domingo, abril 17, 2011

HOMBRES SON










NARDA Y JUNIOR (CON UN POQUITO DE ANDREA)
Junior sigue en el hospital. El viernes pasado fue operado de un tumor benigno en la nariz y ahora se recupera lenta y satisfactoriamente. Mi primo, mi querido primo que llegó de Trujillo para liberarse de ese ‘peso’ que sentía al no estar completo, ya lleva tres días en el hospital y ahora está logrando lo que se propuso al venir a la capital: estar bien, tranquilo, sin nada que lo impida vivir como cualquier persona tocada por el de arriba, sin problema alguno, sin nada que lo impida amar desenfrenadamente a Andrea, su prometida. Él ama a Andrea por encima de todas las cosas. Recuerdo cuando vino hace un mes a Lima para sacar sus citas y poder curarse, como dormía conmigo, no había un minuto que lo pudiera ver sin el celular al lado, no podía, o también prendido de la computadora esperando a que se conectara, la extrañaba mucho y eso que no habían pasado ni dos días. Después de una semana, cuando le dieron la fecha de la operación (que era a dos semanas), mi tío me contó que al recibir la noticia dio un brinco de felicidad olvidándose por un momento de su nariz y que tenía que guardar reposo y empezó a gritar por todo el hospital “nos vamos hoy mismo, mamá”, (su excusa fue que como ya se acercaban las elecciones, tenía la obligación de acercarse a las urnas, pero yo sabía que esa no era la verdadera causa de su alegría desbordante, sino que abrazaría y besaría como nunca a su amada, a la mujer que lo tiene loquito). Y su mamá, mi tía Narda, siempre ahí, en todos los pasos que daba Junior, siempre, detrás, de apoyo, ella. Los dos hacen el mejor de los equipos: la fuerza, el amor, la verdad, la sensibilidad, los acompaña. Y ahora Junior, fuerte, corajudo, reposa y se recupera de la operación que duró casi siete horas de las cuatro pensadas, pero es así y lo bueno que ahora está bien, con el apoyo de su viejita que ya lleva dos noches al costado de él, velándolo y casi sin comer nada, corriendo a traer medicinas y más medicinas, dejando todo por su hijo como una madre ejemplar, como verdadera compañera, como verdadero escudo, como un verdadero amor.

VANE Y BRUNO (Y ALGO DE MI)
A Bruno no lo conozco. Sólo he hablado con él por el correo electrónico y el facebook. Bruno es amigo de Vane, una amiga que se acerca siempre a mejor amiga cuando sus consejos me regala, y a hermana mayor cuando esos consejos se quedan marcados en mí, ella lo sabe, tú lo sabes. Creo que Bruno no es amigo de Vane, sino algo más. Pareciera que están templados pero cuando les pregunto que si hay algo, siempre me responden que no, que sólo son amigos y me resigno una vez más. Bruno ha aceptado que quiere a Vane, que la quiere mucho, demasiado. Pero Vane sólo quiere de él una bonita amistad y no sé por qué. Él es un ‘tipaso’, así, ‘tipaso’, por eso no sé porqué no están, o, bueno, no sé porqué Vane no le dice “sí, Brunito, quiero estar contigo” y listo. Porque él siempre está ahí, con ella, por ella. Dije que Bruno es un ‘tipaso’ y aunque no lo conozca personalmente puedo afirmar de nuevo que lo es: confió en mí para unas cosas de Vane cuando se fue a Chosica o por ahí con sus padres a pasar la Navidad y el Año Nuevo, uno; dos, siempre está pendiente de ella y hasta sus amigos se dan cuenta y me lo confirman; tres y con esto no lo quiero ‘vender mal’, sólo que sus cualidades no las tiene cualquiera, sé que es un buen cristiano, sé que va a la iglesia todos los domingos y creo que también va con Vane porque ella también es cristiana y puedo afirmar que van a la iglesia juntos o que se encuentran allá, pero de que se ven casi todos los domingos, eso es más que seguro. En realidad si yo fuera mujer no lo pensaría dos veces. Un chico como Bruno es bien difícil de encontrar y ella lo tiene ahí, pero así es la vida y él lo sabe. Pues así es la vida de dura, ¿cómo es no? Él ahí, centrado, queriendo como loco y ella también, pero no como él la quiere. Igual él sabe que tiene a un amigo en mí, a alguien en quién confiar, porque personas como Bruno no te pagan mal, siento que él es bueno, porque personas como él deben existir muchas para que este mundo sea otro, hermanos, pacífico, amados, Vane, Bruno, yo.

