viernes, noviembre 22, 2013

Lemebel en la Lima linda



Pedro Lemebel, cronista chileno. Premio Donoso 2013.

Me cuentan que has venido al Perú por un performance. Que vas a actuar con mi gran amigo y compadre, con la persona que hizo que yo alguna vez cree y administre un blog. Me cuentan que me llamas, que has preguntado por mí. Me cuentan que te han contado de mí, que has sonreído. Me cuentan que quieres verme, que quieres verme, oh Santo Dios, que quieres verme. Me cuentan que has paseado por la Plaza de Armas, apenas bajaste del avión. Me cuentan que estabas en modo caza, pero no había nadie, sólo quien es mi gran amigo y compadre. Me cuentan que me has separado dos pases para tu performance (porque no voy solo, claro, porque contigo ir solo es ir perdiendo y con las ganas que uno tiene de perder ya lo poco que no ha perdido). Me cuentan que soy uno de tus tantos invitados, que quieres verme, que quieres que esté ahí. Me cuentan que rumbearás, después, en Pachacamac. Me cuentan que sigues con el velo negro, tapándote la boca para evitar besos o para evitar hablar. Me cuentan que sigues caminando como una señorona que sale a pasear los domingos y se luce como ella sola, como cuando te vi por primera vez en un reportaje en Canal 2, hace ya como dos o tres años. Me cuentan que ya te dormiste en la suite que tienes destinada para tus ceremonias y manjares nocturnos. Me cuentan, Pedrito lindo, que estás aquí, cerquita, cerquititita, en la Lima que tanto quieres y tan bonito le escribes. Me cuentan que te puedo ver, Peter, que te puedo ver mañana a las 12 en el MALI, que soy tu invitado, que estoy bien reservadito.

f.

jueves, octubre 17, 2013

No entiendo

No entiendo tus ganas de entender todo. Y no entender nada. Tus ganas de saber qué hago, qué pienso, qué siento. Tus ganas de hacerme sentir menos, de suponer que pienso tal cosa, cual bruja, cual locumbeta rabiosa que se autodestruye el cerebro porque pienso y digo y hago cosas que no deben ser, que está mal, que por el amor del Santo Dios que está mal, que no sea bruto, que no sea huevón, que entienda, que piense. No entiendo tu juego manipulador, tus ganas de minimizarme, de achicarme ante propios y extraños, de suprimirme frente a las gentes que pasan en la calle y nos quedan mirando, desconcertados y contentos.


No entiendo cómo has podido enrollarme en tu amor feroz. Cómo hacerme sentir un poco más sensible, un poco más engreído, un poco más sentimental. No entiendo tu manera de enseñarme, y que te entienda. Tus ganas de que sea quien quiera y tenga planificado ser. Tus dulces ganas de besarme y hacerme tuyo. Tus calientes ganas de que me den ganas. Y cuando ganas, me dan ganas, lo acepto y me rindo.


No entiendo cómo puedo hacerte caso. Cómo confiar sin que tú confíes en mí. Cómo creer sin que tú creas en mí. No entiendo cómo me escabullo en tu falda y me vuelvo un niñito que quiere a su mamá y nunca, jamás, se quiere despegar de ella, ni de sus piernas, ni de sus brazos, ni de su arrullo. No entiendo cómo puedo sonreír cuando estás enfadada. Cómo hacerte entender cuando estás necia. Pero me enseñaste que hay cosas más importantes que solucionar. Pero no entiendes cuando la molestia me absorbe y me consume y las palabras son tragadas por la rabia y la concordia se esfuma rápidamente con olor a mierda, el hablar se me hace complicado (y creo que deberías conocer y entender que valoro tu compañía aunque, rabioso, no me soporte ni a mí mismo).


Y, lo que más empiezo a odiar es que no entiendo tu gran manera de despreciarme mientras yo te escribo amores y pasiones en una noche tan larga y tan fría.

domingo, septiembre 15, 2013

El día que no existió la suerte



Y nadie pregunta
si sufro, si lloro,
si tengo una pena que hiere muy hondo.

