jueves, diciembre 22, 2011

EN EL MAR, LA VIDA ES MAS SABROSA




Es diciembre. Días de verano. La mar es un mundo aparte, juega con el sol y el chico solitario que deja sus huellas contestando las interrogantes que lo tienen fuera de si. El sol la acompaña desde las seis o antes. El cielo azul, pleno, alborotado de gaviotas chillando, también dice presente. El puerto, por el cual botas negras pasan a cada segundo, es el anfitrión de una vida en un plano más elevado: lleno de gozo, alegrías y penas.

Miguel, que tiene en Chorrillos veintiséis cortos años, despega los ojos muy temprano, entusiasmado. Como un resorte salta de la cama y llega hasta su escritorio donde tiene lista su ropa de running. El muchacho siente que un jugo de naranja antes de correr siempre es bueno. Sale de su casa, a paso garbo, importándole nada lo que la vieja chismosa de al lado diga de su contextura física que se pasó de gruesa. Gordito, gordito, escucha voces, pero emprende carrera fijándose una meta; y acompañado de un toma-todo negro, da el primer paso por el malecón que lo espera a diario: Pescadores es el inicio y el final, hasta lo que su inmenso cuerpo le permita.

Ya tiene una hora y tanto en el agua. La embarcación se tambalea, pero él        siempre está ahí, firme, pegado a su caña que lo acompaña más de cuarenta y cinco años y que fue una herencia de su viejo, el gran Don José. No hay nada, carajo, dice Roberto, que se hizo pescador desde que vio a su padre tirar la caña y a los cinco minutos levantar un Jurel, que lo saboreó con limoncito y sal cuando volvieron al puerto. Pescados de mierda, agrega el viejo, que hasta su barba huele a mar porque el mar, según dice, le ha devuelto un poquito de vida, lo hace importante, lo hace sentirse útil. Son las dos de la tarde y el único cangrejo que ha podido sacar, y que completa su agonía en una batea enorme, salta de felicidad, como si estuviera burlándose del pescador que no ha levantado ni un alga. Roberto se molesta, manda tres mil carajos al cielo lleno de celestes y amarillos y tira la caña con furia, como le enseñó José, pidiéndole al flaco que hoy vuelvan a llevarse algo a la boca. Después de media hora siente un tirón, jala con fuerza y levanta un Jurel, y la red que había dejado caer horas antes se llena de peces que buscan liberarse de cualquier forma. Se persigna, mira al cielo, piensa en su viejo y metiendo los dedos al mar dice: “Danos hoy el pan de cada día, mi señor…”.

Juana y Felipe trabajan todo el día y llegan cansados solamente a dormir. Son esposos desde hace dos años, pero pareciera que el amor se fue y la costumbre tocó a la puerta acompañado de la monotonía, costumbre e infidelidad. Eso es lo que siempre pasa en los matrimonios limeños. Una tarde, como a las 6, llega primero Juana, exhausta, con dolor de cabeza. Se da un baño para relajarse y se echa a la cama para intentar dormir. Felipe, que siempre llega a las diez, esta vez llegó una hora después que Juana. Entró al dormitorio y vio a su mujer dormida. Se dio un duchazo, lo más rápido que pudo y se vistió elegantemente con el traje de su luna de miel. Amor, despierta, ponte bonita, vamos a pasear. Juana abrió un poquito el ojo zurdo, como quien no quiere la cosa y vio a su marido vestido de azul marino, peinado con raya al costado y oliendo el perfume que ella le regaló en su primer año de casados. Estaba extraña, pensaba que todo lo que estaba pasando era extraño. Los relojes marcaban las nueve y Juana ya estaba lista con el vestido blanco con el que entró a la iglesia de Chincha, donde dio el sí. Felipe prendió el auto, vendó los ojos a Juana y emprendió la marcha. ¿A dónde vamos, Felipe?, preguntaba ella. A recordar la felicidad y ver si podemos empezar de nuevo, mi amor, respondía él, mientras apresuraba el paso. Después de veinte minutos el auto paró, Felipe volteó hacia su esposa y le quitó la venda: Juana, ¿quieres casarte conmigo? Esto será zonzo, pero quiero rehacer mi vida contigo; hemos fallado, hay que olvidar todo y empezar de cero. Juana quedó pasmada, no sabía qué decir. Cerró los ojos. Una lágrima nació y rozó su mejilla en el camino a su vestido. La vista era hermosa. La gran mar los contemplaba. Y hubo un momento en que Juana quedó consigo misma. La culpa era de los dos, pensó, y por lo mismo creyó que los problemas nunca se iban a solucionar y terminarían separándolos, nunca pensó que su esposo volviera a los detalles de hace cinco años, cuando la conoció, frente a Barranquito, cierta noche estrellada.


sábado, diciembre 17, 2011

NO TE SOPORTO


A ti, mierdita linda.

¿Por qué serás así? Esa es la interrogante que me tiene huevón (como tú también me tienes), día y noche; aunque debo aceptar que hoy, ni llegué a pensar en eso, porque la cagaste al llegar que ni tiempo me diste para contemplar tus estupideces y volverme a preguntar como el pan de cada día. Ahora lo confirmo y saco mis propias conclusiones, lógicas y con la purita verdad: eres así porque no te cogen ni te cogerán nunca, nunca te han dado, claro, porque tu carácter de mierda, lamentablemente, es así, cosa que yo no tolero, por eso de esta noche no paso, me largo.

Juego a ser el chiquitín respetuoso cuando llegas. Te saludo con la sonrisa pendeja de siempre. Creo que aún no te das cuenta. ¡Jódete!, digo siempre, pienso siempre, y tú,  claro, jode que te jode, carajo, que por aquí, que por allá. Tú no eres el puto mundo, no vives sola en este mundillo de mierda. Mira a tu alrededor y si un zambo se te para (y se le para) en frente, algún día, por el amor de Dios, que te haga el favor, full hardcore baby, para que dejes de joder tanto o alguito ¿no?

Digo que jodes como mierda, porque comes mierda, y eres mierda. Gracias totales. 

Vamos, no te falto el respeto, y si lo hago, pues menos mal que nunca te enterarás de estos cortos pensamientos, nunca leerás esta crónica maldita dedicada a ti, con mucho amor ja ja, porque como vives sola en tu mundillo de mierda y todo te parece la purita mierda, mi blog, por consecuente, te parece la mayor cagada, y mis palabras, y mis con ajos y cebollas, putamadre, te queda más chico que el pene que algún día te comiste, por eso no te gustó y te inclinaste por las tuyas.

Entonces no eres mi fan o fans, y menos mal que nunca lo serás. Doy gracias por eso. 