Junior, mi primo, Bruno, mi amigo, fuertes ellos son. El primero, lucha para estar bien, para volver a ser parte de nosotros, para amar como antes; el segundo, diariamente le ruega al de arriba para que el amor que tiene dentro llegue a la persona con la sueña todas las noches, siempre con la frente en alto, siempre, con Cristo en cada uno de sus pasos. Ellos, hombres son.

lunes, marzo 28, 2011

SOY LOCO, LO-CO


Hoy he aceptado que soy loco. Que soy loco y de remate. Que soy loco y sonso. Que soy loco y sentimental. Que soy loco y demasiado celoso. Que soy loco y un poco maricón, un poco loca.
1
Despierto muy temprano. Pienso que tengo que ducharme y vestirme y arreglarme e ir al instituto. Son las nueve de la mañana y pienso que debería empezar con todo lo que había pensado, lo primero, ir a darme un duchazo. Me paro de la cama y camino hacia la ventana, abro la cortina y un día nublado me sorprende, “que clima para más raro y la mierda”, pienso. Decido no bañarme. Sólo me lavo la cara como gato y, como huevón que soy, al jabonarme, un poco de jabón entra a mis ojos y comienzo a gritar como una loca desesperada, me echo agua, mucha agua y después de dos minutos me siento un poco mejor. Sé que soy un poco dejado con mi persona, mi mamá siempre me lo recuerda. Me visto pero no me arreglo como vieja que se emperifolla tres mil horas. Unas zapatillas negras, un short verde y un polo plomo tirando a sucio es el conjunto de hoy. No me importa mucho cómo me vea cuando me voy a estudiar. Mas hoy, el short no me gustaba pero era el único short limpio que tenía. No me sentía bien, así que busqué otro short entre la ropa sucia y encontré uno, plomo, con un hueco en el lado derecho. Me lo puse y me quedó bien, así que tranquilo fui a estudiar. Fui a estudiar de plomo tirando a sucio y nadie dijo nada o yo no me percaté que rajaron. Por lo menos nadie se dio cuenta que mi short olía a los mil demonios y nadie dijo nada o yo no me percaté que rajaron.
2
Desde hace una semana que mi nona me había dicho que mi primo vendría y desde ese día estuve como loco esperando su llegada. Junior llegó de Trujillo el martes. Yo esperaba con ansias su llegada. Había barrido mi cuarto después de dos meses para que no se dé cuenta que soy cochino y dejado. Vino con mi tía, Narda, siempre alegre y activa. Mi primo ha venido a Lima porque tiene que operarse de un tumor en la nariz que allá en Trujillo no puede operar o no quieren operar o no se sienten capaces de operar. Desde el martes no duermo solo. Desde el martes salgo todos los días a pasear. Desde el martes siento que debo de salir más seguido con amigos. Desde el martes hablo poco y nada con la chica que me gusta. Desde el martes soy un poco más feliz y un poco más triste. Han pasado cuatro días desde que mi primo llegó y estoy como un loco sentimental recordando todas las noches al verlo dormir y roncar tanto aquellas épocas en Trujillo cuando casábamos mariquitas en el parque que está (Junior me dice que todavía está ahí pero desarreglado) al frente de la casa de mis tíos, hermanos de mi nona. Quisiera seguir recordando aquellos viejos tiempos, cuando tenía nueve o menos, mirando a mi primo dormir en un colchón que tira al piso porque “durmiendo aquí no me da tanto calor”, dice y sonríe y yo pienso que me quiere decir que soy un cagón por dejarlo dormir en el piso.
3
Saldré a pasear con Junior. Saldré después de mucho tiempo. Mi mamá no me dice nada porque le digo que Junior quiere conocer Chorrillos y entonces lo llevaré ahí, se queda muda y sólo me mira cuando me voy al baño a ducharme. Cuando salí de la casa me sentí libre, nunca había tenido esa sensación tan rara, como si nunca saliera, en verdad nunca salgo, seguro por eso. A Plaza Lima Sur no lo noté diferente y eso que no voy a comprar allí todos los días. Soy un poco aburrido y un mal guía turístico, así que lo llevé a mi primo a conocer ese centro comercial, ¿qué divertido no? Comimos donas y tomamos café, y caminando por el patio de comidas una rica pizza nos hizo ojitos, compramos y devoramos, así fue, comprábamos y tragábamos. Creo que sólo fuimos a comer. Yo compré una bolsa de pan de esos que venden allí y que tanto me gustan saborear con una gaseosa heladísima. Saliendo de ese caótico lugar me crucé con Street, un rapero peruano del grupo Rapper School, mi preferido nacional. Saben que amo el rap, saben que el rap me llena y produce en mí emociones diversas y a montón, locas, indescriptibles. Street estaba con su mujer y con su pequeña hija. A primera vista no pensé que fuera él pero lo quedé viendo un momento más y volteó y ahí confirmé que era el rapero de mi grupo favorito. Lo vi alejarse de mí, nunca lo llamé. “Él es Street, él es”, le decía a primo mientras más se alejaba y no lo llamaba. Lo perdí de vista y un grupo de muchachos comenzaron a correr a la dirección adonde él se iba y yo ahí, como un huevón. Llegué a mi casa y puse una canción de él, la mejor, “Turno Tarde”, la vieja escuela, con Norick, Warrior y Deportado y escuchando esa canción aún me sentía afuera de Plaza Lima Sur viendo a Street alejarse de mi vista y yo, como un cojudo, parado, sin hacer nada, preguntarme: ¿le hubiera pedido una foto, no?
4
Soy loco, lo sé. Y un poco amariconado y celoso y posesivo y sentimental. Soy raro, lo sé. Quiéreme y verás. Punto final.

