miércoles, junio 20, 2012

CONTIGO


A Marjorie Alexandra.

Caminabas con dificultad por esos zapatos taco doce. Te veías elegante, como siempre. Caminabas con destreza. Yo no me pongo esas tabas ni jugando, me las pongo y en one estoy besando el suelo contando maripositas y hablando chucherías. Regia, hermosa, como siempre. Te contemplaba, cómo no hacerlo, miss. Modelabas en una pasarela colmada de autos y gentes, y edificios y pubs hasta por gusto. Y yo, ahí, si quepo, si me dejas. Eres maravillosa, cómo no escribirte. Es un placer dar unos pasos contigo. Eres un placer. De ensueño. Eres… Quiero decirte que te amo, ¿manyas? ¿Me entiendes? ¿Me captas, miss? Cambio y fuera. Quiero enamorarte, eso es todo, perdona si me voy de avance. Quiero… Te amo, Je t’aime, mademoiselle.

Tus cabellos castaños jugaban con tu rostro. Se escondían en tu espalda. Se corrían del viento, y revoloteaban, enfurecidos. Me desahuevo y te lo digo todo, pensaba, mientras el pisar de tus zapatos de taco marcaban el compás de tu airoso caminar. Te veía y me ahuevaba, así mil veces. Mil veces en dos horas. Dos horas contigo. Mil veces te acompañaría. Te lo digo. Sí. Y me cagué de nuevo. Así. Y así. Por la San Puta, no te pierdo ni de a balas, otra vez no, miss. Alma para conquistarte. Sólo entiéndeme. Corazón para quererte. Sólo para ti (como la de Camila). Y vida para vivirla junto a ti. Sólo ámame. Perdona. Olvida. Confía. Junto a ti. Y yo, si quepo, si me dejas.

Miraflores estaba frío, con vientos que chocaban en mi garganta que enchalinada trataba de cubrirse. Un pucho. Dos puchos. Y tres, y cuatro, nada más. Tú mirabas y modelabas, delicada. No me mirabas. Yo te contemplaba. Estabas ronca, pero hermosa. No hablaste mucho, sólo para decir lo justo y necesario. Yo habla hasta por los codos, y me engreía como niño que aún soy. No me mirabas, ni por eso. Sólo movías la cabeza. Yo temblaba, sudaba, y pisaba siguiendo el compás de tus taco doce que te hacían lucir más radiante, como volando. Jolie. Trè jolie, mademoiselle.

La noche con la luna adjunta se escondieron. Nunca las vi. Sólo te contemplaba. Las bocinas chillonas y los gritos que salían de los puteríos de turno no me incomodaban. Eres una obra maestra, cómo no mirarte. Tus cabellos no se cansaban de juguetear en tu cuello largo y descansar en tus hombros cubiertos por una chompa ceñida. Y cuando el viento apuraba, y modelabas, tus cabellos corrían a tu espalda y se sentían libres, y te veías hermosa, desatada, libre, tú. Eres un poema, cómo no recitarte, y escribirte, y enamorarte.

Quiero enamorarte, eso es todo. No quiero perderte de nuevo, miss. Olvida y piensa en nosotros. Te veo, te veo. Tus zapatos de taco ya no suenan más, porque hemos parado a tomar el carro que nos llevará de regreso, o te llevará, sólo a ti. Yo me quedo un rato por estos lares, haciendo qué sé yo. Contemplaré tu huida, y que no sea fugaz, porque tendrás que regresar. Siente. Olvida. Camina lento, y que tu pisar siempre lo escuche. Estar contigo ha sido recitar un poema con delicadeza, con garbo, con elegancia, teniendo al amor como premisa y la ilusión como jugueteo de niños engreídos. Contigo. Tú. Y yo, si quepo, si me dejas.

Madrugada fría, muy fría. Junio (y que no garúa) del dos mil doce.

domingo, junio 17, 2012

DÍA DEL PAPITO ITO




Feliz día del padre. Feliz día del padre al que cría y no solo engendra. Feliz día del padre al señor que se entrega al trabajo arduo para llevar algo que comer a la mesa de su hogar. Feliz día del padre al viejo que hace sonreír a su hija cuando algo malo le ocurre, cuando habla sin pelos en la lengua con el hijo que está buscando disipar sus dudas. Feliz día del padre al hombre que lo da todo sin recibir nada a cambio, y con sólo un fuerte abrazo se conforma y duerme tranquilo. Feliz día del padre al señor que no descansa cuando siente la casa derrumbarse por falta del fajo indispensable de papeles verdes. Feliz día del padre al padre que tengo. Al padre que me apoya en mi carrera de novel escritor, de adolescente inquieto, de pendejo de ventana. Feliz día del padre a Coco, que antes que sea mi viejo, es mi pata y lo quiero como mierda, aunque muy pocas veces en la vida se lo haya dicho.

