martes, marzo 27, 2012

EL VIEJO




La peor vejez es la del espíritu. 
William Hazlitt.


Desesperadamente quiso reincorporarse, pero jamás tuvo las fuerzas de antes. Y se quedó ahí, tirado, casi inerte, viendo todo desde abajo, como cucaracha boca arriba agonizando, esperando la hora del triste desenlace, cuando espera la muerte bajo la suela de una zapatilla que sin asco la hace crujir.

Yacía en su cama desde hacía buen tiempo. Sus brazos no respondían sus tristes llamados. Sus piernas no le hacían caso, y la tembladera volvió con más fuerza en la zurda, esa zurda que alguna vez hizo delirar a los hinchas del cuadro blanquiazul.

Se había vuelto viejo. Su cabello lleno de canas confirmaba su vejez prematura. Su pecho lleno de pelos largos, lo hacían ver descuidado, dejado consigo mismo. Tenía barba filuda, que picaba en el beso de saludo. Sus ojos pardos bizqueaban, no estaban en sí. Los dientes se le habían empezado a caer, y los que le quedaban, amarillos por el consumo diario de tabaco, los mostraba con una sonrisa pendenciera cuando algún osado entraba en su habitación de olor nauseabundo, mortífero.

Si necesitaba algo, gritaba, y luego tosía por la energía que descargaba al gritar. Tenía una mesa de noche en cada lado de su cama que rechinaba en cada movimiento que hacía el pobre hombre. En la mesita de la izquierda, un celular aguardaba para algún llamado de auxilio. En la otra mesa, una botella de ron y un par de hojas y un lapicero para escribir lo que recordaba, sus años mozos, decía, y su herencia que nunca terminó. Un cuadro grande se posaba justo arriba de la cabecera de su cama. Toda la habitación era oscura, y cochina; las ventanas siempre paraban cerradas y con las cortinas sucias.

De aquella noche no pasó, o no quiso pasar. Sintió que ya se iba, cuando veía que el cielo caía sobre sus hombros y alguien lo llamaba, quedándose estupefacto. No hizo nada. En esos pocos segundos, sólo recostó su cabeza en la almohada de seda y volteó a ver las hojas a medio escribir. Nunca hizo nada. Sólo esperó, y esperó. Soñó con un ave, con un fénix, escuchó una voz, vio una sombra, sintió un escalofrío recorrer su cuerpo nervioso, voló por los aires, se sentó en una nube pomposa, gritó, lloró, se cayó y jugó con las estrellas de la noche, en pleno cielo infinito. Y se sintió muerto, mientras tenía los ojos cerrados, echado en su cama de fierros viejos. Y se sintió ido, pero aún no se había ido, para siempre. Y de pronto jugó con sus nietos y recordó que su hijo le decía por teléfono que esperara su llegada, que no se vaya antes; y lloró por siempre en su estadía en el firmamento eterno.

domingo, marzo 25, 2012

POEMA

Poema de mi tío-abuelo que nunca conocí, 
pero que admiro por cómo plasmaba sus sentimientos 
en el papel que hoy leo con devoción.

Para Fabrizio Velaochaga.

Si alguna vez te apartas del horario señalado
y entras o sales sin preocuparte del reloj que te controla
como un sabueso mecanico
Si alguna vez te atreves a caminar con los ojos abiertos a la noche
ya por amor o por el odio amor no revelado
por el dolor o la dura alegria de estar solo
en cualquier noche tu puedes encontrarlos
en la ciudad de luces apagadas
mientras todos duermen
ellos trabajan.
Si alguna vez entre las calles sales comprendiendo aun sin comprender
necesitado de un camino
y te descubres en esa forma de estar vivo que es andar con los ojos abiertos
mirando a tu alrededor esa forma de no estar o estar dormidos
veras que en la ciudad adormecida
ellos mantienen una luz siempre encendida
Cuando tu busques lo que buscas
tratando de saber que es lo que tratas de saber
para oponer a esa muerte diaria que solo vemos porque no vemos
el rostro de la vida
Algo que esta en tu origen
y se proyecta con toda tu existencia desde antes de su comienzo
hasta el presente
enrumbara tus pasos hacia esa luz que impide que la noche sea total.

Ernesto Velaochaga Hildebrandt.
 

martes, marzo 20, 2012

TE QUIERO


No me gusta esperar, pero igual te espero. 
Primero, te quiero, igual.
Andrés Calamaro. 

A ti.

