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miércoles, junio 13, 2012

EL CANTO Y EL LOCO




Salgo de mi casa a regañadientes, sulfuroso, peleando con mi padre, a cosa seria, cumpliendo con la guerrilla que diariamente practicamos, siempre por ningún motivo. Entonces cierro la puerta y camino raudo. El frío hace que me cierre la casaca y me enrolle la chalina en el cuello en segundos. El frío se pone cagón. Meto las manos en la casaca y me siento abrigado. Ya no tiemblo. Ya no juego con mis flacuchentos dedos, están tranquilos, reposando, haciendo Horacio dentro de la frazada que llevo puesta como casaca con polar, y hago puños, dos puños dispuestos a noquear al frío que congela en cada débil paso.

“Tengo miedo, torero”, pienso, mientras espero la crazy coaster en el solitario paradero, al frente de mi casa. Sólo yo, con mi librito de Betito Ortiz en la mano, espero sentado a que llegue el carro de rayas celestes y blancas todo Larco, Arequipa, paga con sencillo, pe’ causita. Y silbidos van, silbidos vienen y “tengo miedo, torero”, decreto. Una luquita, man, me encara un vago que huele a todo junto. Si no me largo, me quitan todo menos el librito, pienso, y veo la coaster 18 aproximarse, completamente sopa, botando humo negro como no tienen idea. Subo y me arrecochino, saco el libro y me olvido de todos.

(Voy pegado a la ventana, bueno, mejor dicho, voy sentado en la fila que da a las ventanas, porque pegado no estaba, aunque bien pegado estaba el frío, y se notaba cuando apoyaba mi cachete para ver qué sé yo, seguro, una morenita de culito bien rico y paradito).

El carro detiene la marcha en un paradero barranquino que fue testigo de una tremenda borrachera semanas atrás. Y en el mismo banco en el que yo quedé como muerto y estiré la pata ante la mirada pendeja de alguno que otro amiguito delicado, ahí, en esa misma banca, tres muchachitos estaban en lo suyo, sin una botella de ron o de pisco: uno de ellos tenía una guitarra como flaca, sentada en su falda, acariciándola delicadamente, cual cristal valioso, el otro, hacía reposar el charango en su pecho inflado, orgulloso, siempre con la sonrisa Colgate ante los malos momentos; el tercero cantaba, y cómo cantaba, tenía una melodiosa voz que atrapaba a cual transeúnte pasaba por ahí, y se quedaban escuchando y los aplaudían y les dejaban algún sencillo siendo recompensados por la sonrisa chimuela del que tenía como instrumento esa voz que no tuvo maestros de escuela sólo el caminar en una ciudad estresada y practicar frente al mar horas de horas.

Todo fue en un instante, en un lapso de dos minutos, si no me equivoco. Quería que el trío subiera a la coaster para que pusiera un poco de ritmo a mi viaje, pero cuando el auto aceleró y sólo pude seguirlos con la vista, volví a abrir el libro de Ortiz y meterme en la lectura que bien rica iba, que bien pendeja se me estaba armando.

(Sube sube, baja baja, pie derecho, pague con sencillo… En barranco no sé porqué todo será tan sombrío, no hay muchas luces, y la gente camina a paso lento por sus calles, fumando un pucho o esos especiales ja ja, pero lento, como si las huevas, todo es tranquilo, la gente conoce, y no dice nada).

La coaster sigue la ruta, para poco, acelera y frena con brusquedad, y los pasajeros se quejan con el chofer de guata fofa que por el espejo retrovisor hace gestos de calma, pidiendo tranquilidad a las señoras de edad, y no habla porque tiene un palito en el diente, como esos viejos antiguos que se creían matones y bla bla bla… yo sigo con mi librito de Betito que está que me saca más de una carcajada y en ciertos momentos un puchero triste. Me divierto porque es Betito, si fuera otro, ya me hubiera puesto los headphones y la puta madre, seguro estuviera en calle pero elegante

La coaster para la marcha de nuevo, es un paradero del límite de Barranco y Miraflores. No hay nadie. Por qué paró, pienso. El cobrador abre la puerta y espera, pisa pisa, todo Larco, Arequipa… Cuando a paso cansado un hombre alto, de tes blanca y cabellera larga, sube al carro. Lo quedo mirando, no estoy atónito, lo sigo mirando y veo que su blue jean está rasgado por las rodillas, pero se le bien, o muy mal, quizás, descuidado. Lleva una guitarra de palo con un sticker de la Virgen de la Nube pegado en la caja armónica que ya se nota vieja. Es argentino, no pasa los cuarenta y se supone que es músico; pide atención y yo se la di desde que se acomodó en el espaldar de un asiento dejando caer un billete de un dólar y recogerlo al segundo. Y comienza a hablar cuando ya todo lo tenía bajo control, comienza a hablar y el che presenta su canción y dice que ha venido de visita a Lima pero que ahora no tiene con qué regresarse, entonces canta porque es músico y con eso se gana la pobre vida errante. Y canta y yo leo. Y canta y por momentos levanto la mirada y me quedo en su barba y en la guitarra que suena bien, típico rock argentino ochentero que bien lo saben hacer solamente los gauchos de nacimiento y no los que van por tres meses y ya están con el che y el vos y toda la vaina entera.