Feliz día a Don Julio, mi abuelo, viejo tosco y amargado, arequipeño de nacimiento y con la lisura en la punta de la lengua. Feliz día para él, porque es el abuelo que te habla de todo y de nada, que te engríe y te caga en one cuando haces algo incorrecto; y yo lo quiero, porque peruano ¿yo? … ¡arequipeño, carajo!

Feliz día, cómo no, a Juan, la pareja de mi madre y padre del hermano que más jale tiene con las mujeres que muy raras veces me buscan. Y padre también de mi hermana. Feliz día para él porque a mi madre la quiere como a ninguna otra mujer, la adora, la contempla todas las noches cuando llega de trabajar, cansada y le dice que todo estará bien, que esté tranquila. Feliz día para él, porque se rompe el lomo por su hijo y mi hermana, porque tomó la responsabilidad y eso hay que agradecer de corazón. Feliz día porque es un hombre de bien, porque la luchó y salió adelante junto con mi vieja, porque agarra sólo las rubias de botella, y eso sí que es rescatable, ¿no?. Feliz día porque cocina de mil maravillas, porque no la piensa dos veces, porque agacha la cabeza cuando mi madre se convierte en fiera.

Feliz día, y en mayúsculas, a mi viejo, claro, Coco. Al hombre que ya se le cae el pelo por herencia, porque su viejo también se quedó calvo a muy temprana edad, por herencia, digo bien. Feliz día a mi padre por darlo todo, todo lo que podría ser todo. Feliz día porque nunca se cansó de decirme antes que tu padre, soy tu amigo, nunca lo olvides, y ahora es mi amigo y jugamos y le cuento de mis flacas porque es mi amigo y los amigos se cuentan de todo, pues es así. Feliz día porque sus canas no son por gusto, porque sus arrugas no son por gusto, porque el reposo en el que ahora vive, no es por las puras huevas. Feliz día porque sus palabras de aliento se ven reflejadas en mi cuerpo joven. Feliz día porque sus palabras fuertes, ahora son mi disciplina. Feliz día, porque, cierto día, me dijiste yo soy tu padre, enseñándome los dientes y golpeando la pared, y yo al día siguiente, mirándote a los ojos, llorando en tu pecho rudo, te dije yo soy tu hijo, y el abrazo nunca terminó hasta bien entrada la noche. ¿Recuerdas aquel día, viejo?

Feliz día para lo que queda del día. Feliz día pero que no sea el único día. Feliz día a las madres que son padres. Feliz día a los padres que no tuvieron los huevos bien puestos para decir aquí estoy y ahora sufren porque nadie les dice que hoy es su día y el alma se les carcome por gramputas. Feliz día para los padres jóvenes, para los que después de la noche de placer, dijeron la cagué y ahora lloran de felicidad repitiéndose el himno de gloria machona: puta, que soy viejo, pe huevón. Feliz día para César, padre estéril. Feliz día en plena noche. Feliz día porque, comercialmente, hoy es el día, o así dicen. 

miércoles, junio 13, 2012

EL CANTO Y EL LOCO




Salgo de mi casa a regañadientes, sulfuroso, peleando con mi padre, a cosa seria, cumpliendo con la guerrilla que diariamente practicamos, siempre por ningún motivo. Entonces cierro la puerta y camino raudo. El frío hace que me cierre la casaca y me enrolle la chalina en el cuello en segundos. El frío se pone cagón. Meto las manos en la casaca y me siento abrigado. Ya no tiemblo. Ya no juego con mis flacuchentos dedos, están tranquilos, reposando, haciendo Horacio dentro de la frazada que llevo puesta como casaca con polar, y hago puños, dos puños dispuestos a noquear al frío que congela en cada débil paso.

“Tengo miedo, torero”, pienso, mientras espero la crazy coaster en el solitario paradero, al frente de mi casa. Sólo yo, con mi librito de Betito Ortiz en la mano, espero sentado a que llegue el carro de rayas celestes y blancas todo Larco, Arequipa, paga con sencillo, pe’ causita. Y silbidos van, silbidos vienen y “tengo miedo, torero”, decreto. Una luquita, man, me encara un vago que huele a todo junto. Si no me largo, me quitan todo menos el librito, pienso, y veo la coaster 18 aproximarse, completamente sopa, botando humo negro como no tienen idea. Subo y me arrecochino, saco el libro y me olvido de todos.

