco. Se va, la muchacha que fuma como condenada... Y se esfuma de mi vista esa puta que me enamora cuando camino por la Arequipa, todas las noches de diciembre, llorando mis putas penas.

lunes, noviembre 26, 2012

MIS TARDES EN UN CINE

Ejecuto pasos de bailes exóticos, contorneando mi cuerpo flacuchento, ante la mirada cojuda de los chicos que se olvidan de repartir bebidas gaseosas y comer pop corn para verme y sonreír placenteramente. Me toco y soy una draq queen sin ropa extravagante y maquillaje multicolor. Una vedette novel que se ensucia las manos de grasa y saca combos de Coca-Cola con panes con hot dog larguísimos, lo más rápido posible, pensando al segundo, escuchando y haciendo, diciendo y volando, siempre en puntitas para estar más agiles y al acto con el cliente que espera ver su película atragantándose bien rico en la última butaca de la sala 3D.

Converso con E, una directora peruana de cine. Apoyo mis codos al mostrador donde vendo y vendo, y encorvado, le hago el habla coqueta a la coqueta que me ha visitado al trabajo. Hablamos de pastillas, de pura mierda, de chucherías. Ha ido al cine a ver una película de terror, una de las tantas que han entrado a la nueva programación. Me cuenta, adormitada, que la película fue un bodrio, que no existe otra película más asquerosa que esa, que debería haber devolución de dinero cuando el cliente se caga de sueño y se coloca en posición fetal para encontrar la muerte deseada y dejar de ver un largometraje americano tan cochino como Bush. Me habla en sueños, tiene los ojos chinos y el pelo amarrado por una pita gastada. Se recuesta, de vez en cuando, en el mostrador. Me deja ver más allá de una simple blusa anaranjada y suelta... muy bonita, por cierto. Me cuenta, además, que hay varias películas de terror que han venido al Perú y las han acogido como grandes proyectos y las han venerado, y nada que ver, el tiro por la culata, otra más para dormir. Con cuántos largos me he quedado jato, me dice, y se caga de la risa, aplaudiendo como chibolo festejando su propia payasada.

La conversa cambia de rumbo y el jugueteo maricón traspasa los límites prohibidos. F pasa por mi lado y me besa el cuello. Sonrío y lo presento en sociedad. (F es moreno, alto, guapetón. Siempre tiene el pelo engelado y mojado. Se ha hecho mi amigo y compañero de conversas nocturnas. Es, un ángel, un proyecto de amigo ideal que todos esperan pero nadie tiene, salvo yo y los chicos del cine). Y, le digo a E que es mi pareja, que no hay nadie como él. E me mira, sonríe, se tapa la cara y comienza a susurrar algo que yo ni escucho ni entiendo, pero pinto una sonrisa en mis labios aceptando la gracia. Ella sabe que es una broma, pero me dice que soy un rico maricón, un bonito, y me empieza a hablar de la homosexualidad como hablar de qué has tomado de desayuno hoy y me crea un guion en el acto de una idea pastrula que se ha inventado al escuchar a dos lesbianas que han ido a comprar dos canchitas medianas y un hot dog jumbo con harta pero haaaarta mostaza.

Hay barullo y comienza la catana y los pedidos de todo un poco, minutos antes de que algún muchachón de polito azul bien sucio y visera sin pega pega grite que a su sala ya pueden ingresar dejando el boleto rosado y consintiendo su  veloz chequeo a los paquetes. Es como un juego que nunca termina, y los jugadores nunca se cansan, los de adentro y los de afuera, los que piden y refunfuñan y quieren todo para ayer, y los que hacen y corren y gritan y sacan bandejas negras llenas de chucherías que los comensales cargan felices y van adonde se va a proyectar la película que han sabido escoger.