miércoles, marzo 16, 2011

EUGENIA




UNO
Hubo momentos en mi casa en que mi abuelita no podía con nosotros. Mi mamá estaba en España trabajando y nosotros nos habíamos quedado bajo las órdenes de mi abuelita y de mi tío. Era la primera vez que mi mamá se iba a otro país y nos dejaba sin su presencia recta, frívola, loca.
Mi abuelita siempre salía y quería seguir teniendo sus libertades, como ir a pasear con sus amigas, respirar aire fresco, tranquila; pero como tenía que estar con nosotros no podía salir, entonces se quedaba amargada en la casa cuidando más que nada de mi hermano que tenía tres o cuatro y de mi hermana que estaba en tercero de primaria. Yo me sentía un poco más libre, gracias a mi tío César. Yo sentía algo raro dentro de mí, un resentimiento de no tenerla cerca, de extrañarla siempre, me volví algo duro, muchos me decían (hasta hoy siguen diciéndome) ingrato, inhumano, malo, que no tenía cariño por nadie; pero qué podía hacer, me había vuelto un mal hijo que ni “hola” le decía a su mamá por el skype, nada de nada, y gracias mamá.
Con ella siempre hablaba mi tío, él era “mi mamá” acá en Lima. Y acordaron un día que mi abuelita no podía más, que necesitaba alguien que le ayude con la limpieza y todo eso que se hace en la casa, dos manos más y una actitud tremenda para que la casa se mantenga “en pie”, limpia, reluciente, como mi mamá la había dejado. (Porque aunque tenga mil defectos, una cualidad positiva que rescato de ella es que es una aspiradora humana, es una adicta a la limpieza –como mi tata, mamá de mi papá- se levanta muy temprano para barrer todo si no, no está contenta, después más tranquila regresa a seguir durmiendo).
Entonces acordaron los tres que una señora que mi mamá conocía vendría a ayudarla a mi abuelita, una señora bonachona, noble, atenta, con un ángel que la hacía más maravillosa todavía y que hizo que nunca me pueda olvidar de ella. Donde estés, va para ti.
DOS           
Su nombre es Eugenia, nunca supimos su apellido. El primer día que la vi me sentí raro, sentía que ella era una persona que trabajaba para nosotros, lo era, pero lo notaba raro porque nunca nos habíamos dado esos placeres, que alguien venga a limpiar y nosotros bien sentadotes. Recuerdo que Euge (así la llamaba mi abuelita quien muy rápido se encariñó mucho con ella) venía todos los días en la mañana, primero, después, venía los lunes, miércoles y viernes y más tarde (hablamos de dos años más o menos), sólo dos días a la semana, los martes y jueves y ella, siempre cumpliendo su labor, nunca dijo nada, pero mi abuelita, apenada, en sus tiempos libres, le explicaba los motivos del recorte de  horario.
Cuando venía todos los días, mi hermana y yo estábamos en el mismo colegio, y al salida siempre íbamos raudos a la casa y al llegar, no sé si mi hermana también, pero yo, contemplaba la casa radiante, tiza, oliendo rico y me iba a mi cuarto contento, tiraba la mochila por ahí ya que el piso estaba barrido y lustrado (cosa que nunca había hecho yo, lustrarlo) y con el olor a lavanda o a floral y me echaba en la cama a dormir, feliz y amando a Eugenia.