Te quiero cuando juegas con tu cabello castaño  al acercarte a mi casa. Te quiero cuando me agarras de la mano fuerte, porque te pertenezco. Te quiero cuando me arrochas con la mirada, porque me fui con alguna morena bonachona. Te quiero cuando me pellizcas. Te quiero cuando me golpeas, porque para eso sirvo. Te quiero cuando juegas conmigo, porque para eso sirvo.

Te quiero cuando salgo por la ventana y suspiro pensando en ti, porque estamos juntos. Te quiero cuando camino feliz, porque estamos juntos. Te quiero cuando suspiras. Te quiero cuando ríes, cuando me dices que soy un payaso; es que soy tu payaso, tu bufón cursi que te quiere sacar una sonrisa, y amarte en pleno sunset. Te quiero cuando me gritas, porque siempre alguien me tiene que bajar de las nubes.

Te quiero porque no eres como yo. Te quiero cuando me dices que no hable groserías; lo odio cuando me lo dices, y por eso te quiero. Te quiero porque nunca cambiaste. Te quiero porque te haces la difícil, como debe ser. Te quiero porque eres sincera, como debe ser. Te quiero porque amas.

Te quiero por esos ojos caramelo que brillan cuando sientes verdad. Te quiero por esos cabellos lacios que te obedecen: que se desbaratan cuando el aire sopla fuerte, y que se apaciguan cuando los llamas torciendo el cuello, delicadamente, como Miss Mundo saludando por el reinado. Te quiero por esa sonrisa que la alegría dibuja en tu rostro angelical. Te quiero por esa poesía de amor recitada por tu cuerpo joven, que excita mis pobres sentidos que poco a poco los necesito menos, y que sólo despiertan cuando tú estás.

Te quiero por ser inteligente, por no ser hipócrita. Te quiero por ser responsable, por ser sincera, por ser honesta. Te quiero porque nunca te amilanas, porque nunca te rindes. Te quiero por llevarlas bien puestas. Te quiero por ser mujer, por hablar y actuar como una verdadera mujer. Te quiero por ser hija, una verdadera hija. Te quiero por ser hermana, por ser amiga. Te quiero por ser un amor, mi amor.

Te quiero porque te quiero, así de fácil, y simple. 

miércoles, marzo 07, 2012

EL PRIMER DÍA


A Xavi y la gordita.

La mayoría, entusiasmados, despiertan con el canto del gallo y de un solo brinco ya están en firmes modelando una sonrisa Colgate. Convierten su rostro aburrido a causa de la monotonía vacacional en un sinfín de caras invadidas por la emoción. Desbaratan la casa, ladran con el perro, despiertan a los padres que frustrados por el sueño que no pueden lograr, se unen a la algarabía que causa el primer día escolar. Y los progenitores cansados y ojerosos, y el canino chato con hocico salido no se excluyen del jolgorio a las seis con diez de un día donde al sol se le nota cagón.
La camisa blanquísima, el pantalón entallado y los zapatos bien lustrados la noche anterior, son contemplados por el púber que se empieza a desesperar. Las piezas reposan en la silla del escritorio que en los meses veraniegos sólo recibía la ropa limpia que se lavaba semanalmente y los cuadernos Loro donde se pintarrajeaba y gastaba lo que quedaba de los colores del pasado año. Y la mochila anaranjada Adidas que su madre le ha traído desde Europa, espera,  equipada con el clásico block de hojas aromadas y el lápiz Mongol recién tajado, el momento para descansar en la espalda del joven cuando salga de la casa en dirección al colegio que bien pintado de azul con vivos amarillos, dará la bienvenida a los muchachos que ya son caseritos y a los que llegarán por vez primera. 
Un minuto de quietud es raro para el joven que se viste dentro de sus cuatro paredes llenas de pósters de cantantes de reggae actrices gringas. Los rayos solares entran por la ventana abierta de la habitación. Se ilumina hasta el clóset cerrado. Una bandada chillona alborota el sosiego del muchacho, y se confunde entre las torres de alta tensión y los árboles que ponen el toque verdoso a esos cerros alejados que se pierden en el mirar. Acelera la marcha.
El desayuno es light, por la emoción. El joven conversa con sus padres que añoran la vida colegial: el recreo y los amigos que el destino les puso, y que ya no están. Risas moderadas pausan el parloteo familiar, volviéndose parte de él; culmina la reunión con el clásico que te vaya bien, cholo, acompañado  del religioso beso en la frente llena del acné pendenciero que caracteriza a esta etapa.
Y al cruzar el umbral de la puerta, el muchacho voltea y agita la mano, con la misma sonrisa Colgate de las seis con diez; mientras sus padres observan felices sus pasos raudos que lo conducen al paraje que para muchos (me incluyo) es el fiel testigo de los momentos más gratos de nuestras pobres y tristes vidas.

sábado, marzo 03, 2012

MIRAFLORES SOMBRÍO



A Italo Calvera.