Cuando la marea baja y las gentes están adentro de las salas con el aire acondicionado a mil, nos recostamos y suspiramos y nos vamos a mojar la cabeza en el baño, descansando de la chamba jodida y los olores a canchita y el pegoteo al poner el brazo en cualquier lado, porque la gaseosa se derramó y ahora toca la operación limpieza. Hay muchos caídos… unos, se sientan en el suelo lleno de grasa y boletos rotos; otros, se quedan en el baño quince minutos y los más cansados (me incluyo), se llevan a un cuartito prohibido las bebidas que nunca salieron como pedido y de un solo sorbo se la toman y dejan para que el compañero que llegue también sacie su sed. Y comen canchita escondiéndose de todos. Y juguetean entre sí, riéndose a carcajadas, y vociferando cual reunión hablando de las ex que te siguen jodiendo y los chicos que te gustan y esos ojos lindos y esa carita de pasaporte y qué haras más tarde, darling… ¿un puchito? ¿puede ser?.

Y así se pasa la tarde gris en un cine donde creo trabajar. Todos, hablando de la novela que no pueden ver porque tienen que marcar tarjeta antes de las dos con treinta. Barriendo para hacer finta cuando los supervisores pasan a chequear qué hacen estos chibolos del carajo, qué hablan, porqué están conglomerados en una esquina, carajo… Así, se me pasan las nuevas tardes que ya me estoy acostumbrando a recibir sin mala gana ni el puchero de cólera.     

viernes, noviembre 16, 2012

TE VUELVO A RECORDAR

Yo no quiero
saber porqué lo hiciste.
Yo no quiero,
contigo ni sin ti.
Lo que yo quiero,
muchacha de ojos tristes,
es que mueras por mí...

Y morirme contigo,
si te matas.
Y matarme contigo,
si te mueres.

Porque el amor
cuando no muere mata.

Porque amores que matan
nunca mueren.

Sabina y Páez

Ay, cuánto te extraño. Tu pelo ensortijado acariciando mi cuello, cuando nos besábamos. Extraño tu caminar apurado en plena calle, en un ambiente congestionado por el claxon y risas estúpidas y miradas penetrantes. Ay, tu pelo, tus rulos negrísimos, tu andas achorado. Extraño joderte en cada pisada, molestarte y abrazarte, decirte que eras la única, que besos como los tuyos, jamás encontraré. Extraño tu decires, mis decires coquetones. Tus ojos marrones, mis ojos enamorados.

He vuelto al Kennedy, donde solíamos andar de la mano, caminando lentito. He extrañado caminar lentito contigo. Sólo contigo. Riéndonos de los gatos que trepaban presurosos. De los locos que iban a tomar fotos. De los automóviles último modelo que queríamos tener. Y, ahora, recuerdo cuando estábamos sentados en una de las tantas bancas del parque, y vimos pasar a un niño de la mano de su padre, vestido de overol azul y un gorrito anticucho, era blanquito, tenías muchas pecas y el cabello rubio… nos reímos, yo quiero tener un hijito así, me dijiste; te miré, completamente enamorado y no te dije nada. Ese día, te amé más que nunca.

Recuerdo tu fotografía, nuestra fotografía frente a la playa. Tremendo beso que nos dimos. Estabas loca por una foto con el fondo de la playa y las gaviotas. Ahí, ahí, quédate tranquilo, me decías para capturar bien el momento. Estaba nervioso, sudaba frío. Pero estaba contigo. ¿Y, por qué sudaba frío? ¿Por qué tantos nervios? ¿Por qué el amor te vuelve imbécil? ¿Por qué sigo siendo un imbécil para escribirte?

Te recuerdo con los ojos tristones y el corazón exaltado. Tu paciencia única. Tus gritos enloquecidos. Tu risa contagiosa. Las recuerdo tocándome el pecho, sintiendo mi latir desesperado, maldiciendo el momento en que te dejé ir, o te fuiste sin decir nada, sin avisar, sin mencionar que huías. Pero, ya todo está hecho. Habrá que llorar, y escribir. Escribir, y tratar de no volverte a recordar.


Bonsoir, mademoiselle.

miércoles, noviembre 07, 2012

TRISTES PASOS DE UN JOVEN ENAMORADO

Morales es mi amigo y no llega a los dieciocho. Es guapo, flaco, blanquiñoso y alto, muy alto. Siempre usa el mismo peinado y el mismo perfume. Siempre viste bien, ropa de marca, zapatillas de moda. Vive en un departamento chorrillano, con su incondicional Skyper, su bigotón y pelinco schnauzer.