(Voy pegado a la ventana, bueno, mejor dicho, voy sentado en la fila que da a las ventanas, porque pegado no estaba, aunque bien pegado estaba el frío, y se notaba cuando apoyaba mi cachete para ver qué sé yo, seguro, una morenita de culito bien rico y paradito).

El carro detiene la marcha en un paradero barranquino que fue testigo de una tremenda borrachera semanas atrás. Y en el mismo banco en el que yo quedé como muerto y estiré la pata ante la mirada pendeja de alguno que otro amiguito delicado, ahí, en esa misma banca, tres muchachitos estaban en lo suyo, sin una botella de ron o de pisco: uno de ellos tenía una guitarra como flaca, sentada en su falda, acariciándola delicadamente, cual cristal valioso, el otro, hacía reposar el charango en su pecho inflado, orgulloso, siempre con la sonrisa Colgate ante los malos momentos; el tercero cantaba, y cómo cantaba, tenía una melodiosa voz que atrapaba a cual transeúnte pasaba por ahí, y se quedaban escuchando y los aplaudían y les dejaban algún sencillo siendo recompensados por la sonrisa chimuela del que tenía como instrumento esa voz que no tuvo maestros de escuela sólo el caminar en una ciudad estresada y practicar frente al mar horas de horas.

Todo fue en un instante, en un lapso de dos minutos, si no me equivoco. Quería que el trío subiera a la coaster para que pusiera un poco de ritmo a mi viaje, pero cuando el auto aceleró y sólo pude seguirlos con la vista, volví a abrir el libro de Ortiz y meterme en la lectura que bien rica iba, que bien pendeja se me estaba armando.

(Sube sube, baja baja, pie derecho, pague con sencillo… En barranco no sé porqué todo será tan sombrío, no hay muchas luces, y la gente camina a paso lento por sus calles, fumando un pucho o esos especiales ja ja, pero lento, como si las huevas, todo es tranquilo, la gente conoce, y no dice nada).

La coaster sigue la ruta, para poco, acelera y frena con brusquedad, y los pasajeros se quejan con el chofer de guata fofa que por el espejo retrovisor hace gestos de calma, pidiendo tranquilidad a las señoras de edad, y no habla porque tiene un palito en el diente, como esos viejos antiguos que se creían matones y bla bla bla… yo sigo con mi librito de Betito que está que me saca más de una carcajada y en ciertos momentos un puchero triste. Me divierto porque es Betito, si fuera otro, ya me hubiera puesto los headphones y la puta madre, seguro estuviera en calle pero elegante

La coaster para la marcha de nuevo, es un paradero del límite de Barranco y Miraflores. No hay nadie. Por qué paró, pienso. El cobrador abre la puerta y espera, pisa pisa, todo Larco, Arequipa… Cuando a paso cansado un hombre alto, de tes blanca y cabellera larga, sube al carro. Lo quedo mirando, no estoy atónito, lo sigo mirando y veo que su blue jean está rasgado por las rodillas, pero se le bien, o muy mal, quizás, descuidado. Lleva una guitarra de palo con un sticker de la Virgen de la Nube pegado en la caja armónica que ya se nota vieja. Es argentino, no pasa los cuarenta y se supone que es músico; pide atención y yo se la di desde que se acomodó en el espaldar de un asiento dejando caer un billete de un dólar y recogerlo al segundo. Y comienza a hablar cuando ya todo lo tenía bajo control, comienza a hablar y el che presenta su canción y dice que ha venido de visita a Lima pero que ahora no tiene con qué regresarse, entonces canta porque es músico y con eso se gana la pobre vida errante. Y canta y yo leo. Y canta y por momentos levanto la mirada y me quedo en su barba y en la guitarra que suena bien, típico rock argentino ochentero que bien lo saben hacer solamente los gauchos de nacimiento y no los que van por tres meses y ya están con el che y el vos y toda la vaina entera.

(Sube sube, pie derecho, al fondo hay sitio, pe’ causa… y esto se me hizo largo y es la primera vez que escribo una crónica tan extensa, pero por algo será, pe’ varoncito).