Ojalá que tu mierda sea tuya para siempre. Que no se te desprenda y vaya a parar al lado en que yo esté. Y es que tu mierda, ni la de nadie, deseo. No quiero hablar mierda. No quiero ser una mierda. Cómo tú. ¡No te soporto!

miércoles, diciembre 14, 2011

LA ENTREVISTA DE LA VIDA


Es viernes y el director del periódico para el que trabajo me ha encomendado hacerle una entrevista a Beto Ortiz, por este tema de los nuevos Ministros y el rollo de Chehade, que ya me empieza a oler a cortinilla de humo. Es un trabajo duro, lo sé. Esta entrevista debió de hacerse hace dos semanas, pero el polémico periodista aplazó la fecha porque se le presentó un problema en su agenda y nosotros tuvimos que aceptar, quedándonos con nuestro enojo y desazón.
Son las nueve de la noche y estoy en mi carro, camino a Miraflores. Una fuente confiable me ha mandado  un mensaje a mi correo diciéndome que Ortiz ya llegó al Marriott, donde pasa las noches. Es raro que pase sus noches en un hotel, pero es así. En realidad pocas personas saben que Ortiz ‘vive’ en un hotel. Muy pocas personas saben que Ortiz pasa sus noches, solo, unos días y en compañía de sabe quién, otros, en un hotel cinco estrellas con una maravillosa vista al Mar de Grau.
Busco en la guantera el disco de música criolla que años atrás me regaló un amigo de Perú Negro, agrupación de danza nominada al Grammy. Lo encuentro. Lo pongo en el reproductor y la música empieza a entrar en mi alma y veo la pista de otra manera: más amplia, más limpia, menos negra, sin carro alguno que joda con ese claxon chillón que conduce a la locura. De pronto, suena La flor de la canela en la voz de la gran Luchita Reyes y nace en mí una sonrisa de antaño, de esas que no mostraba hace mucho. Subo el volumen y el auto parece La Peña del Carajo con cuatro ruedas en plena avenida Pedro de Osma, en Barranco.
El rojo de un semáforo hace que me detenga. En eso un grupo de niños con ropas viejas empiezan a tomar la pista, un grupo de cuatro, logré percibir. Dos hacían malabares: primero pelotas, de dos y de de tres, luego cuchillos, y para terminar, cuchillos con puntas de fuego. El miedo se apoderó de mí. Conforme pasaban el nivel de dificultad, más boquiabierto me quedaba, botando baba y todo lo que conlleva. Sudaba. Me temblaba todo. Bajé el volumen del reproductor y la criollada quedó en un segundo plano. Esos niños no pasaban los diez años y tenían que trabajar para sobrevivir, eso estaba claro, lo tenía claro. Entonces una interrogante surgió en mi cabeza, que no me dejó tranquilo hasta que llegué a hablar con uno de ellos.
Hola, le dije al pequeño que se me acercó, con miedo y temor al extender el brazo para pedirme dinero. Toma, le di cinco soles. Espérame un rato. Voy a estacionar mi auto más allá y conversaremos ¿Te parece? El niño corrió hacia el grupo. En su mirada notaba inseguridad, desconfianza, y era lo normal, lo que esperaba; yo soy un total desconocido para ellos, pero sólo quiero hablar, que me cuenten por qué hacen esto y si puedo, ayudarlos en algo. Y en este preciso momento me estoy dando cuenta que la entrevista con Beto no se concretaría y el Director del diario me botaría por no colmar sus expectativas.
Estaciono el auto. Me bajo y con una pelota en la mano voy donde está ese grupo de pequeños artistas. El niño que me pidió dinero se cohíbe. Los demás me miran con rabia, sus ojos muestran la ira que llevan dentro.
-      Chicos, soy un periodista. Sólo quiero hacerles unas cuantas preguntas y jugar con ustedes.
Ahora la mirada de los niños se dirige al balón que traigo. Uno, que parece ser el mayor, corre hacia mí y me quita la pelota sin decirme nada. Empiezan a jugar, a correr, se olvidan de los malabares y sólo juegan.
-      Entonces, ¿por qué trabajan?
El mayor, que corre tras la pelota mostrando un dominio para el juego, grita: Porque si no lo hacemos, Juana nos pega. Me quedo pasmado. Lo dijo sin mostrar un gesto de tristeza, dolor, frustración, nada. Ahora ríe, corriendo tras el balón que parece vuelve a patear desde hace mucho tiempo.
-      Y ¿cómo se llaman?
Pregunto con miedo. No quiero interrumpirlos en su alegría. Carlos, grita el mayor. Escucho una risa. Todos empiezan a carcajear. De pronto los otros tres se hacen notar: Miguel… Josué… Pecas…
-      Carlos, ¿te puedo hacer unas preguntas?
Pienso que mi petición es absurda. El chico nunca dejará el juego por venir a hablar con un extraño, pienso. Los niños calan. Sólo se escucha el claxon de los autos y buses que pasan a pocos metros míos. Carlos me mira y corriendo viene hacia mí. Es sorprendente, los niños necesitan amor, pienso, y recuerdo  lo que años atrás le dije a mi padre, entre sollozos, después de una paliza.
-      ¿Son hermanos?
Le pregunto a Carlos. Una sonrisa chimuela lo acompaña. Se muestra dulce, bueno, alegre. Sí, todo somos hermanos, señor periodista, me responde, hablando alto y claro. Yo soy el mayor. Tengo diez.
-      No me digas señor, dime Franco. Soy tu amigo, tu nuevo amigo ¿te parece?
Hola, Franco, y parece como si se le hubiera venido a la cabeza un chiste buenísimo y comienza a reírse. Sus hermanos dejan de jugar y se acercan. Todos ríen.
-      ¿Por qué hacen esto?
Ya existe algo de confianza. El momento se colma de alegría y risas sin parar. Porque si no lo hacemos, Juana nos pega, ya te dije.
-      ¿Y Juana?
Callan. Me miran directamente a los ojos, uno desvía su mirada a mis manos, a mis pies, otro mira alrededor, contempla el pasar de los autos, contempla mi auto, su mirada parece perdida cuando la dirige al cielo infinito. Es mi mamá pero no nos quiere. Si no llevamos plata nos pega y nosotros nos sentimos mal porque no tiene qué comer. Porque nosotros sí la queremos y queremos que coma. El pequeño llora, otro cierra los ojos.
No sé qué pasó. Los niños ya no muestran sus sonrisas que hace dos minutos me hacían ver el mundo de colores. No sé qué hacer. No sé qué decir. Me dejan con la palabra en la boca cuando me entregan la pelota, tristes, y vuelven a sus cuchillos y pelotitas. Vuelve mañana, me dice Carlos. ¿Qué pasó?, le pregunto. Es difícil explicar. Estamos solos en esto. Vuelva mañana, amigo periodista. Ya no hay gestos. Ya no hay risas. El rojo del semáforo vuelve y los niños empiezan con los malabares.

miércoles, noviembre 30, 2011

Y DONDE ESTAS, TATITA

"Las grandes alegrías, como los grandes pesares, son silenciosas"
-Shakerley Marmion.

A ti, Tatita.