Contemplé el anaranjado del sunset desde el viejo malecón chorrillano. Jugué con mis dedos flacuchentos que sudaban por el nerviosismo cursi que ocasionó el hablar contigo por teléfono. Me sentí maravillado. Me sentí volando. Me sentí un tonto cursi. Y el recuerdo de esos besos apasionados que las escaleras de mi casa notaron aquella loca noche, sintiendo resbalar nuestros cuerpos llenos de temblores, cayendo escalón por escalón, entre risas y gemidos.

Tu llamada me encontró agazapado en los brazos de un amor que sólo se queda en palabras. Un amor que no correspondo, ni podré hacerlo. Tu voz dulce es el amor que hace algún tiempo pude tener, y espero volver a tener. Un regalo mágico fue pegarte a mi pecho y encadenarte con mis brazos tibios, besándote en la frente. Una conexión a lo utópico, el intercambiar palabras, aunque inútiles por el miedo y la tartamudez, pero que dejaron la sensación de una caricia en mi rostro demacrado; tu mano que apaciguaba los temores por la noche negra en que vivía.

Llamé a Steven. Pregunté por Isaac. Me confundí de número. Llamé a Isaac. Pregunté por él. Estoy en el Kennedy, le dije. Espérame, me dijo. Esperé. Nunca vino. No quise llamar a nadie más. No quise esperar un minuto más. Me paré, como grogui. Pensé ver a Isaac. ¿Steven?, le dije. Soy Antonio, brother, no te conozco, me canceló en one. 

I estaba conmigo. Yo pensaba en ti. La negra nos agarró caminando por Miraflores. Hamburguesas en Bembos. Pasos tristes en Kennedy. Reposar frente al Downtown. Los chicos con hormonas alteradas agotaban su aliento en cada beso. Manos juguetonas provocaban risas entre los gay corajudos. No le temían a los serenos que deambulaban a paso cansado por esas calles concurridas. Los miraban. Reían. Se besaban. Se tocaban. Lárgate, gritó uno. De pronto, la pulcra Hilux paró la marcha, el sereno bajó la ventana, llamó al arrebatado, que se acercó a pasó garbo. Hablaron. Nada se escuchó. El motor de la camioneta volvió a rugir. La ley se apartaba. El muchacho con rayitos rojos en el pelo empezó a reír a carcajadas, mirando el pasar de la camioneta que el gremio burlaba. Se besaban. Nos miraban. Se acercaron dos muchachos: uno, de acento selvático, y otro, de polo rojo bien ceñido a su cuerpo fornido y lentes oscuros. Reímos. Parlamos. Y también fuimos parte del gremio.

Huimos presurosos, fingiendo sonrisas y mandando besos volados que se perdieron entre las nubes de humo green que empezaba a notarse en la fría noche miraflorina. Encendí un porro de marihuana que mis largiruchos dedos encontraron en el bolsillo de mi short de mil batallas. I no fumó. Caminamos lento, por donde la oscuridad se posaba. Apresuramos el paso. El mismo seremos de hace un momento pasó por nuestro lado, barriéndonos desde las zapatillas hasta el último pelo trinchudo que gustamos llevar. Los miramos con una sonrisa pendeja. Pisó el acelerador. No lo vimos más. Paramos en la esquina de Benavides con Larco. Gringas con minifaldas negras provocaban a mis virginales ojos pardos. Agarramos Larco en busca de un par de cervezas que nos refresquen la garganta y nos enfríen la cabeza cachonda que comenzaba a albergar pensamientos rojos. Nos sentamos en el Parque Kennedy. La Lucha estaba repleta. Las cervezas nos calmaron. I miraba el parque como tratando de encontrar un recuerdo grato. Yo miraba el parque y recordaba cuando nos besábamos de una a dos, religiosamente. Un gringo alto, con pelos como púas se acercó a nosotros. Nosotros… querer coca, nos dijo, hablando un español masticadazo, pero pausado y en voz baja. Por acá no sé dónde conseguir, respondí. Le regalé una sonrisa y se fue devolviéndome la gracia. Se sentó en la banca continua. Nos miramos. Sonreímos de nuevo. Cambiamos una Cuzqueña por una Corona. Parlamos. Y un porro grueso de hierba sacó el gringo del canguro que llevaba en la cintura, y empecé a hablar en inglés, entre risas y toqueteos amariconados. 

miércoles, febrero 29, 2012

NOCHE LÓBREGA



A mi padre.