Lo miro de rato en rato. Leo las últimas páginas del libro mientras me paro para bajar en Larco con Benavides. El argentino sigue con el rock no comercial (lo especificó en la presentación) y justo cuando ha entrado al coro que no recuerdo, el carro se detiene y baja baja, despacio, tranquilos. ¿Y el trío ese de la banca barranquina, y el charango y la guitarra? Justo cuando bajo escucho el punteo de una canción de rock que bien me la sabía yo también, alzo la mirada y me doy con los tres muchachos que vi en Barranco, me sorprendo, escucho sus temas mientras la gente los rodea, le dejo un sencillo al de la voz maestra y continúo la marcha. Es tiempo de volver, pienso, y sin musiquita de fondo, pienso y me río solo, en medio de la pista, como un completo imbécil. 

lunes, junio 04, 2012

MIENTRAS TE PERDÍA



Mientras la tarde caía y el cielo se ponía anaranjado, recordaba cuando te decía te amo mil veces en mi habitación, sin tocarte, sin aproximarme a tu cuerpo delicado que yo tenía por cristal lujoso. Recuerdo cuando te amé en mi cama sin tocarte, mil veces lo recuerdo, y mil veces lloro.

Mientras el frío de la tarde me jodía sin pedir permiso, tus ojos me apaciguaban, los sentía como compañía. Los miraba como cuando te tuve en mi cama y te besé con las manos atadas detrás mío, porque no quería hacerte daño, porque quería amarte y no tenerte. Me mirabas como cuando me dijiste por primera vez te amo, sentados en una esquina de cierta avenida solitaria, como a las tres o cuatro de la madrugada, con cinco o siete vasos de ron encima.

Mientras miraba el mar recordando la mañana que vimos juntos por primera vez el mar, sentados en el malecón, prometiéndonos amarnos para toda la vida, me mirabas, y yo también te miraba, porque te amo, porque nunca te olvidé, porque yo te perdí pero tú no me perdiste, y las cosas duelen pero así son, y soy un perfecto cojudo.

Mientras te miraba, tú nunca me miraste. Mientras me mirabas, yo siempre supe que me estabas viendo. Mientras jugabas a mirarme y volteaba y encontraba el sentido de tus ojos, jugábamos los dos, sin sonrisas, lo más serios posibles, opacos, y no pasaba nada, y mi corazón se arrugaba de poco en poco, hasta hacerse añicos y pedir auxilio a la razón que en nada podía intervenir, porque no es su juego.
 
Mientras la noche se ponía en Miraflores y yo fumaba un pucho, y fumaba los recuerdos que venían y se iban, suspirando y escupiendo mierda y media exhalando el humo que zigzagueaba por los aires fríos que se hacían sentir en mi cuerpo flacuchento sin abrigo. Presentía, y no presentía. Lloraba sin saber el porqué. Sonreía tratando de tapar mis miedos, sonreía mintiéndome a mí mismo. Sonreía porque soy miedoso y cabro, y eso ya es secreto a voces.

Estoy temblando. Y llorando. Y había jurado que nunca iba a llorar, menos por ti. Y tú me ves, me escuchas, sabes que por ti estoy así, quieres que voltee pero el miedo me gana como siempre y me jodo solo, como noches anteriores. Estoy temblando, con los ojos cerrados. Me siento perdido. Me siento herido. Me siento, tal vez, usado. Porque si jugué, me jugaron mal, y ahora no hay mofa, la chanza acabó en una noche solitaria de Miraflores, una noche fría, muy fría.

Mientras lloraba frente al mar, tú me mirabas. Lo sé, te escuchaba cuando me llamabas en silencio. Te sentía recostada en mi cuerpo congelado. Te sentía haciéndome botar el cigarro que siempre me decías que no fume al frente tuyo. Y lo boté, porque son tus recuerdos, y los cumplo por ser obligaciones. La arena se hizo más suave. Y el recuerdo de una noche estrellada no esperó, al ver la luna muy bien acompañada, dando brillo al oscuro momento que no tardó en ambientarse ante mis ojos con lágrimas que ya había caído y otras que no tardaban en partir.

Y mientras lloraba frente al mar, te pedía perdón, y te pido perdón, porque quizás te hice daño escribiéndote, también lo recuerdo. Te pido perdón. Te pido perdón mil veces. Por eso te escribo, para que me des una tregua, para explicarte las cosas, para llenarme de valor de agarrarte del brazo y decirte cuánto significas para mí, cuánta falta me haces, cuánto daño me hace seguir con esta farsa. Por eso te escribo, para que sepas que nunca te olvidé y nunca te olvidaré. Por eso te escribo, para que sepas la verdad de mi vida, la verdad de mis miradas cohibidas, la verdad de mis llantos desconsolados, la verdad de mi puta vida sentimental, con el corazón rasgado y hecho añicos, bien tirado y vapuleado en el piso.