HECTOR LAVOE


Totalmente empastillado, echado en un sillón de mi casa, empiezo a ver El cantante con una gran actuación protagónica de Marc Anthony y JLo. Qué manera, qué aguante. Tremenda Puchis que se encontró el gran Lavoe, tremenda mujer, tremendo guaguancó que debió armar con el gran Willy Colón –cómo no hablar del gran trompetista de esa época, que metió el metal a la rumba que congas–. Porque, como decía, La Puchis, vestida de blanco, botó a todas las amigas que estaban con él en la habitación, lo paró de la cama y con un cigarrillo entre los labios lo llevó a la iglesia y lo hizo casarse con tremendo jolgorio armado. El gran señor conoció, probó y se hizo íntimo amigo de la droga, entre pinchazo y pinchazo, entre líneas de cocaína, se destruía –seguro, por eso los lentes medio oscuros–; pero la gente no sabía nada de ello –o sí–, esa fanaticada locumbeta por su rica salsa portorriqueña no lo dejaba, no lo abandonaban jamás, jamás le dieron la espalda, iban a sus conciertos y se jaraneaban de lo lindo con los temas de los más grandes: Lavoe, Colón, la espectacular Fania y compañía.

Y ahora que ando enfermo con el estómago hecho añicos, que ni un ron con CocaCola puedo saborear, solo me queda ver películas en cable, dándole de sorbos a un tesito caliente. Pienso, pueda que exista una Puchis en mi vida. Una mujer con armas tomar, que me detenga de un solo bofetazo, que me saque las putas de la habitación, que se drogue conmigo pero que no deje que me drogue y me carcoma solo, porque vamos a estar los dos siempre: Era bueno, era malo, pero siempre era hermoso, dijo La Puchis en una entrevista. Cuántos quisieran tener esa Puchis que lloraba en silencio pero era fuerte delante de tremendo hombre que le tocó o ella mismo eligió, de tremenda joya de rumba que le ponía nervioso estar limpio, con los ojos vidriosos, cantándoles a los Santos, a los querubines, porque con los Santos no se juega… Qué aguante, Señor.

Cuando estaba cansado, cuando paraba de bar en bar, cantando porque las orquestas que se presentaban lo reconocían y le hacían llamado a la tarima, cantaba lento, como medio tristón, como que si algo no encajaba en su paupérrima vida. Es en una de esas tantas salidas noctámbulas que recibe la noticia que Tito, su hijo, había muerto, que ya no lo tenía, que se había ido, pero por encima de todo, que lo había perdido por su mala cabeza, por pelear con mamá cuando él estaba jugando en casa, cuando nunca lo escuchó, cuando nunca lo abrazaba cuando todo y nada.

(Ya había recibido la devastadora noticia que el sida corría mezclado con su sangre).

Y, cantando esa canción-himno de todo devastado, de todo caído por las malas juntas, por el mal camino, se tiró del balcón de su casa. Pero no murió el desgraciado, dijo Puchis. Fue a los 46 años que muere Hector Lavoe por el maldito sida. Y, Nilda Román, La Puchis, muere en un accidente, 5 años después de una entrevista que le hicieron sobre la vida del cantante y ese género que todo el mundo hoy le agradece y baila y menea.

domingo, septiembre 08, 2013

Santa María y el estelar de Ortiz



Observen el desparpajo y la poca de verguenza. ¡Prendan la tele!

Es domingo y bajo este mentiroso sol infernal, veo la repetición del estelar programa de Beto Ortiz ‘El Valor de la Verdad’ con tremendo invitado Jean Paul Santa María, exesposo-mentenido-estúpido de la tatuada top model –en sus años mozos– Angie Jibaja.

Sé que todo es mentira, porque conozco la tele desde el interior. Porque tengo familia que trabaja en la tele. Porque tengo amigos que trabajan en la tele. Porque yo he estado en la tele y he trabajado en la tele. Así que entiendo, por todos los santos, que ese programa ha sido tramado y preparado y actuado y qué bien hecho quedó, porque lo veo y me la estoy creyendo, me lo estoy imaginando, lo alucino a Santa María y digo, puta qué tremendo locaso es este pendejo.