Mi papá ayer me contó que te vio en la cocina; que, primero, escuchó que estabas lavando los platos, como siempre, mojándote, y que al acercarse a la puerta te vio pasar con el elegante atuendo que vestiste aquel día que te fuiste y el peinado que siempre gustabas hacerte en tus ratos libres, de libertad, en tu casa, cuando no estabas bailando con la escoba o pegada al plumero sacudiendo todo lo que ya habías sacudido dos horas atrás. Mi papá también me contó, cuando estábamos cenando, que lo llamaste, escuché su voz, clarita, clarita, me dijo; que le quisiste abrir la puerta, diciéndole: coco, coco. Él estaba durmiendo (y tú, más que nadie, sabes cuán sagradas son las mañanas cuando duerme) y dice que escuchó que el caño estaba abierto, no sé si fue un sueño o si en verdad pasó, porque mi papá cuando duerme es peor que una roca y nadie lo despierta y nadie le hace chis, cierra la puerta, sólo duerme y no existe nadie más, pero según él, escuchó el caño y tu voz y ¡ay, Tatita! No sé si creerle. Dime tú, ¿de verdad eso pasó?


Y tu misa qué bonita estuvo. Muchas flores regadas, coloridas, como te gustaban y todos juntos, ahí sí estabas, claro, cómo no vas a estar, si todo estaba lindo, Tatita hermosa. Volvimos a la casa cuando la noche nos cubrió y el frío nos hacía temblar como pollos despellejados en plena nieve. Y de la noche surgió una inquietud propia, lógica, me preguntaba porqué sólo a mi papá le pasaban esas cosas y a mí no. Pues no lo sé. Pues así me tocó, quizá. Y así le tocó a mi papá, y ya está, cerrao. Mi papá también me dijo, cuando la misa había concluido, que cuando te vio, te siguió, pero no volteaste, que te metiste rapidito a tu cuarto y que él entró y todo estaba como siempre, tranquilo, y Diana jugando con su hueso azul que le compraste algunos años atrás y el Negro durmiendo, en tu cama, como un chiquito cansado de tanto comer y que embotado se tira a la cama y se queda dormido en un dos por tres; claro, como siempre, dije.

Ya la noche ha entrado y mi papá duerme como una roca. ¿Dónde estás, Tatita linda?

Bueno, quizá no me quieres decir nada o yo que sé, pero sabes dónde estoy, tú sabes, sabes dónde paro, dónde leo, escribo, pienso, te pienso, te busco, tú sabes, y ahí estoy. De repente yo sí quisiera decirte algo, no lo sé, no sé cómo sería, qué pasaría, pero aún pienso en aquel lunes, cuando me dijiste por el teléfono, en la tarde: cuándo vienes carajo, yo te preparo tu cuáquer, pero cuándo vienes a verme y recuerdo que te pregunté: pero cómo estás, Tatita, ¿todo bien? Aún tengo tus palabras: Ahí pues, jodida, como siempre, y te metiste una risa de aquellas, pero de aquellas, una risa que pensé escuchar el martes que prometí ir a verte y hasta ahorita espero escucharla nuevamente, y reírnos juntos, como lo hacíamos. Y sé que en este momento estás viéndome y te estás cagando de la risa con esta crónica que estoy escribiendo, porque cuando te dije que quería ser escritor me miraste como diciendo ya huevón, como me decías siempre, ¿recuerdas? Y ahora mira, paso a paso, me estoy convirtiendo en un escritor, uno bueno o malo, pero un escritor al fin y al cabo; un escritor que es tu nieto y que espera que lo sigas manteniendo derechito y siéntate con la espalda recta, carajo, recuerdo cuando me decías al verme escribiendo, sacando una joroba de padre y Dios mío.


Dejo de escribir y me siento en tu cama, con tu foto al lado, en la mesita de noche que nunca vi que usaste. Le doy play al disco de Luchita Reyes que compré hace poco y sí que hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé. ¡Ay, Tatita! Ahí nos vemos.

viernes, noviembre 25, 2011

TU FOTOGRAFIA

"Que te vaya bien sin mí, si te veo no te conocí, no es tan fñacil pero es parte de este juego; el teléfono nunca mas sonó, ella por mi calle nunca más pasó, no es tan fácil formar parte de tu juego..." Gian Marco.

A ti, querida.

Tu foto está acá, conmigo. Nuestra foto. Un beso y el amor brotando por los poros nuestros, a orillas del mar, y mis ojos cerrados, enamorados, y tus locos cabellos que me volvían loco, negrita, que me hacían pronunciar palabras que nunca antes había pronunciado. No. No la romperé. No tendría porqué hacerlo.  Y es que quisiera mirar todas las noches, antes de irme a dormir, a aquella chica que me hizo sentir de verdad, que me hechizó, que me cautivó desde el primer instante, que, inconscientemente para ella, me enamoraba más y cada día, en cada gesto, en cada palabra, en cada te quiero que ya no se susurrará más y sólo se recordará y se sentirá, haciendo del corazón contento una pena y vacío enorme.

Tu foto está acá, conmigo. También estás tú. Ahora te toca entenderme, tu recuerdo nunca se irá, el olvido nunca llegará… Ahora te toca entenderme, si te dije te amo, alguna vez, o algunas veces, pues no me arrepiento y jamás lo haré. Entonces digo que romper tu foto, para qué, dime, para qué, mi amor; si tan solo es papel, el amor aún está, no en el papel, tú sabes dónde está ese amor… y el recuerdo de esos hermosos meses siempre estarán en mi corazón, siempre.

En la soledad de mi departamento. Ni un pisco acholado me acompaña. Doce y tanto. Llanto y llanto. Que te vaya bien. Te escribiré.

martes, noviembre 22, 2011

LA CHICA QUE AMO


UNO
Mi chica me ha dicho que me ama. Yo le digo que la amo también, que es lo que sale de mi corazón y que, por eso mismo, se lo digo. Reímos por el teléfono. Es mi chica, la chica que quiero tener siempre. Me encanta, me encanta, mis ojos brillan, me encanta. Nos molestamos. Jugamos a molestarnos. Y en serio decimos que no que sí, que sí que no, y entonces cuando nos decimos algo nada es en serio y volvemos a reír, juntos, abrazados. Te miro y te susurro al oído, me encantas, cada día más y más, mi amor.
DOS
Mi chica me ha dicho que soy un niño. Dice que tengo actitudes de un niño, de un bebé de un añito, hasta de menos, que me falta chupón y biberón y la hago linda. Soy tu niño, le digo. Se queda callada, se molesta y me lo hace saber, pero sé que se quiere reír, lo sé, y también sé que quiere decirme, yo también soy tu niña y así como una niñita llorona y engreída me vuelves más loco, mi amor.
TRES
Mi chica me ha dicho que porqué nunca voy a su casa. Me ha cagado, con esa afirmación, sí que me ha cagado. Casi nunca o nunca voy a su casa y no encuentro los motivos convincentes para decirle porqué casi nunca o nunca voy a su casa. Yo siempre voy y tú nunca vienes, me dice. A veces pienso (sé, con toda seguridad) que detrás de todo esto, o sea y mejor dicho, de detrás de todo lo que me dice, que porqué casi nunca o nunca voy a su casa, sé, digo, que su mamá está detrás diciéndole (ordenándole) que vaya, que porqué no voy, que porqué ella siempre tiene que ir a verme y yo casi nunca o nunca voy, y bla bla bla. No vienes porque eres un flojo de mierda, agrega. (Sé que esa frasecita si es de mi chica). De vez en cuando es bueno ser flojo, pienso, pero de vez en cuando, no como yo… y acepto que no voy a su casa por ese único motivo y ella lo sabe y ella sabe más cosas de mí, por eso te adoro, mi amor.
CUATRO
Mi chica me ha preguntado si también me gustan los hombres. A diario, la interrogante es la misma. No tomo desayuno, pero esa interrogante es como mi pan de cada día. Siento que tú y Diego…, me dice, con un gesto de no sé qué, de no sé cómo. Me asusto. Me quedo callado, soy como un niño dormido, así como la canción romanticona, de pura lágrima. Siempre me quedo callado. Siempre, los nervios me ganan, las manos me sudan, la lengua se me traba, no escupo palabra alguna. A diario, siempre descubres algo en mí que ni yo sabía, mi vida; por eso me encantas, me vuelves loco, por eso te adoro, mi amor.