Bucho.

lunes, mayo 28, 2012

LA MANTAÍTA (o dulce melodía)

Y un sonido,
serrano,
siento aproximarse...

Suena la mantaíta (o mantarita) al recorrer la avenida. Se le escucha lejos. Se le escucha cerca. Se escuchan silbidos que, de pronto, quieren imitarla, pero  mueren en el intento, se saben menos que ella. La mantaíta alegra los corazones de quienes caminan sin rumbo fijo en tremenda avenida. La mantaíta me alegra, porque su melodía aguda, que Jaime a puro pulmón sabe producir, me lleva a parajes que nunca he visitado, pero que sería bueno llegar algún día para conocer lo que todo peruano (que se sabe llamar bien peruano) deber conocer.

Entonces la mantaíta llega a mis orejas y me pongo feeling. Aún se le escucha lejos, y es porque, seguro, Jaime ha parado su marcha en alguna esquina o ya pasó la avenida y yo ni cuenta. Estoy en mi habitación, leyendo. Me paro y camino raudo hacia la ventana de la sala: el patio principal del Acapulco luce solitario, es domingo, todo es tranquilo, no hay sobresaltos. La mantaíta ya no suena, me pongo nervioso. Stand by. Todo para y el minutero me hace volver; la bulla de la concurrida avenida va in crescendo, todo surge de nuevo, lentamente.

Jaime hace su entrada triunfal al Acapulco con la mantaíta entre los labios: no suena, pero en firmes espero el momento que brote la melodía que vaya uno a saber quién la creó, para encontrarme conmigo mismo, y volar, y soñar, y escribir alguna crónica constumbrista en plena caótica urbe. Y juego con mis dedos larguiruchos que sudan. Y mis pies no están quietos: piso fuerte cada segundo, estoy al compás del minutero que ya ni se le escucha. El viento sopla, y al chocar con las plantas hace un sonido sombrío, tenebroso, que no se sabe socializar con la mantaíta que de poco en poco se aproxima a mi departamento y a la ventana enorme donde, tras ella, siento en firmes la fría tarde chorrillana.

Respiro. Se escucha cuando inhalo y exhalo lentamente. Estoy nervioso, tiemblo. Mis ojos se convierten en dos grandes círculos pardos que brillan y se humedecen de cuando en cuando al son de la mantaíta. Veo la gran rueda en primer primerísimo plano, y Jaime caminando a camisa y pantalón de vestir conduciéndola; entre sus labios, ella, no suena, pero la contemplo y sueño con los parajes que debo visitar este año. De pronto, el gran Jaime para la marcha, se detiene todo, y lleva sus dos manos a la boca para sostener el instrumento; conozco la canción, él mismo me dijo como se llamaba… sonrío, me mira de reojo y también sonríe, sabe que me gusta esa canción.

La canción ha terminado y las gentes salen con sus cuchillos en mano, y comienzan a gritar: ¡Ayacuchano! ¡Paisa!… de todas partes, jóvenes y viejos. Yo sigo en firmes, mostrando respeto hacia el personaje que un día a la semana entra al Acapulco para cautivarme. No salgo. La mantaíta descansa en el bolsillo de la camisa de Jaime, mientras con el pie derecho patea y patea para que la rueda no pare de girar y sacar filo a los viejos cuchillos con mangos de colores. La mantaíta reposa, sabe que cuando vuelva a la avenida, volverá a será usada, tocada y venerada, y admirada por las gentes que la conocen. Jaime es un capazo, pienso, mientras el ruido del cuchillo de turno en la rueda se confunde con el viento que empieza a soplar fortísimo.

sábado, mayo 19, 2012

DÍA PARA MAMÁ


A mi bella 
y complicada mamá.

UNO

Es el día de la madre. Despierto con buen humor. Saludo a mi tata, la extraño. Me baño y me visto; mi padre me besa la frente y salgo hacia la casa de mi vieja.