Cuando llegó a su habitación, percibió todo distinto. La cama destendida aumentaba el fastidio con el que se había despertado a la siete con veinte. El televisor prendido con el volumen por las nubes, que cierta tarde su padre le había regalado, siguiendo con la flecha familiar, mencionando que el suyo lo había recibido de un alemán que albergó y así llegó a él, alteraba sus sentidos provocando un circo de risas chillonas dentro de su cabeza, en compañía de esos golpecitos como de martillo en la sien que lo hacían perder el rumbo. El cuadro del payaso multicolores que alguna vez pintó un italiano, amigo de su abuelo, yacía en el piso echo añicos, agonizando sus últimas horas, esperando el encuentro con su contemplador que al verlo cayó de rodillas derramando lágrimas al recordar los dieciocho años que lo situó en la pared de tributo de su pequeña habitación oscura. La ropa regada por todos lados lo malhumoraron más. 

Cerró la puerta. Todo estaba raro. Caminó, lentamente, hacia la cama. Tenía sueño. Cada paso que daba era un bostezo más largo que el anterior. La habitación se hacía más oscura y en cierto momento, cuando el reloj que tenía sobre su velador marcó las cinco con diez de la tarde, la habitación fue una verdadera cueva, aun con las ventanas de par en par. Todo quedó en silencio. Se asustó. Suspiró, y empezó a sudar. Cerró los ojos, y se desplomó sobre la cama. 

Creyó haber despertado. Miró en todas las direcciones. Todo seguía igual. Una voz femenina dando gritos desesperados lo alteraron, se paró y dando tumbos llegó a la ventana que permanecía abierta; y no escuchó nada. Algo está pasando, todo es tan raro, dijo, refugiándose en el silencio que reinaba en el dormitorio. Segundos después, silbidos musicalizados se empezaron a escuchar en el otro departamento. Desesperado, se echó nuevamente en la cama para encontrar el sueño impedido. Parpadeaba. Pensó estar soñando. Miraba el techo. No sacaba la mirada de un punto fijo. No parpadeó más. Divisó con gran admiración una minúscula araña que tejía su tela con impresionante rapidez. Contempló el animal. Sus cinco sentidos estaban puestos en el insecto. Mantuvo los ojos abiertos siempre. De pronto, notó que la araña aumentaba de tamaño, se hacía más grande y sus patas crecían desproporcionadamente. El pánico le llegaba de poco en poco. Eso sí, estaba impresionado. El insecto bajaba, lentamente, colgándose de la tela de su propia producción. Y mientras más bajaba, más crecía, sin una forma definida; y los ojos del arácnido, grandes, en cuestión de segundos, estuvieron frente a su rostro pálido. De su frente caían gotas de sudor como si hubiese corrido cincuenta kilómetros, ida y vuelta. Despavorido, empezó a gritar, clamando auxilio. Y la araña seguía ahí, frente al joven, mirándolo con miedo. 

El despertador sonó a las siete con treinta, exactamente. El muchacho despertó y, soltando un suspiro de alivio, notó que todo siempre estuvo bien.

jueves, febrero 23, 2012

NO, SEÑOR, NO ME TOQUE LA PELOTITA


Mi sueño es ver a Perú en un mundial. Mi sueño es ver a la blanquirroja competir, fajarse con selecciones de Europa y dar pelea, jugar a un toque, llegar de pared en pared hasta el área rival, dejar tirando cintura a gringos  teniendo en Uribe, La Rosa y Sotil a los mentores del buen pie nacional; y meter un golazo de tiro libre, a tres dedos, como Cubillas, hace ya muchos años; y recitar en cancha rival una poesía acariciando delicadamente la redonda, como Cueto, el de la zurda. 

Ya es hora, señores.  