Ahora, también, después de dos años o poco menos, recuerdo cuando un día regresé de estudiar (ya no estaba en el mismo colegio con mi hermana, había regresado a la escuela donde comencé la secundaria y que al escribir esta crónica extraño tanto), no sé por qué, pero pasé mi mano por el piso debajo de la mesa de noche y sentí toda la tierra que estaba acumulada ahí, muchas pelusas vi pegadas a mi palma y eso me llenó de cólera y no se lo perdoné a la pobre pero gran persona que era (y seguro sigue siendo) aquella señora que mantenía mi casa bien. Ahí mismo salí de mi cuarto y me dirigí hacia la habitación de mi abuelita a “acusar” a Eugenia señalándole mi mano que mi cuarto estaba sucio y que no había limpiado nada y que estaba muy amargo y rabioso y colérico, mi modo de hablar y mis gestos me ayudaban mucho para que mi abuela me creyera y que me creyó; al día siguiente, cuando yo estaba en el colegio, habló con Euge y le dijo que porqué no había limpiado mi cuarto, ella le respondió que sí lo había limpiado pero como le había pasado el trapo húmedo la tierrita se había quedado en los rincones y eso era lo que yo había sentido al pasar mi mano. Me avergoncé cuando mi nona (así le digo yo a mi abuelita, en idioma italiano y por costumbre familiar) me reprodujo lo que le había dicho Eugenia esa mañana (ella me contó la conversación que tuvo con Euge cuando volví de la escuela). Me sentí mal, cagado, poco hombre, inhumano. Al día siguiente cuando volvió Euge no tuve cara para ir a abrirle la puerta. Ella sabía que yo le había ido con el chisme a mi nona. Ella sabía que era malo pero conociéndola, seguro ella no le tomo importancia y le dijo a mi abue “pero nonita, los chicos son así, espontáneos, no hay ningún problema.” Ella es una gran mujer y gracias a ella entendí que las personas no valen por lo que tienen puesto ni por lo que llevan en los bolsillos, sino por lo que tienen dentro, por su corazón, por sus buenos sentimientos.
TRES
En esta crónica quise recordar a Euge, noble, bonachona, de un acento bien marcado de las entrañas peruanas y de unos ojos hermosos, saltones. Era gordita y aunque subía y bajaba escaleras como ninguna y barría y se agachaba para limpiar debajo de las camas de mis hermanos, y etcétera, y etcétera, nunca dejó de ser una gordita linda y que hoy extraño, extraño su presencia activa que ponía eléctrico a cualquiera, extraño sus pelos desenfadados que jugaban con sus ojos a no dejarla ver lo que estaba limpiando y ella gritar: “pelitos del demonio, quédense tranquilitos ahí” mientras se sujetaba los cabellos con un moño casi por la nuca.
He decidido escribir algo más extenso sobre aquella señora que aunque poco tiempo duró en mi casa (casi año y medio más o menos, creo) todos aquí le agarramos mucho cariño porque aparte que dejaba la casa en pie, nos dejó una actitud tremenda para hacer bien la cosas, meterle “punche”  a todo, amor, simpatía y siempre hacer las cosas de buena fe. Donde quiera que esté, siempre la recordaré porque gracias a ella, cuando estoy limpiando mi cuarto, barriéndolo, la veo a ella ahí diciéndome, tal vez, no sé: “recuerda Fabri, que si le pasas el trapo debajo de tu mesita de noche, las pelusas quedarán ahí como tierrita acumulada” y empiezo a reírme solo y a mirar por la ventana el lindo cielo de hoy.