martes, noviembre 15, 2011

TRAS LOS PASOS DE MI SOLEDAD


Me siento solo como un beso sin mejillas, como un abrazo sin sinceridad, como Adán sin alma y sin costillas, como un crimen sin sangre y sin oscuridad… y aunque todo no está bien, allí ando, porque no hay camino y sigo respirando; si me preguntas cómo lo conseguí, la respuesta sería al menos me tengo a mí. 
- Los Aldeanos ft Rapsusklei - Soledad.
Y la noche me agarra en plena calle chorrillana, desolada, y yo ahí, acompañado tan solo de las luces de los postes viejos que son tan largos como este mal día. Camino queriendo perderme. Me pierdo queriendo jamás encontrarme. El silencio no me atemoriza; me tranquiliza, me vuelve otro, me ayuda, me calma, la soledad la siento mía, es mía. Cada vez camino más lento, camino, mirando cómo parpadea la luz de un poste que tiene escrito revolución, actitud, poesía en la parte baja, claramente pintado con aerosol rojo por algún chico que ha encontrado en la calle lo que yo estoy empezando a encontrar, cada vez más seguido, cada nocturna salidita pendenciera, solitaria. Me quedo viendo aquella obra de arte, la contemplo, la contemplo unos minutos más. Una pausa. El silencio reina. Mi tranquilidad.
Y hoy solo encuentro soledad ya /guerra en mis palabras / la oscuridad en estas hojas son pintadas / son las razones / escasez de luz en las canciones / heridas que no sanan y hasta acá su ver se opone.
Mis ojos me han dado gracias por aquellos instantes. Mensaje claro, directo. Y pues, sigo caminando, queriendo ser olvidado y olvidarme a mi mismo, tratando de no olvidar aquellas palabras llenas. No pretendo juzgarme pero sé que la basura al costado mío es aromática, que el desagüe más pestilente es el río Amazonas, caudaloso, maravilloso. Juego el último juego que me toca jugar. Out. Out. The end. Lo juego queriendo perder y ser goleado y humillado y vapuleado desde el primer minuto, y hasta antes, desde la misma previa. Ya no quiero nada, de nadie, ni de mis putos deseos. Digo que quiero irme, que estoy más solo que nunca, que irme de una puta vez sería un bien para la comunidad, irme para no volver volver voooolver, a tus labios ya no otra veeeez.
Hoy respiro paz / tras aquel antifaz / tatuajes en mi cuerpo cuentan de que soy capaz / escribo por las noches / derrocho ya mi tinta…
A veces trato. A veces lo hago. A veces actúo, sin pensar. A veces me ilusiono, e ilusiono. A veces juego. A veces pienso, hago y ya no quiero nada. A veces me desilusiono, y desilusiono. Escribo no queriendo escribir. Escribo con ganas de matar, de matarme, escribiendo. A veces intento. A veces ni lo pienso. A veces salgo, cierta noche, a las tres de la mañana, a caminar, y salgo yo y mi otro yo juntos, caminamos, caminamos y mucho, lentos, seguro él, desconfiado yo, amariconado, llevando en el bolsillo derecho del pantalón lo suficiente para sobrevivir, un gorro con la visera para atrás y unos lentes negros que tapan la tristeza de mis ojos. Y una melodía comienza a sonar en mi cabeza. La escucho hace unos años y hoy, la vuelvo a escuchar. La melodía juega conmigo y yo, camino, más lento aún, porque quiero sentirme muerto en cada paso que dé de aquí en adelante, y más adelante, quizá. Silbo. Silbamos. Mi otro yo y yo estamos juntos, en esto, y siempre.
Hay soledad / te siento más conforme sube mi edad / y a decir verdad / prefiero la mierda con sentido / a la falsa libertad que nos dan / sin un buen plan no habrá pan si los amigos no están…
Conto mis pasos. Con frialdad, miro las huellas cuando vuelvo la mirada hacia atrás, en las pocas veces que volteo la mirada hacia atrás. Las dejo. Las dejaré para siempre, esperando no recordarlas de aquí hasta algún tiempo bueno, si es que habrá algún tiempo bueno. Me veo de aquí a unos años más. Una lágrima. Una pausa. El silencio reina. Mi tranquilidad. Conto mis pasos y dejo una sonrisa pendeja, la sonrisa que siempre me acompaña y que la soledad me enseñó cierta noche, en alguna calle fría y desolada de Lima.
Martes, 15 de noviembre. 10:50 de la noche. Una pausa reina.