No conozco a Santa María, pero muchos dicen que es un tremendo insoportable, inmaduro, berrinchudo, increíble, huevón, papanatas, soberbio, malcriado, malnacido. Es una rata, dicen algunas mujeres. Es un conchadesumadre, dicen otras mujeres. Ni siquiera es guapo, dicen algunas y otras. Pero si la Angie es tremenda bandi ya pe, causa; dicen otros.

No voy a crear un concepto (más) de Santa María ni de Jibaja ni del estelar de Ortiz ni de los rostros de los padres de Santa María. No lo voy a hacer porque me aburre y me aza y a la misma vez, hace enrollarme de risa porque, como repito, conozco la tele desde dentro. Pues lo único que quiero es crear una atmósfera turbia para que hablen de algo insignificante como lo es el programa de Ortiz, pero, claro, acepto que me he despertado con todas las ganas del mundo para ver el programa que no pude ver ayer, y lo estaba esperando hace una semana… Pero, vamos, es insignificante escribo sobre algo insignificante y me rajo las vestiduras y ay, no sé, soy inferior y me rajo las vestiduras. (Entender el sarcasmo, señoras y señores).

Cabe recalcar que escribo este texto porque no sabía qué escribir, y entiendo (quiero creerlo) que escribiendo sobre Santa María o el estelar de Ortiz ‘El Valor de la Verdad’ (o sea, el titular, lo amarillo, lo cochino… O sea, la tele peruana) puedo volver al ruedo, a este círculo mafioso de los publicados. Porque repito: entender, mil por favores, el sarcasmo, señoras y señores.

(Y quizás, este texto viene en capítulos)

sábado, junio 08, 2013

Me has abandonado



Gracia Marrou, futura madre.

«¿Por qué me has abandonado?», le dijo Jesús a Dios.

Te has olvidado de mí. Te has olvidado de mí. Me has dejado a la deriva en una isla que no conozco, que se me hace enorme, que se me hace recontra sola. Una isla que no quiero conocer por nada del mundo, no me apetece, no me endulza, no me hace cosquillitas ni sonrisitas.

Te has burlado de mí, como la rica cumbia que no supimos bailar en el tonazo de Ricardo. Te has burlado de mí, dejándome como un completo estúpido esperando respuesta a los mensajes que te escribía, sin tregua, hasta hacerme heridas en mis flacuchentos dedos.

Yo, que te quería con locura y pasión desbordante, que me provocaba dormir pegado al teléfono escuchando tu voz decirme cosas de cosas, hablándome de Raquel, ¡ay, Raquel! Yo, que te escribía (y escribo) columnitas cursis de vez en cuando, cuando recuerdo la bonita costumbre de llegar cansado del trabajo y sentarme frente al computador a escribirte cosas que ya ni sé qué decirte. Ni sé, ni cómo, ni cuándo.

Me has dejado, déjame decirte, tirando cirunta, en jaque, peinando calaveras. O sea, como un huevón, un papanatas, un triste imbécil. Un huevón que dejó los estudios de comunicaciones en el quinto ciclo por un trabajo de vendedor a los amiguitos del Sur. Un papanatas que se la pinta de escritor cuando solo publica en su blog (y eso), y raspando (rogando) en alguna revista urbe de Lima (¡y eso!). Un triste imbécil que se gilea a una flaca para que otro salga con ella. Ni más ni menos, darling.

Aguanta tu Toyota Supra a lo «Rápidos y furiosos», ¿dije darling? Uy, esto ya es grave, entonces. Me falta cantar «Corazón partío», de Sanz mientras me empujo un Princesa lentamente, enjugándome el rostro por el llanto de desamor. Ay, ay. Porque con mi darling no me quedo, cual noctámbulo enamorado, susurrando por el teléfono de 1 a 4 de la linda madrugada. Porque a mi darling no le canto Robando corazones y me dejo grabar en el celular. Porque a mi darling no le ayudo leyendo un fucking texto de principios de ingeniería y le saco un resumen, punto por punto, para que estudie y se saque buena nota en su parcial de la universidad. Ay, darling, qué cosas ¿no?