martes, marzo 08, 2011

MI ANGEL SE LLAMA ANITA





Día raro, tenso. Apenas regresé del instituto mi abuelita me dio la noticia de que mi hermana había sufrido un accidente de tránsito cuando se iba a su colegio. Me quedé mudo, no sabía qué decir. Al comienzo pensé lo peor pero luego me dijeron que estaba bien, que mi tío había llamado y le había dicho a mi abuelita que Giannina y Juan estaban con mi hermana adentro del hospital pero que a él no lo habían dejado entrar por no sé qué cosas, seguro por una de sus estúpidas e inhumanas leyes.
Yo estaba en la casa, intranquilo, pensando en cómo podía estar mi hermanita. Entonces mi abuelita me contó cómo había ocurrido todo: Una señora de buen corazón había llamado a la casa y habló con mi tío quien se tranquilizó cuando recién escuchó la voz de Anita que llorando le dijo que había chocado su movilidad y que sólo tenía la cara ensangrentada por algunos cortes causados por la luna que estalló muy cerca de ella. Mi tío entonces llamó a mi mamá y cuando esta llegó a la casa se fueron volando al lugar del accidente pero no encontraron nada, sólo la movilidad chancada del lado izquierdo, con las lunas hechas nada y sin la llanta derecha, el vehículo estaba tirado en la berma y a metros la cúster del hijo de puta haciéndose el inocente y peleando como un justiciero con la señora que manejaba la movilidad. Después no sé qué paso, se colgó la llamada, me dijo. Y entonces agregué: Y las niñas ahí (la movilidad es de un colegio de mujeres, el Juana Alarco de Dammert), llenas de ese rojo que causa nervios a cualquiera, llenas de ese rojo cagón lleno de dolor y mala suerte, o quizás, no fue mala suerte sino una actitud enferma y acelerada de un acelerado enfermo sentado frente a un timón que nosotros llamamos chofer (para mí, mejor suena malparido, ese tipo especialmente) que por un sol más quiso adelantar al carro donde estaban las chicas y en su juego estúpido e ignorante chocó. Así es, culminó mi abuelita. Ahora nuevamente no sabía qué decirle, ni qué hacer, ni nada. Pensando me fui a mi habitación, triste, sabiendo aunque sea que mi hermana ya no estaba sola, como nunca lo ha estado ni lo estará.
No recuerdo porqué tuve que volar al hospital, no recuerdo el motivo. Al llegar sólo quería ver a Anita, cómo estaba y qué era lo que le hacía falta. Entré a una realidad que duele ver, el sector de emergencias del hospital María Auxiliadora. Es imposible no sentirse mal viendo a niños llorando y caminando divagantes, sin rumbo alguno y sin que ninguna enfermera les preste atención. Es feo ver cómo atienden a los señores que no aguantaron más y en camillas los pasean de aquí para allá y de allá para acá con esos desgarradores gritos que aclaman una ayuda que nunca será hasta que se desocupe alguno de los cuartitos que más chiquitos no pueden ser o, en el peor de los casos, hasta que algún doctor se le ablande el bobo y diga yo mismo soy en uno de esos tantos transitados pasillos del hospital. Es horrible conocer la realidad pero menos mal que la conocí ya, para defender a capa y espada a esas personas que no tienen nada, ni unos zapatos que ponerse, que les hace falta un pan, que lamentablemente no supieron pensar antes de tener tres, cuatro o cinco hijos y ahora las ven negras, peor que antes. Esas personas, que aunque no sepan si uno más uno es dos, son grandes seres humanos porque ante las dificultades y obstáculos que la vida les puso, ellos siguen para adelante, no se achican, gritan, reclaman, joden, se defienden, luchan. Y entre todo ese mundo encontré a mi hermana, con unos esparadrapos en su cachete para tapar la herida, luego cicatriz que seguramente siempre llevará consigo (espero que no) y que le hará recordará aquel mediodía del siete de marzo, el mismo día en que Juan cumplía un año más de vida y estaba ahí, cuidando de su hija.
Salimos de esa cruda realidad sabiendo que Anita ya estaba bien pero que miles de personas más estaban suplicando una atención médica, porque de repente aquel señor gordo que ni su edad sabía y que yacía de dolor en esa camilla oxidada que, recomendablemente, mejor podía servir para llevar jeringas, guantes u otros utensilios médicos porque en cualquier momento se podía venir camilla y paciente abajo; sí, aquel pobre señor descalzo, quizá sentía que esos gritos de dolor que daba podían ser los últimos y los doctores pasaban y pasaban sin hacer ni mierda. Es que esto no es así carajo.
Llegamos a la casa a comer un poco. Anita estaba más tranquila, serena. Yo quería que no le faltara nada y que siga así, serena. Sé que ella es fuerte y no sólo por lo que ahora está pasando, sino por unos momentos en su corta vida que ocurrieron y que marcaron una huella en su alma y corazón. Pero ahí estoy yo para hacerla sentir bien, para que se de cuenta que no está sola, que nunca lo estará. Y ahí estoy yo para que nunca se trunquen sus sueños, para que cuando ella quiera abrir sus alas nadie ni nada se lo impida. Para eso estoy yo, porque la amo más que a mi propia vida, porque ella es una mujercita muy especial es mi ser: fuerte, bizarra, engreída, rebelde, buena, amorosa, hermosa, comprensible… porque ella sí es comprensible a diferencia mía. Ella es mi hermanita y nunca dejaré que nada malo le pase.
Ahora espero que estas líneas románticas, cursis, no la hagan llorar. No sería bueno para ella ni para mí.

viernes, febrero 25, 2011

POEMA



El muchacho de cabellos negros y piel pálida,

con el don de escribir, con la inteligencia de un hombre de treinta años,

con esta actitud contagiosa de cumplir sus sueños,

con esa personalidad bohemia y aspecto desaliñado,

con esa entrega en sus escritos

que hace que mi mente por un momento se perturbe

y salga hacia donde esta él.






Alejandra Díaz.