lunes, noviembre 14, 2011

LA TREGUA


La mañana nace cabrona, como siempre y todas. Trato de despertarme. Juego a despertarme. Pierdo el game, como siempre y todo lo que juego. Es difícil lograr despertarme. A veces pienso que no despierto del todo, hasta antes de volverme a echar a la cama, a las doce o una de la mañana, cuando soy consciente que la noche me ganó una vez más y es hora de descansar la mente y el cuerpo un día más. La acidez y molestia estomacal que me hacían morir de a poquitos no son las mismas de antes, han cesado, me han dado una tregua, me han dicho: te vamos a dejar libre un ratito, pajero, para que pienses que estás vivo y coleando, pero después… eso me han dicho, lo sé, estoy más que seguro, por eso no me confío de mi felicidad a medias, no confío. Lo bueno es que las molestias ya no me estropean las acciones mañaneras que solía tener y que había dejado de ejecutar desde que nacieron tremendos males. Y bueno, sigo, entonces pienso que dar unos pasos antes de empezar con la rutina diaria sería muy bueno. Camino un poco por el Malecón. Buenos días, amigo chorrillano. Ya no fumo, aunque sería hermoso oler el mar, fumando un Pall Mall rojo, a las ocho con diez, con toda la brisa en las narices. Pero no puedo fumar. No tengo que fumar. Tengo que intentar dejar el cigarrillo por mi bien, o por el bien de mis acciones mañaneras que han rejuvenecido causando mi parcial felicidad. Ahora tu rostro se metió en mis ocho con veinte. Y hazme el favor de devolverme mi corazón que te llevaste aquel diecinueve de medio año, sin permiso, mi amor. Digo que pensar en ti me sana de todo, me cura de todo, me hace bien, como la salsita romanticona del american-boricua, Marc Anthony. Y ahora caminamos juntos. Desde las doce con algo estamos juntos, entre cuadernos y lapiceros, de profesores a salones, correr por pasillos, subir por escaleras, bajar por ascensores y terminar en Larco cuadra seis o cinco, tirando ascos a Sise, donde nos conocimos, que es lo único bueno de ese lugar. Y nos llegó la una en Larco viendo sombreros raros como de marinero, decía yo, y cuánto te amo, pensaba yo, al mirarte; y tu sonrisa que me enamora a diario y que me cae mejor que el almuerzo, mi vida. Reímos como nunca y como siempre. Nos jodemos como siempre. Nos besamos en cada paso que damos y regresamos para darnos otro beso en la huella que dejamos. Y recién me pongo a pensar, después de un millón de besos, que contigo quiero estar siempre. Y un flash pendejo me deja cegato por un buen momento; amor, una fotito para el recuerdo, me dices, cuando la una con treinta agrega: come algo, huevón, que la tregua se acaba, se acaba.

jueves, noviembre 03, 2011

VENGO A CHORRILLOS





Vengo a Chorrillos. Vengo para quedarme, siempre. Vengo para vivir, para escribir, para sobrevivir, no sé si para morir. Mi papá está acá y aunque nunca me hizo oficialmente la propuesta de irme a vivir con él (porque antes era otro mi lugar de diabluras), sé que siempre quiso que yo viva con él. Entonces mi Tata se puso mal y así lo quiso el Flaco, ya saben. Y mi papá, desde aquel nefasto día, se iba a quedar solo, y eso no era muy alentador que digamos. La soledad es buena en ciertos momentos (como este). Cada vez que puedo (o quiero) acudo a la soledad, la llamo, me voy en soledad, que es una consejera estupenda, con un Pall Mall entre los dedos, a escribir o tratar de escribir, en una noche negra, sentado en el malecón, como hoy.

Vengo a Chorrillos, como dije. Vengo para quedarme, lo repito. Vengo para que mi papá no llame a soledad, no hable con ella, no hable con él mismo, ante los ojos de la puta soledad que cuando te quiere joder, te jode y cuando te quiere cagar, es mejor que por cuenta tuya te vuelvas loco, pero un loco bueno. No más a las rutinas. No más a las comidas en un dos por tres. No más a las ocho horas frente al computador combatiendo el insomnio. No más a las cervezas con el puchito azul gritando yo soy ebrio, en el dormitorio, sin ningún amigo, o enemigo.

Ya estoy en Chorrillos, escribiendo mi primera crónica, sentado en el malecón, a las seis de la tarde, ante un paisaje maravilloso, con sólo un lapicero entre los dedos y alguna hoja manchada, rayada, que encontré por aquí: cielo anaranjado con pinceladas de amarillo no chillón, las nubes cansadas de andar, reposan encima del mar calmado, lleno de balsitas coloridas que se confunden detrás del muelle, solitario.

lunes, octubre 17, 2011

EL CIGARRILLO Y YO


Gráfico por Ronny Barrientos.
Crónica por Fabrizzio Velaochaga.

Prendo un cigarrillo sin antes haber comido. A veces pienso que mi desayuno es un Pall Mall azul a las nueve de la mañana, por Larco, después de estudiar. Panes, leche con coca, eso es un gusto para mí. No tomo desayuno, y eso que me dicen que es el primero alimento del día, el más importante. No lo sé, y si lo sé, pues no quiero hacer caso.

Prendo un cigarrillo en casa de Mario. Se molesta. Me bota a la calle. Me dice que fume afuera. No recordaba que él odia el humo del cigarro, que le hace mal, desde hace muchos años. Sufre de asma. Empieza a toser. Me grita. Le grito. Le digo que no joda. Sonrío, le muestro una sonrisa pendenciera, de puto, esas sonrisas pendejas que regalas a quien esté de testigo ahí, antes de cometer alguna bajeza. Tose más fuerte, más seguido. Me siento mal, apenado, la culpa es mía, pienso, bajo la mirada. Me siento mal, muy mal, pero con el Hamilton doradito entre los dedos.

Son las ocho de la mañana. Me despierto con náuseas. Siempre me despierto con náuseas, con una pelota en la garganta, y alguien dentro de mí, empachado horriblemente, a diario. No hay nadie. La noche anterior mi mamá me dijo, entre sueños, que saldría desde temprano con mis hermanos a una feria de manualidades fuera de Lima, no recuerdo que le respondí, seguro que fue un ya pero pensando qué bien que me dejen solo nuevamente; sinceramente que no lo sé, no recuerdo haberle dicho algo o no haberle mencionado palabra alguna. Prendo un Lucky, ese pitillo blanco de bolita roja que suavemente se consume, lento, como pidiendo permiso. Encontré uno en mi pantalón con el que me quedé dormido, no sé cómo llegó pero ahí estaba, estábamos los dos, él en mi boca y yo, en la cama, evitándome quedar dormido con el pucho en los labios.

En la mañana, después de estudiar, al despertarme, cuando te espero, cuando te dejo, cuando escribo, cuando te escribo, cuando leo, cuando te miro, en la noche, en el baño con una sonrisa pendejísima, en la cama leyendo Sólo para fumadores de Ribeyro, a las once de la noche, antes de dormir, cuando el insomnio me cagó de nuevo, cuando digo que quiero amarte, amarte y escribir, dormir, vivir, cuando pienso que ya no quiero abrir los ojos nunca más, cuando voy a la tienda a llenar la cajetilla de Hamilton green que vacía me tira ojitos, cuando escribo la crónica de siempre, como esta, a las dos, después del almuerzo, antes de zamparme tres o cuatro chelas jugando fulbito, y claro, con el cigarrillo típico en la boca, retando al bobo, pero feliz.

sábado, septiembre 24, 2011

TENGO SUEÑO, ITO


Llega el hijo de estudiar y le dice a su papá: "papi, acabo de tener mi primera experiencia sexual". "¿En serio, hijo? Entonces cuéntame", le dice el padre, feliz, raro. El hijo, cruza las piernas y le dice: "Perdóname que no pueda papi porque aún me duele."

8:3O

Despierto tarde. Soy consciente que ya no llegaré a la clase. Desde mi cama, sé que será un vía crucis pararme, quitarme la ropa, bañarme y ponerme la misma ropa para ir a estudiar. Sé que será una mierda poner los pies en el suelo, lo sé. Sé que será una mierda cuando me digan, al finalizar el curso: Señor Velaochaga, usted ha desaprobado el curso por pasar el límite de inasistencias. Son las nueve de la mañana y mis clases empiezan a las nueve y diez. El frío ayuda. La colcha me hace ojitos. Una raya más al tigre. Me tapo hasta la cara y sigo durmiendo.