(Sube sube, pie derecho, al fondo hay sitio, pe’ causa… y esto se me hizo largo y es la primera vez que escribo una crónica tan extensa, pero por algo será, pe’ varoncito).

Lo miro de rato en rato. Leo las últimas páginas del libro mientras me paro para bajar en Larco con Benavides. El argentino sigue con el rock no comercial (lo especificó en la presentación) y justo cuando ha entrado al coro que no recuerdo, el carro se detiene y baja baja, despacio, tranquilos. ¿Y el trío ese de la banca barranquina, y el charango y la guitarra? Justo cuando bajo escucho el punteo de una canción de rock que bien me la sabía yo también, alzo la mirada y me doy con los tres muchachos que vi en Barranco, me sorprendo, escucho sus temas mientras la gente los rodea, le dejo un sencillo al de la voz maestra y continúo la marcha. Es tiempo de volver, pienso, y sin musiquita de fondo, pienso y me río solo, en medio de la pista, como un completo imbécil. 

domingo, mayo 13, 2012

SU MUNDO


Extraño, pero mío,
mi mundo es complicado,
difícil de explorarlo,
difícil de vivir…
pero es mío,
es el mundo mío.
Luis Enrique.

A papá, 
por su cumpleaños.

Cierra la puerta de su habitación con fuerza, provocando un ruido seco. Se pelea con todos y con nadie, y consigo mismo. Habla de todo, discute. Se encierra en cuatro paredes que del club de sus amores llevan todo. Abre la ventana y corre las cortinas a cada lado. Le da la espalda a la cama y se echa como cansado, mirando un punto fijo en el techo. Luce reposado, sosegado; luego de unos minutos despierta de un solo brinco, intranquilo, quejándose de todo, por todo lo que hay y lo que hace falta. Cinco muchachitos lo tienen con el ají en la punta de la lengua. Cinco muchachitos que corretean como chivatas locas, todos los días, religiosamente, de tres a seis, en el patio del Acapulco.  El gordito que grita como camionero, el de cara delgada que pisa como elefante, los otros que ríen hasta por gusto, y siempre uno termina llorando, tirado en el piso mientras los demás lo rodean, y pasan unos minutos y renace el jodido correteo. Es un espectáculo. Él los contempla tras la ventana. Los odia. Cierra a regañadientes las cortinas. Los sonidos que producen los chillones lo mantienen alerta. El sueño se le va. Insulta indirectamente. Los muchachos se sienten en peligro y voltean; lo ven como un cachaco o como un monstro o como un zombi o todo junto, prendido del marco de la ventana. Los atemoriza. Los muchachos lucen ojos saltones y respiran fuerte, sudan. Lo sienten malo, su principal enemigo. Corren al otro patio, el ruido sigue. Y él seguía ahí, luciendo una sonrisa pendeja. Trata de descansar. Pasan unos minutos cuando las pisadas se sienten que vuelven, y las carcajadas van subiendo el volumen cada tanto. No había pasado mucho tiempo desde que se echó. Lanza una lisura sin abrir los ojos, se pone en firmes muy rápido y abre las ventanas sin delicadeza. Los muchachos embalan como ratas encontradas, se meten en sus huecos. El reloj marca las cuatro con diez. Cierra la ventana, y suspira, aliviado. La misma sonrisa pendeja.  Corre las cortinas. Se echa nuevamente, y no cierra los ojos hasta después de unos minutos. Juega con sus pies, los soba en sus piernas de lobo. Se mueve, cambia de lado, se arregla el short y bosteza; enlaza sus manos y las posa en la almohada de pelos que en su pecho ha nacido. Las horas pasan. Los muchachos, que les gusta el peligro, vuelven sin temor. Ya no sienten miedo. Juegan mirando de reojo la ventana cerrada. Uno que otro espía, trata de ver adentro pero no logran su cometido. No hacen tanta bulla, el griterío cesa, y se escuchan despedidas y risas que se pierden en las escaleras del edificio. Y cuando la luna empieza a ponerse alta y majestuosa, cuando ya todo es tranquilidad y el juego infantil ha culminado, mi padre se levanta de la cama para prender las luces de la cocina, darle de comer al perro, al gato, y servirse el mismo vaso con agua de todos los días. Arrastra sus pantuflas por toda la casa. No pronuncia palabra alguna. Apaga la velita que alumbra el retrato de su madre que bien lo observa y cuida donde esté, y entra a su habitación que luce sombría. Juega con las cortinas. Extraña a las chivatas locas. Se echa en la cama, y juega con sus pies. Enlaza sus manos y el sueño lo envuelve; cae rendido a las nueve con veinte en todo lo largo de la vieja cama que lo sabe engreír y que coprotagoniza el mundo suyo… extraño, pero suyo. 