Amanezco con el boom de la pelotita. La cabeza me revienta. No me siento bien. Soy hincha del fútbol en general; de Alianza Lima, fanático. Me siento fatal, decía. Y trataré de explicar mi incomodidad que se trasluce cuando me preguntan sobre las portadas de los diarios deportivos, que yo no sé si muestran su fastidio hacia los señores dirigentes que comandan el fútbol nacional, o se mofan de la desgracia que a ellos también incluye. 

Pitazo inicial. Empezó el encuentro. 

Una taza con café y tres panes con chicharrón de prensa, por favor. Todo está de mal en peor, pienso. Los dirigentes se tiran la pelota, no quieren tener responsabilidad. No hay más pan. No hay más leche. No hay ganas para nada. Prefiero no ir a correr hasta la Herradura como lo hago a diario, veo que todo esté en orden, llevo un vaso con agua a mi habitación y me echo en la cama. Despierto de noche, me visto con lo primero que cae al abrir el clóset y salgo a la calle; doblando la esquina me encuentro con mi interlocutor de siempre, con el que me voy a bares y a punta de chilcanos hablamos de literatura, de música y de fútbol, tres temas indispensables para acompañar  al trago bicolor. Mi amigo es hincha de Universitario. Pero de un tiempo a esta parte, nuestro tema de conversación no se va a los colores que llevamos en el corazón, sino en las barbaridades dirigenciales que se vive en los dos clubes más populares del Perú. A veces nos callamos y preferimos hablar de otra cosa, pero en otras oportunidades somos tercos y le entramos al pisco y Alarcón y Pacheco y sus respectivas familias nos deben estar odiando. 

Este tema me llama la atención. Quiero investigar, le digo, y tomo la última copa de pisco puro que esperaba solitaria, sobre la mesa. Esto no queda aquí, agrega. Estrechamos las manos, palmaditas en la espalda y saluditos por aquí, y por allá. La calle está llena de los trabajadores que acabaron su turno y los chorizos que nunca faltan. Entro a una panadería y veo el reloj en el noticiero: diez con quince. Camino raudo. El equipo del cual soy hincha está implicado en todo esto, pienso, malhumorado. El compadre también, y está peor, hay que decirlo. Los tradicionales están quebrados a causa de los dirigentes que pasaron y dejaron la deuda, la aumentaron y ahora todo estalló. Recuerdo que hace unos meses la SUNAT se iba a apropiar de los clubes, pero algo se hizo y eso se solucionó, y de la entidad pública nunca se supo más. Esa problemática estaba mezclada con los jugadores impagos que firmaban planillas para seguir rumbo al campeonato, para no perder puntos, todo por amor a la camiseta, y los señores dirigentes bien gracias y te pago con cheque y el cheque sin fondos.

Haré memoria. No quiero distraerlos, ni entreverarlos, pero soy consciente que cuando recuerdo y quiero escribir, y recuerdo algo, aún más pasado que lo anterior, se me hace difícil redactarlo fácil, escribirlo simple, para el vuestro entendimiento. Entonces digo… Ayer, almorzaba bajo un sol aplastante cuando prendí el televisor para seguir con la novela futbolera que en estos días está más interesante que nunca, y haciendo zapping, encontré a Manasero, líder de los Agremiados, en una bronca verbal con Barco, Gerente del club San Martín, que en pocos años de haber sido fundado ha conseguido tres títulos nacionales y es catalogado por la totalidad de los periodistas deportivos como la mejor institución de fútbol en el Perú. ¿El por qué de la bronca? Lo resumo en cortas líneas: El sábado se inició el campeonato. Horas antes los jugadores (de los clubes tradicionales) decidieron no presentarse porque los dirigentes no les habían cumplido con pagarles algo de la deuda. Manasero los apoyó. Los jugadores que trabajaban para las mejores instituciones apoyaron a sus compañeros mostrando un gesto de buena voluntad, de solidaridad, porque nadie sabe dónde esté mañana, dijeron. Entonces el sábado los clubes jugaron con reservas y juveniles, mientras los profesionales (todo queda en palabras) veían el partido desde las tribunas. La mal llamada huelga dejó consecuencias atroces. El mismo sábado, cuando la tarde caía, se conoció que San Martín se iba del fútbol profesional, que el rector de la universidad desaparecería el club. Según ellos, los jugadores les habían dado la espalda a los dirigentes que siempre les cumplieron. El domingo se supo que César Vallejo haría lo mismo, igual Inti Gas y Unión Comercio. A estas horas se sabe que San Martín no va más, que César Vallejo tiene un pie afuera a no ser que los jugadores le digan bye bye, mucho gusto a la Agremiación; los otros clubes van a sancionar a sus jugadores, algo razonable. 