Me has desencadenado a tu amor que era fugaz y juguetón. Un amor loco y tonto, déjame decirte. Y pues,  «ahora soy un alma libre…», puedo confirmar aquella frasecita que escuché alguna vez de la dulce boca de una modelo-actriz-mamacita que la hacía de una pituca surfer  en la teleserie boom de los últimos años en el Perú. 

martes, junio 04, 2013

Indispensable

Gracia Marrou.

Te extraño porque te volviste indispensable. Porque, de una manera u otra, se me volvió una bonita costumbre escribirte y esperar tu respuesta como el regalo pedido en la carta a Papa Noel. Regresar, muerto de cansancio del trabajo, y sólo buscar conversar contigo, preguntarte qué tal te fue en el día, jugar al importante yéndome sin avisar y solamente volver para sentir que alguien me quiere cuando me dice te fuiste, te extraño, no sé cómo puedes dejarme hablando sola.

Te extraño porque, quizás, te he comenzado a querer. Porque, de repente, me he empezado a encariñar contigo tanto que me doy miedo, tanto que tiemblo, tanto que bailo en puntitas. Sure, sure, miss, porque yo no soy de escribir y antes de publicar, enviar textos y preguntar si está bonito o feo; yo publico y ya está, así de simple. Pero se me ha empezado a hacer importante en grado sumo tu opinión, tu corrección, tu lisura y tu delicadeza de ser niña pero no tonta. Y, creo, que por eso te quiero, porque eres niña pero no tonta, ni sonsa ni gorda, sólo una chica freak que le jode sacar mala nota en la uni, ¡qué barbaridad, carambas! ¡Cómo puede ser!

Te extraño porque me falta algo, porque eres linda pero no te la crees, porque utilizas las malas palabras en los momentos indicados.  Por eso, maldita sea, te estoy extrañando a rabiar. Porque nunca he sentido tantas ganas de ir, cual cinéfilo empedernido, a la función de las 8 del Cine Primavera, contigo. Porque nunca me ha gustado tanto zamparme una jarra de leche fresca con Milo y sin azúcar (¿Sin azúcar?) después del ejercicio matutino. Porque nunca se me había dado la idea de pronunciar tu apellido con una devoción impresionante y repetirlo unas mil veces y odiarlo otras mil veces más, por si acaso.

Y ahora se me hace un mundo no poder ni escribir un mensaje de texto porque simplemente mi teléfono ya no es mío, porque nunca fue mío y su dueño lo tiene de vuelta. Pero no me quita el sueño no tener teléfono, déjame decirte. Me quita el sueño estar pensando qué puedo hacer para hacerte saber que te ando extrañando mañana tarde y noche, y escribiéndote tarde y noche (más noche y madrugada) que de costumbre. ¿Que me estoy haciendo el writer very important? Nada que ver, princcipessa, estoy totalmente incomunicado y te extraño tanto que no me extraña que te haya escrito esto en la soledad de mi covacha, en el frío de tu voz ausente, en lo triste que puede llegar a ser extrañarte porque, déjame decirte, eres indispensable.

martes, mayo 07, 2013

Al borde del barranco





Creo en la Virgen de Chapi. La mamita de Arequipa, una de las principales ciudades del Perú. Creo en ella porque mis abuelos maternos, desde que tengo uso de razón, me han llevado a los rosarios y he recitado el Ave María con mucha devoción, frente a familiares y extraños fieles que acudían a la casa de la Tía Mery porque ahí estaba la virgencita de Chapi, coronada, vestida elegantemente. Creo, también, en el Señor de los Milagros. Voy a la multitudinaria procesión, todos los días de octubre que sale en andas, año tras año, cargado por un centenar de hombres bien fajados y bien al terno, que rezan con cada corto paso que dan para tambalear de un lado a otro la pesada anda de oro y metales preciosos. Me gusta el olor de la mirra, el incienso, y los cánticos donde le ruegan al Señor de Pachacamilla para que velen por ellas, por ellos y todos nosotros, que perdone nuestros pecados, que nos guié por el sendero del bien. Yo, de chibolo, también pertenecía a los cargadores.