10:15

Fue un vía crucis, lo sabía. Y jodido, lo pasé y lleno de mierda, salí hacia la universidad (que bien mierda es también). El paradero, vacío, ni un alma, sólo yo, el tardón. El carro no pasa, a veces pienso que no quieren pasar porque siempre es así, cada media hora pasa una puta Orión. De pronto, vi llegar la 21, yo estaba escuchando música y me percaté del carro casi al frente mío. Subí a la volada, me senté al último, pegado a la ventana, como siempre. Yo escuchaba música, desatento del mundo. De repente, volteo y una cara blanca bien al corte con los pelitos parados y con rayitos caramelo me sorprende, a mi costado. Es un tremendo cabrazo, pienso. Hace que se rasca la pierna y toca la mía. Es un cabro de mierda, lo confirmo. Estaba leyendo un libro de Borges. Y el hombrecito mete toda su cabezota al libro, primero, pensé que estaba cansado del largo viaje, luego, me di cuenta que estaba leyendo mi libro y después, el miedo reinó. No digo nada. No hago nada. Sigo escuchando música. Y de nuevo el rasca-rasca de él y el miedo mío. Saldré violado, pienso. ¿La Paz?, grita el cobrador. ¡Baja, baja!, respondo. El señorito-ito me ve por la ventana, me hace adiós con la mano. Era un tremendo cabrazo, pero algo tenía, algo, digo, en voz alta, relajado, con una sonrisa amariconada. La Avenida Larco es mía. Las miradas están conmigo y al carajo, siempre pasa eso. Los itos de Larco me siguen con la mirada y al carajo, siempre pasa eso. 

miércoles, agosto 31, 2011

EL BARRIO


Los Tulipanes.

Las tardes cuando salimos con una pelota y nos vamos a la cancha.

La tienda de todos, la que nos salva del hambre, Marcial.

Las chicas que se mudan a la vuelta y que están para darles vuelta.

Para no olvidarme, la bolsa de chizitos que Marcial tiene en su estante rojo desde hace treinta años, empolvada y con arañas.

Los chicos, con voz de mujer y escotes y pantalones apretaditos, que se juntan para tomar güisqui etiqueta roja ya no ya todas las noches en el 28.

Mis amigas que por feisbuc dicen que soy hermoso y escribo bonito, pero que en la vida real pasan por mi lado escondiendo la cara.

Los Sicarios. Los Fríos. Los lanzas. Las motos toneras con luces de neón que me vuelven loco con la misma canción, siempre.

Pedro Silva, la mía.

La caseta verde donde Julio entra todas las noches y nos cuida, fuma y cuida, fuma y duerme y ya no cuida.

Julio. Brocha. Viejo. Duque. Una cajetilla de veinte por dos lucas, por favor.

La Charapa que se muere por el chisme mañanero y el despertar que se siente cohibido.

La Charapa y la Abuelita de Piolín, el dúo magnífico, y Julio, que también pone la oreja algunas tardes frías, con un Elephant entre los dedos.

Los Martínez y su parque de juegos que parece casa familiar.

El Guagua. Pichi. Y esos proles que la sudan y que comen solos, viven rudos.

El Villalobos.

El Valle Azul, bueno, sólo una vez y ¿qué ves?, carajo, una chola tetona cagando, perdón.

El boulevard de ahora, sin nadie, que ya no debería llamarse boulevard, no parece un boulevard. El boulevard de antes, de viernes y sábado, gentes y gritos y putas y drogas y ¡putamadre, qué bulla!

Los muros libres y altos que no existen pero que viven en nuestros corazones, y que nacen al apretar un poco el aerosol.

El 513 y la pinta de Los Sicarios.

Pedro Miotta y el ron que me mató en un año nuevo que no recuerdo con exactitud en estos momentos, porque otro ron me está matando y uno de piernas también.

Los dos mercaditos que me hacen la vida más simple, caminas poco, gastas poco, y encuentras todo en un solo stand.

El paradero de las motos discotequeras.

La pista por donde camino con cuidado, para que ninguna discoteca rodante me cague la pata y otra extremidad más, porque ya me cagaron las orejas y la cabeza.

Las calles de la Zona B, todas, por donde alguna noche sociable, solitaria, pasé, algunas mañanas difíciles, con resaca, algunas tardes cuando el sol reinaba, cansando de jugar a la pelota, cuando pasé, de testigo ahí deben quedar las colillas de mis Pall Mall.

Paul. Guicho. El Negro. El Gordo que ahora es flaco, sí, vamos, palito, pero nunca tanto. Cubito, que crece a diario. Chucho, que la pega de malo con tremenda cara feíta, caquita. Diego y su Eclipse que sale quemando llantas y regresa en grúa. Vinchenzo o como se escriba, Lechuza, mejor. Cinco cinco. Topo y la competencia con Chucho por saber quién es el más pepa.

El árbol que me cobija, el que evita que la lluvia me desmaye cuando sentado trato de escribir unas líneas, acompañado de una chata de Cartavio, añejo, y unos fuegos en unos blancones, Malboro Gold, pues los Pall Mall quedan en mi corazón y me acompañan en las nostalgias que a veces me invaden cuando estoy en el barrio. 

domingo, agosto 28, 2011

LOS GRITOS DE MI MAMI



1

Son las cinco y media de la mañana (madrugada para mí). Giannina toca la puerta de mi cuarto y como no encuentra respuesta, entra, agresiva. Me ve echado, durmiendo, tranquilo, cansado de una noche ajetreada, activa. Es osada al despertarme, “levántate, chiquito del demonio, levántate, carajo”, me dice. Yo no abro los ojos, “si me levanto, haré las cosas mal, ¿tú quieres que haga las cosas mal, querida madre?”, digo. Después de unos segundos escucho sus pasos yéndose. La puerta se cierra. Abro los ojos. Hago un esfuerzo para pararme. Pongo el seguro. Me vuelvo a echar a la cama. Y soy, nuevamente, feliz.