No sé si hacen bien, o mal. No voy a apoyar a ningún bando. Sólo explico lo que veo, o lo que nos dejan ver los señores reyes de las diferentes entidades peloteras. Recuerdo una canción, como para el momento: El deporte nacional no es la pelota, es el peloteo, mis respetos a Los aldeanos y a toda la isla.

La noche deja caer gotas de lluvia en mi cabello trinchudo y mal peinado. Llego a casa. Abro la puerta lo más rápido que puedo y entro; mi polo está húmedo… estornudo, y despierto al gato que se adueñaba de la silla donde suelo sentarme a leer. Prendo el televisor. La novela futbolera, cómo olvidarlo. Los programas deportivos no tocan los temas del fútbol nacional y ahondan en los diferentes deportes que también existen y nunca le dan importancia. Es un buen avance, digo, fastidiado, entre estornudos. Estoy solo en mi departamento. La camiseta blanquiazul se luce en un cuadro que mandé a enmarcar hace algunos años. La contemplo, y recuerdo esos buenos tiempos cuando obtuvimos cinco títulos en diez años. El pecho se me llena de orgullo, y ¡arriba Alianza!, grita mi corazón, malherido. Y todo se confunde. No sé qué pasará mañana. Las deudas, los jugadores impagos, la SUNAT, la Agremiación y el tremendo chanfainón. La pelotita se manchó, señores. El sueño me vence con la mirada en la blanquirroja, que triste, reposa en el respaldar de la silla en donde me siento a escribir mis crónicas llenas de lamentos jóvenes, a causa de la frustración y unos sazonadores indescriptibles. 

Pitazo final. Nos vamos al alargue.

miércoles, febrero 15, 2012

SAN VALENTÍN, ¿DE NUEVO?

                      

El amor, que cosa más rara. Me paro. Tomo aire. Expiro. Sí pues, esto es más raro, pero lindo, pienso. Bebo de una un vaso con agua y me como los tres cubitos de hielo que quedaron. Me vuelvo a sentar. Y pienso en los cubitos que ya no están. Y aquí estoy yo.

Recuerdo que ayer, en cierta hora de la tarde cuando el sol quemaba, te vi caminar como modelando, fumando un pitillo largo que te hacía lucir aún más hermosa. Yo estaba en algún asiento de esos buses verdes, grandes, que levantan gente en 28 con Larco. Por la ventanita sucia te reconocí, y me quedé viéndote cuando cruzaste la pista, sin miedo, botando el cigarro que se había consumido hasta la mitad. Y mi mirada se pegó al cigarrillo que clamaba auxilio cuando una nueva rueda pasaba sobre él. Y de repente, subiste al bus y te sentaste en el asiento continuo, dejándome pasmado, con un ataque de tartamudez cojuda.

Sigo sentado y pienso en ti. Mi mirada se pierde a través de la ventana, fijándose en el horizonte nublado de hoy. Es catorce para muchos; me excluyo. Sólo pienso en ti, contemplando las gaviotas que planean en el cielo gris de Lima.

Es catorce, decía, y San Valentín ha llegado para los que Cupido ha dicho: tú sí, camarada. Salgo a la calle. Estoy solo, pero los mejores recuerdos de tus ojos pardos me acompañan. Los enamorados se confunden con los comerciantes de algodón dulce, globos inmensos con formas de corazón y rosas de mentira a una china, varoncito. Se nota a leguas que San Valentín los tiene ahuevados, o es que los más hábiles esperan ese día para, unos, juguetear en algún hotelucho de malamuerte, y otros, hacer su agosto.

Y bien, San Valentín no es para mí, y creo (si la memoria no me juega mal) que sólo pasé un catorce de febrero con esa personita. ¿Lo digo? ¿No lo digo? Tú sabes que fuiste la única, miss. Tú sabes que te estás mintiendo. Te estás acorralando, fingiendo un querer que no es, M. Las gentes nunca ayudaron, y nunca me importaron, tampoco. Pero yo te espero, de nuevo. Estaré donde siempre. Solo, o con algún libro. Me callaré al verte, porque te he dicho hasta lo que nunca he pensado. Y el beso llegará solo. Y tu mentira se quedará deambulando por alguna avenida desolada, donde un poste de luz será lo único que alumbre sus tristes pasos, descorazonados.