DOS

Subo a la combi. Me siento al costado de una señora que apoya su cabeza en la mica de la ventana, cansada o triste. La siento sollozar y me incomodo. La miro de reojo, lleva sus manos a su rostro moreno y seca las lágrimas que se posan en sus mejillas. (No sé echarles edades a las mujeres, es una tarea complicada; pero de que cursa los cuarenta, sin dudas). Se tapa de la gente, se oculta, se avergüenza. Yo también me avergüenzo. Nadie le hace caso. Todos se hacen de la vista gorda. Yo la escucho y bajo la cabeza. Saca su celular y contempla una foto de un negrito ruloso, pateando un balón en algún parque. Llora, y se cubre la cara con las manos, dejando caer el teléfono. Disculpa, se te cayó, le digo, nervioso. Me mira, coge lo que es suyo, y vuelve a recostar la cabeza en la ventana, y vuelve a sollozar.

TRES

Corro al puesto de Marisol, una chica de diecinueve que ayuda a su mamá en el mercado. Conozco a doña Mirna desde hace mucho, pero ahora Marisol es la que vende y la que se encarga del puesto. No sé qué regalarle a mi mamá, le digo, apenado. Los chocolates nunca fallan, me dice, con la sonrisa de siempre. Le compro tres cajas de chocolates de diferentes diseños; las envuelve en papel de regalo, y me las da. Me dice que salude a mi madre, le digo que no se olvide de darle un beso enorme a doña Mirna. De pronto, cuando unos cuantos pasos me han separado del puesto, siento una voz decir: cholita, feliz día, ¿cómo está la bebé? No volteo, siento mi cara arder y escucho la voz contenta de Marisol respondiendo a sabe quién; sonrío y confirmo que la vida es maravillosa.

CUATRO

Camino en dirección a la casa del barrio donde crecí con dos rosas en la mano. Camino garbo, como caballito de paso. Siento que me miran. Siento que se ríen de mí. Siento que las señoras suspiran cuando paso. Siento que soy romántico. Llego a la casa de mi abuelita, abro la puerta y entro a la cochera. Cojo fuerte las rosas y los regalos. Abro la segunda puerta para subir las escaleras y los gritos de mi madre me hacen sentir en casa.

CINCO

Escribo una crónica pensando en mamá y escuchando sus gritos que mantienen viva mi alma: feliz día, viejita, por haberme parido. Feliz día por haberme parido macho, digo. Feliz día por siempre hablarme fuerte. Feliz día por abrazarme hasta quebrarme los huesos. Feliz día por ser fuerte, por pisar fuerte, por hacerme saber que siendo fuerte de alma y corazón se llega muy lejos. Feliz día por hacer de mí un hombre de bien, y yo contradecirte. Feliz día por sacarte la mierda por mis hermanos. Feliz día por llegar tarde y descansar, y al día siguiente lo mismo. Escribo más, pero prefiero guardar el texto y amar en silencio.

SEIS

Voy en busca de un café caliente, a las ocho de la noche. Camino por donde caminé dieciocho años. Me encuentro con amigos que saludo y abrazo y beso, y me sacan una sonrisa pendeja. Me encuentro con personas que nunca pensé encontrarme, menos en el barrio donde crecí. Vuelvo. Apuro el paso por una calle solitaria, por el frío y sin temor alguno. Escucho silbidos. Escucho gritos. Los gritos los escucho más cerca y los silbidos de pierden en la fría noche. Una pareja discute en la esquina de la calle. El niño que iba de la mano de la mujer, se logra soltar y se sienta en la vereda; empieza a llorar. Camino lento, amargo. El hombre le pega en la cabeza a la mujer, gritándole. La mujer baja la cabeza. El niño llora y grita, sentado en el piso. El hombre para un taxi. Trato de ayudar, y el hombre me mira como para matarme, y la mujer me hace una señal de alto, que no es mi problema, logra decirme. El niño llora más fuerte. Nadie sale por las ventanas de sus casas. Todos celebran el día de la madre. Nadie escucha nada. El hombre mete a la mujer al auto, carga al niño y lo empuja para que entre. Bajo la cabeza. El taxi pasa por mi lado y el hombre clava su mirada feroz en mis ojos que no tardan en hacerse agua. Ya no quiero el café.

SIETE

Mi madre se come los chocolates que le he regalado. Se empacha. Tiene hinchada la barriga. Me agradece por el día que he pasado con ella, le digo que era lo que al menos tenía que hacer. Me hace la señal de la cruz en la frente y salgo de la casa del barrio donde crecí.

domingo, mayo 13, 2012

SU MUNDO


Extraño, pero mío,
mi mundo es complicado,
difícil de explorarlo,
difícil de vivir…
pero es mío,
es el mundo mío.
Luis Enrique.