Y ahora que estoy parado en el borde de un barranco, escribiendo, quizás, la última carta que te escriba en la vida, recuerdo a todos los santos a los que le rezo, y no atino siquiera a pronunciar el Padre Nuestro. Mis padres se han muerto. Esa gente que me profesaba su amistad, no está. Estoy solo, tan solo que sólo tengo a mis santos y mi Dios. Soy un marica, un tremendo marica. Estoy llorando como no tienes idea. Porque he perdido todo. Tampoco estás. Y creo que es una reverenda estupidez que crea en muchos, pero no crea en mí mismo.

Lima, mayo del 2013.

sábado, mayo 04, 2013

¡Izquierdistas, unios!



JDC

Diez Canseco pellizcaba la muerte con rabia y frustración. Con dolor desde una mesa de hospital porque el cáncer lo tenía postrado, como él nunca quiso acabar. Con cojones, porque defenderse ante tantos ineptos que le indicaban tal por cual. Así esperaba el final de su existencia activista y corajuda.

Tenía un caminar cojo cuando aparecía en televisión defendiendo alguna causa noble. Siempre luchó por los de abajo, por los progre que siempre los cobijaba con consejos para que nadie se burle de ellos. Fue uno de los pocos políticos decentes que se embarraba los zapatos en arenales de Villa El Salvador o algún cerro de Comas. Y hacía, y siempre fue honesto, y no robaba… porque con Diez Canseco, ese dicho popular que robe pero que haga, no iba, no le cuadraba al Doc, porque el que lo conocía tenía el mejor concepto de él, porque él sí respetaba al Perú.

Defensor de gays y lesbianas. Defensor del MHOL. Gio Infante, presidente de la institución, escribe en su cuenta de Twitter, que él entró al Partido Socialista a los 17 años y Diez Canseco lo incentivó para que entrara al MHOL. Le vio ‘acción’ al muchacho que ahora le llora a mares al cojito bueno de ojos caídos que lo defendía desde el timón del barco de la libertad de sexo en nuestro país.

Y cito lo que escribió César Hildebrandt es su semanario:

Pudiste ser rico, Javier: abogadazo, jurisperito de multinacionales. Elegiste ser modesto. Y alegre. Porque a ti la cumbia te va bien y las chelas también y el goce puro del momento, de lo más bien. Pudiste ser Robespierre pero preferiste ser un hombre fiero con la palabra y amable – por lo general – con quienes no estaban de tu lado.

Ahora, descansa en paz. Javier Diez Canseco ha levantado su voz en señal de protesta, pero no le ha alcanzado. Se ha ido para esperarnos, para seguir dándonos cátedra de un poco de política decente, de esa actividad que humildemente, Javier, ejecutaba sin aspavientos, sin chiches, sin estar bien a la facha, ni a los lentes, ni a los chalecos gorilones.

Un izquierdista que sí parecía izquierdista, pero no radical. Un izquierdista que sabía escuchar al pueblo y a los opositores con los que sabía fajarse, sin miedo, sin burlas. Un ziquierdista que sabía escuchar, atentamente, a los derechistas que lo querían embarrar. Ahora la derecha, el fujimorismo, Aldo Mariátegui y todos quienes lo lapidaron, quizás, la tengan fácil. Lo más seguro es que lo extrañen. Lo más seguro es que él estará viendo todos los menjunjes que harán, a partir de esta noche triste y fría, contentos, debajo de la mesa, porque ya no habrá quien levante la voz y diga esto está mal, esto no se hace, esto es robar, esto no es política.

Descanse en paz.

Lima, sábado 04 de mayo de 2013.