domingo, febrero 20, 2011

PARIS



Sueño un día estando en París escribiendo algo o solamente contemplando esa ciudad que me hace soñar tanto, tantísimo.
Desde hace mucho tiempo había planeado este viaje. Desde hace mucho tiempo decidí dejar por unos días mi Perú querido y ver qué tal me iba en ese país que tanto afán tenía por saber cómo era, por caminar por sus calles, sus calles que inspiran, sí, la ciudad artista, la bella, la apasionada y llena de bohemia.
Los pasajes están en mis manos y los nervios en todo mi cuerpo. Dejo mi casa y a mi familia por segunda vez y quizá sea para siempre, espero.
Solamente una vez he salido del país donde nací para que otro me acoja y en poco tiempo me haga parte de él, por el cariño, por la libertad que no conocía (y se me hizo bien difícil acostumbrarme a ella por lo que creo que nunca llegué a acostumbrarme del todo) y otras cosas que tengo guardadas en el libro de mis buenos recuerdos.
El día había amanecido amarillo, amarillo con un rojito calentón, con un sol jodido que no contemplaba a nadie y quería ver a todos echándose agua en la cabeza cada cinco minutos. Mi mamá entró a mi cuarto a las siete y cuando me hizo abrir los ojos gracias a un vaso con agua más que helada pensé que eran las diez u once de la mañana. La noté ansiosa, con ganas, esperanzada, firme, triste. “¿Tus maletas ya están listas?, me preguntó; “sí, ya están listas debajo de mi cama”, respondí. No veía nada, el sol me impedía abrir bien los ojos.
Diez de la mañana. Desayunamos raudamente. Las maletas estaban en la puerta, listas. Mi mamá estaba chequeando que todo estuviera bien, que nada faltase y chequeó la hora exacta del vuelo: “Apúrate, que despegamos en una hora y media”.
Estábamos nerviosos, impacientes. Entré al aeropuerto comiendo galletas, siempre hago eso, ya se me hizo costumbre, cuando voy a viajar y cuando voy a recoger a alguien que llega. Subí al avión tranquilo, atrás de mi mamá que me hablaba no sé qué cosas, en realidad no estaba tan tranquilo, en realidad quería ya pisar tierras europeas nuevamente y más donde íbamos a vivir dos semanas, como lo habíamos planeado.
Mi mamá y sus pastillas. Yo y el reggae en mis oídos, luego rap, trova y Sabina y Calamaro. Tan linda se veía Lima desde arriba, claro, arriba de las nubes con formas de todo, pomposas, como hechas de algodón, y después de unos minutos, negras, feas, llenas de agua y listas para mojar a los pobres peruanos un sábado de febrero. “Qué clima para más loco”, escuché. Volteé a mirar a mi mamá pero ella ya estaba durmiendo y agradeciendo a las santas pastillas en sus sueños. Pedí un vaso de coca-cola a la aeromoza y me puse los audífonos del asiento para ver (y escuchar pero para mí solo) Narnia (cabe decir que me terminé aburriendo de tanta fantasía y me quedé privado en esos asientos que busco y busco por todo Lima para dormir como aquella vez).
Después de trece, catorce o quince horas se manifestó el capitán de vuelo avisándonos que faltaban pocos minutos para aterrizar. Por la ventanilla del avión amé la torre, enorme, visitada, amada. El cielo azul, hermoso, potente. Desperté a mi mamá: ¿ya llegamos?, me dijo; “ya vamos a aterrizar”, le dije. Se incorporó rápidamente y mirando por la ventanilla dijo: “Qué bonita está Europa, hace tiempo que no la veía tan de cerca”. La noté feliz, como nunca.
Bajando del avión con una mochilita donde siempre llevo lápices y un cuaderno en blanco, pienso, contemplo el cielo y el enorme avión. No me había percatado nada de eso antes de despegar, estaba impaciente, como ahora, pero con la diferencia que ya estoy acá, que ya piso el suelo que desde hace mucho tiempo había planeado pisar. Estaría unos días (que luego se convirtieron en años y unos buenos años, amados y bien recordados con un pisco y unos puchitos) en tierras europeas.
Bajando del avión prometí escribir un libro sobre mis días en esa ciudad. Porque caminar por las calles, solo, con la luna de testigo, era algo indescriptible, maravilloso. Y de regreso a casa, después de tomar una botella de champagne con unos amigos que había conocido, alcohólicos, locos, me sentaba en el sillón que estaba más cerca a la ventana y empezaba a escribir un poema que lo tengo pegado en el cuaderno de siempre y que lo veo siempre y que, siempre –valgan siempre las redundancias-, me hacen recordar aquellos dos años y ocho meses que viví en París, que lloré en París, que soñé en París.

lunes, febrero 14, 2011

HORMIGUEO CABRON

Llegué de estudiar muy cansado (en realidad no sé de qué me canso si no hago mucho). Entré a mi cuarto, me quité el polo por el sofocante calor que sentía y tiré la mochila en algún rincón cerca a la cama. Prendí el televisor y puse el canal 2, Amor amor amor; quería ver, conocer y saber cómo no se hace comunicación audiovisual, claro, si tienes un poco de principios pero si quieres rating, el mejor ejemplo de todos. Me divertía mucho viendo las estupideces que hacían allí y me eché a pensar que estoy estudiando comunicaciones y ¿para hacer esto?, me quedé un momento pensando en qué podía hacer para que esto cambiara, para que de una buena vez la televisión peruana cambiara su rumbo pero… Y así pasó una hora, complementada de carcajadas por la caderona y los gemelos en acción, amariconados, mofados y figuras del programa.


Era hora de almorzar. Lunes, sinónimo de menestras, raras veces mi abuelita cambia de decisión y cocina otra comida que no sea lentejas, pallares o frijoles. Esta vez fueron las lentejas las protagonistas. Era la una y treinta minutos y mi estómago ya no podía más y las lentejas pagaron pato. Pero estas no podían estar solitas con arroz solamente, abrí la refri y eché el quetchup y otro salsa que no sé cómo se llamaba pero que tenía limón y otras especias raras pero ricas. Entonces fue un rico plato de lentejas y un vasito de chichita heladita lo que acompañaron las cagadas de risa por toñizonte y todos los maricones de ese programilla que me alegran el solitario pero ilusionado día de San Valentín.