A papá, 
por su cumpleaños.

Cierra la puerta de su habitación con fuerza, provocando un ruido seco. Se pelea con todos y con nadie, y consigo mismo. Habla de todo, discute. Se encierra en cuatro paredes que del club de sus amores llevan todo. Abre la ventana y corre las cortinas a cada lado. Le da la espalda a la cama y se echa como cansado, mirando un punto fijo en el techo. Luce reposado, sosegado; luego de unos minutos despierta de un solo brinco, intranquilo, quejándose de todo, por todo lo que hay y lo que hace falta. Cinco muchachitos lo tienen con el ají en la punta de la lengua. Cinco muchachitos que corretean como chivatas locas, todos los días, religiosamente, de tres a seis, en el patio del Acapulco.  El gordito que grita como camionero, el de cara delgada que pisa como elefante, los otros que ríen hasta por gusto, y siempre uno termina llorando, tirado en el piso mientras los demás lo rodean, y pasan unos minutos y renace el jodido correteo. Es un espectáculo. Él los contempla tras la ventana. Los odia. Cierra a regañadientes las cortinas. Los sonidos que producen los chillones lo mantienen alerta. El sueño se le va. Insulta indirectamente. Los muchachos se sienten en peligro y voltean; lo ven como un cachaco o como un monstro o como un zombi o todo junto, prendido del marco de la ventana. Los atemoriza. Los muchachos lucen ojos saltones y respiran fuerte, sudan. Lo sienten malo, su principal enemigo. Corren al otro patio, el ruido sigue. Y él seguía ahí, luciendo una sonrisa pendeja. Trata de descansar. Pasan unos minutos cuando las pisadas se sienten que vuelven, y las carcajadas van subiendo el volumen cada tanto. No había pasado mucho tiempo desde que se echó. Lanza una lisura sin abrir los ojos, se pone en firmes muy rápido y abre las ventanas sin delicadeza. Los muchachos embalan como ratas encontradas, se meten en sus huecos. El reloj marca las cuatro con diez. Cierra la ventana, y suspira, aliviado. La misma sonrisa pendeja.  Corre las cortinas. Se echa nuevamente, y no cierra los ojos hasta después de unos minutos. Juega con sus pies, los soba en sus piernas de lobo. Se mueve, cambia de lado, se arregla el short y bosteza; enlaza sus manos y las posa en la almohada de pelos que en su pecho ha nacido. Las horas pasan. Los muchachos, que les gusta el peligro, vuelven sin temor. Ya no sienten miedo. Juegan mirando de reojo la ventana cerrada. Uno que otro espía, trata de ver adentro pero no logran su cometido. No hacen tanta bulla, el griterío cesa, y se escuchan despedidas y risas que se pierden en las escaleras del edificio. Y cuando la luna empieza a ponerse alta y majestuosa, cuando ya todo es tranquilidad y el juego infantil ha culminado, mi padre se levanta de la cama para prender las luces de la cocina, darle de comer al perro, al gato, y servirse el mismo vaso con agua de todos los días. Arrastra sus pantuflas por toda la casa. No pronuncia palabra alguna. Apaga la velita que alumbra el retrato de su madre que bien lo observa y cuida donde esté, y entra a su habitación que luce sombría. Juega con las cortinas. Extraña a las chivatas locas. Se echa en la cama, y juega con sus pies. Enlaza sus manos y el sueño lo envuelve; cae rendido a las nueve con veinte en todo lo largo de la vieja cama que lo sabe engreír y que coprotagoniza el mundo suyo… extraño, pero suyo. 

miércoles, mayo 02, 2012

BUEN DÍA PARA LOS CHAMBA



Feliz día para don Marcial que vaya a saber uno dónde está y que trabajó por años, que vio crecer a mi madre cuando iba a diario por algún dulce y ahora me saca de apuros cuando visito el barrio donde crecí. Feliz día para sus hijos, Samuel y la china, que empiezan en este oficio. Feliz día para la señora María, que se levanta a las cinco para llegar a las seis al mercado a abrir su puesto muy concurrido. Feliz día para Antonio, que vende bolsas negras, caminando siempre mostrando una sonrisa Colgate por todo el mercado. Feliz día para Juanita, que me corta el pelo como estilista de top models. Feliz día para Roberto, muchacho de mi edad, que vende juguetes para mantener con vida a su madre que postrada en la cama de un hospital, no pierde las esperanzas.