2

Es la una de la tarde. Estoy en el instituto. Presto atención a las clases como nunca. De pronto mi celular empieza a vibrar. Toda mi pierna empieza a vibrar y me asusto. Saco el celular del bolsillo derecho de mi pantalón. Me doy cuenta que es el Nextel y no el Movistar, y yo muy raro que use el Nextel porque más me llaman al Movistar. Miro el número y no es de alguien conocido. No respondo y guardo el móvil. Después de dos minutos vuelve a joder el aparato pero ahora empieza a sonar, fuerte, un sonido chillón, espantoso. Es una alerta la que me han mandado. Todo el salón  se da cuenta que me están alertando y yo no sé dónde esconderme y dónde tirar la máquina, el profesor me achora con su mirada directa, cagona. Saco el Nextel y veo que en la pantallita dice: Vieja, tu terror! (así guardé su número en mi directorio). No esperé ni un segundo más y abrí conexión: “¿Qué pasó, mamá?, pregunté, con voz baja, “Fabrizzio, no te vayas a olvidar que tienes que llegar temprano a la casa porque tienes que almorzar a tu hora, después tienes que limpiar el baño, la terraza y la fachada. No te olvides, carajo. Estudia y anda temprano.” No me dijo chau, sólo cerró la conexión. Me cagó. Me gritó. Y todo el salón escuchó a mi mamá gritándome por el Nextel. El profesor mandó al break quince minutos antes de que toque el timbre. Al salir me llamó un momento: “¿Podemos hablar, Velaochaga?”, me dijo, casi al oído. No hubo clases después del break, el profesor y yo nos fuimos a una cafetería miraflorina y hablamos de cómo su mamá lo trataba a mi edad. Hubo lágrimas más que risas.

3

Son las siete de la noche. A mi mamá le fue mal en su trabajo, lo sé por la voz con la que me habla. Me grita. Me manda. Me carajea. Si hago algo bien, busca la sinrazón y me grita también. Hago la cena, cocino rico, en la mesa nadie habla, nadie, no miro a mi mamá, ella no me mira a mí tampoco, mis hermanos, mudos. Terminando la cena me levanto primero y llevo todo a la cocina para empezar a lavar. Lavo todo, dejo todo tiza, reluciente. Me dan ganas de dormir, estoy muy cansado. En mi cuarto estoy escribiendo algo y de pronto mi mamá entra, intempestivamente: “Fabrizzio, carajo, anda a dormir de una vez que mañana tienes clases”. Otra vez no dijo chau. Otra vez me gritó. Creo que si en un día, en un incierto día, mi mamá no me grita, al caer la noche, como a las siete u ocho, yo tendré que ir a su cuarto a gritarle: “carajo, mamá, qué te pasó hoy, ni un puto grito” e irme sin el chau correspondiente.

miércoles, agosto 17, 2011

EL ARTISTA



A Joel Muñoz.

La mañana me despierta frío, pendejo. Los espasmos de la noche anterior aún están conmigo. La botella con ron amanece sin una gota de ron, la gata juega con ella rodándola por el piso, correteándola, me jode el sueño y abro los ojos. Me levanto de la cama para que las sábanas no se peguen a mi cuerpo todavía inconsciente. Voy en busca de un vaso con agua. Son las nueve y algo, no percibo los minutos, a la justa me di cuenta que eran las nueve, no abro bien los ojos, el sueño me quiere ganar, me lavo la cara, es un buen primer paso para comenzar el día.

Llamo a Souk, le digo que ya estoy listo para salir, él agrega que en veinte minutos estará en la CT, que lo espere, que no demorará.  Tomo un café a la volada y salgo a la casa de Paul. Cruzo la pista lento y un auto rojo, moderno, eclipsa mi vista, sólo capto el ruido de su pasar, acelero el paso y me despierto totalmente.

Nos vamos a Villa María, me dice Souk, cuando llega a la CT acompañado de su maleta llena de latas de pintura. Su caminar, su rostro, reflejan la mala noche: me quedé pintando hasta las cuatro, agrega, sonriendo, con sueño. Lo miro, también sonrío, vamos a hacer arte, le digo y subimos a la combi donde dormiríamos hasta llegar.

La mañana se pone dura con nosotros. Llegamos a la 30, muy cerca al Pesquero y un frío de los mil demonios nos envuelve, nos hace uno, nos caga, y nos caga tanto que en pocos minutos de haber llegado he tenido que ir corriendo a comprarme un cigarrillo para sentir un poco de fuego entre mis dedos y fumar como loco (loca), tratando de evitar (fracasando) el puto invierno. Un cigarro más se enciende, un grito se escucha a lo lejos, el patrullero que pasa y nos ve como si fuéramos pirañitas, gentes corren como si un maremoto de acercara, silbatazos, mototaxis discotequeras que pasan por nuestro delante y nos quieren atemorizar gritando qué chucha pintas, huevón de mierda, pero ni los miramos, no queremos problemas. No pasa nada, jefe. Cállate, carajo: un chorizo cae en la esquina de la calle donde nosotros estamos, el policía lo tiene boca abajo, tirado en el piso, con las manos atrás y esposadas, me doy cuenta que es chibolo, que no pasa los dieciocho, me mira, yo volteo no para evitar su mirar sino para evitar la puta cólera de que los tombos les pegan, los meten al calabozo uno o dos días y después de nuevo afuera, me volteo para evitar la frustración de no poder hacer nada (contra los pirañitas y la violencia de los policías), de ver lo mismo de siempre. Souk pinta y yo sigo escribiendo. La mañana se nos ha ido: saco el celular, veo una llamada perdida pero no me interesa, son las dos en punto, prendo el siguiente cigarro.

El muro es grande, igual que la creatividad del artista. Las líneas van naciendo poco a poco, mientras Paul y yo contemplamos el arte puro. El artista tiene las manos pintadas de todos los colores. La pintura le llega hasta la chompa que viste y da vida al pantalón negro que lleva. El artista, de rato en rato, contempla su trabajo, se queda minutos viéndolo, buscándole fallas, corrigiendo errores, luego vuelve, caminando rápido, al muro, y con la lata en la mano derecha se encierra nuevamente en su mundo creando más líneas, jugando con los colores, regalando amor, vida, dinamismo, juegos. El artista hace todo para que su trabajo sea el mejor y aunque no es remunerado, él normal, él está tranquilo, pintar me hace bien, si no gano plata, no importa, esto es algo que me relaja, para mí esto no es una chamba, me dice, contento, viendo como la pared sucia ya no está más, porque fue convertida en un muro lleno de arte, lleno de líneas que expresan el sentir de una persona que quiere verse diferente, que hace lo que le apasiona, que vive pisando tierra, que llena de felicidad una pared desolada y meada por cuanto borracho pase, cuando una mañana despierta fría y muchos chiquillos se esconden en sus sábanas evitando el mundo cruel, cagón, de Lima. 

martes, julio 26, 2011

SOLEDAD


Frío
No estás
Hoy
Lloro
Pienso
Juego
Sueño
Río
Loco
Sigo
Corro
Grito.
Pall Mall
Azul
Cielo
Negro
Llorón
Cagón
Triste
Yo
Paso a paso
Huellas
Luna
Lima
Caótica
Fea
Noche
Estrellas
Soledad
Ciudad
Ruido
Putas
Letras
Fluyen
Giran
Rebotan
Se inhalan
Se aspiran
Juegan
Amores
Hojas
Fuego
Pluma
Agua
Corazón
Alma
Lágrimas
Gemidos
Corro
Grito
Sigo
Vida

lunes, julio 25, 2011

QUIERO ESCRIBIR


Quiero escribir sobre los amores que tengo en mi corta vida, que son muchos, que me traen cabrón. Es una lista larga, entre hombres y mujeres. Amores, así como enemigos, tengo pocos. Amores, a primera vista, son también como los que ahora tengo.