Morales hace un par de meses que camina por la vereda del amor chibolo. Hace un par de meses que juguetea con el bombeo ilusionado de su corazón al recibir un mensaje de su amada. Deambula con ella por el limbo de edificios de quince pisos con la melodía de los claxon que lo siente como una ejecución de piano, sonriendo y haciendo ojitos. Conozco a su chica, la he visto por fotos: es simpática, chata y flaquísima.

Cada vez que nos juntamos para conversar, siempre me tiene que hablar de la chica que le gusta. Lo escucho con atención, le aconsejo, nos cagamos de risa. De repente su teléfono comienza a sonar, agacha la cabeza y comienza a escribir rápido, sin tregua. Sé que está escribiéndole a su chica porque una sonrisa pendeja lo delata. Y cuando deja el teléfono a un lado empieza con su ponencia del amor y esas vainas que he preferido aislar por un tiempo. Que debería tener novia, me dice. Le digo que mejor debería tener novio, uno fortachón y de ojos verdes, nos reímos y un nuevo sonido del teléfono lo excita a sobremanera.

Ayer hemos salido a una reunión y Morales no me ha hablado de su chica. Cosa más rara. Lo sentí frío y distante. No quería tocar el tema. Se fastidiaba, se malhumoraba. Cuando su teléfono sonaba, veía quién era y lo volvía a guardar, inmutado. Le pregunté por ella, insistiendo. Me dijo que estaba bien, y me cambiaba de tema. Yo, jodido, le pregunté qué le pasaba, qué había ocurrido con su chica que no quería hablar de ella. Y ladró: que la chica le había dicho que no se enamore de ella, que él merece algo mejor, que ella no es lo que él busca, que ella prefiere la universidad que a él, que no sea cojudo. Me habló entre lágrimas, suspirando por su loco amor no correspondido. Por esa ilusión que le desbordaba por los poros y ahora lo manda a morder la almohada en plena noche de octubre. Esa ilusión que le estruja el corazón y le desgarra lo más profundo de su alma. Que lo hace escribir como un demente, poemas que rompe y quema a medianoche.

Ahora, Morales juguetea con el destino que le ha dejado de sonreír. Ese destino que no le deja caminar tranquilo y contento, enseñando la sonrisa Colgate, vociferando la ponencia enamorada. Ese destino que lo devora y carcome. Ese destino que se traga las putas páginas de su chibola vida como quien masca un chicle y lo escupe y antes de que caiga le mete un señor patadón hasta mandarlo al carajo. Que se viste de corto y agarra de pelota a su tristón corazón que está aventurándose en la decepción adolescente. Ay, ese maldito destino que lo condena a la hoguera de la soledad. Como me condenó a mí, cierta tarde del año pasado, cuando la morena me dijo que no me quería, que no era buena para mí, que podía estar bien solo. Ay, ese destino de mierda que le joroba la pita y le saca más lágrimas que María Magdalena a los pies de la Santa Cruz. Ay, ese destino, hijo de la gran fruta, que lo seguirá jodiendo hasta no verlo arrodillarse en chapitas de Coca-Cola, susurrando el nombre de la muchacha, suicidándose despacito.


Hoy, Morales ha despertado intentando rebelarse y romper sus cadenas con la fuerza que nace de sus tiernos cojones. Quiere gritar. Quiere zafarse del dolor que le causa el pobre amor perdido. Entonces afila los dientes y cumple con severidad las lecciones para chillar en soledad. En su habitación, cuando duerme, cuando escribe, cuando piensa en la chica que lo choteó: ahí chilla y gime y suspira, en la soledad de sus cuatro paredes. Afuera se vuelve fuerte, happy. En la calle todos son fuertes, solos y contentos. Morales ha amanecido con ganas de cumplir cada una de las pautas para conseguir el título de payaso callejero, caminante achorado, cireador de putas de esquina, hablantín de sexo sin poncho y cacherito de las amigas con mejor culo de la facultad.