Feliz día para Azucena, madre soltera que da la espalda a cuanto pendejo pase, para darle de comer a sus cuatro niños. Feliz día para Julio, que cuida el barrio donde crecí. Feliz día para Sonia, que me vende el diario y las revistas cada quincena. Feliz día para Rigoberto, que siempre tiene un nuevo chiste en una bolsilla de yuquitas calientes. Feliz día para doña Carmen, que si trabajara de mirona, sería millonaria.

Feliz día para los obreros. Feliz día para esos señores panzones que tiene el ya pe en la punta de la lengua y que levantan sacos de deshechos por un cariñito, varón. Feliz día para los profesores. Feliz día para los arquitectos, que se desvelan haciendo un plano, para que los palos verdes se los gasten  como si nada. Feliz día para Pichi, que hace lo que sea para mantener ese cuerpo flacuchento lleno de tatuajes. Feliz día para Pepito, un niño que no pasa los seis y que vende caramelos cuando el semáforo se pone en rojo. Feliz día para Franco, que se divide siendo vigilante y stripper. Feliz día para Yanni, que cuida la noche chorrillana con una chata de ron en el canguro. Feliz día para Carlos, un taxista que siempre me recoge del instituto por encargo de mi papá. Feliz día a don Juan, un zapatero renegón que arregla lo que yo pienso botar; feliz día para su señora, que lo acompaña siempre y que se traga todas sus rabietas de viejo estéril.

Feliz día para el policía que le pidió una coima a un turista español en plena carretera al norte, y al otro que cincuenta metros más adelante hizo lo mismo. Feliz día para todos los policías del Perú, que cobran poco pero que se las buscan por otros lados. Feliz día para los taxistas que son ingenieros; feliz día para los taxistas que tienen cartón. Feliz día para los que lavan los carros en los estacionamientos. Feliz día para aquel pendejo que se pasea por esos estacionamientos para apropiarse de lo que está mal parado. Feliz día para los mototaxistas; feliz día para aquellos dos que quisieron apropiarse de algo mío ayer en la noche, pero que sintieron obstáculos en los gritos de mi novia. Feliz día para los choferes de combi, y para los cobradores con los que me peleo por el pasaje. Feliz día a los ladrones. Feliz día a los alcaldes. Feliz día a los funcionarios. Feliz día a los políticos que tienen aceite en la cara. Feliz día a los que roban, porque, seamos sinceros, es también una chamba.

Feliz día para los profesores, para los que me aguantan, porque eso es chamba. Feliz día para los barrenderos. Feliz día para los heladeros, que con un viejo triciclo y con cuarenta grados de sol, llevan centenares de helados que ni tocar pueden. Feliz día para los militares, para los que se están rajando en la selva peruana llena de mierda. Feliz día para los Bomberos, porque para huevones siempre ellos. Feliz día para los futbolistas. Feliz día para los sicarios del Callao. Feliz día para los doctores, en especial para los cirujanos. Feliz día para los cocineros. Feliz día para los artistas. Feliz día para Susy Díaz, que sabe lo que le da ingresos. Feliz día para los comediantes. Feliz día para los payasos. Feliz día para los actores. Feliz día para los que venden flores. Feliz día para los cantantes, y para sus representantes. Feliz día para las Tremendas de la Cumbia. Feliz día para Sabina. Feliz día para los escritores. Feliz día para los periodistas.

Feliz día para mi padre, que se quema las pestañas en un trabajo nocturno. Feliz día para mi madre, que contesta llamadas con insultos y ella trata de arreglar las cosas. Feliz día para mi nono, que algún tiempo de verdad se sacó la mierda y no es recompensado. Feliz día para mi tío Carlos, que es economista y trabaja en el Estado como Contador. Feliz día para su esposa, que con una firma gana más de dos palos mensuales.

Feliz día para Ollanta Humala, que va cumpliendo lo que prometió. Feliz día para Susana Villarán, que trabaja sentada y hablando con la prensa cada cinco días.

Feliz día para los que me faltaron. Feliz día para los que sobraron. Feliz día para el joven que dejó los estudios para trabajar. Feliz día para los que la sudan. Feliz día para los que desde una oficina hacen millones. Feliz día para los que lloran por unos centavos. Feliz día para los que despilfarran la plata en minutos. Feliz día para los que tienen responsabilidades. Feliz día para los que el dinero se les va orinando. Feliz día para los jefes. Feliz día para tantas personas, pujantes, que hacen patria. Feliz día.