Y pasaron cuarenta y cinco minutos, o más o menos y las lentejitas ya no entraban pero estaban ricas. No pude terminar y puse el plato a mi costado en la cama y me recosté en la almohada que amo porque gracias a ella, cuando veo televisión, no me duele nada como antes me pasaba y mi cuello sufría.


Me quedé dormido. La siesta se alargó tres horas. Despertaba cada media hora a ver el reloj y como veía que era temprano y tenía mucho sueño, pues “un ratito más, un ratito más” y me echaba de nuevo al costado del plato con lentejas y el televisor prendido dando una telenovela mejicana, llorona, asquerosa pero infaltable. Mi tío entró al cuarto no sé a qué hora y apagó el televisor, sólo moví la cabeza para verlo y decirle gracias pero no alcancé, hasta me había cerrado la puerta, le di gracias en mi mente. Cinco de la tarde y una llamada me esperaba. Mi tío, mi despertador, volvió a entrar a mi cuarto para avisarme que mi papá estaba por el teléfono. Contesté, no sé qué me decía, no sé qué le respondía y de pronto, como dopado, empecé a decirle “chau papá, chau papá, chaaauuu papá” hasta que entendió que me cagaba de sueño y sólo atinó a agregar, “ya entiendo, tienes sueño y te desperté. Chau hijo, te quiero”. Tristemente colgué el teléfono pero feliz corrí a mi cuarto para volver a echarme y dormir los quince minutos que me quedaban libres, tranquilos. Entré al cuarto raudamente, zigzagueando los cuadernos, polos sucios y unas cuantas botellas con poco alcohol que aún quedan de año nuevo, hasta que llegué a mi cama. Y al recostarme nuevamente en esa rica almohada, volteé a ver el plato con lentejitas y un conjunto de hormigas estaban allí, tragándose mis sobras, llevando de poquito en poquito a los suyos y jodiéndome el sueño que, desde ese momento, se había transformado en una asquerosidad total, un asombroso instante, un espantoso hormigueo que nunca cesaba y que se extendió por todo mi cuerpo; y yo, amariconado por cualquier hormiguita que se acercase y que veía en todo (hasta en mí mismo), levanté el plato de la cama y empecé a caminar de puntitas y a pasos largos, como saltando, llevando el plato con lentejas, arroz y hormigas a la cocina. Dejé que el chorro de agua inundará el plato con comida, mi mamá me decía que por esa gracia se iba a obstruir la tubería pero no me importaba eso ni nada que me dijera en ese momento, sólo quería ver, con un poco de pena, que murieran todas esas cochinaditas que me cagaron el sueño, el catorce de febrero y la admiración que les tenía.


Ahora sigo con ese maldito hormigueo y escribo mirando siempre a mi cama porque pienso que debajo de ella vive una hormiga enorme, con ojos saltones y botando baba y que cuando esté durmiendo plácidamente tratando de olvidar la tarde, saldrá y me vomitará el plato de lentejas que dejé y no terminé de comer. Creo que los mariconcitos del canal 2, mientas yo dormía alegre, entraron a mi cuarto y pusieron en el plato todas esas hormigas, no sé, ¡mierda! una hormiga más.


Qué miedo. Qué veo por la puerta. Creo que no podré dormir hoy.


miércoles, febrero 09, 2011

NO LLORES MAS (o triste realidad)