Quiero escribir sobre la mierda de clima que estoy viviendo en Lima, una mierda total, el clima y Lima. El ciclo climático es caótico, loco. Un día, en la mañana, hay sol, el cielo amarillo, radiante, me despierta y yo, feliz, digo: “bueno días mami, ¿cómo estás?”; pero más tarde, como a las seis (hasta antes), un frío de mierda me congela los dedos y los pasos que doy, no me da ganas de nada y me confundo entre polerones de tres quilos y humos negros de cigarros Pall Mall.

Quiero escribir sobre la inseguridad que uno vive a las once de la noche en el Puente Alipio: Ayer, mi amigo fue a buscarme, como siempre, para hablar y chismear en pleno frío cagón. Como a las once me dijo que ya tenía que irse y que lo acompañara al paradero, “vamos al puente pues”, me dijo, con una sonrisa cabrona. No podía decirle que no, subí a mi casa para sacar una chalina, un par de guantes y un chullo de alpaca para combatir el frío. Cuando llegamos al puente habían dos personas que se fueron al vernos llegar, me sentí malo, muy malo. De repente llegaron dos chicos que sí eran malos de oficio, y mi amigo y yo sentimos que no teníamos escapatoria alguna. Nos estaban haciendo un corralito, quería gritar pero nadie me escucharía, no había nadie, sólo los demás compinches de los muchachos malos. No pasaba el carro de mi pata y tampoco quería que pasara, no me quería regresar solo, sabía que perdería. Hasta que pasó un taxi, lo paré y le dije al viejo chofer: “sáquenos de aquí y le doy mi poto”, estaba asustado, el corazón lo tenía a mil. Salimos del puente y cuando llegamos a mi casa, al abrir la puerta del taxi, el viejo me dice, cogiéndome del brazo: “adónde vas, lindo, paga lo que debes, lo que me prometiste”, “¡viejo cabro!”, le grité y dos monedas de dos soles cayeron en su asiento y se largó. Los muchachos malos no me metieron tanto terror como aquel conductor maricón hijo de puta, que menos mal, se fue sin el sabor de mi poto caucásico.

Quiero escribir algo sobre la salsa, ese género que nunca pasará de moda, ese género que aunque no es mi favorito, me hace recordar momentos gratos en tercero de media. Escucho salsa casi siempre, si no es todos los días. La salsa romántica me hace llorar, así como me hiciste llorar tú en tercero, ¿recuerdas? Escucho esos sones caribeños y me pongo a bailar como loco pensando que soy el mejor bailarín de salsa en todo el mundo, pensando que soy ese chibolito Dayiro (un peruanito de cinco añitos que se mueve como uno de cuarenta que estudió en la mejor academia de salsa del mundo), quiero igualarlo, quiero ser como él. ¿Han visto cómo se alocan las mujeres cuando un salsero mueve la cintura sensualmente? Yo siempre trato de mover la cirunta igual pero los dolores llegan y sólo me queda seguir escuchando salsa, quebrando mi sueño, cuando escribo algo cursi.

Quiero escribir sobre las peleas que tengo con mi familia, pero, mejor no, mejor me las reservo porque no quiero que me boten de la casa; yo quiero largarme con la frente en alto, no con la espalda toda roja por culpa de los cuchumil correazos que me caerían.

Quiero escribir sobre las mujeres que hoy en día me traen loco, pero, por segunda vez y pensándolo bien, mejor no, no quiero quedar mal con una y ganarme con otra, las quiero a todas, si las necesito recurro a cualquiera y como son varias, pues mejor ¿no? No peco de pendejo, soy sincero. No peco de jugador, sólo soy humilde y honesto. Existe L, M, A, T, B, existen muchas. Las quiero a todas y todas me traen loco y todas me confunden. Espero que esto siga así para tener algo de qué escribir. Espero quererlas siempre, siempre. Amén.

martes, julio 12, 2011

EL LANZA


La calle está fría de tantos cuerpos jóvenes inertes que caen como si fuera un juego cada viernes a las diez. Los brabucones, muchachitos furiosos y rebeldes, los que dicen ser batutas y pulentas, siempre van adelante, comandando la tropa loca de lanzas que sólo saben decir te cagaste conchetumadre o préndela, cúrala, causa, apuntando con el dedo índice a quien lo mira grueso o conocen por algún motivo.

La madre se queda en casa, asustada, sabiendo que su retoño está tirando piedras en algún barrio enemigo o parando para ser visto como guapo. La madre sabe que su hijo consume mariguana y cualquier otra droga que sus amigos le digan es buena estando en la escuela, pero se hace la ciega, la que no sabe ni ve nada y sólo se resigna a preguntarle qué tal tu día cuando el chico regresa a las cinco de la tarde, con la camisa ensangrentada, teniendo el colegio a dos cuadras. La madre, sabe, con ojos llorosos, que su hijo ya no va a la escuela hace un buen tiempo.

El padre sabe que los golpes no le harán nada al muchachón, al contrario, esos golpes o palazos que reciba a las once o doce de la noche, lo ayudarán para mantenerse despierto toda la madrugada y meterse un bate para viajar a donde mejor le parezca, claro está, muy lejos de su casa donde el chico piensa lo odian y no lo quieren. El padre cuando llega de trabajar, cansado, va al cuarto de su hijo que echado escucha esas canciones que sólo hablan de sexo y mujeres y drogas. El padre no puede hacer nada. Si le pega, si le quita el reproductor, él sabe que el chico no se quedará tranquilo y si no se lo devuelven a tiempo, buscará otro aparato por sus propios medios, como él mejor sabe conseguirlos.

Salgo de noche a ver qué pasa. No fumaba hace mucho. Me siento en una banca del parque que está a la espalda de mi casa y pienso que debería repetir estos instantes. Ese lánzala lo escucho por ahí y allá, por aquí, detrás mío, lo escucho de mi boca, hasta que ya no lo escucho más. Los muchachones se juntan desde las ocho y también desde esa hora la cancha de loza se convierte en el aeropuerto del barrio, con humos negros zigzagueantes flotando muy cerca de allí, acompañados de risas absurdas,  y mierdas y carajos a montones, hasta más que eso.

Una sirena de policía los pone alerta. Guardan lo armado y hacen como si estuvieran hablando de lo más normal. Hay charcos de agua por el centro de la loza y los que ya están en fa empiezan a saltar y salpicar agua, provocando la carcajada en la multitud alegre y poseída por el verde.

Saben que están listos. Saben que contra ellos, nadie. Enlazan sus manos como si fueran reos esposados pero sin esposas ni tombos atrás y caminan sacando pecho. Ya no ríen fácilmente. Cada pisada que dan es una pisada menos si no le salen las cosas bien. Todos los carros y motos son enemigos ahora. Aceleran el paso y cruzan la pista. Empiezan a correr.