lunes, marzo 28, 2011

SOY LOCO, LO-CO


Hoy he aceptado que soy loco. Que soy loco y de remate. Que soy loco y sonso. Que soy loco y sentimental. Que soy loco y demasiado celoso. Que soy loco y un poco maricón, un poco loca.
1
Despierto muy temprano. Pienso que tengo que ducharme y vestirme y arreglarme e ir al instituto. Son las nueve de la mañana y pienso que debería empezar con todo lo que había pensado, lo primero, ir a darme un duchazo. Me paro de la cama y camino hacia la ventana, abro la cortina y un día nublado me sorprende, “que clima para más raro y la mierda”, pienso. Decido no bañarme. Sólo me lavo la cara como gato y, como huevón que soy, al jabonarme, un poco de jabón entra a mis ojos y comienzo a gritar como una loca desesperada, me echo agua, mucha agua y después de dos minutos me siento un poco mejor. Sé que soy un poco dejado con mi persona, mi mamá siempre me lo recuerda. Me visto pero no me arreglo como vieja que se emperifolla tres mil horas. Unas zapatillas negras, un short verde y un polo plomo tirando a sucio es el conjunto de hoy. No me importa mucho cómo me vea cuando me voy a estudiar. Mas hoy, el short no me gustaba pero era el único short limpio que tenía. No me sentía bien, así que busqué otro short entre la ropa sucia y encontré uno, plomo, con un hueco en el lado derecho. Me lo puse y me quedó bien, así que tranquilo fui a estudiar. Fui a estudiar de plomo tirando a sucio y nadie dijo nada o yo no me percaté que rajaron. Por lo menos nadie se dio cuenta que mi short olía a los mil demonios y nadie dijo nada o yo no me percaté que rajaron.
2
Desde hace una semana que mi nona me había dicho que mi primo vendría y desde ese día estuve como loco esperando su llegada. Junior llegó de Trujillo el martes. Yo esperaba con ansias su llegada. Había barrido mi cuarto después de dos meses para que no se dé cuenta que soy cochino y dejado. Vino con mi tía, Narda, siempre alegre y activa. Mi primo ha venido a Lima porque tiene que operarse de un tumor en la nariz que allá en Trujillo no puede operar o no quieren operar o no se sienten capaces de operar. Desde el martes no duermo solo. Desde el martes salgo todos los días a pasear. Desde el martes siento que debo de salir más seguido con amigos. Desde el martes hablo poco y nada con la chica que me gusta. Desde el martes soy un poco más feliz y un poco más triste. Han pasado cuatro días desde que mi primo llegó y estoy como un loco sentimental recordando todas las noches al verlo dormir y roncar tanto aquellas épocas en Trujillo cuando casábamos mariquitas en el parque que está (Junior me dice que todavía está ahí pero desarreglado) al frente de la casa de mis tíos, hermanos de mi nona. Quisiera seguir recordando aquellos viejos tiempos, cuando tenía nueve o menos, mirando a mi primo dormir en un colchón que tira al piso porque “durmiendo aquí no me da tanto calor”, dice y sonríe y yo pienso que me quiere decir que soy un cagón por dejarlo dormir en el piso.
3
Saldré a pasear con Junior. Saldré después de mucho tiempo. Mi mamá no me dice nada porque le digo que Junior quiere conocer Chorrillos y entonces lo llevaré ahí, se queda muda y sólo me mira cuando me voy al baño a ducharme. Cuando salí de la casa me sentí libre, nunca había tenido esa sensación tan rara, como si nunca saliera, en verdad nunca salgo, seguro por eso. A Plaza Lima Sur no lo noté diferente y eso que no voy a comprar allí todos los días. Soy un poco aburrido y un mal guía turístico, así que lo llevé a mi primo a conocer ese centro comercial, ¿qué divertido no? Comimos donas y tomamos café, y caminando por el patio de comidas una rica pizza nos hizo ojitos, compramos y devoramos, así fue, comprábamos y tragábamos. Creo que sólo fuimos a comer. Yo compré una bolsa de pan de esos que venden allí y que tanto me gustan saborear con una gaseosa heladísima. Saliendo de ese caótico lugar me crucé con Street, un rapero peruano del grupo Rapper School, mi preferido nacional. Saben que amo el rap, saben que el rap me llena y produce en mí emociones diversas y a montón, locas, indescriptibles. Street estaba con su mujer y con su pequeña hija. A primera vista no pensé que fuera él pero lo quedé viendo un momento más y volteó y ahí confirmé que era el rapero de mi grupo favorito. Lo vi alejarse de mí, nunca lo llamé. “Él es Street, él es”, le decía a primo mientras más se alejaba y no lo llamaba. Lo perdí de vista y un grupo de muchachos comenzaron a correr a la dirección adonde él se iba y yo ahí, como un huevón. Llegué a mi casa y puse una canción de él, la mejor, “Turno Tarde”, la vieja escuela, con Norick, Warrior y Deportado y escuchando esa canción aún me sentía afuera de Plaza Lima Sur viendo a Street alejarse de mi vista y yo, como un cojudo, parado, sin hacer nada, preguntarme: ¿le hubiera pedido una foto, no?
4
Soy loco, lo sé. Y un poco amariconado y celoso y posesivo y sentimental. Soy raro, lo sé. Quiéreme y verás. Punto final.