Felipe tiene diecinueve. Estudia comunicaciones en una universidad nacional, bajetona, sin prestigio, pero que ahí va. Felipe sufre cada mañana para levantarse de la cama. Es dormilón, flojo, paciente, tolerante pero a veces no. En la universidad le enseñan profesores que ni sus nombres conoce pero destaca siempre a Riofrío, el de lengua, que por diez luquitas lo aprueba fácil y con dieciseís siempre, para no levantar sospechas; también recuerda a Cárdenas, el de fundamentos, el loco, incansable, jodido. A ese ni chis, a ese nada de nada, las tres horas sentado, escribiendo, mirando al frente y respondiendo a sus interrogantes rebuscadas que sin titubear y sin pasar más de tres segundos tienes que estar contestando con un sí, no y por qué, así de simple y eficaz, porque de lo contrario, “nos vemos en el final, muchachito loco”, como dice él, combinando sonrisas e ironías.
Felipe siente que la vida es fea, horrible, trágica. Unas semanas atrás no hubiese pensado así. Estar en su casa, compartiendo con los suyos, ya no es lo mismo, si no hay gritos o sacadas en cara no es una día común. “Ya no debo de vivir acá, creo que debería vivir con mi papá”, piensa y de pronto una lágrima cae, él corre al baño, se lava la cara y vuelve a salir, tiene que hacerse el fuerte, nadie lo puede ver llorar, nadie. En las tardes, cuando llega de estudiar, todo es un martirio para él. Le basta cruzar la puerta para que todo empiece, su mamá y su clásica “limpia la sala, el baño y la escalera” y después de unas horas cuando todo está tranquilo, “carajo, lo único que saber hacer es dormir, escribir y dormir, yo no quiero un hijo vago, no”, pero a él ya no le causa el mismo dolor de antes y simplemente hace que le presta toda la atención del mundo pero no, él sigue soñando y viviendo a su manera y sin excesos ni marginaciones. Su tío y mamá pelean siempre y lo que es peor, es que los motivos casi siempre son por dinero. A Felipe no le interesa mucho su propia economía, claro que quiere tener sus cositas pero de ahí a pelear por unos cuantos soles, no. A él le duele que su familia se distancie por esos motivos, “¿que acaso no se dan cuenta las estupideces que dicen y hacen por esa cojudez?”, piensa enfurecido, dolido.
El chico sólo llora, llora mucho, bota todo lo que carga consigo, y las noches y su computador y una luna hermosa son sus mejores aliados. Él quiere decirle a su mamá, a su tío y a todos, que se den cuenta ya no son familia, que ya no parecen una, que parecen diez desconocidos en una casa que sólo buscan el bienestar propio. Y sigue (seguirá, quizás) llorando. Algunas veces trata de buscar soluciones, de arreglar los problemas pero nadie ayuda, todos están a la defensiva, todos tiran para sí mismos y nadie cede, nadie quiere escuchar, nadie, nadie quiere abrir un ratito su corazón y sentir algo bonito, sentir paz, tranquilidad, amor, porque no y no y no, ni uno ni otro, pues parece que les gusta vivir así, sin pensar en el otro, sin pensar que son hermanos, hijos, padres, sangre.
Felipe recuerda su infancia, en Ica, con sus papás, abuelitos, tío y una perrita, Mimí, una cocker maravillosa, tierna y juguetona que extraña tanto, así como extraña también aquella familia, bueno, la que veía y sentía (porque los problemas siempre están pero nunca los percibía o nunca se hicieron notorios, como debe de ser), aquella familia que se apoyaba, que se quería, que pensaba siempre en el otro. “Ahora todo es distinto, por qué, por qué será así”, dice una noche al dirigir su mirada a la luna que bellísima posaba, cuando de repente empieza a llorar y a gritarle al mundo el porqué de su pena, de su lamento y sin parar de llorar agarra un papel en blanco que encontró en su escritorio y un lápiz y empezó a escribir todo lo que sentía, todo lo que salía en ese momento hasta que se quedó dormido. Al día siguiente, con los ojos rojos, despertó tirado en el piso, al costado de la ventana que abierta de par en par daba señales que iba a ser un día radiante, y al levantarse, el papel completamente escrito estaba ahí con el lápiz encima, llorando también, seguro, lleno de nostalgia, de recuerdos, de anhelos, de odios, de llantos desconsolados, comprensibles.
Ahora Felipe se refugia en la literatura, en los poemas que escribe acompañado de un pisco puro. Escribe de los momentos que vive, llora y escribe, chupa y escribe, pues así es como lo quiere él. Encontró su vocación hace dos años, una noche negra, negrísima, una noche en la que sabía que nadie estaba ahí para darle apoyo y entonces encontró una pluma que recogió del tacho de basura y una hoja cuadriculada que arrancó de un cuaderno viejo que lo hizo recordar sus momentos de escolar (de secundaria, colegio San Sebastián, con amor y unos maravillosos momentos en su corazón) y empezó a plasmar todo, todo y sin censuras y así era siempre, cada noche, cada tarde, cada mañana y hasta se podía quedar despierto toda la madrugada escribiendo hasta que se convirtió en su gran amor y su gran apoyo. La literatura y él no se separarán, porque mediante las letras él vive, él sueña, aunque existan personas (su madre y quizá algunas más) que no crean en él, que nunca le digan “vamos, tú puedes, yo sé que puedes, tienes mi apoyo”. El sigue adelante, mira para adelante.
“Ahora, nada esperaré, ahora yo voy a buscar y conseguir todo lo que quiero, yo iré, no esperaré a que vengan”, dice una mañana, apenado, entre sollozos, pues hace dos semanas que se fue de su casa para vivir con su padre. Todas las mañanas él llama y su tío le cuenta que su madre siempre pregunta por él y cuando el chico le pregunta sobre los problemas por los cuales se fue su tío cambia de conversación, dándole a entender que nada ha cambiado, todo sigue igual, cagado. Felipe sabe que su mamá se dará cuenta algún día lo que está haciendo, lo que está causando, porque sin saber o no, está destrozando su familia.